Homilía II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, Ciclo B

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Homilías II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, Ciclo B...

 Homilías II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, Ciclo B

 

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Comentando las Lecturas de Hoy...

(Por Ing. Mardoqueo G. Sánchez)

A Jesús Resucitado se le encuentra en la Comunidad

En el Segundo Domingo de Pascua, o Domingo de la Divina Misericordia, la experiencia del Resucitado trae gozo y consuelo al grupo de los discípulos.

En un día como hoy, un domingo, el primer día de la semana, Jesús se presenta en medio de los discípulos. Describamos a esa comunidad, porque de ahí viene una gran lección que no debe pasar desapercibida para nosotros.

Del Evangelio que acabamos de escuchar fijemos nuestra atención en cuatro detalles:

  1. Estaban reunidos en una casa
  2. Estaban con las puertas cerradas
  3. Tenían miedo a los judíos
  4. Tomás no estaba con ellos.

El Evangelio comienza con el detalle de la "reunión". Estaban reunidos, eran una pequeña comunidad que se reunía; pero el temor, el desaliento y el dolor por la muerte de Jesús les llevaba a permanecer "encerrados", aislados porque "tenían miedo a los judíos". Ojo, porque cuando la experiencia de un Cristo resucitado no forma parte de una comunidad, el temor se apodera y hace que la comunidad se encierre en sí misma y vea enemigos por todas partes, que no se abra a la evangelización y no tome el riesgo de abrir las puertas al mundo para que puedan entrar en ella todos los que quieran conocer al resucitado. Una comunidad sin la experiencia de un Cristo vivo es una comunidad que no avanza, se estanca, se encierra.

Hay un alto riesgo de caer en esa realidad cuando la religión se vive desde la teoría y no se pasa a la vivencia de Cristo resucitado. Hay muchas predicaciones que suenan a pura "teoría" y no logran penetrar en el corazón de la comunidad porque se quedan solo ahí, en la "teoría", pero no llevan el peso de la predicación de aquellos apóstoles que anunciaban a Cristo habiendo sido ellos testigos de esa resurrección. A Cristo hay que experimentarlo primero para poderlo anunciar; hay que sentirlo vivo en nuestras vidas para poderlo compartir en comunidad. Hay que ser testigos de su resurrección, hay que encontrarse con él y recobrar la paz, perder el miedo y llenarse de gozo. Es que se nota cuando una comunidad se ha encontrado con Cristo, que lo ha experimentado: hay gozo, paz, alegría y se vive con una fe inquebrantable y avanza con fuerza, sin temor contra viento y marea. A una comunidad que vive de la experiencia del resucitado no la detiene nada ni nadie. Una comunidad que ha experimentado a un Cristo vivo avanza y crece más cada día.

Y hay algo más sobre esta pequeña comunidad de los discípulos: se reunían, aunque con temor, pero se reunían; se mantenían en comunidad. Porque solos no podremos sobrellevar el desaliento, el desconsuelo y el dolor. Si al encontrarnos con las dificultades nos aislamos y dejamos la comunidad, nos será difícil experimentar el poder de un Cristo vivo viniendo en nuestro auxilio. Es necesaria siempre la comunidad. Eso le sucedió a Tomás, no estaba con el grupo, con la comunidad cuando se les presentó el resucitado. Pero ahí viene la importancia de compartir esa experiencia con los que se alejan o nunca han estado en la comunidad. Los discípulos compartieron esa experiencia con Tomás y éste, a pesar de su incredulidad, no se cerró al encuentro con el Cristo vivo. Por eso estaba ahí el siguiente domingo, reunido, en comunidad, y ahí pudo vivir también él la experiencia de los demás discípulos. 

