27
Mar, Oct

Identidad y misión de los laicos en la Iglesia (II Parte)

Comparte esta publicación:
Varios
Tools
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Ratio: 5 / 5

Inicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activado
 

La identidad y misión de los laicos (II parte): un breve recorrido histórico para conocer cómo se ha ido desarrollando su apostolado, desde el Concilio Vaticano II hasta el Magisterio del papa Francisco...

Identidad y misión de los laicos en la Iglesia (II parte)

(Por  Pbro. José Benjamín Castillo Pineda)

 

También puede interesarte: Identidad y misión de los laicos en la Iglesia (I parte) 

 

Del Concilio Vaticano II al Magisterio del papa Francisco

El Concilio Vaticano II, al recuperar la centralidad del Pueblo de Dios, reconoció que la jerarquía necesita de la ayuda de los laicos en algunas tareas, pues ellos son la mayoría a quienes Dios ha confiado dones, carismas, y una misión propia; sin embargo, en nuestro tiempo todavía enfrentamos el desafío de la indiferencia religiosa, el clericalismo y la actitud negativa de algunos sectores de la Iglesia que aún se niegan a aceptar la participación laical en algunas estructuras eclesiales.



La reflexión y praxis en el periodo postconciliar se ha fijado más en la colaboración que los laicos pueden dar a la jerarquía, que en sus tareas propias y específicas tal como el Concilio las expuso en la Constitución dogmática Lumen gentium: 

«El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en razón del Bautismo y la Confirmación […]. Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos también pueden ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la jerarquía» (LG 33).

La vocación propia de los laicos no debe considerarse solo en el ámbito de la colaboración, sino en un sentido más amplio. Su vocación peculiar viene de la llamada que Dios les ha hecho en medio del mundo, confiándoles algunas tareas con el fin de que, «guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento» (LG 31).

El Vaticano II implicó una novedad de reforma en la continuidad, superando aquella mentalidad que consideraba a los laicos como si se tratara de un reducido grupo de destinatarios y clientes de la acción pastoral de los clérigos. La reforma, respecto a su pertenencia y participación en la Iglesia, no ha logrado en algunos ambientes su plena realización debido al arraigado clericalismo. El Decreto Apostolicam actuositatem (nn. 1-2) reconoce que el apostolado de los laicos surge de su misma vocación cristiana, que es participación en la obra de la redención de Cristo, y que las circunstancias actuales les piden un apostolado mucho más intenso y amplio, pues ellos deben llegar a donde no lo puede hacer el sacerdote; deben ser evangelizadores que no necesitan separarse del mundo para su misión.

Todos somos llamados por Dios a ser su Pueblo, su familia, sus hijos muy queridos, sacerdotes, profetas y reyes; todos llamados a la santidad; todos receptores de los dones y carismas del Espíritu Santo. Y al profundizar la Lumen gentium nos encontramos ante un hecho sin precedentes: es la primera vez en todo el curso de la historia, que un Concilio dedica una especial atención al tema de los laicos. Después del abandono y falta de reconocimiento de su apostolado, el Concilio les dio su lugar dentro de la Iglesia para que dejen de ser simples receptores de sacramentos; su apostolado será reconocido como un apoyo a la jerarquía, quienes deberán aceptar la edad adulta del laicado.

 

1. Nueva valoración sobre los laicos

Los Padres conciliares buscaron abrir las puertas al laicado, pero, en cuanto a la definición, ésta no se dio con precisión, ya que en la Lumen gentium solo se presentó una extensa descripción que cito textualmente a continuación:

«Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor» (LG 31).

El vocabulario usado es cotidiano. Ven en el laico el cristiano ordinario que vive en el mundo, el creyente cristiano que no está fuera de la Iglesia, sino incorporado a Cristo por el bautismo y que forma parte del Pueblo de Dios, que participa en la misión de la Iglesia en el mundo. El mundo en cuestión comprende: la profesión, el lugar de trabajo, la familia, la sociedad, y todas las circunstancias ordinarias que constituye la trama de la existencia; pero la concepción del mundo en cuanto lugar de pecado no entra en la presente discusión, pues en este caso prevalece el significado de mundo como el lugar y el espacio en el cual el cristiano ordinario cumple su misión. Por otra parte, según el eclesiólogo Dario Vitali, esta descripción  «es más que todo tipológica en cuanto se limita a indicar la razón más genérica y positiva de la condición propia de los fieles, que es el bautismo, y el perfil que emerge de esta descripción no parece tanto el de un estado de vida sino de la condición originaria del bautizado» (D. VITALI, Lumen gentium, Historia / Comentario / Recepción, Roma 2014, p. 96).



