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Homilía Viernes Santo, Ciclos A, B y C

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Homilías para el Viernes Santo, ciclos A, B y C

Homilías Viernes Santo
Ciclos A, B y C

 

Homilía P. Raniero Cantalamessa

Celebración de la Pasión del Señor, Basílica de San Pedro. Viernes Santo, 18 de abril de 2014.

Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús hay muchas pequeñas historias de hombres y de mujeres que han entrado en el radio de su luz o de su sombra. La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve, por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento. La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal a no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos.

Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce. Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el evangelista Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egéneto) en el traidor» (Lc 6, 16). Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.

¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos; otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle para que actuara también en el plano político contra los paganos. Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros espectáculos y novelas recientes. Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: ¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!

Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico. Los evangelios —las únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje— hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero. A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de Betania había protestado contra el despilfarro del perfume precioso derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran los pobres —hace notar Juan—, sino porque «era un ladrón y, puesto que tenía la caja, cogía lo que echaban dentro» (Jn 12, 6). Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: «¿Cuánto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15).

Pero ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla demasiado banal? ¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia; literalmente, «el ídolo de metal fundido» (cf. Ex 34, 17). Y se entiende el porqué. ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quien lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6, 24). El dinero es el «dios visible» (W. Shakespeare, Timón de Atenas, acto IV, escena 3), a diferencia del Dios verdadero que es invisible.

Mammona es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. Se opera una siniestra inversión de todos los valores. «Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9, 23); pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón.

«El apego al dinero —dice la Escritura— es la raíz de todos los males» (1 Tm 6, 10). Detrás de cada mal de nuestra sociedad está el dinero o, al menos, está también el dinero. Es el Moloch de bíblica memoria, al que se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32, 35), o el dios Azteca, al que había que ofrecer diariamente un cierto número de corazones humanos. ¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás de la explotación de la prostitución, detrás del fenómeno de las distintas mafias, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso —cosa que resulta horrible decir— a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sacra fames (Virgilio, Eneida, III, 56-57) por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?

Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero, ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?

En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil, se fue afirmando la idea, casi mítica, de la existencia de un «gran Anciano»: un personaje espabiladísimo y poderoso, que por detrás de los bastidores habría movido los hilos de todo, para fines que sólo él conocía. Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito; ¡se llama Dinero!

Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye. San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. Éste pregunta al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?» , y él responde que sí. Y el sacerdote: «¿Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos, devolviendo las cosas que has estafado a otros?» Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» «Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». Y así él muere impenitente y apenas muerto los parientes y amigos dicen entre sí: «¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!» (cf. San Francisco, Carta a los fieles, 1 y 2, Fuentes franciscanas).

Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin y se sentía al seguro para el resto de la vida: «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12, 20). Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción se encontraron en el banquillo de los imputados, o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». ¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? ¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, o del partido, si es eso lo que buscaban? ¿O más bien se han arruinado a sí mismos y a los demás? El dios dinero se encarga de castigar él mismo a sus adoradores.

La traición de Judas continúa en la historia y el traicionado es siempre él, Jesús. Judas vendió al jefe, sus imitadores venden su cuerpo, porque los pobres son miembros de Cristo. «Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25, 40). Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos que he mencionado. Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. Ha permanecido famosa la homilía que tuvo en un Jueves santo don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas». «Dejad —decía a los pocos feligreses que tenía delante—, que yo piense por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que quizás también vosotros tenéis dentro».

Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa que no sean las treinta monedas de plata. Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia. Puedo traicionarlo yo también, en este momento —y la cosa me hace temblar— si mientras predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio más que de participar en la inmensa pena del Salvador. Judas tenía un atenuante que yo no tengo. Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»; no sabía que era el hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.

Como cada año, en la inminencia de la Pascua, he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. Hay un detalle que cada vez me hace estremecer. En el anuncio de la traición de Judas, allí todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» «Herr, bin ich’s?». Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, el compositor inserta una coral que comienza así: «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!», «Ich bin’s, ich sollte büßen». Como todas las corales de esa ópera, expresa los sentimientos del pueblo que escucha; es una invitación para que también nosotros hagamos nuestra confesión del pecado.

El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió, y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Ocúpate tú. Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahorcarse» (Mt 27, 3-5). Pero no demos un juicio apresurado. Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús en el huerto y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada.

