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Sáb, Ene

Don de Temor de Dios

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El Don de temor de Dios es ese temor reverencial y filial que nos mueve a huir de todo aquello que pueda ofender a un Dios tan bueno, que es nuestro Padre, y a amar y ver como hermanos a nuestros semejantes.

Don de Temor de Dios

Este don se encarga de perfeccionar la virtud de la esperanza y se refiere a ese temor de reverencial y filial que nos mueve a huir de todo aquello que pueda ofender a un Dios tan bueno, que es nuestro Padre.


 

1. Definición

El don de Temor de Dios es un hábito sobrenatural por el que el cristiano, movido por el Espíritu Santo,  teme sobre todas las cosas ofender a Dios, separarse de Él, aunque sólo sea un poco, y desea someterse absolutamente a la voluntad divina. Dios es a un tiempo Amor absoluto y Señor total; debe, pues, ser al mismo tiempo amado y reverenciado.

Este don nos hace presentarnos ante Dios con actitud y sentimientos de hijos y a que no perdamos esa postura, aunque Dios nos pruebe y nos envíe dolores. A la vez hace que abarquemos con nuestro amor a nuestros prójimos, que veamos en ellos hermanos y hermanas y que superemos rápidamente cualquier sentimiento de rechazo o desagrado que sintamos por nuestros semejantes.

Santo Tomás, cuando habla de este "temor de Dios" se pregunta "¿Es posible que Dios sea temido?".  Y contesta diciendo que Dios en sí mismo, como suprema e infinita Bondad, no puede ser objeno de temor, sino de amor. Pero en cuanto que que en castigo de nuestras culpas, puede causarnos un mal, debe ser temido.

Antes de asustarse por esta aclaración de Santo Tomás, debemos entender que hay diferentes tipos de temor y que, Dios es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo. El Papa Francisco decía hace algún tiempo que en Dios todas las virtudes se elevan al infinito. Dios es infinitamente misericordioso y por eso tenemos la esperanza de conseguir nuestra salvación, apelando a esa misericordia. Pero también es infinitamente justo y dará el premio justo a quien practique el bien (el cielo), pero también recibirá su debido premio (causarle un mal, el infierno) aquel que practique el mal, en oposición al mandato divino. Al final de los tiempos o en el juicio particular, habrá justicia para todos de acuerdo a nuestras obras. En ese sentido, el cristiando sabe perfectamente que con Dios no se juega y debe rendírsele la reverencia debida.

La misericordia de Dios exita en nosotros la esperanza; pero la justicia exita el temor. Así Dios es objeto de esperanza y de temor. ¿Qué tipo de temor? Veamos:

Hay cierto temor mundano que busca evitar a toda costa un mal en este mundo, de tal menera que es capaz de renunciar a Dios por evitar un mal. Si tuviera que sufrir un castigo por ser cristiano, renuncia a ser cristiano para evitar dicho castigo. Este temor es siempre malo, no puede provenir del Espíritu Santo. También existe el temor servil que impulsa a servir a Dios y a cumplir su divina voluntad para evitar el castigo al portarse mal. Por evitar los castigos temporales o el infierno. Pero existe un temor filial, que sí procede del Espiritu Santo. Es el que nos impulsa a servir a Dios y cumplir su divina voluntad, evitando el pecado solo por ser una ofensa a Dios y por el temor de ser separado de Él. Huye del pecado sin tener para nada en cuenta la pena que implica caer en pecado, sino por no ofender a Dios y ser separado de Él. 

El don de temor de Dios encierra tres actos principales:

a) Un vivo sentimiento de la majestad de Dios, y, por ende, extremado horror al pecado más leve, con el que pudiéramos ofender a tanta majestad. A Santa Catalina de Siena, Jesús le explicó que todos los padecimientos de esta vida no son suficientes para castigar la falta más pequeña cometida contra Dios (“La ofensa que se me hace a mí, que soy el Bien infinito, exige una satisfacción infinita. Por eso quiero que sepas que todos los trabajos de esta vida no son un castigo, sino sólo un aviso... ” Así lo entendieron los santos, que se echaban amargamente en rostro las faltas más leves, y nunca pensaban haber hecho bastante para satisfacer por ellas.

b) Viva contrición de todos los pecados cometidos, aún de los más menudos, porque por ellos hemos ofendido a un Dios infinito e infinitamente bueno; de donde nace un deseo ardiente y sincero de repararlos a fuerza de obras de sacrificio y de amor. No solo surge la contricción o dolor de los pecados cometidos, sino el deseo de reparación. Es más, hay santos que no solo han sentido ese deseo de hacer actos de reparación por sus pecados sino por los del mundo, de aquellos que ni siquiera familiares ni amigos suyos son.

e) Un atento cuidado de huir de las ocasiones de pecado.  Por este don fue que Santo Domingo Savio logró mantenerse en gracia hasta su muerte y hacer vida siempre su lema de "antes morir que pecar", huyendo de toda ocasión de pecado. Por este don, si lo dejamos actuar en nosotros, lograremos huir de esos sitios de Internet que son nocivos para nuestra vida espiritual, así como de esos programas de televisión o películas que ofenden a Dios y, ya no se diga, de esa música que promueve antivalores o que ofende directamente a nuestro creador. 

2. Necesidad del don de Temor de Dios

Tres son las principales virtudes que necesitan ser reforzadas por la regulación del don de Temor de Dios. El hombre por sí solo puede cometer pecado de presunción, contra la esperanza. Es necesaria la acción de este don para que el hombre logre sentirse penetrado por un sentimiento de reverencia, sumisión y acatamiento, que quisiera deshacerse y padecer mil muertes por Dios (esto solo es entendible desde la luz del Espíritu Santo). Es entonces cuando la humildad llega a su culmen, y desaparece la presunción o vanidad, a tal punto que, como el Santo Cura de Ars, un halago o alabanza suena como una ofensa. 

También este don es sumamente necesario para sentir reverencia y respeto por Dios y todo lo relacionado con Él, tales como las imágenes de los santos, vasos sagrados, el Sagrario, los sacerdotes y todo aquello consagrado a Dios.

3. Efectos

4. Medios para fomentar este don

 


 

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