Homilía XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

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Homilías XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B...

 Homilías XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

 

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Comentando las Lecturas de Hoy...

(Por Ing. Mardoqueo G. Sánchez)

El Señor sana nuestra mudez y nuestra sordera.

Isaías 35, 4-7a;
Santiago 2, 1-5;
Marcos 7, 31-37 

La buena noticia de que Dios viene en persona a salvar a su pueble, anunciada por el profeta Isaías, en la primera lectura, se hace realidad en el Evangelio que acabamos de escuchar. Aquel Dios cercano de Isaías, camina entre su pueblo en Jesús. Y sigue entre nosotros, tratando de curar nuestra mudez y nuestra sordera, porque hay muchos que, oyendo no quieren oír, y pudiendo hablar prefieren callar; o porque hay mucha gente en el mundo a quien se le ha hecho callar su voz y se le restringe lo que debe oír. Pero hoy Dios viene a darnos un mensaje de liberación y de esperanza.



Esperamos que todos hayan puesto atención a las lecturas de hoy, porque, como el sordomudo, cerramos muchas veces los oídos a la Palabra de Dios que viene a iluminarnos y pegamos la lengua al paladar, incapaces de comunicar a otros la Buena Noticia. Abramos ahora los oídos de nuestro corazón a la Palabra que hemos proclamado hoy, para que al salir de este lugar, vayamos a  gritar a los cuatro vientos que Cristo vive, camina entre nosotros y que es capaz de liberarnos y darnos su salvación; que es capaz de hacernos oír y hablar, de escuchar su voz y proclamar su palabra.

El profeta Isaías comienza anunciando a un Dios que viene en persona a liberar y salvar a su pueblo. Es el anuncio de un Dios cercano, tan cercano como el que nos presenta el Evangelio: un Jesús que camina entre la gente, toca al enfermo, habla con él; un Dios que escucha a su pueblo y le comprende y atiende. Por eso los conocidos de aquel sordomudo se atreven a llevárselo para que lo cure, porque saben quién es Jesús y que no les va a ignorar en su intento de ayudar a aquel enfermo. Ese es el mismo Cristo al que nosotros conocemos y al que servimos. Camina entre nosotros, nos toca, se acerca a nuestro dolor, se compadece de nuestros padecimientos, nos escucha y atiende nuestras suplicas. El problema es que también nosotros podemos estar padeciendo de esa terrible enfermedad de la sordera,  y no podemos escucharle, o pudiendo escucharle, preferimos hacernos los sordos e ignorar su mensaje. También puede estar sucediendo que muchos estan ansiosos, hambrientos de escuchar la Palabra de Dios, pero aquellos a quienes Dios ya nos soltó la lengua, preferimos callar y no proclamar las maravillas que el Todopoderoso ha obrado en nosotros, ni mucho menos cumplir aquel mandato de ir por todo el mundo y anunciar la Buena Nueva.

.Y es que, aunque parezca mentira, vivimos hoy en un mundo enfermo, porque abunda en ruidos y anda escaso de palabras; un mundo, en el que todos hablan y pocos escuchan, no está sano; hay inflación de discursos pero faltan verdaderos oyentes. Todos tendríamos mucho que decir a los demás, pero no encontramos tiempo para escucharles; y todos enfermamos un poco cuando no nos sentimos, en el fondo de nosotros mismos, escuchados, atendidos; desatendemos a nuestro prójimo, cerrando oídos y entrañas, a sus necesidades. Y lo que sucede en nuestra relación con los demás no difiere mucho de lo que acontece en nuestra relación con Dios; nos defendemos de Él, prestándole apenas atención y nos sentimos de Él desatendidos, al no dedicar tiempo ni energías en comunicarnos con Él. Nos estamos convirtiendo, cada día más y a pesar de lo mucho, y bien, que hablamos, en hombres que no se escuchan, que se desconocen, y en creyentes que no hablan con su Dios, que lo desconocen. Porque falta gente con capacidad de escucha y con voluntad de comunicación, porque abundan entre nosotros los sordos y los mudos, el mundo está volviéndose menos humano y nuestro Dios más desatendido.