Es cierto que, hablando de sus discípulos, al Padre Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17, 12), pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad. También la otra tremenda palabra dicha de Judas: «Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14, 21) se explica con la enormidad del hecho, sin necesidad de pensar en un fracaso eterno. El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté ciertamente en el infierno.

Dante Alighieri, que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban condenado porque murió excomulgado. Herido de muerte en batalla, él confía al poeta que, en el último instante de vida, se rindió llorando a quien «perdona de buen grado» y desde el Purgatorio envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros: «Abominables mis pecados fueron; mas tan gran brazo tiene la bondad infinita, que acoge a quien la implora» (Purgatorio, III, 118-123).

He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona gustosamente, a arrojarnos también nosotros en los brazos abiertos del Crucificado. Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege. Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el huerto de los olivos, su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26, 50). Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle su perdón, ¡quién sabe cómo habrá buscado también el de Judas en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34), no excluye ciertamente de ellos a Judas.

¿Qué haremos, pues, nosotros? ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro? Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, pero también Judas tuvo remordimiento, hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!» y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia.

Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento! Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, pero aún más dulce experimentarlo como Redentor: como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: «¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8, 3).

La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia dice del pecado de Adán en el Exultet pascual: «¡Oh, feliz culpa, que nos mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentido, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan sino por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas!

Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, venerables padres, hermanos y hermanas: que la mañana de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón las palabras de un gran converso de nuestro tiempo, el poeta y dramaturgo Paul Claudel:

«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo! Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche. Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como se lanza un grito! […] Padre mío que me has generado antes de la aurora, estoy en tu presencia. Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas. Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno. El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio. Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido» (P. Claudel, Prière pour le Dimanche matin, en Œuvres Poétiques, Gallimard, París, 1967, p. 377).

Esto puede hacer de nosotros la Pascua de Cristo.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico, Tomo III: Tiempo de Pascua, Fundación Gratis Date.

«Tanto nos ha amado Dios que llegó a entregarnos, por el sacrificio, a su Hijo… que nos amó y se entregó por nosotros» (Jn 3,16; Gál 2,20).

–Oración (del Misal anterior, tomada del Gelasiano): «Señor, Dios nuestro; Jesucristo, tu Hijo, al derramar sus sangre por nosotros, se adentró en su misterio pascual; recuerda, pues, que tu ternura y tu misericordia son eternas, santifica a tus hijos y protégelos siempre».

O bien (del Gelasiano): «Oh Dios, que por la Pasión de Cristo, Señor nuestro, has destruido la muerte, consecuencia del primer pecado, que a todos los hombres alcanza; te pedimos nos hagas semejantes a tu Hijo; así, quienes por nuestra naturaleza humana somos imagen de Adán, el hombre terreno, por la acción de tu gracia, seamos imagen de Jesucristo, el hombre celestial».

En el Calvario sobraron espectadores y faltaron creyentes. Sobró curiosidad y faltó amor. Sobró irresponsabilidad y faltó humilde sinceridad religiosa, salvo la Virgen María, la Madre de Jesús, San Juan, el discípulo amado, y las piadosas mujeres. Tengamos los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús… «hecho por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de Cruz» (cf. Flp 2,5 ss.).

–Isaías 52,13-53.12: Él fue traspasado por nuestras rebeliones. El cuarto cántico de Isaías sobre el Siervo de Dios nos presenta al Mesías como Víctima vicaria y solidaria, machacada por nuestros pecados. Varón de dolores; castigado y herido por nuestras iniquidades.

–Con el Salmo 30 decimos: «A Ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; Tú eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu; Tú, el Dios leal, me librarás»

–Hebreos 4,14-16; 5,7-9: Experimentó la obediencia y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Es una proclamación del Sacerdocio Mediador de Cristo, el Inocente, el Hijo muy amado, Víctima de nuestros pecados. Por ello es causa de salvación para cuantos creen en Él.

