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Homilía III Domingo de Pascua, Ciclo C

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Ciclo C
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Homilías para el III Domingo de Pascua, Ciclo C ...

 Homilías III Domingo de Pascua, Ciclo C

 

INTRODUCCIÓN

«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», es la respuesta valiente de Pedro ante el Sumo Sacerdote, que reclamaba a los apóstoles por incumplir la prohibición de hablar en nombre de Jesús. 

Este mismo Pedro ha confirmado tres veces su amor a su Maestro, después de haberle negado igual cantidad de veces antes que cantara el gallo, cuyo relato escuchábamos en la Semana Santa.

Jesús, que conoce lo más íntimo del corazón de Pedro, sabía perfectamente cuán grande era el amor de Pedro hacia su Maestro. Pero lo hace confesar tres veces. Y por eso Pedro reacciona y en su respuesta dice: "Señor, tú sabes que te amo"; pero Jesús insiste. San Agustín dice que en cada profesión de Pedro iba sanando cada una de las tres negaciones. Y después de cada confesión, Jesús le indica cómo y dónde debe demostrarle su amor: "Apacienta mis ovejas". Como si dijera: «¿Qué crees que significa para mí el que tú me amas? Muéstrame tu amor en tus ovejas. Ese es el amor con el que valientemente nos encontramos a Pedro en la primera lectura, apacentando sus ovejas sin miedo a nadie.

Esa es la valentía que se requiere y están demostrando muchos clérigos y misioneros en nuestros tiempos, llegando incluso a dar su vida por Jesús, como le fuera anunciado al mismo Pedro. Es la misma valentía que mantiene viva a la Iglesia en el mundo y que debemos mostrar todos por amor a Jesús.

Veamos cómo los papas nos introducen en esta Palabra que nos regala la Iglesia en este III Domingo de Pascua: 

1. HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO 

Basílica de San Pablo Extramuros, III Domingo de Pascua, 14  de abril de 2013

Queridos Hermanos y Hermanas:

Me alegra celebrar la Eucaristía con ustedes en esta Basílica. Saludo al Arcipreste, el Cardenal James Harvey, y le agradezco las palabras que me ha dirigido; junto a él, saludo y doy las gracias a las diversas instituciones que forman parte de esta Basílica, y a todos vosotros. Estamos sobre la tumba de san Pablo, un humilde y gran Apóstol del Señor, que lo ha anunciado con la palabra, ha dado testimonio de él con el martirio y lo ha adorado con todo el corazón. Estos son precisamente los tres verbos sobre los que quisiera reflexionar a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado: anunciar, dar testimonio, adorar.

1. En la Primera Lectura llama la atención la fuerza de Pedro y los demás Apóstoles. Al mandato de permanecer en silencio, de no seguir enseñando en el nombre de Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y no los detiene ni siquiera el ser azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia, con parresia, aquello que han recibido, el Evangelio de Jesús. Y nosotros, ¿somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que forman parte de nuestra vida cotidiana? La fe nace de la escucha, y se refuerza con el anuncio.

2. Pero demos un paso más: el anuncio de Pedro y de los Apóstoles no consiste sólo en palabras, sino que la fidelidad a Cristo entra en su vida, que queda transformada, recibe una nueva dirección, y es precisamente con su vida con la que dan testimonio de la fe y del anuncio de Cristo. En el Evangelio, Jesús pide a Pedro por tres veces que apaciente su grey, y que la apaciente con su amor, y le anuncia: «Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18). Esta es una palabra dirigida a nosotros, los Pastores: no se puede apacentar el rebaño de Dios si no se acepta ser llevados por la voluntad de Dios incluso donde no queremos, si no hay disponibilidad para dar testimonio de Cristo con la entrega de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa incluso de nuestra vida. Pero esto vale para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios? Es verdad que el testimonio de la fe tiene muchas formas, como en un gran mural hay variedad de colores y de matices; pero todos son importantes, incluso los que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, de trabajo, de amistad. Hay santos del cada día, los santos «ocultos», una especie de «clase media de la santidad», como decía un escritor francés, esa «clase media de la santidad» de la que todos podemos formar parte. Pero en diversas partes del mundo hay también quien sufre, como Pedro y los Apóstoles, a causa del Evangelio; hay quien entrega la propia vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su sangre. Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. Me viene ahora a la memoria un consejo que San Francisco de Asís daba a sus hermanos: predicad el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras. Predicar con la vida: el testimonio. La incoherencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, mina la credibilidad de la Iglesia.

