10
Mar, Dic

Homilía Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

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Homilías Especiales
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Homilía Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor, ciclos A, B y C

Homilía Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
Ciclos A, B y C

 

Comentando las Lecturas de Hoy...

Cristo no está muerto, ha resucitado! 

Queridos hermanos, hoy comenzamos una gran fiesta, para la cual no es suficiente un solo día, así que se prolongará por cincuenta, la cincuentena pascual. Hoy no es un domingo cualquiera, es el Domingo de Resurrección, Domingo de Pascua, en el que resuena la gran noticia que emocionó enormemente a los primeros cristianos y que ocupaba el centro de la predicación de los Apóstoles en el inicio de la cristiandad: Cristo no está muerto! Cristo está vivo! 

Para nosotros tal vez no causa tanta emoción esa noticia, porque ya estamos acostumbrados o ya dimos por hecho que Cristo resucitó, o simplemente no fijamos nuestra atención en ese gran misterio sobre el que renovamos nuestra fe todos los domingos al rezar el credo. Pero para los primeros cristianos, atormentados por la terrible noticia de la muerte en cruz de Jesús, saber que no se había quedado en la tumba sino que había vencido la muerte resucitando, era la noticia más grande que podían escuchar. Con ello se renovaban sus esperanzas y tomaban una fuerza enorme para reunirse y multiplicar esa gran noticia de aquel increíble acontecimiento. Imaginemos por un momento el impacto que causaría un fenómeno similar en nuestros tiempos, si de repente supiéramos que un amigo o familiar nuestro, de nuestra ciudad o pueblo, después de tres día de estar sepultado, de repente apareciera vivo, que rompiera la tumba y se apareciera a sus familiares y amigos, a aquellos que lloraron su partida y que saben realmente que está muerto, que lo enterraron. Unos morirían de terror, se desmayarían al creer que ven un fantasma, otros llorarían de emoción y quedarían estupefactos. Sin duda que sería la gran noticia que ocuparía las primeras planas de los periódicos y noticieros televisivos. De muchos países acudirían al lugar para entrevistarle y cubrir esa gran noticia. Las redes sociales se llenarían de fotos compartidas de aquel increíble acontecimiento. Todos los familiares, amigos y vecinos se reunirían en torno a él para tocarle y hablar con él, preguntarle cosas y satisfacer sus curiosidades...

Pues esa emoción fue la que llenó a los primeros cristianos y debe llenarnos a nosotros ahora, porque es la gran noticia que nos mantiene con fe y esperanza que también nosotros resucitaremos con Cristo.

Y es que si Cristo no hubiera resucitado nadie podría resucitar; la muerte se​ría la dueña absoluta del destino de todos los hombres. Si Cristo no hubiera resucitado no habría futuro para nadie. La muerte sería el fin último y definitivo. Pero Cristo resucitó y con esto se rompió el círculo eterno de nacer y morir. Ahora ya no es así. La muerte no es lo definitivo pa​ra nadie. La muerte ha sido vencida por la resurrección de Cristo. Porque Cristo murió, pero no se quedó en la tumba: rompió su círcu​lo fatal y abrió para la humanidad otro destino. Si Cristo vive, en​tonces es que la muerte es sólo un paso; aunque hoy, como en el pasado, no falten quienes de formas diversas lo pongan en duda o incluso lo nieguen. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. Si nos falta la fe en la Resurrección de Cristo, todo se paraliza.

Pero esa certeza de que Cristo resucitó es la que ha sostenido a nuestra Iglesia y ha infundido valentía, audacia y perseverancia a los mártires de todas las épocas y ha llevado a la conversión a tantos hombres y mujeres, fascinados por su encuentro con un Cristo vivo, un Cristo que tiene poder!. Si Cristo no hubiera resucitado, los frutos de la predicación serían vanos, sería tiempo perdido. Pero resucitó, y por eso estamos aquí, alegres, gozosos, con esperanza! Y por eso el cristianismo sigue en pie. Y por eso nuestra Santa Iglesia, después de 2000 años, sigue hacia adelante, con una fe firme en que un día todos resucitaremos también con Cristo.