Ese Dios cercano, no solo se acerca al pueblo de Israel, sino a los extranjeros, a los paganos. Si el evangelio del domingo pasado nos dejaba claro que no hay nada impuro, hoy nos hace ver que tampoco hay hombres indignos de recibir su Buena Nueva. Marcos nos presenta esa visión universalista de la salvación, por la que los no judíos tenemos la oportunidad de conocer y tener cerca al mismo Jesús. El milagro de hoy sucede en la Decápolis, en tierra extranjera; de este modo el sordomudo al que Jesús cura se convierte en símbolo de las gentes paganas que en otro tiempo no podían escuchar la voz de Dios ni responderle con la alabanza. Jesús ha inaugurado un pueblo nuevo donde nadie es marginado por su raza o cultura y todos pueden escuchar y alabar Dios. Nuestras comunidades, nuestra Iglesia, tampoco debe marginar a nadie, ni por su raza, color de piel,  ni por su condición social, como lo ha dicho Santiago en la segunda lectura de hoy.

En el relato del Evangelio que hemos escuchado, Jesús actúa como el artífice de la creación. Toca las zonas enfermas. Primero le toca los oídos con sus dedos y se los abre. Luego toma saliva de su boca y le toca su lengua. Este gesto, extraño para nosotros, tenía en el mundo antiguo un significado más claro, porque la saliva se usaba como medicina; por su aspecto oleoso se la comparaba con el aceite que era materia de la unción. El detalle importante de este hecho, es que el enfermo confía plenamente en Jesús y deja que haga con él lo que quiera y como quiera, no opone resistencia. También hoy Jesús quiere tocarte, sanarte y liberarte, pero debes dejarte tocar por él y permitirle que te libere y sane a su modo. Debes dejarlo ser Dios y que, como tu Dios, haga las cosas a su modo y en su tiempo. Muchos se acercan a Dios pidiendo esas sanaciones y liberaciones pero ya llevándole la receta. Eso no es dejar a Dios ser Dios.

Este sordomudo ¿Buscó a Jesús él solo? No, fueron sus conocidos quienes quisieron presentárselo a Jesús que venía de camino y quienes le pidieron en su nombre que le impusiera las manos; él aceptó de buen grado todo cuanto los demás hacían en su nombre; más que su propio interés fue la compasión de cuantos le rodeaban lo que logró su curación. Muchos se aíslan y pretenden practicar una religión verticalista: "Mi Dios y yo", "Yo y mi Dios".  Yo me confieso directamente con Dios, dicen algunos, no voy a misa porque la veo en la televisión o escucho por la radio... así se expresan, despreciando una vida en comunidad, una vida en Iglesia. El milagro de hoy fue posible solo porque "otras personas" llevaron al sordomudo hasta donde estaba Jesús; se lo presentaron y "pidieron por él", "intercedieron por él ante Jesús". Aíslate con tus problemas y terminarás suicidándote, busca a Dios en comunidad y verás cómo surgirán muchas personas que te ayudarán e intercederán por ti. Y no vamos a entrar aquí a hablar del "poder intercesor" que tiene la oración, sabiendo que hay protestantes que afirman que nadie puede interceder por otra persona, sino solo Jesús. Aquí ha quedado claro, otros interceden por el enfermo. Es que hay momentos en los que desfallece nuestra fe y nos sentimos tan agobiados y aturdidos, que son otros los que deben acercarnos a Dios, porque solos no podemos. He ahí la importancia de la vida en comunidad.

