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Vie, Sep

Homilía XI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

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Homilías para el XI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C...

Homilías XI Domingo del Tiemp Ordinario Ciclo C 

1. Introducción

La liturgia del domingo pasado giraba en torno a la liberación de la muerte. Hoy lo hace en torno a la liberación del pecado. Dios es nuestro salvador y liberador en todas las dimensiones.

La primera lectura, el salmo y el evangelio son los que más énfasis hacen en el arrepentimiento del hombre y el perdón incondicional de Dios. Lucas nos dibuja excepcionalmente esa escena conmovedora con tres personajes completamente distintos reunidos en un solo lugar: Jesús, un fariseo y la pecadora pública.  Esa mujer, para los judíos que observaban y figuraban entre los comensales, Simón principalmente, no debía ser acogida. Fue la alarma, no quiero imaginarme el rostro escandalizado de aquellos hombres que murmuraban entre sí (porque no debió ser solo Simón quien criticó tal gesto): Uy, cómo se atreve esa mujer impura, pecadora, prostituta, sucia!. Cualquier parecido con la realidad de nuestras parroquias es pura coincidencia. Porque tales fariseos se multiplican en nuestros templos asistiendo a celebraciones litúrgicas sólo para criticar y ver quién asiste y cómo lo hace. Y sobran escándalos por quien canta en el coro, quien lee, quien hace esto o lo otro, porque para un fariseo no hay nadie como ellos para merecer tales honores... porque para los fariseos los únicos perfectos son ellos y nadie más... ¿Y cómo dejan servir a fulano? ¿Y por qué no excomulgan a la fulanita? ¿Y cómo se atreve sutanito hacer fila para comulgar? y las tantas murmuraciones que desfilan después de un acto religioso. 

Jesús acoge, y ese es el factor común en todos los evangelios y la razón por la que esta mujer no tuvo miedo ni dudó en ningún instante para acercarse a Jesús. Imagínate esa escena: lágrimas (y muchas para lavar los pies de Jesús), cabellos secando sus pies, cuánto dolor de arrepentimiento en el corazón de esta pecadora, de rodillas,  humillada ante aquel a quien no se le puede ocultar ni el más mínimo pecado y que conoce el tamaño de nuestro arrepentimiento. Al que más se le perdona, ama más y esa es la grandeza del corazón de esta mujer. Reconoce su pecado, como el Rey David. Sabe perfectamente que así como es de grande su pecado así es también el amor que Dios le demuestra al perdonarla, y así es el amor que ella demuestra hacia el Dios misericordioso que le acoge. Sólo cuando realmente hacemos un inventario de nuestros pecados perdonados y reconocemos humildemente que Dios ha sido grande al perdonarnos tantas  veces que le ofendemos, no como los fariseos hipócritas, que se creían perfectos, sino como esta mujer del evangelio de hoy, entonces seremos capaz de devolver ese gran gesto de misericordia divina, con un amor tan grande, o al menos parecido al de esta mujer.

2. Homilía del Padre Raniero Cantalamessa

2 Samuel 12,7-10.13;
Gálatas 2, 16.19-21;
Lucas 7, 36-8,3

Fue una mujer con un frasco de perfume

Hay páginas del Evangelio en las que la enseñanza está tan unida al desenvolvimiento de la acción que no se percibe plenamente la primera si se la separa de la segunda. El episodio de la pecadora en casa de Simón –que se lee en el Evangelio del XI domingo del Tiempo Ordinario- constituye una de éstas. Se abre con una escena callada; no hay palabras, sino sólo gestos silenciosos: entra una mujer con un frasco de aceite perfumado; se acurruca a los pies de Jesús, los empapa en lágrimas, los seca con sus cabellos y, besándolos, los unge con perfume. Se trata casi con certeza de una prostituta, porque esto significaba entonces el término «pecadora» referido a una mujer.

En ese momento, el objetivo se desplaza al fariseo que había invitado a Jesús a comer. La escena es aún callada, pero sólo en apariencia. El fariseo «habla para sí», pero habla: «Al verlo, el fariseo que le había invitado, se decía para sí: "Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora"».

