Homilía XII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

Comparte esta publicación:
Homilías Ciclo C
Tools
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times
Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

Homilías para el XII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C...

Homilías XII Domingo del Tiemp Ordinario Ciclo C 


Homilia del P. Evens Darío Mengele

(El Camino del Espíritu, Homilías Dominicales Ciclo C)


Hay que prestar mucha atención al diálogo que hemos leído en el evangelio, porque se esconde una revelación singular, que nos permite continuar profundizando en la enseñanza propia del tercer evangelio, o sea cómo es el “Camino del Espíritu”. Ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro, respondiendo, dijo: El Cristo de Dios. Él les ordenó terminantemente que no lo anunciaran diciéndoles: El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Ahora decía a todos: si
alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, y cargue su cruz cada día y sígame.

Hay algunas particularidades a destacar:


  • Primero: la forma en que Jesús los hace callar no es simplemente “no digan nada” o algo semejante, sino diciéndoles El Hijo del hombre debe sufrir...
  • Segundo: a nosotros nos suena como cosa normal la frase cargue su cruz, pero no lo era para un no cristiano, ya que significaba el castigo de un criminal. La cruz era maldición. Por tanto, Lucas escribe para quien sabe algo de la cruz.
    En síntesis, Jesús en su enseñanza nos lleva a considerar la relación entre la condición de Ungido (Cristo) y la cruz, sea que la consideremos en Él, sea que la consideremos en nosotros. Estamos frente a una revelación que se nos hace duro aceptar.

1. La virtud de la penitencia

Dice el B. Columba Marmión: “El Cristianismo es la reproducción de la vida de Cristo en el alma [hemos escuchado en la segunda lectura: han quedado revestidos de Cristo]. Ahora bien, la existencia de Cristo ofrece este doble aspecto: se entregó a la muerte por nuestros pecados, resucitó a fin de comunicarnos la vida de la gracia (Ro 4,25) [lo acabamos de escuchar en el evangelio]. El cristiano muere a todo cuanto es pecado, pero para vivir más íntimamente de la vida de Dios; la penitencia, de consiguiente, no es, en principio sino un medio para conseguir la vida.” Y, más adelante, “para que la vida de la gracia se mantenga en nosotros y se desarrolle, hay que mortificar, es decir, reducir a la impotencia, dar la muerte, no a nuestra misma naturaleza, sino a aquello que en nuestra naturaleza es origen de desorden y de pecado: instintos desordenados de los sentidos, desvaríos de la imaginación, perversas inclinaciones. Este es el fundamento de la necesidad de la penitencia: restablecer en nosotros el orden... La penitencia tiene por objeto hacer morir el pecado...”. (Jesucristo, Vida del Alma II-parte A 4).

Aquí tenemos el núcleo de la enseñanza que el evangelio nos brinda hoy: “Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores... sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas...” (1430).

¿En qué consiste esa virtud? “La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida...” (1431).

Evidentemente, la tarea no es fácil porque “el corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo...” Y dice el catecismo: “El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron” (1432) y, a su vez, gracias al Espíritu Santo que es el que “devela el pecado y el Consolador que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y la conversión” (1433). Es la enseñanza de la primera lectura: Derramaré un espíritu de gracia y de súplica; y ellos mirarán hacia mí. En cuanto al que ellos traspasaron, se lamentarán por él... Aquel día, habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza.

2 – Diversas formas de penitencia en la vida cristiana

Ahora ¿cómo saber si tengo realmente esa disposición interior, ese ánimo de seguir a Cristo? “Podemos estar seguros de que en verdad pertenecemos a Cristo, si, imitando su ejemplo, nos renunciamos a nosotros mismos y cargamos con nuestra cruz: El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a así mismo, tome su cruz y sígame. Aquí está el secreto de esas mortificaciones voluntarias que afligen y desgarran el cuerpo, y de aquellas otras que reprimen los deseos, aun legítimos, del espíritu” (B. C. Marmión, íd.).

Para ver en concreto cómo es esta disposición interior en la acción conviene leer detenidamente las palabras del Catecismo: “La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad que cubre multitud de pecados” (1434).

Todo esto se trasluce necesariamente en la vida cotidiana. ¿Cómo? “La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia” (1435).

3 – Creación y mantenimiento de la virtud de la penitencia

Entonces, ¿cómo llegar a obtener esta virtud o disposición tan esencial para la vida cristiana? “La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrifico de Cristo que nos reconcilió con Dios...” (1436). Respecto de esto, vale la pena observar que esta revelación de Cristo en el evangelio de Lucas está precedida por la ejecución del milagro de la multiplicación de los panes, evidente figura de la Eucaristía.

Además, “la lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia...” (1437).

Por supuesto que están también los “momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia” cuando toda la Iglesia se dispone con ese espíritu penitencial, es decir, “los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor)” (1438). Precisamente, el cuarto precepto de la Iglesia (ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia) asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas, contribuyen a hacernos adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón” (2043).

4 – Conclusión

“Retened, pues, para siempre, esta verdad capital: que nuestra santidad es de un orden esencialmente sobrenatural y que dimana de Dios. Cuanto más se purifique el alma del pecado por la mortificación y el desasimiento, cuanto más se vacíe de sí misma y de la criatura, tanto más poderosa resultará en ella la acción divina... Por eso, en la misma medida en que participemos de los padecimientos de Cristo, podemos alegrarnos, pues cuando se manifieste la gloria de Cristo en el último día, estaremos rebosando de contento (1Pe 4,13)” (B. C. Marmión, íd).

Si pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham, herederos en virtud de la promesa (2ª lectura). “Es esta virtud nuestra mejor garantía de perseverancia en el camino de la perfección, por ser ella, mirándolo bien, una de las formas más puras del amor” (B. C. Marmión, íd).

 

Y Vosotros, ¿Quién decís que soy yo?

(Del Libro Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico, del P. Julio Alonso Ampuero)

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Después de una pregunta general («¿quién dice la gente que soy yo?»), Jesús encara directamente a los discípulos. Pedro así lo entiende, y responde personalmente a Jesús. También nosotros debemos dejarnos interpelar personalmente por Él, cara a cara, dejándonos mirar por Cristo y mirándole fijamente. Jesús te pregunta: «¿Quién soy yo realmente para ti?». No bastan respuestas aprendidas, sabidas. Es necesaria una respuesta personal.

«El Hijo del hombre tiene que padecer...» Tras la respuesta de Pedro, es Jesús mismo quien explica quién es Él. Sólo Él conoce su propio misterio, su verdadera identidad. Debemos dejarnos enseñar e instruir por Él. Ante Cristo somos siempre aprendices. Su misterio nos supera y nos desborda. No lo entendemos, y aun nos resistimos, sobre todo cuando se trata de la cruz...

«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo...» Conocer a Jesús es seguirle. De nada sirve saber cosas sobre Él si eso no nos conduce a seguirle más de cerca por su mismo camino. El verdadero conocimiento lleva al seguimiento. Y sólo siguiéndole de cerca podemos conocerle de veras.

Write a comment...
0 awesome comments!

Comparte esta publicación:
0
Shares
0
Shares