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Mié, Sep

 Homilías XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A (2 de agosto de 2020)

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Homilía XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A, 2 de agosto de 2020

 Homilías XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A
2 de agosto de 2020

 Homilía del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Is 55,1-3;
Sal 144,8-18;
Rm 8,35.37-39;
Mt 14,13-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sino contar mujeres y niños.

Todos fueron saciados

Un día Jesús se retira a un lugar solitario, en el mar de Galilea. Pero cuando va a desembarcar, se encuentra con una gran multitud que le espera. Él «sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos». Les habla del reino de Dios. Pero entretanto atardece. Los apóstoles sugieren despedir a la multitud, para que se procure comida en los pueblos cercanos. Pero Jesús les deja de piedra diciendo, de forma que todos oigan: «¡Dadles vosotros de comer!». Y los discípulos responden desconcertados: «¡No tenemos más que cinco panes y dos peces!». Jesús ordena que se los lleven. Invita a todos a sentarse. Toma los cinco panes y los dos peces, ora, da gracias al Padre, después ordena distribuir todo a la multitud.

«Todos comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos». Son cinco mil hombres, sin contar, dice el Evangelio, a las mujeres y a los niños. ¡Es el picnic más gozoso en la historia del mundo! ¿Qué nos enseña este pasaje del Evangelio? Primero, que Jesús se preocupa y «siente compasión» de todo el hombre, cuerpo y alma. A las almas Jesús distribuye la Palabra, a los cuerpos la curación y el alimento. Surge por lo tanto objetar: ¿por qué no lo hace también hoy? ¿Por qué no multiplica el pan para tantos millones de hambrientos que hay en la tierra?

El Evangelio de la multiplicación de los panes contiene un detalle que nos puede ayudar a encontrar la respuesta. Jesús no chasqueó simplemente los dedos e hizo aparecer como por arte de magia panes y peces a voluntad. Preguntó a sus discípulos qué tenían; invitó a compartir lo poco que tenían: cinco panes y dos peces.

Lo mismo hace hoy. Pide que pongamos en común los recursos de la tierra. Es archisabido que, al menos desde el punto de vista alimentario, nuestra tierra sería capaz de mantener a más miles de millones de seres humanos que los actuales. ¿Pero cómo podemos acusar a Dios de no proporcionar pan suficiente para todos, cuando cada año destruimos millones de toneladas de provisiones alimentarias, que llamamos «excedentes», para no bajar los precios? Se necesita una mejor distribución, una mayor solidaridad y compartir: la solución está ahí.

Lo sé: no es tan sencillo. Existe la manía de los armamentos, hay gobernantes irresponsables que contribuyen a mantener muchas poblaciones en el hambre. Pero una parte de responsabilidad cae también en los países ricos. Nosotros somos ahora aquella persona anónima (un chaval, según uno de los evangelistas) que tiene cinco panes y dos peces; sólo que los mantenemos apretados y nos guardamos bien de entregarlos para que sean divididos entre todos.

Por el modo en que está descrita («tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos») la multiplicación de los panes y los peces ha hecho siempre pensar en la multiplicación de ese otro pan que es el cuerpo de Cristo. Por esto las más antiguas representaciones de la Eucaristía nos muestran un canasto con cinco panes y, a los lados, dos peces, como el mosaico descubierto en Tabga, en Palestina, en la iglesia erigida en el lugar de la multiplicación de los panes, o en el fresco de las catacumbas de Priscila.

En el fondo, también lo que estamos haciendo en este momento es una multiplicación de los panes: el pan de la palabra de Dios. Yo he partido el pan de la palabra y la imprenta ha multiplicado mis palabras, de modo que más de cinco mil hombres, también esta vez, han comido y se han saciado. Queda una tarea: «recoger los trozos sobrantes», hacer llegar la palabra igualmente a quien no ha participado en el banquete. Hacerse «repetidores» y testigos del mensaje.



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