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Homilía XIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

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Ciclo C
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Homilías para el XIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C...

Homilías XIV Domingo del Tiemp Ordinario Ciclo C 

 

1) Homilia del P. Evens Darío Mengele

(El Camino del Espíritu, Homilías Dominicales Ciclo C)

Dar testimonio de la verdad


En el evangelio que acabamos de proclamar hay varias curiosidades que debemos notar y desentrañar para comprenderlo plenamente.

1. Curiosidades y envío

Ante todo, el número. ¿Qué sentido tiene que sean setenta y dos? Este número no es al azar. En primer lugar, tenemos que, según la tabla que figura en Génesis 10 (en LXX), las naciones derivadas de la descendencia de Noé y que repoblaron la tierra eran 72, de tal manera que ese número muestra la misión universal de la Iglesia a todas las naciones.

Además, en segundo lugar, como observa un comentarista, estos 72 más los doce apóstoles, da un resultado de ochenta y cuatro, que equivale a siete veces doce, con lo cual aparece la perfección del número doce, de tal manera que se indica la totalidad o la perfección de los enviados, prefigurando de esta manera los misioneros de todos los tiempos enviados a todos los pueblos y lugares de la tierra. Así se entiende mejor por qué Jesús dice la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.

En tercer lugar, el número de 72 hace alusión a los setenta ancianos elegidos por Moisés como ayudantes de él, los cuales, de esta manera, participaban de su misión (cf. Nm 11,16-25; de hecho resulta que hay algunos manuscritos que en vez de 72 hablan sólo de 70). Los signos que realizan los 72 enviados muestran que participan del poder de Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

Segunda observación. El domingo pasado vimos cómo nos insistía el evangelio en la necesidad de seguir a Cristo. En el texto que acabamos de proclamar se nos indica lo contrario: los discípulos han de precederlo en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Deben ir delante de Jesús, no seguirlo. Es decir que su función es preparar la llegada de Jesús, como se prepara la recepción de un personaje importante.

En relación con esto, hemos de incorporar una tercera observación. El mensaje que han de anunciar es muy sencillo: el Reino de Dios está cerca. Es curioso que recién ahora, en el evangelio de san Lucas, se empieza a hacer esta proclamación. ¿Por qué? Pues porque recién ahora aparece que Jesús se dirige decididamente hacia Jerusalén para instaurar ese Reino. Signo de esa instauración es la constatación que realiza Jesús al final del evangelio de hoy: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.

2. Testigos

Cuarta observación. Los envía de dos en dos. ¿Por qué? Ellos debían anunciar algo, pero ¿era creíble? Quienes escuchaban un anuncio como ese de el Reino de Dios está cerca ¿hasta qué punto debían aceptar lo que se les decía? ¿podían constatar la veracidad de lo que se les proclamaba? Para esto es que Jesús los envía de dos en dos. Según el pensamiento jurídico contemporáneo, era considerado válido el testimonio de al menos dos personas concordantes entre ellas (cf. Dt 19,15; por eso en el proceso contra Jesús querían dos testigos que coincidiesen). Es decir que, más que mensajeros, los enviados son testigos. Como signo de que su mensaje era divino se añaden las obras que realizan: sanen a los enfermos... Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

En relación con el testimonio es muy significativo el comentario que hace san Gregorio Magno: “Nuestro Señor y Salvador, queridos hermanos, a veces nos instruye con las palabras, a veces con los hechos. Sus acciones se vuelven preceptos, cuando tácitamente, con lo que hace, nos indica lo que debemos hacer. Helo aquí que manda a sus discípulos a predicar de dos en dos. Porque son dos los preceptos de la caridad, caridad hacia Dios y caridad hacia el prójimo, y para que haya amor, se necesitan al menos dos personas. El amor que uno tiene por sí mismo, ninguno lo llama caridad; debe ser dirigido a otro, para que se lo llame caridad. El Señor manda los discípulos de dos en dos, para hacernos entender que si uno no tiene amor por los otros, no debe ponerse a predicar” (Hom. 17,1).

Vivir la caridad auténticamente ya es manifestar a Cristo. A este respecto señala el catecismo: “la fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. ‘El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios’ (AA 6)” (2044). “Los cristianos... contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres” (2045). “Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, Reino de justicia, de verdad y de paz” (2046).