Hay mucha gente que se nos ha ido de la Iglesia, por la razón que sea, pero se ha retirado de nuestras comunidades. Si nos hemos encontrado con Cristo, estamos llamados a ir a buscarlas y traer a ese "Tomás", para que sienta en su corazón el poder del resucitado. Hay mucha gente que quiere vivir una relación vertical: Cristo y yo, yo y Cristo, y se les olvida mirar hacia los lados, a sus hermanos, a una comunidad.  Hay muchos hermanos que prefieren ver la misa por televisión o escucharla por la radio y no reunirse en una comunidad, no asistir a la Iglesia. Si queremos realmente experimentar el poder del resucitado debemos incorporarnos a esta Iglesia que es testigo desde hace más de dos mil años de ese Cristo que no se quedó en el sepulcro sino que se levantó y camina en medio de nosotros.

Vamos! Somos Iglesia! Somos comunidad! Somos testigos de un Cristo vivo!

 

Homilías del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap


«Si no meto mi mano en su costado, no creeré»



«Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”. Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”».

Con la insistencia sobre el suceso de Tomás y su incredulidad inicial («Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos, no creeré»), el Evangelio sale al encuentro del hombre de la era tecnológica que no cree más que en lo que puede verificar. Podemos llamar a Tomás nuestro contemporáneo entre los apóstoles.

San Gregorio Magno dice que, con su incredulidad, Tomás nos fue más útil que todos los demás apóstoles que creyeron enseguida. Actuando de tal manera, por así decirlo, obligó a Jesús a darnos una prueba «tangible» de la verdad de su resurrección. La fe en la resurrección salió beneficiada de sus dudas. Esto es cierto, al menos en parte, también aplicado a los numerosos «Tomás» de hoy que son los no creyentes.

La crítica y el diálogo con los no creyentes, cuando se desarrollan en el respeto y en la lealtad recíproca, nos resultan de gran utilidad. Ante todo nos hacen humildes. Nos obligan a tomar nota de que la fe no es un privilegio, o una ventaja para nadie. No podemos imponerla ni demostrarla, sino sólo proponerla y mostrarla con la vida. «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?», dice San Pablo (1 Corintios 4,7). La fe, en el fondo, en un don, no un mérito, y como todo don no puede vivirse más que en la gratitud y en la humildad.

La relación con los no creyentes nos ayuda también a purificar nuestra fe de representaciones burdas. Con mucha frecuencia lo que los no creyentes rechazan no es al verdadero Dios, al Dios viviente de la Biblia, sino a su doble, una imagen distorsionada de Dios que los propios creyentes han contribuido a crear. Rechazando a este Dios, los no creyentes nos obligan a volvernos a situar tras las huellas del Dios vivo y verdadero, que está más allá de toda nuestra representación y explicación. A no fosilizar o banalizar a Dios.

Pero también hay un deseo que expresar: que Santo Tomás encuentre hoy muchos imitadores no sólo en la primera parte de su historia --cuando declara que no cree--, sino también al final, en aquel magnífico acto suyo de fe que le lleva a exclamar: «¡Señor mío y Dios mío!».

Tomás es también imitable por otro hecho. No cierra la puerta; no se queda en su postura, dando por resuelto, de una vez por todas, el problema. De hecho, ciertamente le encontramos ocho días después con los demás apóstoles en el cenáculo. Si no hubiera deseado creer, o «cambiar de opinión», no habría estado allí. Quiere ver, tocar: por lo tanto está en la búsqueda. Y al final, después de que ha visto y tocado con su mano, exclama dirigido a Jesús, no como un vencido, sino como un vencedor: «¡Señor mío y Dios mío!». Ningún otro apóstol se había lanzado todavía a proclamar con tanta claridad la divinidad de Cristo.

 

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BIBLIOGRAFÍA:  Armando J. Levarotti, Comentario Bïblico Latinoamericano;  Juan José Bartolomé, El Corazón de la Palabra, Ciclo B; Guillermo Gutiérrez de Andrés, Hablaré de Ti a mis hermanos, Ciclo B; Fidel Aizpurrúa Donazar, La Homilía Dominical, Ciclo B;  Gustavo Velez & Mari Patxi Ayerra, Homilía y Oración, Ciclo B

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