Homilía IX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

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Homilías para el IX domingo del tiempo ordinario ciclo C

 Homilía IX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

 

Homilía J. A. Pagola

Yo no soy quien...

Se ha dicho que todos los grandes hombres han sido humildes, ya que la humildad crece en el corazón de todo aquel que vive sinceramente la existencia. Con cuánta más razón se puede decir esto de los grandes creyentes. No se puede vivir con hondura ante Dios si no es en actitud modesta y humilde. ¿Cómo puede vivir una persona que, de alguna manera, ha experimentado a Dios si no es con humildad?

Tal vez sea ésta la razón más profunda de la devaluación actual de la humildad en nuestra sociedad. El hombre moderno no es capaz de adorar la grandeza de Dios, no sabe reconocer sus propios límites, no sabe intuir que su verdadera grandeza está en vivir humildemente ante Dios. Naturalmente, cuando no se ha descubierto la grandeza de Dios, la humildad se convierte en «bajeza», en desprecio de sí mismo, en algo indigno de ser vivido.

El núcleo de toda verdadera fe es la humildad. Una bella oración litúrgica de la Iglesia dice así: «Señor ten misericordia de nosotros que no podemos vivir sin ti ni vivir contigo». Esta es nuestra experiencia diaria. No podemos vivir sin Dios y no acertamos a vivir con Él.

Dios es luz pero, a la vez, nos resulta demasiado oscuro. Es cercano, pero está oculto. Nos habla, pero tenemos que soportar su silencio. El creyente sabe por experiencia que Dios es paz, pero una paz que engendra intranquilidad e inquietud. Dios es pureza pero una pureza que nos descubre nuestra impureza y fealdad.
Por eso, toda persona que se acerca a Dios con sinceridad lo hace como aquel centurión romano que se acercó a Jesús con estas palabras: «Yo no soy digno de que entres en mi casa». Sólo quien pronuncia estas palabras desde el fondo de su ser y piensa así de sí mismo, se está acercando a Dios con verdad y dignidad.
Al contrario, quien se siente digno ante Dios, está actuando indignamente. Se está alejando de quien es la luz y la verdad. Cuando más penetra la persona en el fondo de su corazón, mejor descubre que el único camino para encontrarse con Dios es el camino de la humildad, la sencillez y la trasparencia.

Pocas veces estamos tan cerca de Dios como cuando somos capaces de rezar una oración como aquella que L. Boros nos sugiere en una de sus obras: «Señor, he ocasionado mucho mal en tu bello mundo, tengo que soportar pacientemente lo que los demás son y lo que yo mismo soy; concédeme que pueda hacer algo para que la vida sea un poco mejor allí donde tú me has colocado».


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