–Juan 18,1-19,42: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. La meditación de la Pasión evoca los acontecimientos del Calvario. No interesa tanto lo anecdótico de los sucesos, cuanto la obediencia, el Amor victimal y la inocencia redentora con que Jesús nos amó y se entregó por nosotros. Oigamos a San Agustín:

«Marchaba, pues, Jesús para el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de la fe; a los ojos de la impiedad documento de ignominia; a los ojos de la piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de fijarse en la frente de los reyes; para los ojos de la impiedad, la mofa de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio. En la Cruz había de ser despreciado por los ojos de los impíos, y en ella ha de ser la gloria del corazón de los santos, como diría después San Pablo: “No quiero gloriarme, sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Él recordaba su cruz llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida, que no debía ser puesta debajo del celemín» (Tratado 119,1 sobre el Evangelio de San Juan).


Adrien Nocent: Con su propia sangre

Celebrar a Jesucristo, Tomo IV (Semana Santa y Tiempo Pascual), Sal Terrae, Santander 1981, pp. 87-92.

La carta a los Hebreos presenta a Cristo en su dignidad de pontífice que entra una sola vez en el santuario con su propia sangre (Hb 9,11-28). Este pasaje de la carta nos da una visión teológica del cordero inmolado. Cristo entró en el santuario de una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de becerros, sino con su propia sangre, habiéndonos adquirido una redención eterna (Hb 9, 12). Es mediador de una Nueva Alianza (Hb 9, 15). Pero la sangre de Cristo corrió de una vez para siempre; no es preciso que, a semejanza de la sangre de la Alianza antigua, corra de nuevo, sino que Cristo se manifestó de una vez para siempre para abolir el pecado (Hb 9, 26). Y ahora, Cristo ha entrado en el cielo para presentarse ante la faz de Dios en favor nuestro (Hb 9, 24). El pasaje de la carta se cierra con una gran esperanza que es una realidad que poseemos ya: “Así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de las multitudes, aparecerá por segunda vez, sin relación ya con el pecado, para dar la salvación a los que lo esperan” (Hb 9, 28).

La composición grandiosa de la carta no disimula que se trata aquí de una inmolación, y que la sangre entra directamente en las exigencias de la Alianza.

Cuando en la liturgia eucarística el celebrante presente a los fieles el pan consagrado diciéndoles: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, está significando con ello todo el misterio pascual, toda la vida de la Iglesia y nuestra propia vida. Ya en el cuarto evangelio señala Juan Bautista a Jesús de esta manera: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 01,29). Sin duda ninguna, al emplear Juan Bautista esta expresión, “Cordero de Dios”, se refiere instintivamente a una imagen corriente. En realidad, aquella imagen era doble: estaba relacionada o con el cordero pascual del Éxodo (c. 12), o con el cordero degollado de Isaías (c. 53).

“Lo guardaréis hasta el día 14 del mes y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido” (Ex 12,6-7).

El cordero del Éxodo es, pues, el cordero inmolado cuya sangre se derrama. Más adelante, en el versículo 23, leeremos: “El Señor va a pasar hiriendo a Egipto, y, cuando vea la sangre en el dintel y las jambas, el Señor pasará de largo y no permitirá al exterminador entrar en vuestras casas para herir”.

Así, la sangre interviene en la religión de Israel como en las religiones antiguas. La sangre representa la vida: en el Deuteronomio leemos: “Guárdate solamente de comer la sangre, porque la sangre es la vida..” (Dt 12, 23).

Esa vida, esa alma, depende estrechamente de Dios: “Yo soy el dueño de la muerte y de la vida. Yo hiero y yo curo…” (Dt 32, 39). El uso de la sangre en el culto, se inscribe, pues, en la recta intención de un pueblo que posee el sentido de la vida y el sentido de Dios. Muy claramente se advierte que la sangre, lo mismo que la vida, sólo le pertenece a Dios; ha de ser reservada para los sacrificios (Lv 3, 17).

La sangre sólo puede servir para la expiación (Lv 17, 1-8). De ahí se llega a darle naturalmente un valor de rescate. Debido a la sangre del cordero, el pueblo hebreo fue liberado de Egipto. Ya la sangre de la circuncisión era la sangre de la Alianza (Ex 4, 26), pero la sangre del cordero liberará a los hebreos y les vinculará con el Señor en una Alianza firme. Llegarán a ser un reino de sacerdotes, una nación consagrada (Ex 19, 6). La Alianza será sellada con sacrificios pacíficos en los que la sangre desempeña un papel esencial: Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la Alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: -Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos. Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: -Esta es la sangre de la Alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos (Ex 24,5-8).

