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Dom, Jun

¿La fe nos hace inmunes al Coronavirus (Covid-19)?

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¿La fe nos hace inmunes al coronavirus? ¿Debería la Iglesia abrir sus puertas y celebrar la Santa Misa con fieles? ¿Obedece la Iglesia a los hombres antes que a Dios?...

¿La fe nos hace inmunes al Coronavirus (Covid-19)?

(Por Ing. Mardoqueo G. Sánchez)

 

El tema de moda para estos días, en toda conversación o tertulia, noticiero, redes sociales, homilías, oraciones…, pues no es más que el COVID-19 o simplemente CORONAVIRUS.



Hay alarma, pánico, desesperación, escepticismo, angustia, desesperación, preocupación. Hay mucha incertidumbre. Y todos coincidimos en que nadie en sus celebraciones de fin del año 2019 pudo imaginarse que, a estas alturas del 2020, la incertidumbre fuera tal que las proyecciones para la economía mundial no son nada alentadoras. Los países que están sufriendo el golpe más duro por el momento, saben muy bien que el problema de esta “pandemia” no es ninguna broma y que, como se está comprobando en los últimos días, el COVID-19, no es tan benévolo como se pensaba, sino que, además de los adultos mayores de 60 años y personas con enfermedades crónicas, también mata a jóvenes y no exceptúa a aquellos que estén en perfectas condiciones físicas.

Cuando ya se comprobó la magnitud del problema, casi todos los gobiernos del mundo están tomando medidas que, para no muy pocas personas, parecen muy drásticas y se resisten a someterse a sus autoridades; algunos las toman a broma y subestiman al COVID-19, relegándolo a un “simple problema gripal”, a una falsa alarma o a un cuento inventado por los gobiernos y los medios de comunicación social.

Ante tal panorama, con un bloque de la población mundial preocupada y otro bloque de irresponsables subestimando al virus, surge el problema de la fe. Las religiones están librando también su propia batalla. Nuestra Iglesia Católica está tomando medidas, o ajustando sus medidas a las de los gobiernos o autoridades locales. El mismo Vaticano se ha visto afectado y la Plaza de San Pedro luce desértica, vacía. Los templos que se llenaban de feligreses para celebrar la Eucaristía dominical y diaria ahora lucen vacíos, ajustando la cantidad de personas al número máximo permitido por las autoridades de los gobiernos de los distintos países. En algunas parroquias la Santa Misa se celebra a puerta cerrada, con un número tan reducido de personas en las que solo cabe el sacerdote, el cantor o coro y los lectores. Y el pueblo, que es siempre la mayoría, se queda en la incertidumbre y lanza su gran grito al cielo: ¿Qué está sucediendo?, ¿Por qué nos niegan el derecho a los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía? Muchos no entienden y especulan. Otros reclaman y confrontan a sus pastores y a la Iglesia misma. No pocos cuestionan el grado de fe de la Iglesia y otros se preguntan si no será que la Iglesia está obedeciendo a los hombres (gobiernos) antes que a Dios.

Hoy me encontré con una joven mamá con sus hijos en un parque y le pregunté qué hacía ahí, cuando debería estar mejor en su casa, protegiéndose, aislándose para evitar un contagio. Ella me desafió preguntándome si era que yo no tenía la fe suficiente como para creer que no corremos ningún riesgo si creemos en un Dios tan grande. Debo admitir que la seguridad con la que me confrontó me tomó fuera de base y me hizo cuestionar mi propia fe por unos segundos. Pero de inmediato recordé el pasaje del Evangelio que leíamos el primer domingo de Cuaresma:

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:

—«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras"».

Jesús le dijo:

—«También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"» (Mt 4, 5-7)

Es que ya me imagino a Satanás interpelando a Jesús: “Oye, ¿Es que no tienes fe? ¿Acaso no confías en que tu Dios te librará y enviará a sus ángeles para que te tomen en sus manos y no te golpees o sufras una gran fractura en tu caída? ¿Cómo puedes ser tan débil en tu fe?”

