10
Vie, Abr

Homilía Solemnidad de la Santísima Trinidad Ciclo C

Comparte esta publicación:
Ciclo C
Tools
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times
Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

Homilía Solemnidad de la Santísima Trinidad Ciclo C...

Homilías Solemnidad de la Santísima Trinidad Ciclo C

 

 Homilía de San Juan Pablo II

(Domingo 10 de junio de 2001)

Proverbios 8, 22-31;
Romanos 5,1-5;
Juan 16, 12-15

1. "Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo, porque grande es su amor por nosotros" (Antífona de entrada).

Siempre, pero especialmente en esta fiesta de la Santísima Trinidad, toda la liturgia está orientada al misterio trinitario, manantial de vida para todo creyente.

"Gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo": cada vez que proclamamos estas palabras, síntesis de nuestra fe, adoramos al único y verdadero Dios en tres Personas.
Contemplamos con estupor este misterio que nos envuelve totalmente. Misterio de amor; misterio de santidad inefable.

"Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo", cantaremos dentro de poco, al entrar en el corazón de la Plegaria eucarística. El Padre creó todo con sabiduría y amorosa providencia; el Hijo, con su muerte y resurrección, nos ha redimido; el Espíritu Santo nos santifica con la plenitud de sus dones de gracia y misericordia.

Podemos definir con razón esta solemnidad como una fiesta de la santidad. Por tanto, en este día encuentra su marco más adecuado la ceremonia de canonización de cinco beatos: Luis Scrosoppi, Agustín Roscelli, Bernardo de Corleone, Teresa Eustochio Verzeri y Rebeca Petra Choboq Ar-Rayès.

2. "Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rm 5, 1).

Como hemos escuchado en la segunda lectura, para el apóstol san Pablo la santidad es un don que el Padre nos comunica mediante Jesucristo. En efecto, la fe en él es principio de santificación. Por la fe el hombre entra en el orden de la gracia; por la fe espera participar en la gloria de Dios.
Esta esperanza no es un espejismo, sino fruto seguro de un camino ascético en medio de numerosas tribulaciones, afrontadas con paciencia y virtud probada.

Esta fue la experiencia de san Luis Scrosoppi, durante una vida gastada totalmente por amor a Cristo y a sus hermanos, especialmente los más débiles e indefensos.

"¡Caridad, caridad!": esta exclamación brotó de su corazón en el momento de dejar el mundo para ir al cielo. Practicó la caridad de modo ejemplar, sobre todo con las muchachas huérfanas y abandonadas, implicando a un grupo de maestras, con las que fundó el instituto de las "Religiosas de la Divina Providencia".

La caridad fue el secreto de su largo e incansable apostolado, alimentado de su contacto constante con Cristo, contemplado e imitado en la humildad y en la pobreza de su nacimiento en Belén, en la sencillez de la vida laboriosa de Nazaret, en la total inmolación en el Calvario y en el silencio elocuente de la Eucaristía. Por este motivo, la Iglesia lo señala a los sacerdotes y a los fieles como modelo de síntesis profunda y eficaz entre la comunión con Dios y el servicio a los hermanos. En otras palabras, modelo de una existencia vivida en comunión intensa con la santísima Trinidad.

3. "Grande es su amor por nosotros". El amor de Dios a los hombres se manifestó con particular evidencia en la vida de san Agustín Roscelli, a quien hoy contemplamos en el esplendor de la santidad. Su existencia, totalmente impregnada de fe profunda, puede considerarse un don ofrecido para la gloria de Dios y el bien de las almas. La fe lo hizo siempre obediente a la Iglesia y a sus enseñanzas, con una dócil adhesión al Papa y a su obispo. La fe le proporcionó consuelo en las horas tristes, en las grandes dificultades y en las situaciones dolorosas. La fe fue la roca sólida a la que supo aferrarse para no ceder jamás al desaliento.

Sintió el deber de comunicar esa fe a los demás, sobre todo a los que se acercaban a él en el ministerio de la confesión. Se convirtió en maestro de vida espiritual especialmente para las religiosas de la congregación que fundó, las cuales lo vieron siempre sereno, incluso en medio de las situaciones más críticas. San Agustín Roscelli también nos exhorta a confiar siempre en Dios, sumergiéndonos en el misterio de su amor.

