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 Homilía III Domingo de Adviento Ciclo A (15 de diciembre de 2019)

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Homilías III Domingo de Adviento Ciclo A (15 de diciembre de 2019)

 Homilías III Domingo de Adviento Ciclo A
15 de diciembre de 2019

1. Homilía P. Raniero Cantalamessa, ofmcap 


Isaías 35, 1-6a.8a.10
Santiago 5, 7-10
Mateo 11, 2-11

Estad alegres; el Señor está cerca 

Comencemos, en nuestra reflexión, por la frase con la que Jesús, en el Evangelio, tranquiliza a los discípulos de Juan el Bautista acerca del propio mesianismo: «Se anuncia a los pobres la Buena Nueva». El Evangelio es un mensaje de gozo: esto proclama la liturgia del tercer domingo de Adviento, que, por las palabras de Pablo en la antífona de ingreso, ha tomado el nombre de domingo «Gaudete», «estad siempre alegres», o sea, domingo de la alegría: «Que el desierto y el sequedal se alegren... Se alegrarán con gozo y alegría... en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán».
.
Todos quieren ser felices. Si pudiéramos representar visiblemente a toda la humanidad, en su movimiento más profundo, veríamos una inmensa multitud erguirse en torno a un árbol frutal sobre la punta de los pies y tender desesperadamente las manos, en el esfuerzo de tomar un fruto que en cambio se escapa. La felicidad, dijo Dante, es ese dulce fruto que el hombre busca entre las ramas de la vida.

Pero si todos buscamos la felicidad, ¿por qué tan pocos son verdaderamente felices y hasta los que lo son permanecen así por tiempo tan escaso? Creo que la razón principal es que, en la escalada a la cumbre de la felicidad, erramos de vertiente; elegimos la que no lleva a la cima. La revelación dice: «Dios es amor»; el hombre ha creído que puede dar la vuelta a la frase y decir: «¡El amor es Dios!» (la afirmación es de Feuerbach). La revelación dice: «Dios es felicidad»; el hombre invierte de nuevo el orden y dice: «¡La felicidad es Dios!». ¿Y qué sucede así? No conocemos en la tierra la felicidad en estado puro, como no conocemos el amor absoluto; conocemos sólo fragmentos de felicidad que se reducen con frecuencia a ebriedades pasajeras de los sentidos. Cuando por eso decimos: «¡La felicidad es Dios!», divinizamos nuestras pequeñas experiencias; llamamos «Dios» a la obra de nuestras manos o de nuestra mente. Hacemos, de la felicidad, un ídolo. Esto explica por qué quien busca a Dios encuentra siempre la alegría, mientras que quien busca la alegría no siempre encuentra a Dios. El hombre se reduce a buscar la felicidad en razón de cantidad: siguiendo placeres y emociones cada vez más intensos, o añadiendo placer a placer. Como el drogadicto que necesita dosis cada vez mayores para lograr el mismo grado de placer.

Sólo Dios es feliz y hace felices. Por eso un salmo exhorta: «Ten tu alegría en el Señor, y escuchará lo que pida tu corazón» (Sal 37,4). Con Él también los gozos de la vida presente conservan su dulce sabor y no se transforman en angustias. No sólo los gozos espirituales, sino toda alegría humana honesta: la alegría de ver crecer a los propios hijos, del trabajo felizmente llevado a término, de la amistad, de la salud recuperada, de la creatividad, del arte, del esparcimiento en contacto con la naturaleza. Sólo Dios ha podido arrancar de los labios de un santo el grito: «Basta, Señor, de alegría; ¡mi corazón ya no puede contener más!». En Dios se encuentra todo lo que el hombre acostumbra a asociar a la palabra felicidad e infinitamente más, pues «ni ojo vio, ni oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1 Co 2,9).

Es hora de empezar a proclamar con más valor la «Buena Nueva» de que Dios es felicidad, que la felicidad -no el sufrimiento, la privación, la cruz-- tendrá la última palabra. Que el sufrimiento sirve sólo para quitar el obstáculo a la alegría, para dilatar el alma, para que un día pueda acoger la mayor medida posible.

2. De los Sermones de San Agustín

Sermón 66,2-5

Mt 11,2-11: Mis palabras son mis obras

¿Qué dijo Cristo de Juan? Acabamos de oírlo: Comenzó a decir a las turbas acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña movida por el viento? No por cierto; Juan no giraba según cualquier viento de doctrina. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido de holandas? No; Juan lleva un vestido áspero; tenia un vestido de pelos de camello, no de plumas. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Eso es, y más que un profeta (Mt 11,7-9). ¿Por qué más que un profeta? Porque los profetas anunciaron al Señor, a quien deseaban ver y no vieron, y a éste se le concedió lo que ellos codiciaron. Juan vio al Señor. Tendió el índice hacia él y dijo: He ahí el Cordero de Dios, he aquí quien quita los pecados del mundo (Jn 1,29). Helo ahí. Ya había venido y no lo reconocían; por eso se engañaban con el mismo Juan. Y ahí está aquel a quien deseaban ver los patriarcas, a quien anunciaron los profetas, a quien anticipó la ley. He ahí el cordero de Dios, he ahí quien quita los pecados del mundo.