3. Pero todo esto solamente es posible si reconocemos a Jesucristo, porque es él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su camino, nos ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del Evangelio de hoy; hay una cercanía cotidiana con él, y ellos saben muy bien quién es, lo conocen. El Evangelista subraya que «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21,12). Y esto es un punto importante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como «el Señor». ¡Adorarlo! El pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado nos habla de la adoración: miríadas de ángeles, todas las creaturas, los vivientes, los ancianos, se postran en adoración ante el Trono de Dios y el Cordero inmolado, que es Cristo, a quien se debe alabanza, honor y gloria (cf. Ap 5,11-14). Quisiera que nos hiciéramos todos una pregunta: Tú, yo, ¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con él, a pararse a dialogar con él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas. Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer – pero no simplemente de palabra – que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia.

Esto tiene una consecuencia en nuestra vida: despojarnos de tantos ídolos, pequeños o grandes, que tenemos, y en los cuales nos refugiamos, en los cuales buscamos y tantas veces ponemos nuestra seguridad. Son ídolos que a menudo mantenemos bien escondidos; pueden ser la ambición, el carrerismo, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos otros. Esta tarde quisiera que resonase una pregunta en el corazón de cada uno, y que respondiéramos a ella con sinceridad: ¿He pensado en qué ídolo oculto tengo en mi vida que me impide adorar al Señor? Adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como vía maestra de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano. El Señor es el único, el único Dios de nuestra vida, y nos invita a despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a él. Anunciar, dar testimonio, adorar. Que la Santísima Virgen María y el Apóstol Pablo nos ayuden en este camino, e intercedan por nosotros.

Así sea. 

2. HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Plaza Ducal de Vigévano, III Domingo de Cuaresma Ciclo C, 21 de abril de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

"Echad la red... y encontraréis" (Jn 21, 6).

Hemos escuchado estas palabras de Jesús en el pasaje evangélico que se acaba de proclamar. Se encuentran dentro del relato de la tercera aparición del Resucitado a los discípulos junto a las orillas del mar de Tiberíades, que narra la pesca milagrosa. Después del "escándalo" de la cruz habían regresado a su tierra y a su trabajo de pescadores, es decir, a las actividades que realizaban antes de encontrarse con Jesús. Habían vuelto a la vida anterior y esto da a entender el clima de dispersión y de extravío que reinaba en su comunidad (cf. Mc 14, 27; Mt 26, 31). Para los discípulos era difícil comprender lo que había acontecido. Pero, cuando todo parecía acabado, nuevamente, como en el camino de Emaús, Jesús sale al encuentro de sus amigos. Esta vez los encuentra en el mar, lugar que hace pensar en las dificultades y las tribulaciones de la vida; los encuentra al amanecer, después de un esfuerzo estéril que había durado toda la noche. Su red estaba vacía. En cierto modo, eso parece el balance de su experiencia con Jesús: lo habían conocido, habían estado con él y él les había prometido muchas cosas. Y, sin embargo, ahora se volvían a encontrar con la red vacía de peces.

Y he aquí que, al alba, Jesús les sale al encuentro, pero ellos no lo reconocen inmediatamente (cf. Jn 21, 4). El "alba" en la Biblia indica con frecuencia el momento de intervenciones extraordinarias de Dios. Por ejemplo, en el libro del Éxodo, "llegada la vigilia matutina", el Señor interviene "desde la columna de fuego y humo" para salvar a su pueblo que huía de Egipto (cf. Ex 14, 24). También al alba María Magdalena y las demás mujeres que habían corrido al sepulcro encuentran al Señor resucitado.

Del mismo modo, en el pasaje evangélico que estamos meditando, ya ha pasado la noche y el Señor dice a los discípulos, cansados de bregar y decepcionados por no haber pescado nada: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis" (Jn 21, 6). Normalmente los peces caen en la red durante la noche, cuando está oscuro, y no por la mañana, cuando el agua ya es transparente. Con todo, los discípulos se fiaron de Jesús y el resultado fue una pesca milagrosamente abundante, hasta el punto de que ya no lograban sacar la red por la gran cantidad de peces recogidos (cf. Jn 21, 6).

