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Homilía XXV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

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Ciclo B
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Homilías XXV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B...

 Homilías XXV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

 

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Comentando las Lecturas de Hoy...

(Por Ing. Mardoqueo G. Sánchez)

La grandeza de la sencillez y la humildad.

Sabiduría 2,12.17-20;
Santiago 3,16-4,3;
Marcos 9,30-37 

1. Introduccción.

Seguimos dejándonos instruir por el Evangelio de San Marcos en este año litúrgico. El domingo pasado la liturgia nos presentaba dos condiciones para seguir a Jesús: negarse a sí mismo, luego tomar la cruz y seguirle. Hoy, después de  escuchar su segundo anuncio de su muerte y resurrección, Cristo nos muestra la grandeza de la sencillez y la humildad.



Tanto la primera lectura, como la segunda y el Evangelio, dibujan una realidad que no es solo propia de los tiempos de los profetas o de los inicios del cristianismo. Son realidades actuales, porque el justo sigue siendo incómodo para los impíos, y muchos de nosotros seguimos hablando de grandezas, primacías, puestos y jerarquías, mientras Cristo nos habla de su muerte y resurrección, de su forma de salvar al mundo mediante la sencillez y la humildad, mediante el servicio y la cruz.

2. La persecución de los justos.

El texto del libro de la Sabiduría, nos lleva a la comunidad judía de la diáspora, allá por el año 50 a. C, aproximadamente, en la que convivían judíos apartados de la fe de sus padres, a quienes el autor llama impíos, con los judíos piadosos y fieles a su fe, cuya presencia es incómoda para sus hermanos paganizados. Son los llamados justos. 

Tanto en esos tiempos como ahora, para los impíos, los paganos, la vida del justo les es incómoda, porque se ven en ella condenados y traman su aniquilación, sin saber o sin importarles que su lucha es contra Dios mismo, de quien se mofan. Esos impíos y paganos ahora se manifiestan en las vías públicas con consignas en contra de la jerarquía católica, contra la Iglesia; se desnudan en las plazas y calles con tatuajes insultantes y ofensivos contra la Iglesia, los Santos y contra Dios mismo. Insultan a la Virgen María, invaden templos, destruyen las cosas sagradas, roban hostias consagradas y cometen sacrilegios. Instalan una cruz en lugares públicos y se hacen crucificar desnudos o con poca ropa, en un claro desafío a Dios mismo. Ultrajan a sacerdotes y obispos y amenazan, insultan y humillan a todo aquel justo que denuncia las ideologías que van en contra de lo que nuestra Iglesia enseña y contra Dios mismo.

Ahora el justo es incómodo y amenazado por los pro abortistas, activistas de la llamada Ideología de Género y por los gobiernos tiranos y corruptos a quienes les incomoda una Iglesia que ilumina la realidad social y vela por los intereses del pueblo y los más desprotegidos. Ahora en los templos se pintan consignas en contra de la Jerarquía de la Iglesia y se asesina a los justos que anuncian y denuncian en el nombre de Dios. Por eso hay tantos mártires en los últimos tiempos, como Monseñor Oscar Arnulfo Romero, porque sigue conviviendo el bien y el mal;  porque el justo y el impío comparten un mismo territorio; porque el justo, desde la sencillez y la humildad, seguirá desafiando a los poderes de este mundo y conduciendo al hombre hacia la Patria Celestial. Porque el justo seguirá siendo incómodo y una amenaza para los intereses mundanos...

En nuestros tiempos el impío sigue diciendo: " Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada" (Sabiduría 2,12)



3.  ¿De dónde proceden las guerras?

 La segunda lectura de hoy sigue en la misma línea de la primera y nos prepara para la escucha del Evangelio. Las rivalidades y confrontaciones en una comunidad proceden de la ambición y de la envidia. La sabiduría de Dios es totalmente diferente a la de los hombres, la sabiduría de Dios siempre conduce a la paz, mientras la de los hombres fácilmente nos lleva a la confrontación, a la guerra.