Y aquí tenemos los discípulos de Jesús, probablemente, una de las tareas más urgentes que realizar para sanar de raíz nuestro mundo; deberíamos ser como aquellos hombres que llevaron al sordomudo a Jesús; no esperaron a que él se lo pidiera, les bastó saber que Jesús pasaba para presentárselo y así lo salvaron de su silencio y de la incomunicación. Debemos llevar a Jesús a todas aquellas personas que nosotros conocemos y sabemos que necesitan de Dios, que necesitan experimentar la misericordia de Dios en sus vidas. Y sí que hay muchas a nuestro alrededor, comenzando por nuestros familiares. Hay muchas familias sordas y mudas, en las que nadie escucha ni los consejos de los padres de familia. Hay sordera y mudez, porque hay tanto ruido que entorpece la comunicación entre sus miembros  o porque cada uno habla su propio idioma. Es lamentable que se hayan perdido esos momentos de diálogo y que hoy, muchos, en vez de platicar a la hora de la comida, se sienten en torno a la mesa, uno frente al otro, pero cada quien con su teléfono celular, sin hablar nada, sino perdiendo su tiempo valioso para la familia, viendo las redes sociales o cosas sin sentido ni valor alguno. Se ha perdido ese contacto, como lo vemos en el Evangelio de hoy, Jesús tocando al enfermo, porque la tecnología ha vuelto simplistas nuestras relaciones sociales y familiares, y así, en vez de visitar a nuestro vecino y platicar con él y tener ese contacto humano, preferimos mandarle un "Watsup". Hasta a nuestro hermano o nuestro hijo, que está en la habitación vecina, le damos instrucciones a través de mensajitos por el teléfono. 

Hay dos detalles finales del Evangelio de hoy.  Jesús da su instrucción acerca del llamado secreto mesiánico, prohibiéndole al sordomudo, ahora que ya puede oír y hablar, que se lo cuente a los demás. Eso es porque el reino ha llegado, pero todavía no puede hacerse evidente a todos. Existe el peligro de deformar la obra de Jesús, de olvidar que vino a realizar el Reino por el camino de la humildad, el silencio y la cruz. Pero la instrucción no surte efecto. Cuanto más lo mandaba, más lo publicaban. Para Marcos, esta aparente desobediencia es más bien el colmo del gozo por la experiencia de la salvación que ha llegado. «No podemos callar lo que hemos visto y oído», dirán los apóstoles. El sordomudo no pudo guardar para sí lo que Jesús le había procurado; verse libre de su mudez, lo convirtió en predicador; no quiso silenciar el milagro, pues lo que Dios había hecho en él no le pertenecía; convirtió su experiencia personal en contenido de su proclamación de Cristo. Y es que, ayer como hoy, quien ha conocido a Cristo y se ha sentido por él sanado, no logrará callárselo; quien ha sido liberado de su silencio, arriesgará incluso la obediencia debida con tal de decir su experiencia. Todo lo que hemos visto, vivido y oído de nuestro Señor, debemos proclamarlo a los cuatro vientos, porque nuestro testimonio servirá para que muchos también crean y se acerquen a Dios.

Por último se menciona la reacción de la multitud de la que Jesús se había apartado, pero que seguía atenta a los movimientos del Profeta de Galilea. Ellos proclaman con fuerza: «Todo lo ha hecho bien». Es un eco de Gn 1,31, la última frase del relato de la creación: «Vio Dios que todo estaba muy bien». Jesús es Dios creador, que ha venido a rehacer esta creación enferma y a restablecer al hombre en su condición de señor de la creación. La multitud agrega: «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos», frase tomada de Is 35,5s. Es verdad, en Jesús ha llegado a su plenitud la obra anunciada por los profetas.

Queridos hermanos, hoy, más que nunca, necesitamos de hombres que sepan comunicarse, que quieran decirnos su vida y la empleen para escucharnos; necesitamos de creyentes abiertos, que creen comunidades donde la palabra no se niegue a nadie y donde la atención esté asegurada. Si nuestra Iglesia, a todos los niveles, no logra ser una comunidad abierta, un lugar para la escucha del otro, no será una comunidad sana ni, mucho menos, podrá considerarse cristiana. Que Jesús nos ayude en este proyecto.

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BIBLIOGRAFÍA:  Armando J. Levarotti, Comentario Bïblico Latinoamericano;  Juan José Bartolomé, El Corazón de la Palabra, Ciclo B; Guillermo Gutiérrez de Andrés, Hablaré de Ti a mis hermanos, Ciclo B; Fidel Aizpurrúa Donazar, La Homilía Dominical, Ciclo B;  Gustavo Velez & Mari Patxi Ayerra, Homilía y Oración, Ciclo B




Homilía del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap 

El pasaje del Evangelio nos refiere una bella curación obrada por Jesús: «Le presentan un sordomudo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándose de la gente, a solas, le puso sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá!”, que quiere decir: “¡Ábrete!”. Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente».