Él dio un excelente testimonio del Señor y el Señor de él al decir: Entre los nacidos de mujer no surgió nadie mayor que Juan Bautista, pero el menor en el reino de los cielos es mayor que él (Mt 11,11). Menor por el tiempo, mayor por la majestad. Al decir eso se refería a si mismo. Muy grande ha de ser Juan entre los hombres, cuando sólo Cristo es mayor que él entre ellos. También puede distinguirse y resolverse el problema de este modo: Entre los nacidos de mujer no surgió nadie mayor que Juan Bautista, pero el que es menor, en el reino de los cielos es mayor que él. Es una solución diferente de la que antes dije. El que es menor, en el reino de los cielos es mayor que él: Llama reino de los cielos al lugar en que están los ángeles; el que es menor entre los ángeles es mayor que Juan. Recomendó ese reino que hemos de desear; presentó la ciudad cuyos ciudadanos debemos desear ser. ¿Qué ciudadanos hay allí? ¡Qué grandes ciudadanos! El menor de ellos es mayor que Juan. ¿Qué Juan? Aquel mayor que el cual no surgió nadie entre los nacidos de mujer.

Hemos oído el testimonio de Cristo sobre Juan y el de Juan sobre Cristo. ¿Qué significa entonces el que Juan encarcelado y ya próximo a la muerte enviase sus discípulos a Jesús con esta orden?: Id y preguntadle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? (Mt 11,3). ¿A eso se reduce toda la alabanza? ¿Qué dices, Juan? ¿A quién hablas? ¿Qué hablas? Hablas al juez y hablas como pregonero. Tú extendiste el dedo, tú lo mostraste, tú dijiste: He ahí el Cordero de Dios; he ahí quien quita los pecados del mundo (Jn 1,29). Tú dijiste: Todos nosotros recibimos de su plenitud (Jn 1,16). Tú dijiste: No soy digno de desatar la correa de su calzado (Jn 1,27). ¿Y ahora preguntas: Eres tú el que vienes o esperamos a otro? (Mt 11,3). ¿No es el mismo? ¿Y tú quién eres? ¿No eres tú su precursor? ¿No eres tú aquel de quien se profetizó: He ahí que envío mi ángel ante tu faz, y preparará tu camino? (ib., 10). ¿Cómo preparas el camino si te desvías? Llegaron, pues, los discípulos de Juan y el Señor les respondió: Id y decid a Juan: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos curan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados (ib., 5-6) ¿Y preguntas si soy yo? Mis palabras, dice, son mis obras. Id y contestad. Y tras haberse marchado ellos. Para que nadie diga quizá: Juan era antes bueno, pero el Espíritu de Dios lo abandonó, dijo lo antes mencionado una vez que se habían ido los discípulos enviados por Juan. Ya ausentes ellos, Cristo alabó a Juan.

¿Qué significa, entonces, este oscuro problema? Que nos alumbre el sol en que se encendió aquella vela. De ese modo la solución resultará evidente. Juan tenía sus propios discípulos; no estaba separado, sino que era un testigo dispuesto a dar su testimonio. Convenía que diese testimonio de Cristo, que reunía también sus propios discípulos; podía sentir celos, si no podía verlo. Y como los discípulos de Juan estimaban tanto a su maestro, oían de él el testimonio sobre Cristo y se maravillaban; a punto de morir quiso que él los confirmara. Sin duda decían ellos dentro de sí: Juan dice de él cosas tan grandes que él no las dice de sí mismo. Id y decidle, no porque yo dude, sino para que vosotros os instruyáis. Id y decidle, lo que yo suelo decir, oídselo a él; habéis oído al heraldo, oíd ahora al juez la confirmación. Id y decidle: ¿Eres tú el que vienes o esperamos a otro? (ib., 3). Fueron y se lo preguntaron; por ellos, no por Juan. Y por ellos contestó Cristo: Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos curan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados (ib., 5). Ya me veis, reconocedme. Veis los hechos, reconoced al hacedor. Y bienaventurado quien no se escandalizare de mí (ib., 6). Y me refiero a vosotros, no a Juan. Por eso, para que viéramos lo que se refería a Juan, dijo: Tras haberse marchado ellos, comenzó a decir a las turbas acerca de Juan (ib., 7). Y el veraz, la verdad, cantó sus alabanzas verdaderas.

Pienso que ha quedado suficientemente resuelta la dificultad. Basta, pues, haber prolongado el discurso hasta la solución. Parad mientes en los pobres; hacedlo los que aún no lo hicisteis. Creedme, no perderéis; o, mejor, sólo perdéis lo que lleváis al vagón. Hay que entregar ya a los pobres lo que habéis reunido los que lo reunisteis. Y esta vez tenemos mucho menos de la suma habitual. Sacudid la pereza. Yo soy ahora mendigo de los mendigos, para que vosotros seáis contados en el número de los hijos.

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