4. "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo". A la luz del misterio de la Trinidad cobra singular elocuencia el testimonio evangélico de san Bernardo de Corleone, también él elevado hoy al honor de los altares. Todos se maravillaban y se preguntaban cómo un fraile iletrado como él podía hablar con tanta elevación sobre el misterio de la santísima Trinidad. En efecto, su vida estaba completamente orientada a Dios, a través de un esfuerzo constante de ascesis, impregnada de oración y de penitencia. Quienes lo conocieron testimonian unánimemente que "siempre estaba absorto en oración", "jamás dejaba de orar" y "oraba constantemente" (Summ., 35). De este coloquio ininterrumpido con Dios, que tenía en la Eucaristía su centro de acción, sacaba el alimento vital para su valiente apostolado, respondiendo a los desafíos sociales de su tiempo, no exento de tensiones e inquietudes.

También hoy el mundo necesita santos como fray Bernardo, inmersos en Dios y, precisamente por esto, capaces de transmitirle su verdad y su amor. El humilde ejemplo de este capuchino constituye un aliciente para no dejar de orar, pues la oración y la escucha de Dios son el alma de la auténtica santidad.

5. "El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena" (Antífona de comunión). Teresa Eustochio Verzeri, a quien hoy contemplamos en la gloria de Dios, en su breve pero intensa vida se dejó guiar dócilmente por el Espíritu Santo. Dios se le reveló como misteriosa presencia ante la cual es preciso inclinarse con profunda humildad. Se alegraba al considerarse bajo la constante protección divina, sintiéndose en las manos del Padre celestial, en quien aprendió a confiar siempre.

Abandonándose a la acción del Espíritu, Teresa vivió la particular experiencia mística "de la ausencia de Dios". Sólo una fe inquebrantable evitó que perdiera la confianza en este Padre providente y misericordioso, que la ponía a prueba: "Es justo -escribió- que la esposa, después de seguir al esposo en todas las penas que acompañaron su vida, participe también con él en la más terrible" (Libro de los deberes, III, 130).

Esta es la enseñanza que santa Teresa deja al instituto de las "Hijas del Sagrado Corazón de Jesús", fundado por ella. Esta es la enseñanza que nos deja a todos. Incluso en medio de las contrariedades y los sufrimientos internos y externos es necesario mantener viva la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

6. Al canonizar a la beata Rebeca Choboq Ar-Rayès, la Iglesia ilumina de un modo muy particular el misterio del amor dado y acogido para la gloria de Dios y la salvación del mundo. Esta monja de la Orden Libanesa Maronita deseaba amar y entregar su vida por sus hermanos. En medio de los sufrimientos, que no dejaron de atormentarla durante los últimos veintinueve años de su vida, santa Rebeca manifestó siempre un amor generoso y apasionado por la salvación de sus hermanos, sacando de su unión con Cristo, muerto en la cruz, la fuerza para aceptar voluntariamente y amar el sufrimiento, auténtico camino de santidad.

Que santa Rebeca vele sobre los que sufren y, en particular, sobre los pueblos de Oriente Próximo, que afrontan la espiral destructora y estéril de la violencia. Por su intercesión, pidamos al Señor que impulse a los corazones a buscar con paciencia nuevos caminos para la paz, apresurando la llegada del día de la reconciliación y la concordia.

7. "Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Salmo responsorial, 8, 2. 10). Al contemplar estos luminosos ejemplos de santidad, resuena espontáneamente en el corazón la invocación del salmista. El Señor no cesa de dar a la Iglesia y al mundo ejemplos admirables de hombres y mujeres, en los que se refleja su gloria trinitaria. Que su testimonio nos impulse a mirar al cielo y a buscar siempre el reino de Dios y su justicia.

María, Reina de todos los santos, que fuiste la primera en acoger la llamada del Altísimo, sostennos en el servicio a Dios y a nuestros hermanos. Y vosotros, san Luis Scrosoppi, san Agustín Roscelli, san Bernardo de Corleone, santa Teresa Eustochio Verzeri y santa Rebeca Petra Choboq Ar-Rayès, caminad con nosotros, para que nuestra vida, como la vuestra, sea alabanza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

Homilía del Padre Raniero Cantalamessa.

Proverbios 8, 22-31;
Romanos 5,1-5;
Juan 16, 12-15

Iguales y diversos

En el Evangelio, procedente de los discursos de despedida de Jesús, se perfilan en el fondo tres misteriosos sujetos inextricablemente unidos entre sí. «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa... Todo lo que tiene el Padre es mío [¡del Hijo !]». Reflexionando sobre estos y otros textos del mismo tenor, la Iglesia ha llegado a su fe en el Dios uno y trino.

