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Vie, Abr

Homilía Solemnidad del Cuerpo y  Sangre de Cristo  Ciclo C

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Homilías del PapaFrancisco, Papa Benedicto XVI, San Juan Pablo II y P. Raniero Cantalamessa para la  Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo 

Homilía Solemnidad del Cuerpo y  Sangre de Cristo  Ciclo c

 

Les ofrecemos las homilías del Papa Benedicto XVI, San Juan Pablo II, Monseñor Romero y el Padre Raniero Cantalamessa para la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, que se celebra en algunos lugares el jueves:

1. Homilía Papa Francisco

Basílica de San Juan de Letrán ,Jueves 30 de mayo de 2013

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me impresiona siempre: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9, 13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir.

Ante todo: ¿a quiénes hay que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la atiende, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de un modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, bendice a Dios.

Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros buscamos seguir a Jesús para escucharle, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarle y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿cómo sigo yo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirle quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.

Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos para que sacien ellos mismos a la multitud? Nace de dos elementos: ante todo de la multitud, que, siguiendo a Jesús, está a la intemperie, lejos de lugares habitados, mientras se hace tarde; y después de la preocupación de los discípulos, que piden a Jesús que despida a la muchedumbre para que se dirija a los lugares vecinos a hallar alimento y cobijo (cf. Lc 9, 12). Ante la necesidad de la multitud, he aquí la solución de los discípulos: que cada uno se ocupe de sí mismo; ¡despedir a la muchedumbre! ¡Cuántas veces nosotros cristianos hemos tenido esta tentación! No nos hacemos cargo de las necesidades de los demás, despidiéndoles con un piadoso: «Que Dios te ayude», o con un no tan piadoso: «Buena suerte», y si no te veo más... Pero la solución de Jesús va en otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: «Dadles vosotros de comer». Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros quienes demos de comer a una multitud? «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente» (Lc 9, 13). Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos que hagan sentarse a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan (cf. Lc 9, 16). Es un momento de profunda comunión: la multitud saciada por la palabra del Señor se nutre ahora por su pan de vida. Y todos se saciaron, apunta el Evangelista (cf. Lc 9, 17).

Esta tarde, también nosotros estamos alrededor de la mesa del Señor, de la mesa del Sacrificio eucarístico, en la que Él nos dona de nuevo su Cuerpo, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, alimentándonos de su Cuerpo y de su Sangre, como Él hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. Entonces todos deberíamos preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo yo la Eucaristía? ¿La vivo de modo anónimo o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con todos los hermanos y las hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?

Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta está en la invitación de Jesús a los discípulos: «Dadles vosotros...», «dar», compartir. ¿Qué comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son precisamente esos panes y esos peces los que en las manos del Señor sacian a toda la multitud. Y son justamente los discípulos, perplejos ante la incapacidad de sus medios y la pobreza de lo que pueden poner a disposición, quienes acomodan a la gente y distribuyen —confiando en la palabra de Jesús— los panes y los peces que sacian a la multitud. Y esto nos dice que en la Iglesia, pero también en la sociedad, una palabra clave de la que no debemos tener miedo es «solidaridad», o sea, saber poner a disposición de Dios lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, sólo en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto. Solidaridad: ¡una palabra malmirada por el espíritu mundano!

Esta tarde, de nuevo, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su Cuerpo, Él se hace don. Y también nosotros experimentamos la «solidaridad de Dios» con el hombre, una solidaridad que jamás se agota, una solidaridad que no acaba de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo y la muerte. Jesús también esta tarde se da a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más, se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida también en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos ralentizan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el de compartir, el del don, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla.

Así que preguntémonos esta tarde, al adorar a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor, que se da a mi, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de dar, de compartir, de amarle a Él y a los demás?

Hermanos y hermanas: seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación en la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo lo que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amén.

