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Homilía XXVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

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Ciclo B
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Homilías XXVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B...

 Homilías XXVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

 

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Comentando las Lecturas de Hoy...

(Por Ing. Mardoqueo G. Sánchez)

Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. 

Génesis 2, 18-24  / Sal 127 / Hebreos 2, 9-11 / Marcos 10, 2-16 

Las lecturas de hoy nos llevan a reflexionar sobre un tema muy candente en nuestros tiempos: la indisolubilidad del matrimonio.

Los fariseos una vez más quieren poner a prueba a Jesús, haciéndole una pregunta sobre la licitud del divorcio. Jesús, que conoce perfectamente las Escrituras,  les pregunta sobre lo que Moisés prescribió al respeto, para  ayudarles a comprender el sentido de la Ley e introducirlos en una interpretación correcta de la misma.



Ciertamente, Moisés permitió en Dt 24,1-4 dar un certificado de divorcio cuando la mujer no halla gracia a los ojos del marido o él encuentra en su esposa algo que le desagrada; pero Jesús pone en claro que los textos de la Escritura deben entenderse como una unidad que va desde el Génesis hasta el Apocalipsis. No es cuestión de ceñirse a algunas frases sueltas, que muchas veces adquieren su verdadero sentido a la luz de otros textos, del contexto y de la situación vital en la que nació esa página bíblica; un texto sacado de su contexto, sirve para cualquier pretexto. Jesús conoce lo que escribió Moisés. Pero hace ver a los fariseos que Dios, antes de permitir que Moisés diera el acta de repudio, había constituido un matrimonio monogámico, formado por un único varón y una única mujer, llamados a conformar una sola carne, es decir, un solo ser. Moisés tuvo en cuenta la «dureza del corazón» humano; Jesús mira «al principio», al pensamiento original de Dios. El divorcio lo considera una excepción inaceptable; para él no hay nada, desagradable o no, que pueda llevar a la separación matrimonial. Y es que el plan de Dios fue, desde un principio, que hombre y mujer fueran una sola carne, una única comunidad de vida; y de ese plan original de Dios, Jesús se hace portavoz y, defensor a ultranza, sin conceder excepción alguna.

Sin duda que esa respuesta debió haber dejado perplejos a los fariseos y todos los oyentes de Jesús, como deja también ahora a muchos que quisieran que esa ley fuera más flexible y acusan a la Iglesia Católica, defensora de la indisolubilidad del matrimonio, de ser anticuada, fuera de serie, desactualizada en sus leyes. Hay muchos, llamados "cristianos", que se oponen a la voluntad de Dios que Cristo Jesús defendió contracorriente; curiosamente, se quisiera volver a ese estado de cosas que Jesús declaró como contrario al plan primitivo divino. Buscan algo más flexible y se oponen a la voluntad primera de Dios porque la consideran pasada de moda. Hay muchos cónyuges que están perdiendo su capacidad de mantenerse fieles mutuamente, influenciados por la cultura de lo "desechable"; quisieran matrimonios por contratos renovables por ciertos períodos de tiempo, pero no para siempre.

Por eso hay muchas parejas que prefieren no casarse y vivir un tiempo juntos "para ver si se entienden" y luego decidir si dar el paso al matrimonio religioso o no. En ese "vivir un tiempo juntos" se acostumbran a ese estilo de vida y ya no se casan. Y si ya es difícil hacerse a la idea de que el matrimonio es "hasta que la muerte los separe", no es menos complicado hacer que los novios se sometan a un proceso de preparación previa al matrimonio, porque le rehúyen al hecho de invertir tiempo para escuchar charlas de preparación; quisieran todo exprés. Si los candidatos al sacerdocio se tardan muchos años en su proceso de formación, no es menos importante el sacramento del matrimonio como para que los novios pasen muy poco tiempo en "formación" antes de casarse. Esa formación es necesaria para dar ese paso tan importante, porque dicen que "el amor es ciego", y lastimosamente se abren los ojos "hasta que ya están casados"; porque muchos ven los defectos de su pareja hasta que ya están juntos; en su etapa de novios, o no los ven o no los quieren ver; el proceso debería ser al revés; abrir los ojos cuando son novios y cerrarlos cuando ya están casados. Por eso es necesario conocerse bien antes y saber a qué se comprometen mutuamente; y en eso ayuda mucho la formación previa que reciben de parte de la Iglesia.