En ese punto del Evangelio toma la palabra Jesús para dar su juicio sobre la acción de la mujer y sobre los pensamientos del fariseo, y lo hace con una parábola: «"Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?". Respondió Simón: "Supongo que aquél a quien perdonó más". Le dijo Jesús: "Has juzgado bien"». Jesús, sobre todo, da a Simón la posibilidad de convencerse de que Él es, de hecho, un profeta, visto que ha leído los pensamientos de su corazón; al mismo tiempo, con la parábola, prepara a todos para comprender lo que está a punto de decir en defensa de la mujer: «"Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. En cambio, a quien poco se le perdona, poco amor muestra". Y le dijo a ella: "Tus pecados quedan perdonados"».

Este año se celebra el octavo centenario de la conversión de Francisco de Asís. ¿Qué tienen en común la conversión de la pecadora del Evangelio y la de Francisco? No el punto de partida, sino el punto de llegada, que es lo más importante en toda conversión. Lamentablemente, cuando se habla de conversión, el pensamiento se dirige instintivamente a lo que uno deja: el pecado, una vida desordenada, el ateísmo... Pero esto es el efecto, no la causa de la conversión.

Cómo sucede una conversión es perfectamente descrito por Jesús en la parábola del tesoro escondido: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo esconde de nuevo; después va, lleno de alegría, vende todo lo que tiene y compra ese campo». No se dice: «Un hombre vendió cuanto tenía y se puso a buscar un tesoro escondido». Sabemos cómo acaban las historias que empiezan así. Uno pierde lo que tenía y no encuentra ningún tesoro. Historias de ilusos, de visionarios. No: un hombre encontró un tesoro y por ello vendió todo lo que tenía para adquirirlo. En otras palabras: es necesario haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegría de vender todo. Fuera metáforas: primero hay que haber encontrado a Dios; después se tendrá la fuerza de vender todo. Y esto se hará «llenos de gozo», como el descubridor del que habla el Evangelio Así aconteció en el caso de la pecadora del Evangelio, en el caso de Francisco de Asís. Ambos han encontrado a Jesús y es esto lo que les ha dado la fuerza de cambiar.

He dicho que el punto de partida de la pecadora del Evangelio y de Francisco era distinto, pero tal vez no es del todo exacto. Era diferente en apariencia, en el exterior, pero en profundidad era el mismo. La mujer y Francisco, como todos nosotros, estaban en busca de la felicidad y se percataban de que la vida que llevaban no les hacía felices, dejaba una insatisfacción y un vacío profundo en sus corazones.

Leía estos días la historia de un famoso converso del siglo XIX, Hermann Cohen, un músico brillante idolatrado como niño prodigio de su tiempo en los salones de media Europa. Una especie de joven Francisco en versión moderna. Después de su conversión, escribía a un amigo: «He buscado la felicidad por todas partes: en la elegante vida de los salones, en el ensordecedor jaleo de bailes y fiestas, en la acumulación de dinero, en la excitación de los juegos de azar, en la gloria artística, en la amistad de personajes famosos, en el placer de los sentidos. Ahora he encontrado la felicidad, de ella tengo el corazón rebosante y querría compartirla contigo... Tu dices: "Pero yo no creo en Jesucristo". Te respondo: "Tampoco yo creía y es por eso que era infeliz"».

La conversión es el camino a la felicidad y a una vida plena. No es algo penoso, sino sumamente gozoso. Es el descubrimiento del tesoro escondido y de la perla preciosa.

3. Homilia del P. Padre Jorge Humberto Peláez S.J.

2 Samuel 12,7-10.13;
Gálatas 2, 16.19-21;
Lucas 7, 36-8,3

El tema central de la liturgia de este domingo es el perdón. Evidentemente, esta temática es de un hondo significado teológico pues tiene que ver con el comportamiento con los otros y con Dios; el perdón es un elemento muy importante en las grandes religiones monoteístas: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islamismo, que han establecido con precisión sus ritos de reconciliación.