Lo contrario a la sencillez que nos pide el Evangelio de hoy, es el orgullo, por el que el hombre busca siempre el dominio de los demás y no acepta corrección ni error alguno, quiere estar en primer lugar a costa de lo que sea, incluso haciendo la guerra, y por eso está el mundo como está, por el orgullo y la soberbia del hombre, hambriento de poder y dominio. Santiago nos dice: "Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra." Y esto no solamente entre países, también en pequeños grupos, en asociaciones, en la misma familia. La envidia, el orgullo y la ambición son detonantes de muchas divisiones y confrontaciones que llevan hasta cometer asesinatos o vivir en enemistad. Muchas veces, por la codicia y la envidia, nos cuesta aceptar que otro se supere, y para no verle por arriba de nosotros, le tendemos trampas, jugamos sucio. Pura envidia, codicia, orgullo...

El mal y el bien, aunque habiten y se desarrollen juntos, no pueden estar de acuerdo, según lo explica Santiago en el texto que acabamos de escuchar. La confrontación es inevitable. El mal no tolera la presencia del bien porque es para él un inquietante índice delator. Por eso la práctica del bien provoca frecuentemente reacciones de indignación por parte del mal. El malvado quiere eliminar de su presencia al justo porque en las obras de éste ve una constante acusación contra sí, tal como concluíamos analizando la primera lectura.

Hay en las severas palabras del apóstol Santiago un diagnóstico certero sobre la incapacidad del hombre moderno para saberse en paz consigo mismo y con su mundo; quien no está reconciliado consigo no puede reconciliarse con los demás. Mahatma Gandhi decía: "La persona que no está en paz consigo misma, será una persona en guerra con el mundo entero." La sabiduría que procede de arriba nos lleva a vivir esa paz en nuestro interior, en nuestro corazón; a eliminar esas confrontaciones con nosotros mismos, para luego vivir en paz con los demás; a erradicar de nuestro interior la envidia, ambición, el orgullo y la soberbia, para aceptar al otro tal cual es y no ver en él a un rival o enemigo, sino a un hermano de quien podemos aprender o enseñarle, a quien podemos admirar por sus logros e imitarle, o a alguien a quien ayudar para que se supere.

4. El que quiera ser el primero...

La reciente promesa a Pedro del primado pudo provocar sentimientos de envidia y rivalidad por las aspiraciones que cada un mantenía ocultas en orden a los puestos de preferencia en el futuro reino. ¿Sería Pedro el líder dominante?

Tanto Marcos como Santiago son realistas y reconocen que en sus comunidades, como en las nuestras, se deja sentir el peso de la naturaleza humana y sus apetencias, por muy cristianos que nos consideremos.  No faltan discusiones subidas de tono y lo que se discute es quién es el mejor y debe ser el primero. Muy humano. En todas partes se suelen debatir estas cuestiones y se buscan estas preferencias. Por eso las palabras de Marcos y de Santiago son aplicables a todos y en todos los tiempos. Las primeras comunidades representan a las comunidades de todos los tiempos donde se repiten las mismas historias. A nadie le gusta ser el peor ni ocupar el último lugar. Jesús valora según otros criterios, corrige las falsas ambiciones humanas y denuncia el peligro de pretender trasladar esos errores de apreciación humana a la naturaleza del reino de los cielos.

El domingo pasado Jesús nos decía que para seguirle había que negarse a sí mismo, tomar su cruz y luego seguirle. Resulta muy contrastante que después de haber escuchado eso, y mientras el Maestro habla de su muerte, de su entrega por amor al hombre, sus discípulos, en cambio, estén discutiendo sobre dignidades y privilegios por venir. Mientras su Maestro se encamina a entregar su vida, los discípulos hablan de "reparto de poder", de "primacía y privilegios." ¡Nada más contrastante!

Y nada más lejos de nuestra realidad. Mientras Jesús se sacrificó por nosotros en una cruz y muriendo por nuestra salvación, nosotros, como los discípulos, buscamos honores a toda costa y queremos ser reyes o príncipes, ocupar los primeros puestos. Nada más contrastante que un Cristo azotado, insultado, humillado, ultrajado y crucificado sin merecerlo, y nosotros, sin querer sacrificarnos, buscando una vida cómoda, confortable, llena de privilegios, orgullos y vanidades; una vida sin sacrificios ni mortificaciones, sino una saludable, confortable, sin problemas, con esclavos a nuestro servicio, como Señores.