2. Homilía del Papa Benedicto XVI

Basílica de San Juan de Letrán, 3 de junio de 2010

Génesis 14, 18-20;
I Corintios 11, 23-26;
Lucas 9, 11b-17

Queridos hermanos y hermanas:

El sacerdocio del Nuevo Testamento está íntimamente unido a la Eucaristía. Por esto, hoy, en la solemnidad del Corpus Christi y casi al final del Año sacerdotal, se nos invita a meditar en la relación entre la Eucaristía y el sacerdocio de Cristo. En esta dirección nos orientan también la primera lectura y el salmo responsorial, que presentan la figura de Melquisedec. El breve pasaje del Libro del Génesis (cf. 14, 18-20) afirma que Melquisedec, rey de Salem, era «sacerdote del Dios altísimo» y por eso «ofreció pan y vino» y «bendijo a Abram», que volvía de una victoria en batalla. Abraham mismo le dio el diezmo de todo. El salmo, a su vez, contiene en la última estrofa una expresión solemne, un juramento de Dios mismo, que declara al Rey Mesías: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec» (Sal 110, 4). Así, el Mesías no sólo es proclamado Rey sino también Sacerdote. En este pasaje se inspira el autor de la Carta a los Hebreos para su amplia y articulada exposición. Y nosotros lo hemos repetido en el estribillo: «Tú eres sacerdote eterno, Cristo Señor»: casi una profesión de fe, que adquiere un significado especial en la fiesta de hoy. Es la alegría de la comunidad, la alegría de toda la Iglesia que, contemplando y adorando el Santísimo Sacramento, reconoce en él la presencia real y permanente de Jesús, sumo y eterno Sacerdote.

La segunda lectura y el Evangelio, en cambio, centran la atención en el misterio eucarístico. De la Primera Carta a los Corintios (cf. 11, 23-26) está tomado el pasaje fundamental, en el que san Pablo recuerda a la comunidad el significado y el valor de la «Cena del Señor», que el Apóstol había transmitido y enseñado, pero que corrían el riesgo de perderse. El Evangelio, en cambio, es el relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, en la redacción de san Lucas: un signo atestiguado por todos los Evangelistas y que anuncia el don que Cristo hará de sí mismo, para dar a la humanidad la vida eterna. Ambos textos ponen de relieve la oración de Cristo, en el acto de partir el pan. Naturalmente, hay una neta diferencia entre los dos momentos: cuando parte los panes y los peces para las multitudes, Jesús da gracias al Padre celestial por su providencia, confiando en que no dejará que falte el alimento a toda esa gente. En la última Cena, en cambio, Jesús convierte el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, para que los discípulos puedan alimentarse de él y vivir en comunión íntima y real con él.

Lo primero que conviene recordar siempre es que Jesús no era un sacerdote según la tradición judía. Su familia no era sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá y, por tanto, legalmente el camino del sacerdocio le estaba vedado. La persona y la actividad de Jesús de Nazaret no se sitúan en la línea de los antiguos sacerdotes, sino más bien en la de los profetas. Y en esta línea Jesús se alejó de una concepción ritual de la religión, criticando el planteamiento que daba valor a los preceptos humanos vinculados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor a Dios y al prójimo, que, como dice el Señor, «vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33). También en el interior del templo de Jerusalén, lugar sagrado por excelencia, Jesús realiza un gesto típicamente profético, cuando expulsa a los cambistas y a los vendedores de animales, actividades que servían para la ofrenda de los sacrificios tradicionales. Así pues, a Jesús no se le reconoce como un Mesías sacerdotal, sino profético y real. Incluso su muerte, que los cristianos con razón llamamos «sacrificio», no tenía nada de los sacrificios antiguos, más aún, era todo lo contrario: la ejecución de una condena a muerte, por crucifixión, la más infamante, llevada a cabo fuera de las murallas de Jerusalén.

Entonces, ¿en qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos tomar como punto de partida las palabras sencillas que describen a Melquisedec: «Ofreció pan y vino» (Gn 14, 18). Es lo que hizo Jesús en la última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y resumió toda su misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan radica todo el sentido del misterio de Cristo, como lo expresa la Carta a los Hebreos en un pasaje decisivo, que es necesario citar: «En los días de su vida mortal —escribe el autor refiriéndose a Jesús— ofreció ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas a Dios que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su pleno abandono a él. Aun siendo Hijo, con lo que padeció aprendió la obediencia; y, hecho perfecto, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec» (5, 7-10). En este texto, que alude claramente a la agonía espiritual de Getsemaní, la pasión de Cristo se presenta como una oración y como una ofrenda. Jesús afronta su «hora», que lo lleva a la muerte de cruz, inmerso en una profunda oración, que consiste en la unión de su voluntad con la del Padre. Esta doble y única voluntad es una voluntad de amor. La trágica prueba que Jesús afronta, vivida en esta oración, se transforma en ofrenda, en sacrificio vivo.