Muchos dicen: ¿qué enigma es éste de tres que son uno y de uno que son tres? ¿No sería más sencillo creer en un Dios único, y punto, como hacen los judíos y los musulmanes? La respuesta es fácil. La Iglesia cree en la Trinidad no porque le guste complicar las cosas, sino porque esta verdad le ha sido revelada por Cristo. La dificultad de comprender el misterio de la Trinidad es un argumento a favor, no en contra, de su verdad. Ningún hombre, dejado a sí mismo, habría ideado jamás un misterio tal.

Después de que el misterio nos ha sido revelado, intuimos que, si Dios existe, no puede más que ser así: uno y trino al mismo tiempo. No puede haber amor más que entre dos o más personas; si, por lo tanto, «Dios es amor», debe haber en Él uno que ama, uno que es amado y el amor que les une. También los cristianos son monoteístas; creen en un Dios que es único , pero no solitario. ¿A quién amaría Dios si estuviera absolutamente solo? ¿Tal vez a sí mismo? Pero entonces el suyo no sería amor, sino egoísmo, o narcisismo.

Desearía recoger la gran y formidable enseñanza de vida que nos llega de la Trinidad. Este misterio es la máxima afirmación de que se puede ser iguales y diversos: iguales en dignidad y diversos en características. ¿Y no es esto de lo que tenemos la necesidad más urgente de aprender, para vivir adecuadamente en este mundo? ¿O sea, que se puede ser diversos en color de la piel, cultura, sexo, raza y religión, y en cambio gozar de igual dignidad, como personas humanas?

Esta enseñanza encuentra su primer y más natural campo de aplicación en la familia. La familia debería ser un reflejo terreno de la Trinidad. Está formada por personas diversas por sexo (hombre y mujer) y por edad (padres e hijos), con todas las consecuencias que se derivan de estas diversidades: distintos sentimientos, diversas actitudes y gustos. El éxito de un matrimonio y de una familia depende de la medida con la que esta diversidad sepa tender a una unidad superior: unidad de amor, de intenciones, de colaboración.

No es verdad que un hombre y una mujer deban ser a la fuerza afines en temperamento y dotes; que, para ponerse de acuerdo, tengan que ser los dos alegres, vivaces, extrovertidos e instintivos, o los dos introvertidos, tranquilos, reflexivos. Es más, sabemos qué consecuencias negativas pueden derivarse, ya en el plano físico, de matrimonios realizados entre parientes, dentro de un círculo estrecho. Esposo y esposa no tienen que ser «la media naranja» uno del otro, en el sentido de dos mitades perfectamente iguales, sino en el sentido de que cada uno es la mitad que le falta al otro y el complemento del otro. Es lo que pretendía Dios cuando dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Gn 2,18). Todo esto supone el esfuerzo de aceptar la diversidad del otro, que es para nosotros lo más difícil y aquello que sólo los más maduros consiguen.

Vemos también de aquí cómo es erróneo considerar a la Trinidad como un misterio remoto de la vida, que hay que dejar a la especulación de los teólogos. Al contrario: es un misterio cercanísimo. El motivo es muy sencillo: hemos sido creados a imagen del Dios uno y trino, llevamos su huella y estamos llamados a realizar la misma síntesis sublime de unidad y diversidad.

Homilía del Padre Jorge Humberto Peláez S.J.

Proverbios 8, 22-31;
Romanos 5,1-5;
Juan 16, 12-15

Este domingo la liturgia propone a nuestra consideración el misterio de la Santísima Trinidad. Aunque el tema nos puede sonar difícil y distante, tenemos que reconocer que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos acompañan a lo largo de nuestra vida; empezamos y terminamos las actividades diarias “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”; los invocamos cuando vamos a emprender un viaje y cuando tenemos que enfrentar una dificultad. Nuestra vida como cristianos está marcada por esta invocación.

Igualmente, la Trinidad es la esencia de la vida sacramental, pues pronunciamos su nombre al derramar el agua bautismal sobre la cabeza de los niños y también cuando somos “confirmados”; la invocación a la Trinidad sirve de apertura a la eucaristía, todas las oraciones concluyen invocándola y con ella terminamos el rito de la misa; está presente en la administración de todos los sacramentos.