En nuestros tiempos, la institución del matrimonio está seriamente amenazada desde muchos flancos. Aquello de "hasta que la muerte los separe", se ha cambiado por "hasta que la otra los separe". El ambiente cultural es una amenaza constante a la fidelidad entre los cónyuges. Hombre y mujer son mucho más que dos seres individuales aislados y sin relación recíproca. Y lo que Dios ha unido de tal manera no les es lícito al hombre separarlo. Así de sencillo y así también de duro. Aunque dicen que el matrimonio es la única guerra en la que se duerme con el enemigo, la indisolubilidad del matrimonio es y seguirá siendo un ideal de perfección cristiana, aunque parezca utópico para muchos. Y es que si se da libre curso al egoísmo de la pareja, a la incomprensión de los defectos del otro, y aun de sus pecados, es imposible vivir y creer en el amor. Pero la Escritura dice que «el amor es fuerte como la muerte» (Cant 8,6), es decir, nada lo puede destruir, ni siquiera la misma muerte. El amor crece en el terreno fértil de la fidelidad mutua y en la apertura a la vida de los hijos, que dan pleno sentido al encuentro nupcial. Hombre y mujer no se unen solo para ellos sino para dar vida que alimenta el mismo amor conyugal.

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Ahora bien, Dios estableció como ideal al principio que el matrimonio fuera uno e indivisible, y la Iglesia no reconoce poder humano capaz de disolver el matrimonio «rato y consumado», pero declara nulos algunos matrimonios por falta de forma o consumación. No existe el "divorcio" dentro de la Iglesia Católica, pero sí la figura de "nulidad", es decir, algunos casos en los que el matrimonio puede declararse nulo. Cualquier duda sobre este tema, conviene acercarse a un sacerdote para recibir las adecuadas orientaciones.

Por último, un consejo sano y conveniente para las parejas recién casadas: "llévense a la Virgen María a sus hogares para que interceda por su matrimonio". Ella será capaz siempre de hacer que el agua se convierta en vino. Intercederá para que la incomprensión se convierta en comprensión, para que la infidelidad se convierta en fidelidad y para que ese matrimonio permanezca unido para siempre.

Hoy oramos por todos los matrimonios cristianos, para que Dios les dé la gracia de la fidelidad y el amor permanezca entre ellos para siempre.

 

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BIBLIOGRAFÍA:  Armando J. Levarotti, Comentario Bïblico Latinoamericano;  Juan José Bartolomé, El Corazón de la Palabra, Ciclo B; Guillermo Gutiérrez de Andrés, Hablaré de Ti a mis hermanos, Ciclo B; Fidel Aizpurrúa Donazar, La Homilía Dominical, Ciclo B;  Gustavo Velez & Mari Patxi Ayerra, Homilía y Oración, Ciclo B; José A. Pagola, El Evangelio para cada semana, Ciclo B; José Joaquín Gómez Palacios, De Domingo a Domingo, Ciclo B;  Adolfo Galeano, La Situación Humana a la Luz del Evangelio, ciclo B 




 Homilía del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

El tema de este XXVII Domingo es el matrimonio. La primera lectura comienza con las bien conocidas palabras: «Dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté sólo. Voy a hacerle una ayuda adecuada». En nuestros días el mal del matrimonio es la separación y el divorcio, mientras que en tiempos de Jesús lo era el repudio. En cierto sentido, éste era un mal peor, porque implicaba también una injusticia respecto a la mujer que aún persiste, lamentablemente, en ciertas culturas. El hombre, de hecho, tenía el derecho de repudiar a la propia esposa, pero la mujer no tenía el derecho de repudiar a su propio marido.

Dos opiniones se contraponían, respecto al repudio, en el judaísmo. Según una de ellas, era lícito repudiar a la propia mujer por cualquier motivo, al arbitrio, por lo tanto, del marido; según la otra, en cambio se necesitaba un motivo grave, contemplado por la Ley. Un día sometieron esta cuestión a Jesús, esperando que adoptara una postura a favor de una u otra tesis. Pero recibieron una respuesta que no se esperaban: ««Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón [Moisés] escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

La ley de Moisés acerca del repudio es vista por Cristo como una disposición no querida, sino tolerada por Dios (como la poligamia u otros desórdenes) a causa de la dureza de corazón y de la inmadurez humana. Jesús no critica a Moisés por la concesión hecha; reconoce que en esta materia el legislador humano no puede dejar de tener en cuenta la realidad de hecho. Pero repropone a todos el ideal originario de la unión indisoluble entre el hombre y la mujer («una sola carne») que, al menos para sus discípulos, deberá ser ya la única forma posible de matrimonio.

Sin embargo Jesús no se limita a reafirmar la ley; le añade la gracia. Esto quiere decir que los esposos cristianos no tienen sólo el deber de mantenerse fieles hasta la muerte; tienen también las ayudas necesarias para hacerlo. De la muerte redentora de Cristo viene una fuerza –el Espíritu Santo- que permea todo aspecto de la vida del creyente, incluido el matrimonio. Éste incluso es elevado a la dignidad de sacramento y de imagen viva de su unión esponsalicia con la Iglesia en la cruz (Ef 5, 31-32).

