Homilía X Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

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Homilías para el X Domingo del Tiempo Ordinario CIclo C

Homilías X Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo 

 

INTRODUCCIÓN:

Dos viudas: Dos milagros

La primera lectura  y el Evangelio  de este domingo nos trasladan a dos escenas en las que la compasión de Dios se dirige nuevamente al más débil y necesitado. La viuda que acogió a Elías es testigo de la resurrección de su hijo: un niño. La viuda de Nain ve cómo la misericordia y el poder de Jesús hacen posible que su único hijo (un joven) vuelva a la vida.

En el primer caso bastó la oración de Elías para que el niño volviera a la vida. En el segundo fue la orden de Jesús: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» la que hizo posible el milagro. Son dos casos que conmueven en nuestros tiempos porque hay tantos signos de muerte presentes en los niños y los jóvenes. Ya son muchos los países que han aprobado el aborto y otros tantos que están en vías de aprobación. Y clandestinamente el olor a muerte ronda la vida de los infantes por doquier. Los gobiernos están dispuestos a conseguir la reducción del índice de natalidad al precio que sea y evitar así el incremento de la población en el planeta. Los jóvenes son víctimas de los vicios y la delincuencia, de tal manera que la tasa de mortalidad juvenil se ha disparado enormemente, producto de la guerra entre pandillas, narcotráfico y otros factores que hacen que el promedio de vida de nuestros jóvenes se vea reducido drásticamente. Y la voz de Jesús debe hacerse sentir entre los jóvenes que caminan muertos en vida: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».

Este domingo Dios quiere darnos vida.. y vida en abundancia, sobre todo a los niños y jóvenes.


1. Homilía del P. Jorge Humberto Peláez S.J. 

www.jesuitas.org.co


I Libro de los Reyes 17, 17-24
Gálatas 1, 11-19
Lucas 7, 11-17


Después de escuchar las lecturas, nos sentimos conmovidos por la realidad que nos comunican. Estamos ante el sufrimiento de dos mujeres que pierden a sus hijos; como si esta pena no fuera suficiente, no tienen con quién compartir su tristeza pues ambas son viudas. Son dos situaciones muy diferentes, separadas en el tiempo; sin embargo, se da una respuesta común: al ver el dolor de estas mujeres, Elías y Jesús se conmueven y devuelven estos niños a la vida. Las lágrimas se convierten en sonrisas y acción de gracias a Dios por el don recibido.

Aunque se trata de episodios distantes en el tiempo, dejemos que resuenen en nuestro interior. Preguntémonos qué nos dice la Palabra de Dios que acabamos de escuchar. La lectura atenta de estos textos pone de manifiesto un tema humano y teológico de gran riqueza: la sensibilidad de Elías y Jesús ante la tristeza de estas madres. Este será el tema de nuestra meditación dominical.

Elías y Jesús se conmueven con las lágrimas que derraman estas dos madres por la muerte de sus hijos. Ellos entienden que no se trata de dos casos más, que suman dentro de las estadísticas de la mortalidad infantil; ellos comprenden la magnitud del dolor de estas mujeres. Elías y Jesús se ponen en su lugar e interpretan fielmente sus sentimientos.  Esta sintonía se llama empatía o compasión, y es la capacidad de entender el dolor humano y actuar para mitigar su impacto o modificar las condiciones que lo han causado.

La empatía o compasión es una actitud que debe ser cultivada desde las primeras etapas del proceso educativo. Es lamentable que nuestra afectividad resulte anestesiada como consecuencia de la avalancha de eventos dolorosos que nos transmiten los medios de comunicación. No permitamos que la tragedia de una masacre o de un desplazamiento forzado o de una violación se conviertan en un dato más que entre a formar parte de las estadísticas, que nos deja insensibles.
Elías y Jesús, conmovidos por el dolor de estas mujeres, no se limitan a expresar unas frases convencionales de pésame – como es nuestra costumbre -, sino que pasan a la acción. Nos dice el texto que Elías “se tendió tres veces sobre el niño y suplicó al Señor diciendo: Devuélvele la vida a este niño”. El evangelio de Lucas reproduce las palabras de Jesús, que nos sorprenden por la autoridad que manifiestan: “Joven, yo te lo mando, levántate”.