En ese momento, Juan, iluminado por el amor, se dirige a Pedro y le dice: "Es el Señor" (Jn 21, 7). La mirada perspicaz del discípulo a quien Jesús amaba —icono del creyente— reconoce al Maestro presente en la orilla del lago. "Es el Señor": esta espontánea profesión de fe es, también para nosotros, una invitación a proclamar que Cristo resucitado es el Señor de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, ojalá que esta tarde la Iglesia que está en Vigévano repita con el entusiasmo de Juan: Jesucristo "es el Señor". Ojalá que vuestra comunidad diocesana escuche al Señor que, por medio de mis labios, os repite: "Echa la red, Iglesia de Vigévano, y encontrarás". En efecto, he venido a vosotros sobre todo para animaros a ser testigos valientes de Cristo.

La confiada adhesión a su palabra es lo que hará fecundos vuestros esfuerzos pastorales. Cuando el trabajo en la viña del Señor parece estéril, como el esfuerzo nocturno de los Apóstoles, no conviene olvidar que Jesús es capaz de cambiar la situación en un instante. La página evangélica que acabamos de escuchar, por una parte, nos recuerda que debemos comprometernos en las actividades pastorales como si el resultado dependiera totalmente de nuestros esfuerzos. Pero, por otra, nos hace comprender que el auténtico éxito de nuestra misión es totalmente don de la gracia.

En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a la palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu del Señor puede hacer eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.

Queridos hermanos y hermanas, con gran alegría me encuentro entre vosotros: os doy las gracias y os saludo a todos cordialmente. Os saludo como representantes del pueblo de Dios reunido en esta Iglesia particular, que tiene su centro espiritual en la catedral, en cuyo atrio estamos celebrando la Eucaristía.

Saludo con afecto a vuestro obispo, mons. Claudio Baggini, y le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido al inicio de la celebración. Saludo asimismo al arzobispo metropolitano, cardenal Dionigi Tettamanzi, a los obispo lombardos y a los demás prelados.

Dirijo un cordial saludo en especial a los sacerdotes, felicitándolos por la generosidad con que desempeñan su servicio eclesial, sin escatimar esfuerzos ni trabajos. Extiendo mi saludo a las personas consagradas, a los agentes pastorales y a todos los fieles laicos, cuya valiosa colaboración es indispensable para la vida de las diversas comunidades. Y no puede faltar un afectuoso saludo a los seminaristas, que son la esperanza de la diócesis.

Saludo, asimismo, a las autoridades civiles, a las que agradezco el significativo mensaje de cortesía que manifiesta su presencia.

Por último, mi saludo va a los fieles que se hallan reunidos en las diferentes parroquias para seguir este encuentro mediante la televisión y a todos los que participan en esta asamblea eucarística en las plazas y en las calles adyacentes a esta sugestiva plaza Ducal, al fondo de la cual destaca la artística fachada de la catedral, proyectada por el ilustre obispo de Vigévano, mons. Juan Caramuel, científico de fama europea, de cuyo nacimiento habéis celebrado el 4° centenario en los meses pasados. Esta fachada, con una arquitectura singular, une de forma armoniosa el templo a la plaza y al castillo con su torre, simbolizando así la síntesis admirable de una tradición en que se mezclan las dos dimensiones de vuestra ciudad: la civil y la religiosa.

"Echad la red... y encontraréis" (Jn 21, 6). Querida comunidad eclesial de Vigévano, ¿qué significa en concreto la invitación de Cristo a "echar la red"? Significa, en primer lugar, como para los discípulos, creer en él y fiarse de su palabra. También a vosotros, como a ellos, Jesús os pide que lo sigáis con fe sincera y firme. Por tanto, poneos a la escucha de su palabra y meditadla cada día. Para vosotros esta dócil escucha encuentra una actuación concreta en las decisiones de vuestro último Sínodo diocesano, que se concluyó en 1999.