Dice la Carta a los Hebreos que Jesús «fue escuchado». ¿En qué sentido? En el sentido de que Dios Padre lo liberó de la muerte y lo resucitó. Fue escuchado precisamente por su pleno abandono a la voluntad del Padre: el designio de amor de Dios pudo realizarse perfectamente en Jesús que, habiendo obedecido hasta el extremo de la muerte en cruz, se convirtió en «causa de salvación» para todos los que le obedecen. Es decir, se convirtió en sumo sacerdote porque él mismo tomó sobre sí todo el pecado del mundo, como «Cordero de Dios». Es el Padre quien le confiere este sacerdocio en el momento mismo en que Jesús cruza el paso de su muerte y resurrección. No es un sacerdocio según el ordenamiento de la ley de Moisés (cf. Lv 8-9), sino «según el rito de Melquisedec», según un orden profético, que sólo depende de su singular relación con Dios.

Volvamos a la expresión de la Carta a los Hebreos que dice: «Aun siendo Hijo, con lo que padeció aprendió la obediencia». El sacerdocio de Cristo conlleva el sufrimiento. Jesús sufrió verdaderamente, y lo hizo por nosotros. Era el Hijo y no necesitaba aprender la obediencia, pero nosotros sí teníamos y tenemos siempre necesidad de aprenderla. Por eso, el Hijo asumió nuestra humanidad y por nosotros se dejó «educar» en el crisol del sufrimiento, se dejó transformar por él, como el grano de trigo que, para dar fruto, debe morir en la tierra. A través de este proceso Jesús fue «hecho perfecto», en griego teleiotheis. Debemos detenernos en este término, porque es muy significativo. Indica la culminación de un camino, es decir, precisamente el camino de educación y transformación del Hijo de Dios mediante el sufrimiento, mediante la pasión dolorosa. Gracias a esta transformación Jesucristo llega a ser «sumo sacerdote» y puede salvar a todos los que le obedecen. El término teleiotheis, acertadamente traducido con «hecho perfecto», pertenece a una raíz verbal que, en la versión griega del Pentateuco —es decir, los primeros cinco libros de la Biblia— siempre se usa para indicar la consagración de los antiguos sacerdotes. Este descubrimiento es muy valioso, porque nos aclara que la pasión fue para Jesús como una consagración sacerdotal. Él no era sacerdote según la Ley, pero llegó a serlo de modo existencial en su Pascua de pasión, muerte y resurrección: se ofreció a sí mismo en expiación y el Padre, exaltándolo por encima de toda criatura, lo constituyó Mediador universal de salvación.

Volvamos a nuestra meditación, a la Eucaristía, que dentro de poco ocupará el centro de nuestra asamblea litúrgica. En ella Jesús anticipó su sacrificio, un sacrificio no ritual, sino personal. En la última Cena actúa movido por el «Espíritu eterno» con el que se ofrecerá en la cruz (cf. Hb 9, 14). Dando gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. El amor divino es lo que transforma: el amor con que Jesús acepta con anticipación entregarse totalmente por nosotros. Este amor no es sino el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo sacrificio que se realiza luego de modo cruento en la cruz. Así pues, podemos concluir que Cristo es sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba colmado de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente «en la noche en que fue entregado», precisamente en la «hora de las tinieblas» (cf. Lc 22, 53). Esta fuerza divina, la misma que realizó la encarnación del Verbo, es la que transforma la violencia extrema y la injusticia extrema en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y el ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos alimentamos de la misma Eucaristía; todos nos postramos para adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. Venid, exultemos con cantos de alegría. Venid, adoremos. Amén.

3. Homilía de San Juan Pablo II

Basílica de San Juan de Letrán, 10 de junio de 2004

Génesis 14, 18-20;
I Corintios 11, 23-26;
Lucas 9, 11b-17

1. "Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva" (1 Co 11, 26).