¿Qué es lo que queremos destacar en la actuación de Elías y Jesús? Su empatía o compasión ante el dolor de estas mujeres los llevó a actuar de manera que los hijos volvieron a la vida. Obviamente, ellos tenían unos dones especialísimos; pero no estamos subrayando su poder milagroso, sino su actitud. La empatía o compasión ante el dolor humano no nos puede dejar atrapados en la respuesta puramente afectiva de solidaridad, sino que debe inspirar acciones que, en la medida de nuestras posibilidades, traten de modificar la situación que produce dolor. Algunas personas tienen la posibilidad de incidir de manera importante sobre las causas y modificarlas; otras personas tiene menor capacidad de influjo; pero lo importante es estar convencidos de que siempre es posible hacer algo, más allá de las simples palabras de cercanía y solidaridad.

Como seguidores de Cristo Resucitado, vencedor de la muerte y del pecado, ¿qué iniciativas podemos poner en práctica de manera que esa realidad nueva que inaugura la Pascua del Señor, impregne todas las estructuras sociales? ¿Qué hacer para que la cultura de la vida supere la realidad de muerte que nos rodea?

  • Si queremos que la vida triunfe sobre la muerte, debemos trabajar por la familia. En su interior se forman los futuros ciudadanos; en la familia se desarrollan las actitudes básicas que nos acompañarán a lo largo de la vida; en la familia aprendemos la ternura o aprendemos a maltratar a los demás; en la familia aprendemos a respetar a los demás o aprendemos a atropellar la dignidad humana. La acción más eficaz para erradicar la anti-cultura de la muerte y reemplazarla por una cultura de la vida es fortalecer la familia, pues allí es donde se siembran las semillas de los principios y valores.
  • Si queremos que la vida triunfe sobre la muerte, tenemos que intervenir en los procesos educativos. La educación de calidad es la inversión más importante de una sociedad, pues ofrece la oportunidad de desarrollar las habilidades y competencias que permitirán a los niños y jóvenes realizarse como personas, como ciudadanos y les dará las herramientas para acceder al mundo del trabajo. El modelo educativo condiciona el tipo de sociedad: si en las instituciones educativas promovemos un espíritu competitivo egoísta, esto se reflejará en la vida económica y social. Por eso el triunfo de la vida sobre la muerte exige un sistema educativo que forme en los valores éticos, en el respeto del bien común, en la honradez y que forme para el trabajo en equipo.
    Es hora de terminar nuestra meditación dominical, que ha estado inspirada en la empatía o compasión manifestada por Elías y Jesús ante el dolor de estas madres que lloraban la pérdida de sus hijos. La empatía o  compasión los motivó a intervenir de manera que triunfara la vida sobre la muerte. La Pascua de Cristo es el triunfo definitivo sobre la muerte y el pecado; es responsabilidad nuestra esforzarnos para que esta dinámica de vida se manifieste en todas las actividades que realizamos.

Esto se logra trabajando por las familias y por la educación, que son las instituciones que tienen mayor influencia en la formación ética, afectiva y social de los seres humanos.


2. Basada en el Catecismo y el Evangelio del Domingo

JESÚS PROFETA


El relato que acabamos de escuchar refiere probablemente uno de los milagros más impactantes de Jesús. De hecho, la gente misma que lo presenció concluyó diciendo Dios ha visitado a su pueblo y considerando a Jesús como un gran profeta. Quisiera que prestemos particular atención a este elemento, en la línea de reflexión que venimos siguiendo. ¿Qué se entiende por profeta?


1 – Elías Profeta: palabra que anima

En otra ocasión nos hemos referido a esto y hemos señalado que profeta es “el hombre del Espíritu”. Por otra parte, la primera lectura de hoy nos ofrece una descripción cargada de significado. Dijo la viuda a Elías: Ahora sé que eres realmente un hombre de Dios. La palabra del Señor viene verdaderamente de tu boca [cabe aclarar que etimológicamente uno de los significados de la palabra profeta significa “hablar en lugar de otro”] ¿Qué había hecho Elías para que la viuda concluyera así? Lo hemos oído: había resucitado a su hijo. O sea que tenemos un doble elemento aquí: el profeta dice la Palabra de Dios y el profeta anima, da vida. Veamos un poco mejor qué fueron los profetas en la tradición del pueblo bíblico.
Dice el catecismo: “para el pueblo de Dios, el Templo debía ser el lugar donde aprender a orar [el domingo pasado hemos hablado del Templo]: las peregrinaciones, las fiestas, los sacrificios, la ofrenda de la tarde, el incienso, los panes de la proposición, todos estos signos de la santidad y de la Gloria de Dios, Altísimo pero muy cercano, eran llamamientos y caminos para la oración. Sin embargo, el ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado exterior. Era necesaria la educación de la fe, la conversión del corazón. Esta fue la misión de los profetas...” (2581). O sea, debían vivificar el culto, darle un soplo viviente, animarlo, ponerle un alma.
Esto lo hizo Elías, el profeta de la primera lectura, el padre de los profetas, al re-animar al niño y con ello re-animó también a la viuda: “Elías enseña a la viuda de Sarepta la fe en la palabra de Dios, fe que confirma con su oración insistente: Dios devuelve la vida al hijo de la viuda” (2583).
Pero a Elías le esperaba una misión todavía más dura. No tuvo simplemente que vivificar un culto puramente externo, sino que tuvo que convertir a una porción del pueblo judío a la verdadera fe. A continuación del milagro que hemos oído hoy, en el capítulo siguiente (cf. 1Re 18), se narra una puja entre Elías y los profetas/sacerdotes del culto al ídolo Baal, una especie de competencia, la cual tuvo lugar en el monte Carmelo. En ella cada uno debía preparar una víctima pero en vez de aplicar el fuego para consumir la víctima debía rezar para que el fuego descendiera del cielo. Ganó Elías y mandó matar a los 400 falsos profetas. Pero aquí aparece otro elemento. Dice el catecismo: “En el sacrificio sobre el monte Carmelo, prueba decisiva para la fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es la respuesta a su súplica de que se consume el holocausto a la hora de la ofrenda de la tarde...” (2583).