2. El lugar de los laicos en la Iglesia a partir del Vaticano II

En la descripción del laico, antes citada, se descubren algunos elementos constitutivos: se le reconoce como miembro del Pueblo de Dios incorporado a Cristo por medio del bautismo y partícipe de la función sacerdotal, profética y regia; además, cumplen en la Iglesia y en el mundo la misión común de todo el Pueblo de Dios, pero ellos no han recibido las Órdenes Sagradas ni son religiosos. Su vocación especial es la de tratar las cosas temporales y ordenarlas según Dios. Más adelante se subraya con claridad que en la Iglesia todos los miembros tienen la misma dignidad por su nuevo nacimiento en Cristo y la misma gracia de hijos de Dios, la misma vocación a la perfección y una fe sin división, donde no debe existir ninguna desigualdad ya que todos son uno en Cristo (cf. LG 32).

Los laicos, al ser reconocidos como miembros activos en la Iglesia, se les concederán nuevas funciones: serán llamados a participar de forma activa en el crecimiento de la Iglesia, a través de las posibles formas de colaboración con el apostolado ministerial. Así lo expresa la Lumen Gentium:

«Los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo. Ya que si algunos de ellos, cuando faltan los sagrados ministros o cuando éstos se ven impedidos por un régimen de persecución, les suplen en ciertas funciones sagradas, según sus posibilidades, y si otros muchos agotan todas sus energías en la acción apostólica, es necesario, sin embargo, que todos contribuyan a la dilatación y al crecimiento del reino de Dios en el mundo. Por ello, dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría» (LG 35).

La falta de ministros ordenados es de actualidad, por eso es urgente dar al laico el lugar que se merece y delegarle funciones de acuerdo con su capacidad, pero para lograr este cometido es necesario abandonar el excesivo clericalismo que es el causante de eliminar las funciones laicales para centrarlas solo en manos del clero. La excesiva clericalización de las parroquias hace caer sobre el presbítero todas las responsabilidades y, además, se constituye en un freno para una labor de descentralización y corresponsabilidad que haga posible una mayor participación del laico. Pero haciendo una mirada a profundidad de la realidad eclesial actual, se constata que nuestra Iglesia sigue siendo básicamente clericalizada, en la que solo se han dado unos cuantos pasos en la línea de una participación real y efectiva del laicado en los asuntos eclesiales, pues se ha querido, en algunos casos, ignorar lo que el Concilio ha establecido respecto al reconocimiento de los derechos de los laicos y sus obligaciones dentro de la Iglesia.

El documento conciliar que estamos citando es claro cuando recomienda un trabajo pastoral participativo:

«Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenlos incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos» (LG 37).

En el postconcilio se ha visto una dificultad práctica para llevar a cabo las directrices emanadas del Concilio, pues cuando el laico ha querido asumir un papel activo y responsable, han surgido ciertas confrontaciones y rivalidades que manifiestan claramente el deseo de continuar con un ambiente todavía clericalizado sin dar muchas señales de querer superar esta situación. Basta ver, por ejemplo, la forma de nombrar los obispos, un tanto alejada de la antigua tradición cristiana en que la comunidad tenía un papel activo en su nombramiento, de tal modo que no se procedía a la elección episcopal sin contar con el asentimiento y conformidad, al menos tácito, del pueblo, pues debido a la estrecha vinculación entre comunidad y obispo era necesario un acuerdo mutuo. Hoy, en cambio, el nombramiento episcopal es competencia exclusiva de la Santa Sede. Pero al revisar los documentos eclesiales, no hay nada en contra de que se restablezca esta vieja tradición cristiana y que se busquen medios para consultar al Pueblo de Dios, empleando una buena metodología para tal fin.

Igualmente se podría proceder en la ordenación de presbíteros, de modo que la antigua pregunta, sobre si la comunidad considera digno al candidato, deje de ser mera fórmula y pase a convertirse en un auténtico procedimiento de consulta. En efecto, la experiencia laical sería de gran ayuda para discernir pastores aptos y potenciar la capacidad de juicio del episcopado y de los responsables de la elección de ministros.

La jerarquía no puede estar presente en todos los campos de la sociedad, por eso necesita el asesoramiento de los laicos especializados en diferentes áreas de la vida social, porque conocen a profundidad el ambiente en el que se mueven, a diferencia de los ministros. Otro elemento importante es el aporte teológico que pueden ofrecer los laicos a la Iglesia. En estos tiempos se observa en ellos un mayor interés por la formación teológica, por eso no cabe duda de que en la medida en que la Iglesia cuente con un laicado teológicamente culto, se podrá proceder a una mayor participación real en la vida de la Iglesia. Hay que reconocer que la mayoría de edad del laicado en la Iglesia pasa por su promoción teológica.