Con estas palabras, san Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que la "cena del Señor" no es sólo un encuentro convival, sino también, y sobre todo, el memorial del sacrificio redentor de Cristo. Quien participa en él -explica el Apóstol- se une al misterio de la muerte del Señor; más aún, lo "anuncia".

Por tanto, existe una relación muy estrecha entre "hacer la Eucaristía" y "anunciar a Cristo". Entrar en comunión con él en el memorial de la Pascua significa, al mismo tiempo, convertirse en misioneros del acontecimiento que ese rito actualiza; en cierto sentido, significa hacerlo contemporáneo de toda época, hasta que el Señor vuelva.

2. Amadísimos hermanos y hermanas, revivimos esta estupenda realidad en la actual solemnidad del Corpus Christi, en la que la Iglesia no sólo celebra la Eucaristía, sino que también la lleva solemnemente en procesión, anunciando públicamente que el Sacrificio de Cristo es para la salvación del mundo entero.

La Iglesia, agradecida por este inmenso don, se reúne en torno al santísimo Sacramento, porque en él se encuentra la fuente y la cumbre de su ser y su actuar. Ecclesia de Eucharistia vivit! La Iglesia vive de la Eucaristía y sabe que esta verdad no sólo expresa una experiencia diaria de fe, sino que también encierra de manera sintética el núcleo del misterio que es ella misma (cf. Ecclesia de Eucharistia, 1).

3. Desde que, en Pentecostés, el pueblo de la nueva Alianza "empezó su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza" (ib.). Precisamente pensando en esto, quise dedicar a la Eucaristía la primera encíclica del nuevo milenio, y me alegra anunciar ahora un Año especial de la Eucaristía. Comenzará con el Congreso eucarístico internacional, que se celebrará del 10 al 17 de octubre de 2004 en Guadalajara (México), y concluirá con la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos, que tendrá lugar en el Vaticano del 2 al 29 de octubre de 2005, y cuyo tema será: "La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia".

Mediante la Eucaristía, la comunidad eclesial se edifica como nueva Jerusalén, principio de unidad en Cristo entre personas y pueblos diversos.

4. "Dadles vosotros de comer" (Lc 9, 13).

La página evangélica que acabamos de escuchar ofrece una imagen eficaz del íntimo vínculo que existe entre la Eucaristía y esta misión universal de la Iglesia. Cristo, "pan vivo, bajado del cielo" (Jn 6, 51; cf. Aleluya), es el único que puede saciar el hambre del hombre en todo tiempo y lugar de la tierra.

Sin embargo, no quiere hacerlo solo, y así, al igual que en la multiplicación de los panes, implica a los discípulos: "Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente" (Lc 9, 16). Este signo prodigioso es figura del mayor misterio de amor, que se renueva cada día en la santa misa: mediante los ministros ordenados, Cristo da su Cuerpo y su Sangre para la vida de la humanidad. Y quienes se alimentan dignamente en su mesa, se convierten en instrumentos vivos de su presencia de amor, de misericordia y de paz.

5. "Lauda, Sion, Salvatorem...!". "Alaba, Sión, al Salvador, tu guía, tu pastor, con himnos y cantos".

Con íntima emoción sentimos resonar en nuestro corazón esta invitación a la alabanza y a la alegría.
Al final de la santa misa llevaremos en procesión el santísimo Sacramento hasta la basílica de Santa María la Mayor. Contemplando a María, comprenderemos mejor la fuerza transformadora que posee la Eucaristía. Al escucharla a ella, encontraremos en el misterio eucarístico la valentía y el vigor para seguir a Cristo, buen Pastor, y para servirle en los hermanos

4. Homilía de Monseñor Romero Corpus Christi 12 de Junio de 1977

Génesis 14, 18-20
1 Corintios 11, 23-26
Lucas 9, 11b-17

La homilía en esta ocasión, la están pronunciando todos ustedes, esta hermosa corona de sacerdotes, concelebrando en torno al altar de la Catedral, que es el signo de nuestro sacrificio eucarístico, de nuestra unidad en la fe y en el amor. Y una Catedral repleta hasta no caber más; y más allá de la Catedral, millares de oyentes de la emisora católica; y en torno de esta misa de la Catedral, todas las misas parroquiales, en toda la Arquidiócesis.