2 – El fuego del Espíritu

Aquí encontramos, entonces, un segundo aspecto que se incluye en la condición de profeta: el fuego, uno de los símbolos privilegiados del Espíritu Santo, pero que muestra otro elemento que hace referencia a la condición vivificante. En efecto, entre los elementos que nos permiten determinar si una persona está viva, además del soplo o hálito (que en hebreo, latín y griego es la misma palabra que espíritu), está la temperatura: un cadáver es naturalmente frío mientras que el calor manifiesta que hay una vida interior.
Por otra parte, como es sabido, el fuego es una cosa que por su misma naturaleza tiende a transformar todo aquello con lo que alcanza a entrar en contacto, tiende a encenderlo y a que también eso se convierta en fuego.
Todo esto hay que aplicarlo analógicamente a la acción del Espíritu Santo a través del profeta. “El fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha (Si 48,1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías, anuncia a Cristo como el que bautizará en el Espíritu Santo y el fuego, Espíritu del cual Jesús dirá: He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese ardiendo! En forma de lenguas como de fuego se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de Él. La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. No extingáis el Espíritu” (696).
Tenemos, entonces que el profeta es aquel que proclama la palabra de Dios y con ello, al mismo tiempo, dona en alguna medida el Espíritu.

3 – El profeta hombre de oración

Ahora, todo esto se da porque hay una condición previa, que el catecismo señala también con referencia a Elías: “Elías es el padre de los profetas, de la raza de los que buscan a Dios, los que van tras su rostro. Su nombre, el Señor es mi Dios [hebreo Eli-Yah: mi Dios (es) Yahwéh], anuncia el grito del pueblo en respuesta a su oración sobre el monte Carmelo...” (2582). “En el cara a cara con Dios los profetas extraen luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios; es, a veces, un debatirse o una queja, y siempre, una intercesión que espera y preparala intervención del Dios salvador, Señor de la historia” (2584).

Hay una búsqueda incesante en el profeta. En el caso de Elías, lo que sucede, justamente después de esa competencia con los falsos profetas, es que debe marchar hacia el monte Sinaí (cf. 1Re 19), “hacia el lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo” (2583).
Ahora, todo esto que se realizó en Elías alcanzaría una cumbre y una realización inesperada en Jesús, ya que Él es quien, por un lado, dona el Espíritu en toda su plenitud y, por otro lado, es el mismo el rostro de Dios, la imagen de Dios (cf. Hb 1,3).
En síntesis, queridos hermanos que si el domingo pasado veíamos que Jesús era el Templo en el cual podemos encontrar al Padre, hoy vemos que además es también Él quien puede hacer de nuestro culto un culto auténtico, vivo, animado. Buscar esto significa tener oración y oración de contemplación tal como la define el catecismo: “la contemplación busca al amado de mi alma. Esto es, a Jesús y en Él, al Padre.” (2709). Encontrando a Jesús toda nuestra vida será re-animada, vivificada.

4 – Conclusión

Terminando, recordemos que el modelo de Elías es mencionado incluso por Santiago en su carta para movernos a una auténtica oración: la oración ferviente del justo tiene mucho poder (St 5,16b). Todavía mucho más nos debe mover el ejemplo de Nuestra Señora quien con su ferviente oración hizo posible el milagro de la Encarnación. Que ella nos enseñe tener un culto auténtico, en espíritu y en verdad.

(Mergelle, Ervens Darío, El Camino del Esíritu Ciclo C)

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