Homilías II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, Ciclo A (19 de abril de 2020)

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Homilía para el II Domingo de Pascua Ciclo A, 19 de abril de 2020

 Homilías II Domingo de Pascua Ciclo A
19 de abril de 2020

 

Comentando las Lecturas de Hoy

Hch 2, 42-47 / Sal 117 / 1 Pe 1, 3-9 / Jn 20, 19-31.

Estamos ya en el II Domingo de Pascua o Domingo de la Misericordia, cerrando la Octava de Pascua, que se celebra como un único día. Después de que Cristo resucitó, pasó todavía 40 en la tierra, luego asciende al cielo para enviar al Espíritu Santo. Esa cincuentena pascual nos transmitirá la experiencia de las primeras comunidades y cómo la fuerza del Espíritu Santo hizo que miles de personas se fueran reuniendo en torno a los apóstoles. 



Hay varias cosas prácticas que resaltan en las lecturas que hoy hemos leído:

El libro de los hechos de los apóstoles nos pinta claramente cómo era la vida de las primeras comunidades, y ese relato nos suena en nuestros tiempos, no solo como un acontecimiento histórico, sino que nos lleva a la admiración y al deseo de que nuestras comunidades fueran similares, porque "eran bien vistos de todo el pueblo", por la forma en que vivían la vida nueva traída por Cristo Jesús: "eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones". Qué admirables serían nuestras comunidades parroquiales si se pudieran describir de forma similar: "Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común". Cuánta diferencia haríamos en el mundo si lográramos vivir así, para conseguir ese efecto que producían los primeros cristianos: "eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando". Un efecto que está muy lejos de parecerse a lo que sucede en nuestras comunidades de hoy, porque las estadísticas manifiestan un decrecimiento exorbitante de la Iglesia en algunos lugares del mundo, y un no muy halagador crecimiento en otros. Hay una fuga grande de católicos hacia el protestantismo, y una enorme cantidad de bautizados que deciden simplemente vivir el cristianismo a su manera. Hay muchos templos convertidos en museos, porque los católicos ya no se congregan.  Claro, hay una serie de factores que inciden en esto, que no tienen nada que ver con lo que la Iglesia haga, pero ¿no será que nuestro testimonio no es suficiente para ganarnos el "aprecio de todos" y que día a día se vayan agregando más a nuestra Iglesia? Habrá miles de excusas como "pero... es que nuestra iglesia es pecadora", "pero... es que el trigo y la cizaña crecen juntos", "pero... es que los primeros cristianos habían entendido mal y creían que la segunda venida de Cristo estaba muy pronta y por eso se desprendían fácilmente de lo que tenían", " pero... es que...". No hay pero que valga tanto como para que el egoísmo haya conseguido que nuestras comunidades eclesiales vivan entre sí como "perros y gatos"; no hay pero que justifique nuestra indiferencia a las necesidades del otro. Nuestras comunidades necesitan con urgencia ese fuego del Espíritu Santo que nos de calor y erradique esa frialdad con la que vivimos nuestro cristianismo. Estos primeros cristianos, sigue relatando San Lucas, "a diario acudían al templo todos unidos", no solo el domingo, sino todos los días. En nuestros tiempos hay muchos templos que se abren solo los domingos, porque durante la semana la gente vive tan fría, que no se acuerda de acudir al templo a alabar a Dios;  y si asisten los domingos, es por el precepto, no todos porque entienden el valor del Banquete Eucarístico.

Y el Evangelio se encarga de subrayar la importancia de la vida comunitaria. Cuando Jesús se aparece primero al grupo de los apóstoles, Tomás no estaba presente. Cristo bien pudo ir a donde Tomás estuviera y presentársele a él también, pero sólo le permitió ese don ocho días después, cuando ya estaba reunido con el resto de la comunidad de los discípulos. Muchos creen que es suficiente una vida espiritual verticalista: "mi Dios y yo"; pero Cristo se manifiesta en comunidad y nos reta a aceptar el testimonio de la Iglesia, no al estilo de Tomás, que no quiso creer en el testimonio de aquellos que ya habían visto al Señor, sino que esperó verlo él, personalmente, para poder creer. No podemos vivir nuestro cristianismo al margen de una comunidad, al margen de la Iglesia. Cristo Resucitado, une al grupo de sus discípulos; y con el Espíritu Santo que envía sobre ellos, va haciendo que miles de personas más se vayan integrando a la comunidad de la Iglesia, en torno a los apóstoles.

Hay otro detalle del Evangelio que enlaza perfectamente con el texto que hemos escuchado de Pedro, y que nos deja una enseñanza maravillosa al inicio de la Pascua. Los discípulos estaban en "una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos". ¿Cómo estaban? "Encerrados" y  con "miedo."  Y San Pedro aclara "aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo."  Era comprensible el estado de ánimo de los discípulos, pues haber sido testigos de la muerte de su maestro y del gran escándalo que se había formado en torno a ese acontecimiento, los había llevado al "encierro" por "temor" a los judíos. Estaban pasando por una prueba difícil y por eso Tomás no se la cree tanto cuando los demás apóstoles le cuentan sobre la experiencia del Resucitado. El temor nos produce encierro y la fe a veces nos falla, no nos ajusta como para comprender que Cristo está vivo. Cuando los problemas son tan grandes, el mismo miedo nos hace cerrarle las puertas al mismo Cristo, porque no advertimos su presencia o porque queremos solucionarlos a nuestro modo. Pero Cristo puede romper nuestros muros y hacernos partícipes de su victoria. Y si Tomás pudo creer después de ver él mismo al Resucitado, la alabanza es mayor para nosotros, si logramos creer, aún sin haber visto. Por eso San Pedro nos advierte que la vida nueva que nos trae el Resucitado produce alegría en nosotros; pero que habrá diversas pruebas que nos asustarán y nos harán ver de qué estamos hechos. Decir que creemos sin haber pasado primero por alguna prueba, es fácil. Pero la fe es más valiosa que el oro, y si ese metal precioso es pasado por el fuego para purificarlo, también nuestra fe, que es mucho  más valiosa que el oro, debe pasar por el fuego, por las pruebas. Solo así podemos estar seguros de que realmente tenemos fe. 

La vida del cristiano es realmente eso, alegría que produce en nosotros el Espíritu Santo; pero también es un camino con muchas espinas, de muchas pruebas y debemos estar dispuestos a pasar por ellas. Por eso hay muchos que se alejan de la Iglesia, porque se sienten muy bien cuando todo es alegría y paz; cuando todo sale bien. Pero cuando comienzan a surgir los problemas, a veces con hermanos de la misma Iglesia, mejor se van, abandonan el barco.

Cristo hoy nos invita a abrirle las puertas y dejar que su Espíritu nos anime, impulse y fortalezca para sobrepasar cualquier dificultad y un día lograr disfrutar con él de la Pascua eterna. 


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