Parece como si la divina esposa de Cristo, la santa Iglesia, concretándose en esta diócesis de San Salvador, se arrodillara reverente para recoger con cariño, entre lágrimas, unas hostias pisoteadas en Aguilares, robadas en Ciudad Delgado y maltratadas por tantas comuniones mal hechas: Una esposa de Cristo, que recibió esta herencia primorosa, el jueves Santo en la noche, como un retrato viviente de su Esposo, para que recordara todos sus hijos que le iban a nacer a través de los siglos. ¡Cuánto nos amó! Es la esposa Iglesia, en la presencia de todos nosotros, de rodillas ante el Cristo, su divino Esposo, para decirle: ¡Perdona, amado!, ¡Cómo te tratamos! Pero recibe el amor de estos hijos, que lloran los atropellos indignos.

Es la hora del desagravio; y por eso quisiera solamente, para llamar la atención de esta reflexión, fijarme en el aspecto reparador, de desagravio, que la misma eucaristía contiene; porque esto es lo maravilloso, que para pedirle perdón a ese Cristo, ultrajado, no tenemos otra palabra que su misma eucaristía. Somos capaces de ultrajarlo, pero ningún humano puede decir la palabra adecuada de desagravio, si el mismo Cristo no nos la pone en nuestros labios, en nuestro corazón, en nuestras manos. ¡Qué bueno es el Señor! Ofendido, nos señala la manera de perdonarnos. Ofendido -e incapaces de reconciliación- ofrece su propio y su propia sangre, porque es la única que puede dar satisfacción al ultraje brutal que los hombres podemos hacerle, pero que ninguno puede reparar. Por eso pensó él con su amor que no tiene nombre, un amor de locura, sabiendo cómo le íbamos a tratar, dejarnos ya, preparado el homenaje que le puede a él reparar. Y por eso, dice San Pablo, recogiendo la tradición -y fíjense bien- San Pablo escribe veinte años después de que Cristo había instituido la eucaristía, para aquellos que dudan de la presencia real de Cristo o del valor de la misa-, fíjense únicamente en este detalle histórico, San Pablo, a veinte años nada más de Cristo, dice: "He recibido esta tradición"; en veinte años no se puede inventar una cosa". Y yo la transmito a la posteridad"; y a los veinte siglos nosotros estamos seguros, gracias a estos testimonios de la fe, que Cristo está presente en la hostia y que lo que se va a decir dentro de un momento por todos estos sacerdotes unidos, como los responsables de este encargo de Cristo: "Tomad y Comed, esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva que se derrama por vosotros, para remisión de los pecados", no es una invención humana. Es invención que tiene su origen en Cristo, en la noche santa de la última cena. Anticipándose a su sacrificio del Calvario, el Viernes Santo, nos deja este recuerdo vivo: "Haced esto en mi memoria". Por eso San Pablo nos acaba de decir: siempre que celebramos la misa, anunciamos la muerte del Señor y proclamamos su resurrección.

Hermanos, un pueblo que se alimenta de esta mística, un pueblo cristiano, el católico que vive de esta fe, no puede desesperar, por más que sufra los atropellos a su dignidad, a su fe, a su creencia. Es cruz de Viernes Santo, pero también es promesa de resurrección.

La eucaristía nos garantiza a nosotros la presencia de un cristiano que sigue salvando a la humanidad; pero el aspecto de desagravio de Cristo está en esas palabras: El cuerpo que se entrega por nosotros, la sangre que se derrama para perdón de los pecados. En el símbolo de la hostia, pisoteada en Aguilares, miremos el rostro de Cristo en la cruz. Aquel hermoso poema del Cristo Roto nos describe la hora tremenda en que por el rostro de Cristo crucificado iban pasando los pecados de todos los hombres: los blasfemos, los adúlteros, los ladrones, los que pisotean la dignidad de los hombres, todos los pecadores; y en esta hora de la patria, cuántos son los que odian, los que calumnian, y nosotros mismos que pecamos, tal vez, tantas veces. Todos somos pecadores. Miremos que mi rostros y el rostro de cada uno de nosotros y el rostro de nuestros perseguidores y el rostro de los que nos persiguen y calumnian están pasando como por una cinta cinematográfica, en el rostro divino de Cristo, que muere, que agoniza y que nos dice: "Allí les espera mi sangre, mi cuerpo, que se entrega para perdón de todos esos pecados". Y nosotros recogemos en esa hostia consagrada todo el dolor de ese Cristo, todo el amor para los pecadores, todos sus sentimientos, que son muy distintos de los que lo ofenden. "Padre, perdónalos, no saben lo que hacen"; y el Padre miraba en la angustia agonizante de su hijo, la depravación de todos los pecadores, los que pisoteaban sus hostias, los que comulgan sacrílegamente, todos los que ofendemos al Señor. Todos sintámonos pecadores en esta tarde, para decirle al Señor, invocando su fuerza reparadora de la eucaristía: Señor, ahora vamos a venerarte, en una hermosa procesión al terminar la misa. Y esta misma misa, un homenaje de tu Iglesia, mírala Señor: Pecadora, necesitada de perdón.