Al final de ese camino sinodal, el amado Juan Pablo II, que se encontró con vosotros el 17 de abril de 1999 en una audiencia especial, os exhortó a "bogar mar adentro y a no tener miedo de haceros a la mar" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de abril de 1999, p. 4). Que nunca se apague en vuestro corazón el entusiasmo misionero suscitado en vuestra comunidad diocesana por ese providencial Sínodo, inspirado y querido por el recordado obispo mons. Giovanni Locatelli, que deseaba ardientemente una visita del Papa a Vigévano. Siguiendo las orientaciones fundamentales de ese Sínodo y las directrices de vuestro pastor actual, permaneced unidos entre vosotros y abríos a los amplios horizontes de la evangelización.

Que os sirvan de guía constante estas palabras del Señor: "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 35). Llevar las cargas los unos de los otros, compartir, colaborar, sentirse corresponsables, es el espíritu que debe animar constantemente a vuestra comunidad. Este estilo de comunión exige la contribución de todos: del obispo y de los sacerdotes, de los religiosos y de las religiosas, de los fieles laicos, de las asociaciones y de los diversos grupos comprometidos en el apostolado. Las parroquias, como teselas de un mosaico, en plena sintonía entre sí, formarán una Iglesia particular viva, orgánicamente insertada en todo el pueblo de Dios.

Las asociaciones, las comunidades y los grupos laicales pueden dar una contribución indispensable a la evangelización, tanto en la formación como en la animación espiritual, caritativa, social y cultural, actuando siempre en armonía con la pastoral diocesana y según las indicaciones del obispo. Os animo también a seguir prestando atención a los jóvenes, tanto a los "cercanos" como a los "alejados". Desde esta perspectiva, promoved siempre, de modo orgánico y capilar, una pastoral vocacional que ayude a los jóvenes a encontrar el verdadero sentido de su vida.

Y ¿qué decir, por último, de la familia? Es el elemento fundamental de la vida social y, por eso, sólo trabajando en favor de las familias se puede renovar el entramado de la comunidad eclesial —veo que estamos de acuerdo— e incluso de la sociedad civil.

Vuestra tierra es rica en tradiciones religiosas, en fermentos espirituales y en una activa vida cristiana. A lo largo de los siglos la fe ha forjado su pensamiento, su arte y su cultura, promoviendo solidaridad y respeto a la dignidad humana. Expresiones muy elocuentes de este rico patrimonio vuestro son las ejemplares figuras de sacerdotes y laicos que, con una propuesta de vida arraigada en el Evangelio y en la enseñanza de la Iglesia, han testimoniado, especialmente en el ámbito social de fines del siglo XIX y de los primeros decenios del siglo XX, los auténticos valores evangélicos, como base sólida de una convivencia libre y justa, atenta especialmente a los más necesitados.

Esta luminosa herencia espiritual, redescubierta y alimentada, no puede por menos de representar un punto de referencia seguro para un servicio eficaz al hombre de nuestro tiempo y para un camino de civilización y de auténtico progreso.

"Echad la red... y encontraréis". Este mandato de Jesús fue dócilmente acogido por los santos, y su existencia experimentó el milagro de una pesca espiritual abundante. Pienso de modo especial en vuestros patronos celestiales: san Ambrosio, san Carlos Borromeo y el beato Mateo Carreri. Pienso también en dos ilustres hijos de esta tierra, cuya causa de beatificación está en curso: el venerable Francesco Pianzola, sacerdote animado por un ardiente espíritu evangélico, que supo salir al encuentro de las pobrezas espirituales de su tiempo con un valiente estilo misionero, atento a los más alejados y en particular a los jóvenes, y el siervo de Dios Teresio Olivelli, laico de la Acción católica, que murió a los 29 años en el campo de concentración de Hersbruck, víctima sacrificial de una violencia brutal, a la que él opuso tenazmente el ardor de la caridad.

Estas dos figuras excepcionales de discípulos fieles de Cristo constituyen un signo elocuente de las maravillas realizadas por el Señor en la Iglesia de Vigévano. Reflejaos en estos modelos, que ponen de manifiesto la acción de la gracia y son para el pueblo de Dios un estímulo a seguir a Cristo por la senda exigente de la santidad.