Aunque no está claro el papel de los jóvenes, el conjunto del texto proporciona indicaciones muy valiosas: una parte de la sangre es derramada sobre el altar, que representa a Dios, y la otra parte sobre el pueblo. En primer lugar, se rocía el altar, se proclaman las condiciones de la Alianza, el pueblo se compromete y es rociado con el resto de la sangre. Hay que señalar que el gesto comporta un significado raras veces subrayado. En efecto, la sangre se derrama sobre el altar antes de ser leído el documento de la alianza. Esto indica que es el pueblo el que se compromete primero. Yahvéh no está preso en su Alianza, pero él es quien sobre todo toma la iniciativa. La Alianza es un don gratuito por parte del Señor. “Ninguna reciprocidad hay entre derechos y deberes, como ocurre en las alianzas humanas”. Si se ha comprendido que la sangre significa la vida sobre la que Yahvéh tiene todos los derechos, y de la que nadie fuera de él y por él puede disponer, se convendrá en que el rito de la sangre en la Alianza significa una verdadera comunidad entre Dios y su pueblo. Yahvéh “comunica al pueblo una parte de su prerrogativa divina”. Y esto tiene una importancia capital. Por encima de una alianza jurídica, en esta Alianza por la sangre hay que ver una voluntad de Yahvéh de considerar a Israel como hijo suyo, con el que se ha unido con los vínculos de la sangre. Teniendo esto en cuenta, se comprende la amenaza hecha a Faraón: “Así habla Yavéh: Israel es mi hijo primogénito… Si te niegas a dejarle salir, yo mataré a tu hijo primogénito” (Ex 4, 22-23). Y mucho después, el libro de la Sabiduría afirmará que los egipcios, ante la pérdida de sus primogénitos, tuvieron que “confesar” que aquel pueblo era hijo de Dios (Sb 18, 13). Así pues, el sentido de este rito de aspersión parece haber sido el manifestar que la atadura vital que une a Israel con su Dios no es menos fuerte que los vínculos de la filiación de carne y sangre. La sangre de la Alianza, pues, no es sólo la sangre del rescate, sino que en igual medida y aún más, es la sangre mediante la cual Dios se vincula con su pueblo.

Toda la tradición cristiana ha visto en Cristo al cordero, al único verdadero Cordero, como lo canta el prefacio de la misa de Pascua. San Juan, con la forma de narrarnos los hechos de la Pasión se lo señala al mundo como el verdadero Cordero. Jesús es condenado a muerte la víspera de la fiesta de los ázimos. Lo dice Juan en dos ocasiones (Jn 18, 28; 19,14-31). Muere, por lo tanto, el día de la Pascua, que es cuando se inmolan los corderos en el templo. Muerto Cristo, san Juan es el único que señala puntualmente que no se le rompieron las piernas al crucificado, y el evangelista cita el texto de la disposición relativa al sacrificio del cordero pascual: “No le quebrantaréis ningún hueso” (Ex 12, 46).

Cuando escribe san Pablo a los cristianos de Corinto, les recomienda que vivan como ázimos, “porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo” (1 Co 5, 7). Por otra parte, en su enseñanza insiste san Pablo sobre el valor de la sangre en la expiación; la sangre sugiere el sacrificio, a la vez que el rescate y la justificación.

La primera carta de Pedro, considerada como una catequesis sacramental, señala frecuentemente a Jesús como el cordero sin pecado (1 Pe 1, 19) cuya sangre rescata a los hombres (1 Pe 1, 18). Este rescate por la sangre del cordero es una liberación de los ídolos (1 Pe 1, 14-18). Liberados por la sangre del Cordero, los cristianos han de ser “santos” en toda su conducta. Por otro lado, forman parte de un pueblo real, sacerdotal, y son llamados de las tinieblas a la luz (1 Pe 2, 9).