Por eso también San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos dice: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las co​sas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”. Esto quie​re decir que no somos esclavos de ninguna situación de este mun​do: ni de la pobreza ni de la enfermedad; no somos esclavos del dolor ni de la vejez, no estamos determinados por nada de lo que determina a la gente en este mundo: el dinero, el prestigio, el po​der . No somos esclavos del miedo a la muerte. Por eso no somos tampoco esclavos del miedo al futuro. Nuestro futuro es el de Cristo. Porque nos dice tam​bién san Pablo: “Cuando aparezca Cris​to, vida vuestra, entonces tam​bién vosotros apareceréis gloriosos con El”. Sí, somos hijos de la resurrección; como hijos de Dios y se​guidores de Cristo, somos hijos de la luz e hijos del día. El futuro es nuestro porque nuestro futuro es la vida de Cristo en el que la muerte ha sido vencida. Por eso este día se convierte en una gran fiesta para los cristianos, y lo celebraremos por ocho días más, y tampoco esos ocho días son suficientes, sino que prolongaremos esta gran fiesta por cincuenta días más, hasta recibir al Espíritu Santo prometido por el Padre, Espíritu que da vida y nos hace testigos de la resurreción de Cristo, y nos impulsa, como impulsó a los apóstoles, a levantar la voz y anunciar al mundo que el proyecto de Cristo no ha fracasado, que la muerte no tiene la última palabra, que estamos vivos en Cristo Jesús, que en la resurrección de Cristo somos victoriosos también nosotros. Y porque creemos en la resurreción de Cristo, no podemos doblegarnos ante nada ni ante nadie. La tristeza no nos puede vencer; el miedo no nos puede vencer; las guerras, el hambre, la desnudez, la muerte, nada!, absolutamente nada ni nadie puede vencer ni apagar en nosotros la alegría y la esperanza en una vida nueva con Cristo Resucitado!

Hay mucha gente que deambula por este mundo cabizbajos, sin esperanza, agobiados, atormentados y más parecen muertos andantes, cadáveres que caminan junto a nosotros, sin fe, sin esperanza, agobiados por la vida. Porque es gente que todavía no se ha encontrado con un Cristo vivo. Porque es gente que se quedó en el viernes santo, con la crucifixión de Cristo y asistió solo a su santo entierro, pero no a su resurreción. Porque es gente que busca a Cristo entre los muertos, que asiste al sepulcro, así como aquellas mujeres o los discípulos, que reciben una gran corrección: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado». Hay mucha gente, jóvenes sobretodo, que buscan soluciones en los vicios, las drogas, la delincuencia. Buscan felicidad en la infelicidad misma, buscan vida en la muerte misma, buscan a Cristo en el sepulcro, y Cristo no está ahí, Cristo está vivo!. Hacia ellos, a este tipo de gente sin esperanza y sin fe, hay que correr y anunciarles la gran noticia de la Resurrección de Cristo. Muchas de esas personas forman parte de nuestras familias, y hay que comenzar por ahí, para continuar con nuestros amigos, vecinos, compañeros de estudio, de trabajo.

Ese acontecimiento sorprendente de la Resurrección de Cristo ha cambiado definitivamente el curso de la historia, de nuestra historia,  y se hace actual en cada celebración eucarística. Sin embargo, el tiempo de pascua nos sirve para vivir y celebrar más intensamente la resurrección de Jesús. 

Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo, que nos da a nosotros la certeza de que un día también resucitaremos con él. Y así como aquellas mujeres, los discípulos y otras personas se encontraron, sorprendidos al principio, con un Cristo vivo, resucitado, también nosotros podemos encontrarnos con él, y más en esta pascua en que se nos anuncia constantemente sobre este gran misterio.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.

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