Jesús no hacía milagros como quien mueve una varita mágica o chasquea los dedos. Aquel «gemido» que deja escapar en el momento de tocar los oídos del sordo nos dice que se identificaba con los sufrimientos de la gente, participaba intensamente en su desgracia, se hacía cargo de ella. En una ocasión, después de que Jesús había curado a muchos enfermos, el evangelista comenta: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mateo 8, 17).

Los milagros de Cristo jamás son fines en sí mismos; son «signos». Lo que Jesús obró un día por una persona en el plano físico indica lo que Él quiere hacer cada día por cada persona en el plano espiritual. El hombre curado por Cristo era sordomudo; no podía comunicarse con los demás, oír su voz y expresar sus propios sentimientos y necesidades. Si la sordera y la mudez consisten en la incapacidad de comunicarse correctamente con el prójimo, de tener relaciones buenas y bellas, entonces debemos reconocer enseguida que todos somos, quien más quien menos, sordomudos, y es por ello que a todos dirige Jesús aquel grito suyo: effatá, ¡ábrete!. La diferencia es que la sordera física no depende del sujeto y es del todo inculpable, mientras que la moral lo es. Hoy se evita el término «sordo» y se prefiere hablar de «discapacidad auditiva», precisamente para distinguir el simple hecho de no oír de la sordera moral.

Somos sordos, por poner algún ejemplo, cuando no oímos el grito de ayuda que se eleva hacia nosotros y preferimos poner entre nosotros y el prójimo el «doble cristal» de la indiferencia. Los padres son sordos cuando no entienden que ciertas actitudes extrañas o desordenadas de los hijos esconden una petición de atención y de amor. Un marido es sordo cuando no sabe ver en el nerviosismo de su mujer la señal del cansancio o la necesidad de una aclaración. Y lo mismo en cuanto a la esposa.

Estamos mudos cuando nos cerramos, por orgullo, en un silencio esquivo y resentido, mientras que tal vez con una sola palabra de excusa y de perdón podríamos devolver la paz y la serenidad en casa. Los religiosos y las religiosas tenemos en el día tiempos de silencio, y a veces nos acusamos en la Confesión diciendo: «He roto el silencio». Pienso que a veces deberíamos acusarnos de lo contrario y decir: «No he roto el silencio».

Lo que sin embargo decide la calidad de una comunicación no es sencillamente hablar o no hablar, sino hablar o no hacerlo por amor. San Agustín decía a la gente en un discurso: Es imposible saber en toda circunstancia qué es lo justo que hay que hacer: si hablar o callar, sin corregir o dejar pasar algo. He aquí entonces que se te da una regla que vale para todos los casos: «Ama y haz lo que quieras». Preocúpate de que en tu corazón haya amor; después, si hablas será por amor, si callas será por amor, y todo estará bien porque del amor no viene más que el bien.

La Biblia permite entender por dónde empieza la ruptura de la comunicación, de dónde viene nuestra dificultad para relacionarnos de una manera sana y bella los unos con los otros. Mientras Adán y Eva estaban en buenas relaciones con Dios, también su relación recíproca era bella y extasiante: «Ésta es carne de mi carne...». En cuanto se interrumpe, por la desobediencia, su relación con Dios, empiezan las acusaciones recíprocas: «Ha sido él, ha sido ella...».

Es de ahí de donde hay que recomenzar cada vez. Jesús vino para «reconciliarnos con Dios» y así reconciliarnos los unos con los otros. Lo hace sobre todo a través de los sacramentos. La Iglesia siempre ha visto en los gestos aparentemente extraños que Jesús realiza en el sordomudo (le pone los dedos en los oídos y le toca la lengua) un símbolo de los sacramentos gracias a los cuales Él continúa «tocándonos» físicamente para curarnos espiritualmente. Por esto en el bautismo el ministro realiza sobre el bautizando los gestos que Jesús realizó sobre el sordomudo: le pone los dedos en los oídos y le toca la punta de la lengua, repitiendo la palabra de Jesús: effatá, ¡ábrete!.

En particular el sacramento de la Eucaristía nos ayuda a vencer la incomunicabilidad con el prójimo, haciéndonos experimentar la más maravillosa comunión con Dios.


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