3. Las condiciones

Últimas observaciones: las condiciones que señala Jesucristo. Yo los envío como ovejas en medio de lobos: la figura muestra la agresividad y la fuerza por un lado y la debilidad e indefensión por el otro. Pero a pesar de todo se los envía. Esa disparidad de fuerzas no es una razón para que los enviados se sientan eximidos de la obligación de llevar el mensaje, ni para que elijan la reclusión en vez de la actividad.
Ejemplo preclaro de esto lo encontramos en Cristo quien proclama, ¡ante Pilato!, que había venido para dar testimonio de la verdad. Magníficos son los ejemplos que nos brindan sobre esto los mártires de todos los tiempos y lugares: “el martirio es el supremo

testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado... Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana...” (2473). Fíjense como habla san Ignacio de Antioquía: “Dejadme ser pasto de las fieras, por ellas me será dado llegar a Dios...” (2473) y san Policarpo: “Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires...” (2474). Y de allí la costumbre de recoger sus reliquias o restos y colocarlos en los altares sobre los que celebra la santa Misa, en donde se ofrece la sangre del Mártir por excelencia.

Así también “el cristiano no debe avergonzarse de dar testimonio del Señor. En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una conciencia limpia ante Dios ji ante los hombres. El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio... Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras.” (2471-2).
La importancia de esta tarea se vislumbra en las otras indicaciones que da Cristo: no llevéis dinero ni provisiones ni calzado ji no se detengan a saludar a nadie por el camino. Esto indica ante todo la urgencia del envío. San Ambrosio: “No se trata de abolir la recíproca cortesía del saludo, sino de quitar del medio el obstáculo que podría distraer del encargo; en presencia de lo divino, lo humano debe ser puesto temporalmente aparte...” (In Lucam). La llegada del reino es algo que compromete al hombre de tal manera, que toda otra ocupación o preocupación pasa a segundo plano. El reino no es algo que se agrega como un parche o un añadido a nuestra vida, sino que es una realidad que nos transforma totalmente y que transforma también al mundo.

En esta línea, hemos de tomar conciencia de lo que dice el evangelio: el que trabaja merece su salario. De allí el quinto precepto de la Iglesia que manda “contribuir al sostenimiento de la Iglesia”: “señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia” 2043). Se trata de colaborar con todos los medios para que el mensaje de Jesús se pueda difundir y expandir.

4. Conclusión

Concluyamos, queridos hermanos, con las últimas observaciones, que nos señalan la terrible importancia de nuestra misión de testimonio y la consoladora revelación que hace Jesús al final del evangelio.

La importancia de la misión se ve por las consecuencias que produce en quienes no quieren recibir a los enviados de Jesús: les asegura que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad. Sodoma es la ciudad que fue calcinada por fuego del cielo al no querer convertirse y a la cual ni siquiera la intercesión de Abraham logró salvar.

Las últimas palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran que dedicarse a esta tarea es un signo de predestinación de salvación eterna: alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo. Por eso no temamos a los hombres. Tomemos como lema las palabras del mártir san Ignacio de Antioquía: “No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo, es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra” (2474), y dediquémonos con todo nuestro esfuerzo a dar testimonio de Jesús.


2) Homilía Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«¡Poneos en camino!». Todo cristiano es misionero. Bautizado y confirmado, es enviado por Cristo al mundo para ser testigo suyo. En cualquier situación o circunstancia, en cualquier época o ambiente, el cristiano es un enviado, va en nombre de Cristo, para hacerle presente, para ser sacramento suyo. Y las palabras de Jesús revelan la urgencia de esta misión ante las inmensas necesidades del mundo y, sobre todo, por el anhelo de su corazón. ¿Me veo a mí mismo como un enviado de Cristo en todo momento y lugar?

«No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias». El que va en nombre de Cristo se apoya en el poder del Señor. Su autoridad no viene de sus cualidades, ni su eficacia de los medios de que dispone. Al contrario, su ser enviado se pone de relieve en su pobreza, y el poder del Señor se manifiesta en la desproporción de los medios: «No tengo oro ni plata, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar» (Hch 3,6), Lo más contradictorio con el apóstol es la búsqueda de seguridades fuera de Cristo.

En este contexto la expresión «el obrero merece su salario» significa «comed y bebed de lo que tengan», es decir, vivid de limosna. Una Iglesia que no es pobre no es ya la Iglesia de Jesucristo y, por tanto, no puede producir frutos de vida eterna.

«Os he dado potestad para pisotear todo él ejercito del enemigo». Una Iglesia que va en nombre de Cristo, pobre apoyada sólo en él, no tiene motivos para asustarse ni desanimarse ante el mal. Con las armas de Cristo –no las de este mundo: 1 Cor 2,1-5; 2 Cor 10,4-5– ha recibido poder para combatir y vencer el mal.

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