También para san Juan, Cristo es ese cordero (Jn 1, 29) sin pecado (Jn 8, 48 – 1 Jn 3, 5) que quita los pecados de los hombres (Jn 1, 29). A Cristo-Cordero que alcanzó la victoria le exalta sobre todo en el Apocalipsis. Jesús es el Cordero (Ap 5, 6) que con su sangre rescata a la humanidad (Ap 5, 9). Los cristianos son rescatados de la tierra (Ap 14, 3), forman una nación consagrada (Ap 5, 9). Han vencido a Satanás gracias a la sangre del Cordero (Ap 12, 1). Ahora pueden entonar el cántico de Moisés y el cántico del Cordero (Ap 15, 3). En el Apocalipsis de Juan volvemos a encontrar la teología fundamental del misterio de la Pascua. Pues este Cordero inmolado es también “el león de la tribu de Judá, el vástago de David, que puede abrir el rollo y sus siete sellos” (Ap 5, 5). El Cordero ha tomado posesión de su reino, y han llegado sus bodas con su esposa, que se ha trocado bellísima, esa esposa, la Iglesia, que con el Cordero invita al banquete de bodas (Ap 19, 6-9).

En esta visión, es el Cordero el que “quita” los pecados del mundo. Pero hay otro posible aspecto: el del Mesías doliente que “lleva” los pecados del mundo. Como se ha señalado con frecuencia, en el evangelio de Juan y en diversos pasajes, se emplean ciertos términos que pueden admitir significados distintos. El verbo griego “airo” lo mismo significa “quitar” que “llevar”. Con este último sentido estamos, pues, en la línea del canto del Siervo, de Isaías 53. Ya Jeremías se comparaba a sí mismo con un cordero que es llevado al matadero (Jr 11, 19). Esta imagen será repetida por Isaías; el Siervo, “maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero” (Is 53, 7). San Juan repite esta misma expresión, cuando señala el silencio de Jesús ante Pilato (Jn 19, 9), y también san Mateo, al referir el comportamiento de Jesús ante el Sanedrín (Mt 26, 63). Cuando Felipe sube al carro del eunuco, éste iba leyendo Isaías 53: “Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía…”. Felipe tomó entonces la palabra, y, empezando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Nueva de Jesús (Hech 8, 29-34). Creer en este cordero enmudecido es la condición para recibir el bautismo que Felipe va a administrar al eunuco. De esta manera ha unido Felipe dos aspectos del cordero en los que va inserta toda la teología de la Buena Nueva: la del cordero enmudecido que es llevado al matadero y la del cordero inmaculado cuya sangre derramada es la salvación de muchos, arrastrados por él en su triunfo definitivo sobre las potencias del mal.

El Oficio de Lectura, de la Liturgia de las Horas, ha elegido una de las catequesis de san Juan Crisóstomo en la que el santo enaltece el poder de la sangre de Cristo (San Juan Crisóstomo. Catequesis 3, 13-19; SC 50 bis, 147-177). “¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo?”. San Juan Crisóstomo ha recurrido aquí a la tipología; recuerda la sangre con que los israelitas habían rociado sus puertas. Si el ángel exterminador no se atrevió a entrar al ver aquella sangre, que no era más que una figura, más espantado quedaría aún al ver la realidad de la sangre de Cristo. Después pasa san Juan Crisóstomo a describir el agua y la sangre que manan del costado de Cristo en la cruz. El agua simboliza el bautismo, la sangre es sacramento. Primero el agua porque primero somos lavados por el bautismo, y luego, consagrados por el misterio. Los judíos sacrificaron un cordero, pero yo he aprendido a conocer el fruto cuya fuente es el sacrificio.

De su costado traspasado ha formado Cristo su Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva. San Crisóstomo cita a san Pablo: “Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos”, aludiendo con estas palabras al costado de Cristo. Cristo, pues, se unió a su Iglesia y nos alimenta. Con este mismo alimento nacemos y somos alimentados. Como una mujer se apresura a nutrir a su hijo con su propia sangre y con su propia leche, así Cristo nos alimenta a nosotros y nos hace renacer con su sangre.


Hans Urs von Balthasar:  Murió por nosotros

Luz de la Palabra: Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones Encuentro, Madrid, 1994, pp. 55 ss.

Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio central de la cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Pero las tres aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la primera lectura ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el rey de los judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan, ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con la sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

1. El siervo de Yahvé.

Que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos los hombres, sobre todo por el pueblo elegido, era un tema frecuente en la historia de Israel: Abrahán intercedió por Sodoma, la ciudad empecatada; Moisés hizo penitencia durante cuarenta días y cuarenta noches por el pecado de Israel y suplicó a Dios que no abandonara a su pueblo; profetas como Jeremías y Ezequiel tuvieron que soportar las pruebas más terribles por el pueblo. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el misterioso siervo de Dios de la primera lectura: el «hombre de dolores» despreciado y evitado por todos, «herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes,… que entregó su vida como expiación”. Pero este sacrificio produce su efecto: «Sus cicatrices nos curaron». Se trata ciertamente de una visión anticipada del Crucificado, pues es imposible que este siervo sea el pueblo de Israel, que ni siquiera expía su propio pecado. No, es el siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios «se ha complacido», sólo Dios, pues ¿quién sino El se preocupa de su destino? Durante siglos este siervo de Dios permaneció desconocido e ignorado por Israel, hasta que finalmente encontró un nombre en el Siervo Crucificado del Padre.

2. El sumo sacerdote.

En la Antigua Alianza el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario y rociarlo con la sangre sacrificial de un animal. Pero ahora, en la segunda lectura, el sumo sacerdote por excelencia entra «con su propia sangre» (Hb 9,12), por tanto como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo ante el Padre; por nosotros ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios en la debilidad humana, «a gritos y con lágrimas»; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, «aprendió», sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así en «autor de salvación eterna» para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

3. El rey.

En la pasión según san Juan Jesús se comporta como un auténtico rey en su sufrimiento: se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita «crucifícalo». «¿A vuestro rey voy a crucificar?», pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la cruz un letrero en el que estaba escrito: «El rey de los judíos». Y esto en las tres lenguas del mundo, irrevocablemente. La cruz es el trono real desde el que Jesús «atrae hacia él» a todos los hombres, desde el que funda su Iglesia, confiando su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina la fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

Los tres caminos conducen, desde sitios distintos, al «refulgente misterio de la cruz» (fulget crucis mysterium); ante esta suprema manifestación del amor de Dios, el hombre sólo puede prosternarse en actitud de adoración.


J. Aldazabal: La Cruz de Cristo

Enséñame Tus Caminos (Tomo X): Los Domingos del Ciclo C, Dossiers CPL 99, Barcelona, 2003, pp. 147-152.

I. La centralidad de la cruz de Cristo

Hoy empezamos en pleno el Triduo Pascual, ya inaugurado a modo de prólogo con la Eucaristía vespertina de ayer. Y lo hacemos dirigiendo nuestra mirada hacia la cruz de Cristo.

El Viernes y el Sábado no tienen Eucaristía: se celebran, junto con el Domingo, como un único día, y la Eucaristía central de los tres días es la de la Vigilia, en la que afirmaremos que “Cristo Nuestra Pascua, ha sido inmolado” (prefacio). El Viernes, y también a ser posible el Sábado, se vive austeramente, con el ayuno llamado “pascual”, porque no tiene color penitencial, sino de inicio ya cúltico de la Pascua.

El esquema de la celebración de hoy, que no es Eucaristía, sino una liturgia de la Palabra seguida de la adoración de la cruz y de la comunión, es:

* después de una entrada austera, sin canto de entrada, y con una postración,

* pasamos ya a escuchar las lecturas bíblicas, sobre todo la Pasión,

* la Palabra termina, hoy con más solemnidad, con la Oración Universal, pidiendo a Dios, precisamente el día de la muerte de nuestro Sacerdote e Intercesor, que su salvación alcance a toda la humanidad;

* a continuación realizamos un gesto simbólico muy expresivo: después de mostrar solemnemente la cruz de Cristo, la adoramos con un gesto -la genuflexión, el beso- que signifique bien nuestra gratitud y admiración; * y, aunque hoy no haya Eucaristía, desde 1955 sí podemos participar en la comunión del Cuerpo de Cristo que se consagró para hoy en la Eucaristía del Jueves. Al principio, nadie comulgaba en este Viernes, ya que no se celebra la Eucaristía; luego, durante siglos, comulgó sólo el sacerdote; Pío XII, en su reforma de la Semana Santa, introdujo la posibilidad de que la comunidad comulgara hoy.

