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Mar, Sep

Homilía XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

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Ciclo B
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Homilías XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B...

 Homilías XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

 

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Comentando las Lecturas de hoy...

(Por Ing. Mardoqueo G. Sánchez)

Hijo de David, ten compasión de mi! 

 Jeremías 31, 7-9; Salmo 125; Hebreos 5, 1-6;  Marcos 10, 46-52

En las lecturas de hoy resalta la figura del ciego de Jericó. El Evangelio nos ofrece un relato muy esperanzador y motivador para quienes se encuentran a la vera del camino, aislados, sin ver la luz, sin oportunidades claras, sentados, disminuidos. En serios problemas...



Hay que fijarse bien en todo el contenido del relato. No es la sola curación la que nos sorprende. Cada detalle significa mucho y en cada uno de ellos encontramos un guion para nuestra reflexión de hoy.

Describamos un poco a este personaje: Su nombre era Bartimeo, ciego, estaba al borde del camino, en posición sentado, en actitud de pedir, buscar ayuda, compasión; cubierto con un manto. Si Jesús ya iba de salida, entonces el ciego, seguramente, estaba en la periferia de la ciudad, en la salida.

Primer detalle: Era ciego, no tenía otra incapacidad.  Sin tener otro tipo de dificultad, Bartimeo se había "sentado" y colocado al borde del camino para pedir limosna. El Evangelio no dice que le faltara una pierna, sus manos o que tuviera otro impedimento. Podía hablar, escuchar, caminar, mover sus manos. Es el común de muchas personas que ante una dificultad, inclinan su cabeza, se sientan y se consideran incapaces de hacer su vida de otra manera. Se colocan al borde del camino, se salen del centro de la ciudad y se van a las periferias de la vida. Pierdes a tu esposo y por ser mujer crees que no puedes salir adelante con tus hijos y bajas la cabeza ante otro hombre que te ofrece ayuda si te casas o decides vivir con él, aunque eso implique el maltrato de su parte hacia tus hijos, que muchas veces llega hasta el abuso sexual, pero tú, porque crees que no puedes sola, permites todo ese tipo de humillaciones y abusos. Te sientas, no avanzas, y pides compasión, te sientes incapaz. Perdiste el trabajo que tenías desde hace 20 años, y ahora sientes que el mundo se te vino encima porque no puedes hacer otra cosa. Se murieron tus padres en un accidente y ahora crees que la vida también para tí se acabó y que no tienes opciones. Te dejó tu novio o tu novia y ya sientes que todo terminó, que no hay otra oportunidad, te sientas, te cubres con tu manto y te aíslas de todas las oportunidades que aún existen. Se te quemó tu casa con todas tus pertenencias, o se incendió tu negocio y te quedaste en la calle y consideras que ya se acabó todo y no buscas comenzar de cero. Hay muchos Bartimeos por ahí, sentados, sin levantar cabeza, pidiendo limosna, echados a perder en los vicios, porque creen que ya no se puede hacer nada.

Bartimeo representa hoy a todo aquel que cree que con un solo problema, la vida ya no tiene sentido, que ya no se puede hacer nada.  

Segundo detalle: Jesús iba de salida. El ciego sabía que era su última oportunidad y tenía que aprovecharla sí o sí. Era de lanzarse porque, de no ser así, su vida seguiría igual, sentado, pidiendo limosna, sin poder ver la luz, sin una oportunidad de una vida mejor. Jesús es siempre la primera, la segunda, la tercera... pero también es la última oportunidad, la que no debemos dejar pasar. Ya buscaste en el médico, en donde sea, la solución a tu vida. Ya mordiste el polvo queriendo solucionar todo, ya tocaste fondo sin poder salir... Dios es siempre una oportunidad que no debes dejar pasar aunque tengas que gritar y quedar en ridículo. Aunque tengas que ir contra corriente, contra tu misma familia, es una oportunidad única y vale la pena el riesgo.

