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 Homilía I Domingo de Cuaresma Ciclo B

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Homilías I Domingo de Cuaresma Ciclo B...

 Homilías I Domingo de Cuaresma Ciclo B

 

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1. Comentando las lecturas de hoy...

(Por Ing. Mardoqueo G. Sánchez)

 

 Génesis 9, 8-15 / Pedro 3, 18-22 / Marcos 1, 12-15

Hemos iniciado ya, con el miércoles de ceniza, el Tiempo de Cuaresma, camino hacia la pascua. Tiempo de ayuno, oración y penitencia, precisamente lo que Jesús nos enseña con su ejemplo, como le relata el evangelio de hoy.

Cada primer domingo de Cuaresma la liturgia propone leer el relato de las tentaciones de Jesús. El que leemos este año, el de Marcos, es sorprendentemente más breve que el de Mateo y Lucas. No describe las tentaciones, sino que nos presenta a Jesús venciéndolas en el desierto.



En la tradición bíblica el desierto es lugar de prueba (Dt 8,2-6), pero también es el ámbito privilegiado para el encuentro con Dios (Os 2,16). A ese lugar Jesús fue “empujado” por el Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu que expulsó del paraíso hacia el desierto al primer Adán, empuja al segundo Adán hacia el lugar exacto en el que redimirá al hombre que sucumbió, reconduciéndole de regreso hacia el paraíso. Los cuarenta días de Jesús en el desierto redimen los cuarenta años de Israel en su travesía por el desierto hacia la tierra prometida. El pueblo de Israel sucumbió ante la tentación, Jesús, al contrario, vence al maligno.

De esa experiencia de Jesús debemos sacar nuestras lecciones para este tiempo de cuaresma, tiempo también de conversión y arrepentimiento.

  1. Jesús es llevado por el Espíritu Santo al desierto, al lugar donde el pueblo de Israel sucumbió ante la tentación y cayó en pecado. Dios viene hasta nuestra realidad de pecado, ahí donde caemos, y nos redime. No es necesario que nosotros lo busquemos, él viene en nuestra búsqueda. No le importa el color, olor, sabor ni tamaño de nuestro pecado, es capaz de llegar hasta ahí y redimirnos. Y por eso, a través del sacramento de la reconciliación, Dios viene al desierto de nuestra vida y nos permite reconciliarnos con él.

  2.  Hay que saber identificar al maligno y sus tentaciones. El pecado es una delicia, atractiva. No pienses que el tentador, el maligno, se te va presentar como nos lo pintan, rojo, feo, con cola y cuernos invitándote a pecar. En la película Al Diablo con el Diablo, vemos una realidad más creíble de la forma que toma el maligno para tentarnos. En esa película el tentador se presenta como una mujer joven, hermosa, sensual, irresistible y seductora. El tentador conoce perfectamente nuestras debilidades y por ahí nos atacará para hacernos sucumbir.

  3. Si Jesús fue tentado, conoce esa realidad y sabe de qué se trata. Conociendo también nuestra flaqueza, él puede auxiliarnos y ayudarnos a resistir al tentador. Y para nosotros, reconocer que somos débiles y caemos, debe también llevarnos a ser más comprensivos y practicar un poco de caridad con el que cae, y no convertirnos en jueces que condenan sin piedad al pecador.

Queridos hermanos, cerremos esta reflexión con la llamada con que Jesús cierra el evangelio de hoy: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio». Cuaresma es tiempo de conversión, de arrepentimiento. No desaprovechemos esta oportunidad que la Iglesia nos ofrece para acercarnos a Dios y poder vivir a plenitud la Pascua con Cristo. Hagamos nuestra la oración del salmo de hoy: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad» 

 

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BIBLIOGRAFÍA:  Armando J. Levarotti, Comentario Bïblico Latinoamericano;  Juan José Bartolomé, El Corazón de la Palabra, Ciclo B; Guillermo Gutiérrez de Andrés, Hablaré de Ti a mis hermanos, Ciclo B; Fidel Aizpurrúa Donazar, La Homilía Dominical, Ciclo B;  Gustavo Velez & Mari Patxi Ayerra, Homilía y Oración, Ciclo B