Como dice J. Castellano en su presentación de este día, las etapas de esta celebración son la Pasión proclamada (en las lecturas), la Pasión invocada (en la oración universal), la Pasión venerada (en el gesto de la adoración de todos) y la Pasión comunicada (en la comunión eucarística).

Todo el día de hoy (y el de mañana) preside los lugares de culto la cruz del Salvador, centro de la atención de los fieles, como en la tarde-noche de ayer Jueves lo fue la Eucaristía.

Isaías 52,13 – 53,12. El fue traspasado por nuestras rebeliones

Las lecturas apuntan claramente a la muerte salvadora de Cristo. Empezando por el cuarto cántico del Siervo (el domingo de Ramos leímos el 3o , y entre semana también los otros dos), el poema que directamente se centra en la actitud de entrega del Siervo hasta la muerte.

La descripción que hace el profeta del Siervo que carga con los males de la humanidad es en verdad dramática: “despreciado y desestimado… él soportó nuestros sufrimientos… leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones”.

El salmo parece como un eco del cántico de Isaías, expresando el dolor del justo: “soy la burla de mis enemigos”, y, a la vez, de su confianza: “pero yo confío en ti, Señor, haz brillar tu rostro sobre tu siervo”. Repetimos como antífona las palabras de Cristo en la cruz: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Hebreos 4,14-16; 5, 7-9. Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna

El autor de la Carta a los Hebreos anima a sus lectores a la perseverancia en su seguimiento de Cristo.

El argumento que les pone es que “no tenemos un Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas”, porque las ha experimentado él mismo en su vida. Describe la crisis de Jesús ante su muerte con palabras más expresivas todavía que las de los evangelistas (que hablaban de tristeza, miedo, pavor y tedio), cuando dice que “a gritos y con lágrimas presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte” y, “a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo a obedecer”. También dice que fue escuchado en su petición: no porque se le libró de la muerte antes, sino después de experimentarla.

Juan 18,1 – 19,42. Pasión de N. S. Jesucristo

El Viernes Santo leemos cada año la Pasión según Juan, mientras que el domingo de Ramos se van alternando los otros tres evangelistas. De nuevo, hoy, una lectura pausada, expresiva, de la Pasión es el momento culminante de la celebración de la Palabra. La comunidad cristiana queda siempre impresionada por este relato del camino de Cristo a la cruz.

La escena queda interrumpida en el punto más bajo del camino pascual de Cristo: la crucifixión, la muerte y la sepultura. El relato se completará en la noche de Pascua con el de la resurrección.

II. La gran lección de la cruz

Juan termina su relato con las palabras del profeta Zacarías: “mirarán al que traspasaron”. Nosotros estamos hoy mirando impresionados a ese Cristo clavado en la cruz, el mismo a quien Pilato ha presentado al pueblo diciendo: “ahí tenéis al hombre” (“ecce homo”). Ahí está: perseguido como un criminal, calumniado, torturado física y moralmente, muerto. Las lecturas nos ayudan a entender toda la profundidad de este acontecimiento.

Hoy dedicamos particular atención a la muerte de Cristo, el primer acto del “tránsito” o del “paso” pascual. La celebración la hacemos con vestiduras rojas, el color de la sangre, por la muerte del Primer Mártir, Cristo Jesús. No estamos de luto, sino que, en una celebración sobria e intensa, contemplamos con fe y admiración la entrega generosa de Cristo en solidaridad con el género humano.

Las lecturas nos han presentado la teología del dolor de Cristo, como el Siervo que ha cargado sobre sus hombros el mal de toda la humanidad, como el que, enviado por Dios para salvarnos, aunque con gritos y lágrimas deseara ser librado de la muerte, obedeció hasta el final, experimentando en sí mismo todo el dolor que puede sufrir una persona. Dios nos salva asumiendo él con su propio dolor el desfase que se da entre su plan salvador y nuestra debilidad. Es el pensamiento que desarrolla con densidad teológica Juan Pablo II en su “Salvifici doloris” (“el sentido cristiano del dolor”) de 1984.