Tercer detalle: Jesús pasa de largo. Si el ciego estaba a la vera del camino y Jesús pasa, sin advertir esa presencia de aquel que pedía limosna y que estaba necesitado también en su salud física, eso ya es preocupante para cualquiera. Ni Jesús busca ayudarle, ni la gente que camina junto a él se atreve a ofrecerle ayuda a aquel ciego y buscar de Jesús un milagro. Para colmo, cuando el ciego ya está frente a Jesús, éste le pregunta todavía: "¿Qué quieres que haga por ti?. Podría decirse que la pregunta de Jesús es porque Bartimeo podría pedir o su salud o una limosna; pero eso sería ignorar la sabiduría de Jesús que podía adivinar hasta los pensamientos. ¿Cuántas veces has sentido que Dios pasa de largo por tu vida o tus problemas? Dios, en su infinita sabiduría y en su pedagogía muchas veces incomprensible para nosotros, quiere siempre despertarnos la fe, quiso que aquel ciego se atreviera a buscar, que creyera que era posible, que pidiera lo imposible!. Y aunque ya sabe lo que necesitamos, quiere que se lo hagamos saber, que se lo pidamos. Hoy Jesús te hace a ti la misma pregunta: "¿Qué quieres que haga por ti?".

Cuarto detalle: El ciego hace un proceso de acercamiento fuerte a la realidad de Jesús. Se despoja de su vieja personalidad (tira el manto), se yergue por encima de su debilidad y se acerca a Jesús (vv.49-50). El despojo del manto indica la ruptura necesaria para aceptar el planteamiento nuevo del Reino; al erguirse se reconoce que no se está dispuesto a ser esclavo de ningún sistema porque el seguimiento a Jesús está amasado en libertad; al acercarse a Jesús se manifiesta la predisposición necesaria para que el proceso de la fe pueda arraigar. Es decir, para salir de esa situación de endurecimiento es preciso poner a funcionar todas las capacidades que Dios mismo ha sembrado en el corazón de la persona (Jn 1,12). Ese es el verdadero milagro, más que el de la curación física: la posibilidad de un seguimiento activo que deje atrás las viejas esclavitudes.



Quinto detalle: Bartimeo no pidió limosna, sino un milagro! Clamó a Jesús no para pedirle una limosna, sino para suplicar de Jesús aquello que  parecía imposible, pidió un milagro. Dios no está para darnos limosnas. Los problemas pequeños son para que los resolvamos nosotros, los difíciles, aquellos que parecen imposibles, esos son para Dios. El ciego mendigaba ayuda de todo aquél que se le aproximara. Pero el día en que se enteró que era Jesús quien pasaba a su lado, dejó de pedir limosna y se atrevió a pedir un milagro; no se avergonzó de su temeridad, expuso su necesidad a gritos, llegando a molestar a cuantos acompañaban al Maestro; no le importó llamar la atención ni sufrir recriminaciones; no quiso perder la oportunidad y continuó gritando hasta que Jesús le atendió. A Jesús no le habían molestado sus voces, puesto que eran la voz de la fe, que pedía lo que a nadie había pedido antes, lo que sólo Jesús, el Hijo de David, podía darle: la vista. Hay que envidiar, en efecto, la valentía del mendigo que dejó de pedir un día pequeñas limosnas cuando, finalmente, se atrevió a pedir el milagro que necesitaba; bien sabía que sólo la vista le libraría de la mendicidad, que todo lo que recibía no eran más que ayudas a medias, que prolongaban sus días sin luz, y no quiso desaprovechar la ocasión que se le presentó el día en que Jesús pasó a su lado. Cansado de mendigar limosnas todos los días, se atrevió a pedir la curación definitiva; apostó por Jesús y confió a él su necesidad. Eso le salvó de su pobreza y de su ceguera. ¿En quién has puesto tu confianza? ¿Quieres seguir mendigando o darás el grito de fe que haga posible el milagro y no la limosna?.

Aunque en la vida haya cosas que parezcan tan imposibles, para Dios no hay nada imposible, y Bartimeo lo creyó así y esa fe arrancó de Jesús lo mejor que podía hacer por aquel ciego. Dios está a nuestra disposición para las coasas imposibles. Y cuando parezcan así, es cuando debemos lanzar el grito más fuerte, aunque eso alarme a quienes estén a nuestro alrededor. 

Sexto detalle: el ciego gritó en la calle, no en el templo. La fe ciega de Bartimeo pide a gritos un milagro en medio del bullicio de la calle, no en el silencio de un templo. No solo en el templo podemos orar y mostrar ahí nuestra fe. Esa fe se vive a diario donde quiera que estemos, en el silencio o en el bullicio, en el templo o en la calle, en la casa o en el trabajo, cualquier lugar es bueno para levantar nuestra voz y dirigir a Dios nuestro grito de auxilio.