Las páginas negras que se nos han publicado, como para gloriarse de nuestras culpas, no son ni sombra de las muchas culpas que tenemos como Iglesia también, si lo hemos reconocido, si en el Concilio mismo hay unas páginas que, con humildad, proclaman los pecados de la Iglesia. No nos dicen nada nuevo nuestros depravados perseguidores, sino simplemente nos recuerdan lo que ya tenemos nosotros necesidad de golpearnos el pecho, como lo hemos hecho al principio de la misa: "Por mi culpa, porque he pecado mucho, de pensamiento, palabra y obra". Y aquellos que se erigen en jueces para señalar los pecados de la Iglesia, se parecen al hipócrita fariseo: "No soy como los otros hombres"; ¿y quién es sin pecado para tirar la primera piedra? Todos necesitamos, en esta hora de desagravio, pedirle perdón al Señor. Y la voluntad santa de Cristo, que vive en la Iglesia, no es de rencor, de venganza, de desear mal a nadie, sino la de Cristo en la cruz: "Perdónalos, Padre". El desagravio es amor, el desagravio es mirar al pecador, para que se convierta, mirarse a sí mismo, para convertirnos. Y en esta hora de conversión, hermanos, cuanto más humildes seamos y apoyemos más nuestra incapacidad de ser perdonados en Cristo, que muere por nosotros y se queda con su perdón en la eucaristía, estamos construyendo nuestra Iglesia.

Yo les agradezco a las comunidades Parroquiales, que han hecho atención a este llamamiento. Dios se los pague. Es una hermosa comunidad la que llena la Catedral. Es el símbolo de toda una Arquidiócesis enardecida en el amor, para amar más, cuánto más se le persigue, para ser en medio del mundo, la respuesta a todas las maldades; una respuesta de amor, una respuesta que se eleva al cielo con la voz de Jesús: "Padre, perdónalos, perdónalos". Y así, ¡cómo no nos va a bendecir el Señor! Sigamos construyendo nuestra Iglesia; sigamos nuestra eucaristía esta tarde, con ese sentido de desagravio, unidos a Cristo, porque él será para los pecadores, que somos todos, el perdón; y para las almas generosas que saben perdonar, una fuente de mayores bendiciones.

El Corazón de Jesús pedía este gesto de reparación. Y si preguntáramos ahora, ¿Cuál es la necesidad más grande de nuestra madre Iglesia?, yo les diría esto: La necesidad más grande es la reparación. Reparar, porque se le ha escupido mucho; limpiarle su rostro, hacerla más bella; colaborar todos para que sea más bella esposa de nuestro Señor Jesucristo; hacerla hermosa: Esta es la tarea.

De modo que esta ceremonia no sea un acto esporádico. Yo les diría, hermanos: Iniciemos una campaña de reparación; es decir, démosle a nuestro dolor, a nuestra pobreza, a nuestro sufrimiento, a nuestro trabajo por la dignidad humana, al cumplimiento de nuestro deber, a nuestra lucha por construir una Iglesia más bella, a nuestra legítima aspiración por una patria más digna, un sentido de reparación... todo por ti, Sacratísimo Corazón de Jesús.

