Homilías VI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A (16 de febrero de 2020)

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Homilía para el VI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A, 16 de febrero de 2020...

 Homilías VI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A
16 de febrero de 2020 

 

1. San Agustín

Sermón sobre el discurso del Monte

Serm. 1, 9, 21: CCL 35, 22-23

Para que conservemos la inocencia en el corazón

Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos; es decir, si no sólo cumplís aquellos preceptos menos importantes que vienen a ser como una iniciación para el hombre, sino además estos que yo añado, yo que no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud, no entraréis en el reino de los cielos.

Pero me dirás: Si cuando al hablar, unas líneas más arriba, de aquellos preceptos menos importantes, afirmó que, en el reino de los cielos, será menos importante el que se saltare uno solo de estos preceptos, y se lo enseñare así a los hombres, y que será grande quien los cumpla y enseñe –de donde se sigue que el tal estará en el reino de los cielos, pues se le tiene por grande en él–, ¿qué necesidad hay de añadir nuevos preceptos a los mínimos de la ley, si puede estar ya en el reino de los cielos, puesto que es tenido por grande quien los cumpla y enseñe? En consecuencia dicha sentencia hay que interpretarla así: Pero quien los cumpla y enseñe así, será grande en el reino de los cielos, esto es, no en la línea de esos preceptos menos importantes, sino en la línea de los preceptos que yo voy a dictar. Y ¿cuáles son estos preceptos?

Que seáis mejores que los letrados y fariseos –dice–, porque de no ser mejores, no entraréis en el reino de los cielos. Luego quien se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante; pero quien los cumpla y enseñe, no inmediatamente habrá de ser tenido ya como grande e idóneo para el reino de los cielos, pero al menos no será tan poco importante como el que se los saltare. Para poder ser grande e idóneo para el reino, debe cumplir y enseñar como Cristo ahora enseña, es decir, que sea mejor que los letrados y fariseos.

La justicia de los fariseos se limita a no matar; la justicia de los destinados a entrar en el reino de los cielos ha de llegar a no estar peleado sin motivo. No matar es lo mínimo que puede pedirse, y quien no lo cumpla será el menos importante en el reino de los cielos. En cambio, el que cumpliere el precepto de no matar, no inmediatamente será tenido por grande e idóneo para el reino de los cielos, pero al menos sube un grado.

Llegará a la perfección si no anda peleado sin motivo; y si esto cumple, estará mucho más alejado del homicidio. En consecuencia, quien nos enseña a no andar peleados, no deroga la ley de no matar, sino que le da plenitud, de suerte que conservemos la inocencia: en el exterior, no matando; en el corazón, no irritándonos.


2. Homilía de San Juan Pablo II

Parroquia San Fulgencio (Roma), 14 de febrero de 1999

1. «Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor» (Salmo responsorial).

En este sexto domingo del tiempo ordinario, pocos días antes del comienzo de la Cuaresma, la liturgia habla del cumplimiento de la ley por parte de Cristo. Él afirma que no ha venido a abolir la ley antigua, sino a darle plenitud. Con el envío del Espíritu Santo, grabará la ley en el corazón de los creyentes, es decir, en el lugar de las opciones personales y responsables. Con ese espíritu se podrá aceptar la ley no como orden externa, sino como opción interior. La ley promulgada por Cristo es, por tanto, una ley de «santidad» (cf. Mt 5, 48), es la ley suprema del amor (cf. Jn15, 9-12).

A esta responsabilidad personal, que reside en el corazón del hombre, se refiere también el pasaje tomado del libro del Sirácida que acabamos de escuchar. Subraya la libertad de la persona frente al bien y al mal: Dios ha puesto «ante ti fuego y agua, echa mano a lo que quieras» (Si 15, 16). Así, se nos indica el camino para encontrar la verdadera felicidad, que es la escucha dócil y el cumplimiento diligente de la ley del Señor…

3. Amadísimos hermanos y hermanas, en el esfuerzo apostólico diario, como muestra muy bien el apóstol Pablo en la segunda lectura, no hay que seguir la lógica de la «sabiduría de este mundo», sino otra sabiduría, «divina y misteriosa», revelada por Dios en Cristo y por medio del Espíritu (cf. 1 Co 2, 6-10). Estas palabras son un estímulo y un consuelo para todos los creyentes y, especialmente, para los agentes pastorales deseosos de dar a su acción un gran impulso espiritual, sin buscar éxitos humanos, sino sólo el reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33).

Sé que os dedicáis con gran celo a lograr que la parroquia sea dinámica y abierta, para responder a los desafíos espirituales del barrio. Proseguid con valentía por este camino, privilegiando los aspectos de la evangelización que llevan a una madura formación cristiana de todos. En primer lugar, promoved el crecimiento interior de las personas con una enseñanza doctrinal bien enraizada en la tradición de la Iglesia. La celosa transmisión del patrimonio de la fe exige atención y métodos adecuados a las diferentes edades, sin descuidar a nadie: niños y jóvenes, familias y ancianos.

Ciertamente, hay que reservar un lugar privilegiado a la pastoral familiar y a la preparación de los jóvenes y los novios para el matrimonio… favorecer su participación activa en la liturgia e impulsar a las familias a una confrontación personal con la palabra de Dios. También es indispensable testimoniar de modo concreto la solidaridad hacia los pobres y los que sufren, manifestando a todos el amor misericordioso del Padre celestial. Así, además de la solidez doctrinal y la eficaz organización pastoral, existe una generosa apertura a los hermanos, especialmente a cuantos tienen dificultades, poniendo de relieve la dimensión misionera propia de toda comunidad cristiana.

4. «Haz que el pueblo cristiano (…) sea coherente con las exigencias del Evangelio y se transforme para cada hombre en signo de reconciliación y de paz» (Oración colecta).

Así hemos orado al comienzo de nuestra celebración. Que el Señor nos ayude a ser fieles a él e intrépidos en el testimonio de su mensaje de salvación. Que ayude a vuestra comunidad a crecer en espíritu misionero para que difunda el evangelio de la esperanza en todas las casas y en todos los ambientes de vida y trabajo. Lo esperan los habitantes de esta zona, gran parte de los cuales, por formación y actividad social o profesional, tienden a incluir entre los valores fundamentales la protección de su vida privada, a veces, por desgracia, en detrimento de una mayor participación en la vida de la comunidad…

5. […] Imploremos a la santísima Virgen para toda la comunidad parroquial el don de acoger siempre la voluntad divina y ponerla en práctica fielmente en la vida diaria.

6. «Bendito seas, Padre, (…) porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla» (Aleluya).

Dios manifiesta su sabiduría y revela sus planes de salvación a la gente sencilla. ¡Cuántas veces lo experimentamos en nuestro trabajo diario! ¡Cuántas veces el Señor elige caminos aparentemente ineficaces para realizar sus providenciales designios de salvación!

¡Bendito seas, Padre, porque revelas a la gente sencilla la sabiduría divina y misteriosa, que ha permanecido oculta, y has predestinado antes de los siglos para nuestra gloria! (cf. 1 Co 2, 7).

Ayúdanos a buscar siempre y únicamente tu sabia voluntad. Haz que seamos instrumentos de tu amor, para que caminemos sin cesar en tu ley. Abre nuestros ojos, para que descubramos las maravillas de esta ley; danos inteligencia para que la observemos y cumplamos con todo nuestro corazón. Amén.


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