... y la puesta en escena la hacen dos personajes muy diferentes, no sólo porque están separados por varios siglos, sino por sus perfiles y el significado de sus actuaciones:

  • El primer personaje es el rey David, figura destacadísima de la historia de Israel. El profeta Natán se arma de valor y denuncia ante el rey la conducta inaceptable en que ha incurrido: “Así dice el Dios de Israel: Yo te consagré rey de Israel, y te libré de las manos de Saúl, te confié la casa de tu señor y puse sus mujeres en tus brazos; te di poder sobre Judá e Israel, y si todo esto te parece poco, estoy dispuesto a darte todavía más. ¿Por qué, pues, has despreciado el mandato del Señor, haciendo lo que es malo ante sus ojos? Mataste a Urías, el hitita, y tomaste a su esposa como mujer”. El rey David, alabado por su piedad y don de gobierno, se enloqueció con esta mujer y perdió el sentido de los límites; creyó que su poder le daba licencia para hacer lo que le diera la gana, pasando por encima de la justicia.
  • El segundo personaje es una mujer del pueblo que se había dedicado a la prostitución. Carecemos de elementos de juicio que nos ayuden a entender qué motivos la habían llevado en esta dirección.
  • Los dos personajes de las lecturas bíblicas han actuado en contra de los valores éticos; sin embargo, la significación de sus acciones y el impacto en la comunidad no pueden compararse, siendo infinitamente mayor la culpa del rey David por su prestancia social y por el lugar que ocupaba dentro de la comunidad.

A pesar de la diversidad de perfiles y contextos, ellos tienen algo en común: los dos personajes reconocen su pecado, manifiestan un sincero arrepentimiento, piden perdón a Dios y tienen la firme determinación de reorientar sus vidas.

Exploremos algunos de los rasgos que manifiestan estos dos personajes:

  • Los dos expresan un arrepentimiento que es fruto de la humildad, manifestándolo cada uno a su manera. El rey David dice en voz alta: “¡He pecado contra el Señor!”. La mujer no habla; sus gestos de arrepentimiento son lo suficientemente expresivos, de manera que sobran las palabras.
  • Vale la pena observar que hay dos maneras de reconocer los errores o equivocaciones o pecados o como queramos llamarlos; hay quienes reconocen sus comportamientos negativos con humildad, y otros lo hacen con el orgullo herido. Solo el arrepentimiento nutrido por la humildad es capaz de modificar el comportamiento humano.
  • Otro rasgo en común de la confesión pública del rey David y de la mujer es su confianza en el amor misericordioso de Dios. Ellos no se hunden en la desesperación ni se sienten condenados de manera irremediable. El arrepentimiento del creyente se apoya en la confianza y la esperanza. Estamos seguros de que el buen Dios nos perdonará y será posible un nuevo comienzo. El auténtico arrepentimiento cristiano es totalmente ajeno a los sentimientos de culpa que estudian los sicólogos; al reconocer su pecado, el cristiano reconoce su fragilidad, sabe que la gracia de Dios lo acompaña y le dará fuerzas para levantarse.

Aquellos pecados que desbordan el ámbito de lo estrictamente privado exigen una manifestación pública, no sólo de arrepentimiento, sino también de reparación del mal que se ha causado. La escena de la mujer que baña con lágrimas los pies del Maestro es un impactante testimonio de su firme determinación de cambiar de estilo de vida. Los gestos públicos de arrepentimiento tienen un gran valor simbólico y son necesarios. Y esto es válido en todos los niveles: la reconciliación entre los esposos, entre los amigos que se habían distanciado, entre los enemigos que se han combatido pide gestos concretos públicos.

En el evangelio de Dios encontramos una expresión de Jesús que merece ser subrayada pues establece una conexión explícita entre el perdón y el amor: “Quedan perdonados sus muchos pecados porque muestra mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra”. Debemos poner todos los medios a nuestro alcance para que se instaure la civilización del amor, de manera que logremos desarrollar un nuevo tejido social que supere las viejas heridas y así construyamos el país todos juntos, incluyendo a las víctimas y a los victimarios, y a los que se enfrentaron en el campo de batalla...

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