 

3. El laico en relación con el clérigo y al religioso

Desde el siglo IV se fue propagando en la Iglesia una división tripartita entre sus miembros, pero el Vaticano II en la Lumen gentium ha ratificado que, tanto el clérigo, el religioso y el laico, pertenecen al Pueblo de Dios. El punto de partida es el estado laical, ya que todos nacen laicos y por vocación se da un cambio en el ejercicio de las funciones, es decir, los clérigos no buscan un ideal de santidad diferente al de los laicos, y la ordenación o profesión religiosa no concede un aumento automático de la virtud, sino que ambos deben igualmente trabajar para conseguir la transformación del corazón, así como también lo hace el laico.

A los clérigos, como personas elegidas particularmente, se les ha concedido un poder, únicamente en relación con el ministerio y no para su propia satisfacción, sino para utilidad de los demás cristianos. «El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el Pueblo a Dios» (LG 10). En este sentido, se puede decir que los laicos les están sometidos a los clérigos, pero desde otra perspectiva los clérigos están sometidos a los laicos puesto que son sus servidores. El sacerdocio, más que una profesión es un don que Cristo concede a algunos de sus discípulos, pero la vocación a la santidad es igual para todos, ya que todos son pecadores. El sacerdote salido del laicado, en virtud de su ordenación no sale del número de los fieles, sino que queda establecido al servicio de los laicos. El sacerdote es miembro de la comunidad, hasta el punto de no poder aplicarse a sí mismo los ritos sacramentales, a excepción de la celebración de la Misa.

El sacerdote, al igual que los laicos, debe pedir con humildad la absolución de sus pecados a otro sacerdote. Es fundamental entender que existe, por su ordenación, una cierta distancia entre el clero y el laicado, sin embargo, no hay división alguna en el seno de un cuerpo único, aunque sí una distribución de funciones como en todo organismo viviente, y esta diferencia funcional no puede suprimirse, puesto que es de institución divina, por eso el catolicismo se opone radicalmente al igualitarismo protestante.

La delimitación del laicado respecto al clero es insuficiente, ya que nadie cuenta a los religiosos entre los laicos, sino que casi siempre los alinean del lado eclesiástico, aun cuando muchos de entre ellos no han recibido la ordenación sacerdotal. La línea de demarcación no puede trazarse debido a los poderes concedidos a los unos y negados a los otros, la diferencia se establece más bien partiendo de un cambio de situación con respecto al mundo. El sacerdote posee la ordenación ministerial, el laico, por su parte, es comprendido como un creyente no ordenado, por lo que está incapacitado para realizar en la Iglesia aquello que, en virtud de la ordenación sacramental, está reservado al sacerdote. Fue Cristo que decidió desde el comienzo que en su Iglesia hubiese bautizados ordenados y no ordenados.

En cuanto a la distinción entre el laico y el religioso, se debe considerar que, para llegar a ser religioso, no basta con observar los consejos evangélicos, pues el cristiano que vive en el mundo podría hacer lo mismo; pero los religiosos han escogido para sí mismos un estilo de vida particular en sus comunidades religiosas. El laico, por su parte, busca su santificación sin desprenderse de su trabajo y de lo temporal, a través de su obra en el mundo (cf. LG 30). En las tareas cotidianas debe apuntar a su destino celestial sin prescindir de su tarea en el mundo: su familia, su profesión, la comunidad, y buscando el bien de todos.

Así pues, «los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu» (LG 34). Una diferencia entre el laico y el religioso no surge de la profesión de Votos ya que, tanto el uno como el otro son, en cuanto tales, no ordenados e igualmente seglares o laicos. La distinción consiste en la manera respectiva de estar en el mundo y, por consiguiente, la diferencia entre ambos es sociológica y no sacramental, pues son dos formas especiales de vivir el cristianismo.



4. El despertar del laicado después del Concilio

En el periodo posconciliar retomó fuerza la teología del laicado. El Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (1975) recordaba que la vocación específica de los laicos los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales; deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización. «Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial – esa es la función específica de los pastores –, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.» (EN 70).