Decir que el matrimonio es un sacramento no significa sólo (como a menudo se cree) que en él está permitida y es lícita y buena la unión de los sexos, que fuera de aquél sería desorden y pecado; significa –más todavía- decir que el matrimonio se convierte en un modo de unirse a Cristo a través del amor al otro, un verdadero camino de santificación.

Esta visión positiva es la que mostró tan felizmente el Papa Benedicto XVI en su Encíclica «Deus caritas est», sobre amor y caridad. El Papa no contrapone en ella la unión indisoluble en el matrimonio a otra forma de amor erótico; pero la presenta como la forma más madura y perfecta desde el punto de vista no sólo cristiano, sino también humano.

«El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza -dice- conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad -sólo esta persona-, y en el sentido del “para siempre”. El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad [n. 6].

Este ideal de fidelidad conyugal nunca ha sido fácil (¡adulterio es una palabra que resuena siniestramente hasta en la Biblia!); pero hoy la cultura permisiva y hedonista en la que vivimos lo ha hecho inmensamente más difícil. La alarmante crisis que atraviesa la institución del matrimonio en nuestra sociedad está a la vista de todos. Legislaciones civiles, como la del gobierno español, que permiten (¡e indirectamente, de tal forma, alientan!) iniciar los trámites de divorcio apenas pocos meses después de vida en común. Palabras como: «estoy harto de esta vida», «me marcho», «si es así, ¡cada uno por su lado!», ya se pronuncian entre cónyuges a la primera dificultad. (Dicho sea de paso: creo que un cónyuge cristiano debería acusarse en confesión del simple hecho de haber pronunciado una de estas palabras, porque el solo hecho de decirla es una ofensa a la unidad y constituye un peligroso precedente psicológico).

El matrimonio sufre en ello la mentalidad común del «usar y tirar». Si un aparato o una herramienta sufre algún daño o una pequeña abolladura no se piensa en repararlo (han desaparecido ya quienes tenían estos oficios), se piensa sólo en sustituirlo. Aplicada al matrimonio, esta mentalidad resulta mortífera.

¿Qué se puede hacer para contener esta tendencia, causa de tanto mal para la sociedad y de tanta tristeza para los hijos? Tengo una sugerencia: ¡redescubrir el arte del remiendo! Sustituir la mentalidad del «usar y tirar» por la del «usar y remendar». Casi nadie hace ya remiendos. Pero si no se hacen ya en la ropa, hay que practicar este arte del remiendo en el matrimonio. Remendar los desgarrones. Y remendarlos enseguida.

San Pablo daba óptimos consejos al respecto: «Si os airáis, no pequéis; no se ponga el sol mientras estéis airados, ni deis ocasión al Diablo», «soportaos unos a otros y perdonaos mutuamente si alguno tiene queja contra otro», «ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas» (Ef 4, 26-27; Col 3, 13; Ga 6, 2).

Lo importante que hay que entender es que en este proceso de desgarrones y recosidos, de crisis y superaciones, el matrimonio no se gasta, sino que se afina y mejora. Percibo una analogía entre el proceso que lleva hacia un matrimonio exitoso y el que lleva a la santidad. En su camino hacia la perfección, los santos atraviesan a menudo la llamada «noche oscura de los sentidos» en la que ya no experimenta ningún sentimiento, ningún impulso; tienen aridez, están vacíos, hacen todo a fuerza de voluntad y con fatiga. Después de ésta, llega la «noche oscura del espíritu» en la que no entra en crisis sólo el sentimiento, sino también la inteligencia y la voluntad. Se llega a dudar de que se esté en el camino adecuado, si es que acaso no ha sido todo un error; oscuridad completa, tentaciones sin fin. Se sigue adelante sólo por fe.

¿Entonces todo se acaba? ¡Al contrario! Todo esto no era sino purificación. Después de que han pasado por estas crisis, los santos se dan cuenta de cuánto más profundo y más desinteresado es ahora su amor por Dios, respecto al de los comienzos.

A muchas parejas no les costará reconocer en ello su propia experiencia. También han atravesado frecuentemente, en su matrimonio, la noche de los sentidos en la que falta todo arrebato y éxtasis de aquellos, y si alguna vez lo hubo, es sólo un recuerdo del pasado. Algunos conocen también la noche oscura del espíritu, el estado en que entra en crisis hasta la opción de fondo y parece que no se tiene ya nada en común.

Si con buena voluntad y la ayuda de alguien se logran superar estas crisis, se percibe hasta qué punto el impulso y el entusiasmo de los primeros días era poca cosa, respecto al amor estable y la comunión madurados en los años. Si primero el esposo y la esposa se amaban por la satisfacción que ello les procuraba, hoy tal vez se aman un poco más con un amor de ternura, libre de egoísmo y capaz de compasión; se aman por las cosas que han pasado y sufrido juntos. 


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