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Don de Sabiduría

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El don de sabiduría es un hábito sobrenatural por el cual juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas bajo el instinto especial del Espíritu Santo, que nos las hace saborear.

 

El Don de Sabiduría

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1. Definición 

El Don de Sabiduría es el encargado de llevar a su última perfección la virtud de la caridad. Siendo la caridad la más excelente y perfecta de todas las virtudes, entonces el don de Sabiduría es el más excelente y perfecto de los dones. Así como la caridad encierra a todas las virtudes, el don de sabiduría resume a todos los demás dones.



El don de sabiduría es un hábito sobrenatural por el cual juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas bajo el instinto especial del Espíritu Santo, que nos las hace saborear. Saboreando y experimentando a Dios, entonces podemos juzgar de las cosas por Dios creadas desde el punto de vista de Dios. Santo Tomás decía que el que conoce y saborea a Dios, está capacitado para juzgar todas las cosas por sus propias razones divinas. Llegamos, por este don, a ver  la mano de Dios en todo acontecimiento y en todo lo creado.

Con el don de sabiduría llegamos a experimentar y saborear lo que por la fe creemos. La fe se limita a creer y el don de sabiduría saborea lo que la fe cree. Las personas que lo experimentan comprenden la expresión del salmo "Gustad y ved qué bueno es el Señor" (Sal 33,9). Por eso hay almas que, mediante la contemplación, llegan a éxtasis que les lleva a saborear lo divino como si estuvieran en el cielo.

El conocimiento que nos proporciona este don es incomparablemente superior a cualquier otro conocimiento proporcionado por la ciencias humanas, incluso al que nos aporta la Teología. Por eso nos encontramos con muchas personas muy sencillas que, sin estudios teológicos, nos sorprenden por sus conocimientos profundos de las cosas divinas. 

El don de sabiduría, entonces, es aquel que ilumina nuestro conocimiento que tenemos de Dios  nos permite ver las cosas creadas con los ojos de Dios.

2. Necesidad del don de Sabiduría

El don de sabiduría es absolutamente necesario para que la caridad se desarrolle en toda su plenitud y perfección. Sin la intervención del don, la virtud se queda sin comprometerse mucho, actuando con prudencia y mezquindad. Manejada por el hombre, la caridad es sometida a la regulación humana, ahogándola y asfixiándola. Siendo una virtud divina, con alas para volar hasta el cielo, obrando al modo humano se queda obligada a volar a ras del suelo. Requiere de la acción del Espíritu Santo que, obrando al modo divino, haga que la caridad respire a sus anchas, crezca y se desarrolle rápidamente.

3. Efectos

  1. Le s da a los santos el sentido divino, de eternidad, con que juzgan todas las cosas. Personas como los grandes santos, que se dejan guiar dócilmente por el don de sabiduría, ven todo desde las alturas, desde el punto de vista de Dios, a tal grado que ven a Dios obrando tanto en los acontecimientos sencillos como en los grandes. En todo ven clarísima la mano de Dios, incluso en un insulto, una bofetada, una humillación o una calumnia que se hace contra ellos, de inmediato se remontan a Dios que lo quiere o permite para ejercitarse en la virtud de la paciencia y humildad. Cualquiera puede pensar en la maldad del hombre ante una ofensa, incluso buscar la venganza, pero un santo se remonta a Dios y juzga todo desde las alturas. No llaman desgracia a lo que comúnmente llamamos todos, como la muerte, un desastre natural, persecución, enfermedad y otras, contrariedades, sino a aquello que realmente representa para ellos una desgracia, tal como la tibieza espiritual, el pecado, alejarse de Dios. Llegan a una madurez espiritual tal que cuando ven un diamante o una joya preciosa, simplemente ven un cristal que brilla más que los demás, pero que no amerita mayor atención y ser considerado como una gran riqueza o una joya, pues comprenden que no hay otro tesoro más valioso que Dios y las cosas que nos llevan a Él. De modo que siempre que ven algo o van a adquirir algo, se preguntan primero cuánto va a servir aquel bien para obtener la eternidad.

  2. Lleva hasta el heroísmo la virtud de la caridad. Otro efecto de este don es que lleva hasta el heroísmo la virtud de la caridad, de tal manera que las almas trabajadas por el don de sabiduría mueren a su propio yo y aman a Dios con un amor purísimo y anhelan tanto el cielo, porque desean ardientemente estar con Dios para amarlo con mayor intensidad. Solo por este don se pueden entender los actos de hombres y mujeres como Santa Teresa de Calcuta y su labor con los leprosos, porque ven a Cristo en los pobres, en los que sufren, y corren a ayudarle con el alma llena de amor. 

4. Medios para fomentar este don

Para todos los dones hay medios generales por los que podemos fomentarlos: recogimiento, vida de oración, fidelidad a la gracia, invocar al Espíritu Santo con frecuencia y con profunda humildad, vida sacramental, etc. Pero para el caso del don de sabiduría, debemos hacer uso de algunos medios como:

  1. Esforzarnos por ver todas las cosas desde el punto de vista de Dios. Ver siempre la mano de Dios en todos los acontecimientos prósperos o adversos, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y la tristeza; en todo, absolutamente todo, debemos buscar la mano de Dios y saber que suceden para algo, pues todas las cosas suceden para bien de los que aman a Dios (Cf. Rm 8,28)
  2. No aficionarse demasiado a las cosas de este mundo, aunque sean buenas y honestas.  Es cierto que la ciencia, el arte, la cultura humana y el progreso en general son de suyo buenas siempre que se encauzan y ordenan rectamente; pero si nos entregamos a estas cosas con demasiado afán y ardor, con seguridad que nos perjudicarán acostumbrándonos al gusto por las criaturas y no por el creador.
  3. No apegarnos a los consuelos espirituales, sino pasar a Dios a través de ellos. A veces Dios nos da algunos estímulos para que lo busquemos con más ardor: podemos sentir algo muy especial en una oración, un retiro espiritual o durante la Santa Misa, pero no debemos apegarnos a ellos, porque cuando venga la prueba no nos va a gustar y todo se nos puede venir abajo. Debemos acostumbrarnos a servir y amar a Dios tanto en la oscuridad como en la luz, en la sequedad como en los consuelos, en la aridez como en los deleites espirituales. Debemos buscar directamente al Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios.

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 Fuentes: Royo Marín, Fr. Antonio,Teología de la Perfección Cristiana Tomo 2, BAC, Madrid, 1962;  Tanquerey Adolphe, Teología Ascética y Mística, II Edición, Ediciones Palabra, Madrid; Schmaus, Michael, Teología Dogmática V La Gracia Divina; Catecismo de la Iglesia Católica



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