Que las lecturas de hoy nos ayuden en nuestra vida de oración y acrecienten nuestra fe y confianza en Dios, porque nuestra vida de oración no merecerá las atenciones de Jesús hasta tanto no le hayamos gritado la necesidad que de él, y de su poder, tenemos; no tengamos miedo de gritarle a Dios, si lo hacemos para que nos atienda, si le gritamos cuando le necesitamos - porque todos los demás nos tienen sin cuidado-, ganaremos su confianza y obtendremos lo que le pedimos con tanta fe. Que así sea...

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BIBLIOGRAFÍA:  Armando J. Levarotti, Comentario Bïblico Latinoamericano;  Juan José Bartolomé, El Corazón de la Palabra, Ciclo B; Guillermo Gutiérrez de Andrés, Hablaré de Ti a mis hermanos, Ciclo B; Fidel Aizpurrúa Donazar, La Homilía Dominical, Ciclo B;  Gustavo Velez & Mari Patxi Ayerra, Homilía y Oración, Ciclo B; José A. Pagola, El Evangelio para cada semana, Ciclo B; José Joaquín Gómez Palacios, De Domingo a Domingo, Ciclo B;  Adolfo Galeano, La Situación Humana a la Luz del Evangelio, ciclo B

Homilía del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

El pasaje del Evangelio relata la curación del ciego de Jericó, Bartimeo... Bartimeo es alguien que no deja escapar la ocasión. Oyó que pasaba Jesús, entendió que era la oportunidad de su vida y actuó con rapidez. La reacción de los presentes («le gritaban para que se callara») pone en evidencia la inconfesada pretensión de los «acomodados» de todos los tiempos: que la miseria permanezca oculta, que no se muestre, que no perturbe la vista y los sueños de quien está bien.

El término «ciego» se ha cargado de tantos sentidos negativos que es justo reservarlo, como se tiende a hacer hoy, a la ceguera moral de la ignorancia y de la insensibilidad. Bartimeo no es ciego; es sólo invidente. Con el corazón ve mejor que muchos otros de su entorno, porque tiene la fe y alimenta la esperanza. Más aún, es esta visión interior de la fe la que le ayuda a recuperar también la exterior de las cosas. «Tu fe te ha salvado», le dice Jesús.

Me detengo aquí en la explicación del Evangelio porque me apremia desarrollar un tema presente en la segunda lectura de este domingo, relativa a la figura y al papel del sacerdote. Del sacerdote se dice ante todo que es «tomado de entre los hombres». No es, por lo tanto, un ser desarraigado o caído del cielo, sino un ser humano que tiene a sus espaldas una familia y una historia como todos los demás. «Tomado de entre los hombres» significa también que el sacerdote está hecho de la misma pasta que cualquier otra criatura humana: con los deseos, los afectos, las luchas, las dudas y las debilidades de todos. La Escritura ve en esto un beneficio para los demás hombres, no un motivo de escándalo. De esta forma, de hecho, estará más preparado para tener compasión, estando también él revestido de debilidad.

Tomado de entre los hombres, el sacerdote es además «constituido para los hombres», esto es, devuelto a ellos, puesto a su servicio. Un servicio que afecta a la dimensión más profunda del hombre, su destino eterno. San Pablo resume el ministerio sacerdotal con una frase: «Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Co 4,1). Esto no significa que el sacerdote se desinterese de las necesidades también humanas de la gente, sino que se ocupa también de éstas con un espíritu diferente al de los sociólogos o políticos. Frecuentemente la parroquia es el punto más fuerte de agregación, incluso social, en la vida de un pueblo o de un barrio.

La que hemos trazado es una visión positiva de la figura del sacerdote. No siempre, lo sabemos, es así. De vez en cuando las crónicas nos recuerdan que existe también otra realidad, hecha de debilidad e infidelidad... De ella la Iglesia no puede hacer más que pedir perdón. Pero hay una verdad que hay que recordar para cierto consuelo de la gente. Como hombre, el sacerdote puede errar, pero los gestos que realiza como sacerdote, en el altar o en el confesionario, no resultan por ello inválidos o ineficaces. El pueblo no es privado de la gracia de Dios a causa de la indignidad del sacerdote. Es Cristo quien bautiza, celebra, perdona; el [sacerdote] es sólo el instrumento.

Me gusta recordar, al respecto, las palabras que pronuncia antes de morir el «cura rural» de Bernanos: «Todo es gracia». Hasta la miseria de su alcoholismo le parece gracia, porque le ha hecho más misericordioso hacia la gente. A Dios no le importa tanto que sus representantes en la tierra sean perfectos, cuanto que sean misericordiosos.


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