Los discípulos tenían miedo de preguntar el significado del anuncio de Cristo. ¿Cómo iban a entender lo que les decía? ¡Y cómo no iban a sentir miedo de confesarle sus verdaderos intereses! Un Maestro que camina hacia la muerte contradice las ganas de vivir de sus discípulos. Y un Maestro que nos manda a morir para vivir, contradice nuestras pretensiones de entrar al Reino de los Cielos con todos nuestras posesiones y afanes de vivir mejor, de alargar la vida o vivirla lo más confortable posible. No logramos aceptar una enseñanza que tenga la cruz como contenido. Nos gusta una religión light, pero no una que exige sacrificios. Nos agradan los honores y aplausos, y los buscamos a toda costa, pero no nos gusta cuando recibimos humillaciones. Mientras el Maestro nos propone que sigamos sus mismos pasos y vayamos por el camino por él recorrido, como lo pedía el domingo pasado, nosotros seguimos luchando por ocupar los puestos que él jamás obtuvo, o nos empeñamos en poner trabas al hermano que ha llegado donde nosotros no pudimos, o robándoselos, si es posible.

Ahora bien, el Evangelio, y el texto de hoy, propiamente, no niega que haya que ocupar los primeros puestos (tal como lo explica el Padre Raniero en la homilía que reproducimos más abajo), retomando lo que Jesús ha dicho hoy «Si uno quiere ser el primero...»: por lo tanto, es posible querer ser el primero, no está prohibido, no es pecado. No sólo Jesús no prohíbe, con estas palabras, el deseo de querer ser el primero, sino que lo alienta. Sólo que revela una vía nueva y diferente para realizarlo: no a costa de los demás, sino a favor de los demás. Añade, de hecho: «...sea el último de todos y el servidor de todos».  Por eso Jesús se acerca a un niño y lo pone en medio de ellos para mostrarles que para ser los primeros hay que colocarse al final de la fila, que para ser los primeros hay que convertirse en servidores, y especialmente de los más vulnerables, los más débiles, los más desprotegidos, ya que el niño no gozaba de muchos privilegios en tiempos de Jesús, era un miembro vulnerable de la sociedad judía al no ser sujeto de derecho; junto a las viudas y los pobres, los niños pertenecían a esos grupos de personas desprotegidas de la sociedad.

A un grupo de discípulos con una mentalidad jerarquizante, como la nuestra, Jesús propone otro camino: ser primero siendo el último, no buscar ser servido, sino servir. 

Las jerarquías difícilmente se pueden eliminar de nuestras sociedades. La misma Iglesia las tiene, desde el papa hasta el último de los consagrados,  Pero a los que están arriba, con obligación de dirigir y mandar, Jesús les enseña que no deben hacerlo con orgullo ni despotismo, sino como quien presta un servicio en el ejercicio del mando: el que es el mayor, hágase el servidor de todos, a ejemplo suyo, porque la autoridad dentro de la Iglesia está vinculada a Jesús mismo. El papa es el servidor de los servidores, y el resto de consagrados deben ejercer su ministerio poniéndose al servicio de los demás, sin afán de dominio. Y así en cada agrupación o comunidad de Iglesia, siempre hay alguien que está al mando, para establecer un orden, pero no con afán de predominar y ejercer autoridad al estilo del mundo, sino dedicándose a "servir", con humildad, a ejemplo de Jesús. 