¿Qué queremos significar cuando usamos la expresión “Santísima Trinidad”? Queremos decir que en la unidad de Dios hay tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; de esta manera podemos afirmar que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios; sin embargo, no hay tres Dioses sino uno solo.

Para la mente humana es imposible entender cómo se integran la perfecta comunidad y la perfecta unidad. En la lógica humana, unidad y comunidad expresan realidades diferentes. De todas las verdades reveladas en la historia de la salvación, ésta es la más impenetrable a la razón. Desde nuestra limitada condición de creaturas no podemos comprender ni expresar la infinitud de Dios, que desborda todo intento de definición.

Los seres humanos hemos tratado de expresar el misterio trinitario usando conceptos tales como esencia, naturaleza, persona. Estas palabras, acuñadas en contextos filosóficos y teológicos muy lejanos de nuestra cultura, dicen muy poco a los hombres y mujeres de nuestro tiempo

En palabras de Javier Gafo, destacado moralista español, lo importante es que percibamos con la mente y el corazón que “el misterio último de Dios es un amor vivido en una unidad esencial, que Dios es como un misterioso hogar rebosante de amor, y que el ser humano, creado a su imagen, no es un solitario, ya que su ser también es comunión y amor”.

En los escritos sobre la Santísima Trinidad se suele repetir una anécdota que se atribuye a San Agustín. Cuenta esta tradición que Agustín pasaba largas horas junto al mar y allí reflexionaba sobre los misterios de nuestra fe. Un día vio que un niño había hecho un hueco en la arena y trataba de recoger en él el agua del mar. Agustín sintió curiosidad y le preguntó qué hacía. El niño le dijo que quería pasar toda el agua del mar a ese agujero. Ante semejante explicación, Agustín sonrió y dijo que era imposible. El niño le respondió que era más fácil lograr ese objetivo que tratar de comprender el misterio de Dios, que era el intento de Agustín. No sabemos si esta anécdota se dio realmente, pero sí nos ofrece un punto de referencia interesante para el tema que nos ocupa este domingo.

Es importante recordar cómo se fue manifestando Dios a la humanidad, dentro de la tradición judeo – cristiana:

  • En el Antiguo Testamento, Dios se manifiesta como un ser único, personal, trascendente, como el “totalmente otro”. Esto marcaba una diferencia radical con las creencias religiosas de la época, que eran politeístas.
  • La encarnación del Hijo eterno de Dios en Jesús es un paso gigantesco en este proceso de auto manifestación de Dios. Jesús afirma: “yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí”. Por medio de Jesucristo conocemos al Padre; Jesús nos enseña que Dios es, en sí mismo, comunión, que está lleno de vida, de conocimiento y de amor, y que quiere hacernos partícipes de esa riqueza.
  • A través de su predicación, Jesús reveló el Padre a sus discípulos; y cuando Él ya no estuvo visiblemente en medio de ellos, les envió al Espíritu Santo para que tuvieran la claridad total sobre los designios del Padre.
  • Por eso podemos afirmar que la auto manifestación de Dios es gradual, y que llegó a su plenitud con el don del Espíritu Santo, quien nos enseña que Dios, en su intimidad, es unidad y comunión.

Uno de los retos más importantes como creyentes es lograr que toda nuestra espiritualidad lleve la impronta de la Trinidad, y que en nuestra manera de orar y de celebrar nos dirijamos a Dios que es unidad y comunión:

  • Descubramos a este Dios que es, simultáneamente, Padre y Madre, que nos crea, que nos comunica su vida divina y que nos adopta como hijos.
  • Sintámonos muy cerca de su Hijo amado, que nos redime; Jesús es Dios que asume nuestra condición humana; Él es nuestra inspiración y nuestro modelo.
  • El Espíritu Santo es Dios guiándonos en la fe, confortándonos, motivándonos e iluminándonos en la búsqueda continua de la voluntad de Dios.

Al concluir esta meditación en la fiesta de la Santísima Trinidad, acerquémonos confiadamente a Dios que, a través de Jesucristo, se nos manifiesta como unidad y como comunidad; y ya que hemos sido creados a imagen de Dios, asumamos la tarea de hacer presente en la sociedad la unidad y la comunidad; que el Dios Trinitario sea una inspiración para nuestro actuar.



Te recomendamos leer también: 


Write a comment...
0 awesome comments!
Comparte esta publicación:
0
Shares
0
Shares