Y Jesús contesta con una sabiduría divina: "No tentarás al Señor, tu Dios"

A la luz de esta palabra yo le respondí: “¿O sea que, si te advierten que en la esquina de la cuadra siguiente hay un tiroteo, tú avanzas hacia esa cuadra y pasas en medio del fuego cruzado porque estás segura de que, por la fe que tienes en un Dios tan grande, Él te va a defender y que ninguna bala te hará daño?”. Sonrió sonrojada y se fue con sus niños a su casa sin decir palabra alguna.

“No tentarás al Señor, tu Dios”. Me imagino a una persona que hace caso omiso a todas las indicaciones a seguir, tanto las que proporcionan los gobiernos como la misma Iglesia, porque tiene una fe muy grande, se contagia, muere y va al cielo y le pregunta a Dios por qué no la protegió si tenía una fe tan profunda en Él. Dios le respondería: “Oye, te envié suficientes ángeles para que te advirtieran del peligro y los cuidados que debías tener, pero tú no escuchaste e hiciste caso omiso”. Tener fe no significa ser irresponsable y arriesgar la salud de todo un pueblo y multiplicar fácilmente el número de casos positivos de coronavirus.

A veces creemos que Dios solucionará todos nuestros problemas y actuamos irresponsablemente, dejándole todo el trabajo a Dios, cuando Dios ya nos dio, además del libre albedrío, la capacidad de advertir el peligro y huir de él.



Es muy cierto que hay que tener mucha fe, y esa misma fe es la que debe mantenernos en pie de lucha ante las adversidades por las que estamos pasando. Sabemos que con Dios somos invencibles y que, si oramos lo suficiente, nos arrepentimos de nuestros pecados y ofrecemos sacrificios a Dios en reparación por los pecados del mundo entero, seguro que Dios se apiadará de nosotros. De eso no cabe duda. Pero de eso, a actuar con irresponsabilidad dejándole todo el trabajo a Dios, hay una gran distancia.

Es muy cierto que en la feligresía católica se siente el gran vacío dejado por la vivencia presencial de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía. Pero es muy cierto también que en un mundo tecnológico como el actual, la celebración de la Santa Misa llega hasta los hogares de cada parroquia, transmitidos vía redes sociales, radio, televisión u otros medios. Los sacerdotes no se están quedando con los brazos cruzados, cada uno se las ingenia para mantenerse cerca de sus ovejas, fortaleciéndoles en su fe y acompañándoles en estos momentos difíciles. El trabajo en la Iglesia no ha cesado y así como los primeros cristianos se las ingeniaban para celebrar en las catacumbas, así ahora surgen formas muy ingeniosas de celebrar la fe.

Más bien, por la misma fe, ahora celebrada mucho más en familia, con los de casa, en cada hogar, se están rescatando muchos valores y las familias se están uniendo para orar juntos. Hay muchos hogares en los que la fe no se vivía en familia, pues no todos asistían a la Iglesia, pero ahora todos rezan unidos. Permanecer en casa, es cierto que trae muchas consecuencias económicas para la gran mayoría, pero hace que se rescaten valores perdidos por culpa de tantas horas laborales por casi todos los miembros de la familia, y la atención a los pequeños de casa era mínima. Ahora es cuando hay que aprovechar para rescatar tantas prácticas perdidas.

Esta situación catastrófica, en vez de hacernos perder la fe, nos fortalecerá aún más y resurgiremos con más fuerza, porque el mundo se está uniendo, olvidándose de diferencias inútiles que estorban para el plan salvífico de Dios.

Por la misma fe que nos sostiene, debemos orar mejor para que el mundo entero mire hacia un mismo fin y luchemos juntos para vencer este problema. Porque mientras una gran mayoría sigue las indicaciones de las autoridades responsables, otros (y no son tan pocos) aún siguen irresponsablemente subestimando al covid-19.

Hay que tener paciencia. Esto también pasará, y será más pronto si todos hacemos lo que corresponde, sin arriesgar nuestra propia salud y la de los demás.

Que nuestra Madre Santísima, salud de los enfermos, interceda por cada uno de sus hijos.


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