Queridos hermanos y hermanas de la diócesis de Vigévano, mi pensamiento va, por último, a la Madre de Dios, a la que veneráis con el título de Virgen de la Bozzola. A ella le encomiendo todas vuestras comunidades, para que obtenga una renovada efusión del Espíritu Santo sobre esta querida diócesis.

La fatigosa pero estéril pesca nocturna de los discípulos es una advertencia perenne para la Iglesia de todos los tiempos: nosotros solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. En el compromiso apostólico no bastan nuestras fuerzas: sin la gracia divina nuestro trabajo, aunque esté bien organizado, resulta ineficaz.

Oremos juntos para que vuestra comunidad diocesana acoja con alegría el mandato de Cristo y con renovada generosidad esté dispuesta a "echar" las redes. Entonces experimentará ciertamente una pesca milagrosa, signo del poder dinámico de la palabra y de la presencia del Señor, que incesantemente confiere a su pueblo una "renovada juventud del Espíritu" (cf. oración colecta).

3. HOMILÍA DE JUAN PABLO II 

Parroquia de San Estéban Protomártir, Roma, 26 de abril de 1998

1. «Es el Señor» (Jn 21, 7). Esta exclamación del apóstol Juan pone de relieve la intensa emoción que experimentaron los discípulos al reconocer a Jesús resucitado, que se les aparecía por tercera vez a orillas del mar de Tiberíades.

Juan se hace portavoz de los sentimientos de Pedro y de los demás Apóstoles ante la presencia del Señor resucitado. Después de una larga noche de soledad y fatiga, llega el alba y su aparición cambia radicalmente todas las cosas: la luz vence a la oscuridad, el trabajo infructuoso se convierte en pesca fácil y abundante, el cansancio y la soledad se transforman en alegría y paz.

Desde entonces, esos mismos sentimientos animan a la Iglesia. Aunque a una mirada superficial pueda parecer a veces que triunfan las tinieblas del mal y la fatiga de la vida diaria, la Iglesia sabe con certeza que sobre quienes siguen a Cristo resplandece ahora la luz inextinguible de la Pascua. El gran anuncio de la Resurrección infunde en el corazón de los creyentes una íntima alegría y una esperanza renovada.

2. El libro de los Hechos de los Apóstoles, que la liturgia nos hace releer durante este tiempo pascual, describe la vitalidad misionera, llena de alegría, que animaba a la comunidad cristiana de los orígenes, aun en medio de todo tipo de dificultades y obstáculos. Esa misma vitalidad se ha prolongado a lo largo de los siglos gracias a la acción del Espíritu Santo y a la cooperación dócil y generosa de los creyentes.

Leemos hoy en la primera lectura: «Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo» (Hch 5, 32). El Espíritu Santo vivifica el compromiso apostólico de los discípulos de Cristo, sosteniéndolos en sus pruebas, iluminándolos en sus opciones y asegurando eficacia a su anuncio del misterio pascual.

3. ¡En verdad, Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! También hoy la Iglesia sigue proponiendo el mismo anuncio gozoso. «¡En verdad, Cristo ha resucitado!»: estas palabras son un grito de alegría y una invitación a la esperanza. Si Cristo ha resucitado, observa san Pablo, nuestra fe no es vana. Si hemos muerto con Cristo, también hemos resucitado con él; por tanto, ahora debemos vivir como resucitados.

Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de San Esteban protomártir, os saludo a todos con afecto. Mi presencia en medio de vosotros es una continuación ideal de la visita que mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, realizó a vuestra comunidad, con ocasión de la Pascua de 1966, hace treinta y dos años.

Saludo cordialmente al cardenal vicario, al monseñor vicegerente, a vuestro celoso párroco, monseñor Vincenzo Vigorito, y a todos los que colaboran con él en la guía de la comunidad parroquial. Dirijo un saludo particular a cuantos, sobre todo en este último período, están comprometidos en la misión ciudadana. Quisiera animarlos a proseguir en este esfuerzo misionero, anunciando y testimoniando, con todos los medios y en todos los ambientes, el Evangelio que renueva la existencia del hombre.