Después del Sínodo de los Obispos de 1987, la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, Christifideles Laici, que es un texto teológico-pastoral, abarcó una gran pluralidad de aspectos: se ocupó de la dignidad e identidad de los laicos en el misterio de la Iglesia; de su participación en la vida eclesial y su corresponsabilidad en la misión de la Iglesia. La publicación de la exhortación se proponía renunciar al concepto negativo del laico, y proponía hablar de fieles (christifideles).

«La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales» (CHL 15).

El Papa Francisco, desde su elección se está esforzando en completar la agenda inacabada del Concilio Vaticano II. En su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (2013) invita a la Iglesia a un estado permanente de misión, reconociendo que la actividad del laicado en las últimas décadas logra esbozar un panorama representativo de la compleja etapa postconciliar, a la vez que ilumina y orienta para la nueva fase evangelizadora que se abre ante la Iglesia. Francisco quiere una evangelización que fecunde la sociedad con el espíritu cristiano, advirtiendo que la formación de los laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral al que hay que dedicarle una particular atención. El Papa afirma claramente:

«Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante» (EG 102).

En nuestro tiempo nos encontramos con una mayor participación de los laicos, sin embargo – como indica Francisco –, esta eficaz participación se ve asediada por una de las deformaciones más fuertes: el clericalismo, «actitud que no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir o desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente». (PAPA FRANCISCO,«Carta al Cardenal Marc Ouellet», 19/03/2016).

La Iglesia no es solo estructura jerárquica. El laico tiene una vocación y misión propia dentro de la Iglesia, de modo especial en lo que se refiere a la relación con el mundo, pues allí ejerce una misión fundamental para transmitir la irradiación de la salvación en los lugares donde no actúan los sacerdotes. Los laicos «cumplen en la Iglesia y en el mundo la misión propia de todo el pueblo cristiano» (LG 31).

El Papa Francisco promueve el laicado recordando que, «nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el santo Pueblo fiel de Dios. Nadie ha sido bautizado sacerdote u obispo […] Los laicos, son parte del santo Pueblo fiel de Dios y, por lo tanto, los protagonistas de la Iglesia y del mundo, a los que los pastores están llamados a servir y no a servirse de ellos» (PAPA FRANCISCO, «Carta al Cardenal Marc Ouellet», 19/03/2016).

Hoy nos damos cuenta de que, sin la colaboración de los laicos, sería imposible comunicar el Evangelio, ya que con su ayuda se logra llegar a los distintos ambientes de la sociedad, porque ellos –como lo indica el documento de Aparecida–, «son hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia. Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que con su testimonio y actividad contribuyen a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas» (DA 210).

Los laicos, como seguidores de Cristo, también tienen por hermanos a los que constituyen el sagrado ministerio y que apacientan el Pueblo de Dios. Aquí resultan muy acertadas las palabras de San Agustín: «Sí me asusta lo que soy para ustedes, también me consuela lo que soy con ustedes. Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación» (S. AGUSTÍN, Sermón 340, citado en LG 32).

Algunos laicos se lamentan, pues se sienten abandonados por algunos pastores que solo se limitan a la celebración de los sacramentos, olvidando la importancia de compartir la alegría de ser cristianos, ignorando que solo así el pastor puede conocer bien su rebaño, «ese rebaño, Pueblo santo de Dios al que como pastores están continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir, porque un pastor no se concibe sin su rebaño. El pastor, es pastor de un pueblo, y al pueblo se le sirve desde dentro» (FRANCISCO, «Carta al Cardenal Marc Ouellet», 19/03/2016).

De poco o nada serviría trabajar y afanarse en la misión, desde cualquiera que sea la vocación, si en el camino se olvida el hecho fundamental de ser cristianos, y como tales, hermanos entre sí. Los laicos, junto a sus pastores, deben buscar todas aquellas oportunidades para hacer real en todos los ámbitos de la sociedad, el mensaje de Cristo, como apuntaba el Papa Pío XII en su discurso de 1946, y que Juan Pablo II retoma en su Exhortación Apostólica:

«Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto, ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo la guía del jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (CHL 9).

La tarea es de todos, los pastores deben mirar el Pueblo de Dios y sentirse parte integrante del mismo, considerando de manera más objetiva los diversos temas de la sociedad. No se trata de eliminar la jerarquía o clericalizar a los laicos, sino de una mutua participación, cada uno en su propia misión, pero orientados a un mismo fin, de tal modo que, como familia cristiana, se trabaje por la salvación del mundo.

 

También puede interesarte: Identidad y misión de los laicos en la Iglesia (I parte) 



Te recomendamos leer también: 


Write a comment...
0 awesome comments!
Comparte esta publicación:
0
Shares
0
Shares