2. Homilía del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap 

Concentrémonos en la frase inicial del Evangelio: «El Espíritu empujó a Jesús al desierto». Contiene un llamamiento importante en el inicio de la Cuaresma. Jesús acababa de recibir, en el Jordán, la investidura mesiánica para llevar la buena nueva a los pobres, sanar los corazones afligidos, predicar el reino. Pero no se apresura a hacer ninguna de estas cosas. Al contrario, obedeciendo a un impulso del Espíritu Santo, se retira al desierto donde permanece cuarenta días, ayunando, orando, meditando, luchando. Todo esto en profunda soledad y silencio.

Ha habido en la historia legiones de hombres y mujeres que han elegido imitar a este Jesús que se retira al desierto. En Oriente, empezando por san Antonio Abad, se retiraban a los desiertos de Egipto o de Palestina; en Occidente, donde no había desierto de arena, se retiraban a lugares solitarios, montes y valles remotos.

Pero la invitación a seguir a Jesús en el desierto se dirige a todos. Los monjes y los ermitaños eligieron un espacio de desierto; nosotros debemos elegir al menos un tiempo de desierto. Pasar un tiempo de desierto significa hacer un poco de vacío y de silencio en torno a nosotros, reencontrar el camino de nuestro corazón, sustraerse al alboroto y a los apremios exteriores para entrar en contacto con las fuentes más profundas de nuestro ser.

Bien vivida, la Cuaresma es una especie de cura de desintoxicación del alma. De hecho no existe sólo la contaminación de óxido de carbono; existe también la contaminación acústica y luminosa. Todos estamos un poco ebrios de jaleo y de exterioridad. El hombre envía sus sondas hasta la periferia del sistema solar, pero ignora, la mayoría de las veces, lo que existe en su propio corazón. Evadirse, distraerse, divertirse: son palabras que indican salir de sí mismo, sustraerse a la realidad. Hay espectáculos «de evasión» (la TV los propina en avalancha), literatura «de evasión». Son llamados, significativamente, fiction, ficción. Preferimos vivir en la ficción que en la realidad. Hoy se habla mucho de «alienígenas», pero alienígenas, o alienados, lo estamos ya por nuestra cuenta en nuestro propio planeta, sin necesidad de que vengan otros de fuera.

Los jóvenes son los más expuestos a esta embriaguez de estruendo. «Que se aumente el trabajo de estos hombres –decía de los hebreos el faraón a sus ministros-- para que estén ocupados en él, de forma que no presten oído a las palabras de Moisés y no piensen en sustraerse de la esclavitud» (Ex 5, 9). Los «faraones» de hoy dicen, de modo tácito pero no menos perentorio: «Que se aumente el alboroto sobre estos jóvenes, que les aturda, para que no piensen, no decidan por su cuenta, sino que sigan la moda, compren lo que queremos nosotros, consuman los productos que decimos nosotros».

¿Qué hacer? Al no podernos ir a desierto hay que hacer un poco de desierto dentro de nosotros. San Francisco de Asís nos da, al respecto, una sugerencia práctica. «Tenemos --decía-- una ermita siempre con nosotros; allí donde vayamos y cada vez que lo queramos podemos encerrarnos en ella como ermitaños. ¡El eremitorio es nuestro cuerpo y el alma es la ermita que habita dentro!». En este eremitorio «portátil» podemos entrar, sin saltar a la vista de nadie, hasta mientras viajamos en un autobús concurridísimo. Todo consiste en saber «volver a entrar en uno mismo» cada tanto.

¡Que el Espíritu que «empujó a Jesús al desierto» nos lleve también a nosotros, nos asista en la lucha contra el mal y nos prepare a celebrar la Pascua renovados en el espíritu!


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