Todos tienen necesidad de esta Palabra que salva; a todos la lleva personalmente el Señor resucitado. Queridos fieles, comunicad este mensaje de esperanza a cuantos encontráis en las casas, en las escuelas, en las oficinas y en los lugares de trabajo. Acercaos, sobre todo, a los que están solos, a los que atraviesan un momento de sufrimiento y se hallan en condiciones precarias, a los enfermos y a los marginados. Proclamad a todos y a cada uno: ¡En verdad, Cristo ha resucitado!

4. De este modo, vuestra comunidad que, como muchas otras parroquias romanas, es de reciente creación y ya posee una historia densa de problemas sociales y humanos, será cada vez más un lugar de solidaridad y encuentro, de alegría y fortalecimiento espiritual. Eso es lo que vuestra parroquia ha querido ser desde que nació, en 1953, por obra de los padres pasionistas. En los dos decenios siguientes, la comunidad ha crecido notablemente, gracias a la llegada de muchos inmigrantes procedentes, sobre todo, de las zonas del centro y del sur de Italia.

Muchas personas se trasladaron a Roma durante esos años en búsqueda de fortuna, apartándose necesariamente de las tradiciones y de los valores de sus ciudades. Hay entre vosotros quien recuerda las dificultades de los comienzos, con sus relativos problemas humanos y sociales, cuando los arcos del acueducto se transformaron en lugares de refugio para tantas familias de inmigrantes. La parroquia trató de dar respuestas concretas a esas situaciones difíciles, según sus posibilidades, mostrando siempre gran valentía y generosidad pastoral.

El mismo Papa Pablo VI, que quedó impresionado por la situación de pobreza que encontró aquí, sostuvo personalmente varias iniciativas, entre las que figura la creación de un centro sociosanitario. Para ayudar a los habitantes de Tor Fiscale vinieron después, providencialmente, las religiosas Hijas de Cristo Rey, que fundaron una escuela y una guardería.

Y no puedo menos de recordar a la queridísima madre Teresa de Calcuta, que abrió aquí su primera casa en Europa, transformada ahora en comunidad de formación de los Misioneros de la Caridad. 5. Gracias a Dios, durante los últimos años la situación ha mejorado notablemente, después de la construcción de nuevos asentamientos en Tor Bella Monaca y en Nueva Ostia. Pero permanecen algunos núcleos de pobreza y soledad; preocupan la carencia de viviendas, el desempleo, especialmente juvenil, la deserción escolar y las plagas de la droga, de la delincuencia y de la prostitución.

Frente a todo esto, no sois indiferentes. Sé bien que os comprometéis generosamente, con gestos de valiente solidaridad, a llevar el anuncio de Cristo. El Papa, hoy en medio de vosotros, quiere sosteneros con su presencia en esta difícil, pero exaltante, misión apostólica y misionera. Mirad a Cristo: él es la vida que no muere. Esta vida la da a todo el que se dirige a él con fe sincera. Sed testigos y promotores de esta vida, poniendo los valores del Evangelio como cimiento de una sociedad más justa y solidaria.

Yo estoy aquí hoy también para felicitaros y animaros. Para animar a los sacerdotes y a las religiosas, que prodigan aquí sus energías; y a los laicos comprometidos que aquí, come en tantas otras zonas de la periferia de Roma, muy a menudo abandonadas a sí mismas, han dado y siguen dando un valioso testimonio de amor y atención a la vida humana en todas sus fases. Quiero alentar, sobre todo, a cuantos se dedican con perseverancia a transmitir los valores de la fe a sus hermanos, en particular a los últimos y a los marginados.

6. «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza » (Ap 5, 12).

En este tercer domingo de Pascua, hagamos nuestras las palabras de la liturgia celestial, que refiere el Apocalipsis. Mientras contemplamos la gloria del Resucitado, pidamos al Señor que conceda a vuestra comunidad un futuro más sereno y rico en esperanza.

Que el Señor ayude a cada uno a tomar mayor conciencia de su misión al servicio del Evangelio. Amadísimos hermanos y hermanas, Cristo resucitado os dé la valentía del amor y os haga sus testigos. Os colme de su Espíritu para que, con toda la Iglesia, sostenidos por la intercesión de María, proclaméis el himno de gloria de los redimidos: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder» (Ap 5, 13). Amén.

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