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BIBLIOGRAFÍA:  Armando J. Levarotti, Comentario Bïblico Latinoamericano;  Juan José Bartolomé, El Corazón de la Palabra, Ciclo B; Guillermo Gutiérrez de Andrés, Hablaré de Ti a mis hermanos, Ciclo B; Fidel Aizpurrúa Donazar, La Homilía Dominical, Ciclo B;  Gustavo Velez & Mari Patxi Ayerra, Homilía y Oración, Ciclo B



 Homilía del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

«Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”». ¿Es que Jesús condena, con estas palabras, el deseo de sobresalir, de hacer grandes cosas en la vida, de dar lo mejor de uno, y privilegia en cambio la dejadez, el espíritu abandonista, a los negligentes? Así lo pensaba el filósofo Nietzsche, quien se sintió en el deber de combatir ferozmente el cristianismo, reo, en su opinión, de haber introducido en el mundo el «cáncer» de la humildad y de la renuncia. En su obra Así hablaba Zaratustra él opone a este valor evangélico el de la «voluntad de poder», encarnado por el superhombre, el hombre de la «gran salud», que quiere alzarse, no abajarse.

Puede ser que los cristianos a veces hayan interpretado mal el pensamiento de Jesús y hayan dado ocasión a este malentendido. Pero no es ciertamente esto lo que quiere decirnos el Evangelio. «Si uno quiere ser el primero...»: por lo tanto, es posible querer ser el primero, no está prohibido, no es pecado. No sólo Jesús no prohíbe, con estas palabras, el deseo de querer ser el primero, sino que lo alienta. Sólo que revela una vía nueva y diferente para realizarlo: no a costa de los demás, sino a favor de los demás. Añade, de hecho: «...sea el último de todos y el servidor de todos».

¿Pero cuáles son los frutos de una u otra forma de sobresalir? La voluntad de poder conduce a una situación en la que uno se impone y los demás sirven; uno es «feliz» (si puede haber felicidad en ello), los demás infelices; sólo uno sale vencedor, todos los demás derrotados; uno domina, los demás son dominados.

Sabemos con qué resultados se puso por obra el ideal del superhombre por Hitler. Pero no se trata sólo del nazismo; casi todos los males de la humanidad provienen de esta raíz. En la segunda lectura de este domingo Santiago se plantea la angustiosa y perenne pregunta: «¿De dónde proceden las guerras?». Jesús, en el Evangelio, nos da la respuesta: ¡del deseo de predominio! Predominio de un pueblo sobre otro, de una raza sobre otra, de un partido sobre los demás, de un sexo sobre el otro, de una religión sobre otra...

En el servicio, en cambio, todos se benefician de la grandeza de uno. Quien es grande en el servicio, es grande él y hace grandes a los demás; más que elevarse por encima de los demás, eleva a los demás consigo. Alessandro Manzoni concluye su evocación poética de las empresas de Napoleón con la pregunta: «¿Fue verdadera gloria? En la posteridad la ardua sentencia». Esta duda, acerca de si se trató de verdadera gloria, no se plantea para la Madre Teresa de Calcuta, Raoul Follereau y todos los que diariamente sirven a la causa de los pobres y de los heridos de las guerras, frecuentemente con riesgo para su propia vida.

Queda sólo una duda. ¿Qué pensar del antagonismo en el deporte y de la competencia en el comercio? ¿También estas cosas están condenadas por la palabra de Cristo? No; cuando están contenidas dentro de límites de corrección deportiva y comercial, estas cosas son buenas, sirven para aumentar el nivel de las prestaciones físicas y... para bajar los precios en el comercio. Indirectamente sirven al bien común. ¡La invitación de Jesús a ser el último no se aplica, ciertamente, a las carreras ciclistas o a las de Fórmula 1!

Pero precisamente el deporte sirve para aclarar el límite de esta grandeza respecto a la del servicio. «En las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio», dice San Pablo (1 Co 9,24). Basta con recordar lo que ocurre al término de una final de 100 metros lisos: el vencedor exulta, es rodeado de fotógrafos y llevado triunfalmente en volandas; todos los demás se alejan tristes y humillados. «Todos corren, mas uno solo recibe el premio».

San Pablo extrae, sin embargo, de las competiciones atléticas, también una enseñanza positiva: «Los atletas -dice- se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio [para recibir de Dios la] corona incorruptible [de la vida eterna]». Luz verde, por lo tanto, a la nueva carrera inventada por Cristo en la que el primero es quien se hace último de todos y siervo de todos.


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