Las lecturas y textos del día de hoy apuntan también al dolor de toda la Humanidad. En la cruz de Cristo se puede decir que están representados todos los que han sufrido antes y después de él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos, los que no han tenido suerte en la vida, los que sufren los horrores de la guerra o del hambre o de la soledad, los crucificados de mil maneras. También en nuestro caso el dolor, como en el de Cristo, tiene valor salvífico, aunque no acabemos de entender el sentido que pueda tener en el plan de Dios.

Dios no está ajeno a nuestra historia. No es un Dios inaccesible, impasible. Por medio de su Hijo ha querido experimentar lo que es sufrir, llorar y morir. Nos ha salvado desde dentro. Cristo no sólo ha sufrido por nosotros, sino con nosotros y como nosotros. No nos ha salvado desde la altura, sino que ha asumido nuestro dolor. Es un ejemplo, como quiere el autor de la carta a los Hebreos, para todos los que se sienten cansados en su camino de fe y tentados de dimitir: este Cristo que camina hacia la cruz es “capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”.

El salmo de hoy nos invitaba a los que experimentamos alguna vez el dolor y el desánimo: “sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor”. Con el ejemplo de Cristo, tenemos más motivos todavía para aceptar en nuestras vidas el misterio del dolor y del mal.

“Jesús, aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia. ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre” (CCE 2825).

Pero con la esperanza de la Vida

Pero hoy no celebramos sólo la cruz. Celebramos la totalidad del Misterio Pascual. Aunque pongamos énfasis en la primera etapa del único movimiento pascual, la muerte en la cruz, los textos de hoy nos invitan a mirar hacia delante, hacia la resurrección. Ese Cristo muerto en la cruz resucitará por el poder de Dios, y el destino de gloria que le espera a él es también el que nos espera a nosotros.

Las oraciones de hoy hablan también de la resurrección: “Jesucristo tu Hijo, a favor nuestro instituyó por medio de su sangre el misterio pascual” (oración inicial); “nos has renovado con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo” (poscomunión). En la oración sobre el pueblo, se dice que esta comunidad “ha celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su santa resurrección”.

También las lecturas dejan la puerta de la esperanza abierta. La de Isaías, con el canto del Siervo, ya asegura que este Siervo que “tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores… que justifica a muchos cargando con los crímenes de ellos”, luego “verá su descendencia y prolongará sus años”.

Para la carta a los Hebreos, después del momento crítico de Jesús en su dolor, que terminó en la obediencia y en la entrega de la cruz, cambia el panorama: “y llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que obedecen en autor de salvación eterna”.

La muerte de Jesús se celebra con seriedad, pero con aires de victoria. Durante el gesto de la adoración de la Cruz, se cantan antífonas como esta: “tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo”, o cantos como el “Victoria, tú reinarás”. Uno de los himnos clásicos del Viernes Santo es el “Vexilla Regis prodeunt”, “los estandartes del Rey avanzan”. Según el Misal Romano, en su tercera edición de 2002, también se puede cantar, durante esta adoración, el Stabat Mater dolorosa, porque la Madre del Salvador es la mejor maestra en nuestra sintonía con el dolor de Cristo Jesús.

Lo que celebramos hoy da sentido a toda nuestra vida, también a nuestros momentos de dolor y fracaso. No se nos ha asegurado que los que creamos en Jesús no vamos a tener dificultades, o no vamos a experimentar la enfermedad o la soledad o el fracaso o la muerte. Pero sí se nos ofrece luz y fuerza para que nuestra vivencia de todos esos momentos sea en sintonía con Cristo. Aunque no entendamos del todo el misterio del mal o de la muerte, no son en vano, sino que tienen una fuerza salvadora y pascual, hacia la nueva vida que Dios nos prepara.

Ese Cristo clavado en la cruz, que dedica palabras de perdón a sus vecinos condenados con él y ofrece su vida al Padre, es nuestro Modelo más vivo y convincente. Cuando hoy besamos la cruz, en signo de adoración a Cristo, le pedimos también que nos enseñe a vivir la nuestra, nuestra pequeña o gran cruz, con la misma entereza con que él la vivió. Cuando en la comunión participamos de su “cuerpo entregado por todos”, nos alegramos que la muerte salvadora de Cristo se nos comunique continuamente en este sacramento admirable de la Eucaristía.

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