Les invito ya desde ahora para que el próximo viernes en la Basílica del Sagrado Corazón, celebremos la fiesta del Sacratísimo Corazón, también como un acto de desagravio; que todo lo que vivamos de aquí en adelante, sea verdaderamente una vida de desagravio; que no hay vida más bella que la que se abraza a la cruz de Cristo y, desde la cruz, pide perdón por él y por los demás.

En este sentido, pues, vamos a vivir nuestra eucaristía, en esta tarde primorosa... del Corpus del Señor.

5. Homilía del P. Raniero Cantalamessa

Génesis 14, 18-20;
I Corintios 11, 23-26;
Lucas 9, 11b-17

Haced esto en memoria mía

En la segunda lectura de esta solemnidad, San Pablo nos presenta el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía, escrito no más de veinte años después del acontecimiento. Procuremos descubrir algo nuevo del misterio eucarístico, sirviéndonos del concepto de memoria: «Haced esto en memoria mía».

La memoria es una de las facultades más misteriosas y grandiosas del espíritu humano. Todas las cosas vistas, oídas, pensadas y realizadas desde la primera infancia se conservan en este seno inmenso, dispuestas a despertarse y saltar a la luz a un reclamo exterior o de nuestra propia voluntad. Sin memoria dejaríamos de ser nosotros mismos, perderíamos nuestra identidad. Quién se ve golpeado por la amnesia total, vaga perdido por las calles, sin saber cómo se llama ni dónde vive.

El recuerdo, al asomarse a la mente, tiene el poder de catalizar todo nuestro mundo interior y encaminarlo hacia su objeto, especialmente si no se trata de una cosa o un hecho, sino de una persona viva. Cuando una madre se acuerda del hijo que ha dado a luz pocos días atrás y ha dejado en casa, todo en su interior vuela hacia su criatura, un ímpetu de ternura sale de las entrañas maternas y vela tal vez los ojos de llanto.

No sólo el individuo, sino también el grupo humano –familia, clan, tribu, nación- tiene su memoria. La riqueza de un pueblo no se mide tanto por las reservas de oro que conserva en su cámara acorazada, sino por la memoria que conserva en su conciencia colectiva. Precisamente compartir los mismos recuerdos es lo que cementa la unidad del grupo. Para conservar vivos tales recuerdos, se vinculan a un lugar o a una fiesta. Los americanos tienen el Memorial Day (el Día de la Memoria ), jornada en que recuerdan a los caídos de todas las guerras; los indios, el Ghandi memorial , un parque verde en Nueva Delhi que debe recordar a la nación lo que él fue e hizo por ella. También los italianos tenemos nuestros memoriales: las fiestas civiles recuerdan los eventos más importantes de nuestra historia reciente y a nuestros hombres más ilustres se han dedicado calles, plazas, aeropuertos...

Este riquísimo trasfondo humano acerca de la memoria nos debería ayudar a entender mejor qué es la Eucaristía para el pueblo cristiano. Es un memorial porque recuerda el acontecimiento al que ya toda la humanidad debe su existencia, como humanidad redimida: la muerte del Señor. Pero la Eucaristía tiene algo que la distingue de cualquier otro memorial. Es memoria y presencia a la vez, y presencia real, no sólo intencional; hace a la persona realmente presente, aunque esté oculta bajo los signos del pan y del vino. El Memorial Day no puede hacer que los caídos vuelvan a la vida, el Ghandi memorial no puede lograr que Ghandi viva. Esto en cambio lo realiza, según la fe de los cristianos, el memorial eucarístico respecto a Cristo.

Sin embargo, además de todas las cosas bellas que hemos mencionado de la memoria, debemos aludir también a un peligro innato en ella. La memoria se puede transformar fácilmente en estéril y paralizadora nostalgia. Esto sucede cuando la persona se hace prisionera de los propios recuerdos y acaba por vivir en el pasado. El memorial eucarístico no pertenece en verdad a este tipo de recuerdos. Al contrario: nos proyecta hacia delante; después de la consagración, el pueblo aclama: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!» (en otras versiones, «Anunciamos tu muerte, Señor. Proclamamos tu resurrección. En la espera de tu venida». Ndr). Una antífona atribuida a Santo Tomás de Aquino ( O sacrum convivium ) define la Eucaristía como el sagrado convite en el que «se recibe a Cristo, se celebra la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura». 



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