Homilía XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (25 de septiembre de 1977)

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C, 25 de septiembre de 1977

Homilía XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
25 de septiembre de 1977

Amós 6, 1a. 4-7
1 Timoteo 6, 11-16
Lucas 16, 19-31

 

Queridos hermanos:

Como lo anunciamos, les invito a que toda la intención de esta misa y de todas las oraciones que se están haciendo en pequeñas o grandes comunidades unidas con esta reflexión a través de la radio, la orientemos a pedir por el Santo Padre. El Papa Pablo VI cumple mañana ochenta años. El Señor nos lo ha conservado en plena lucidez, con los naturales achaques de los ochenta años, pero con una lucidez de quien es verdadero instrumento del Espíritu Santo para guiar la Iglesia en estos tiempos tan difíciles. Por eso, como una demostración de comunión con el Papa, de adhesión filial, que nuestros pueblos se caracterizan por ese amor al Papa, orientemos nuestra plegaria de hoy, nuestra misa, nuestra comunión, para pedir al Señor como le sabe pedir la Iglesia, esta hermosa jaculatoria que ojalá todos la aprendieran: "Hagamos oración por nuestro Santo Padre, el Papa Pablo VI"- Y el pueblo contesta: "Que el Señor le conserve la vida, le haga feliz en la tierra y no lo deje caer en manos de sus enemigos". Una plegaria litúrgica muy hermosa, que a través de los siglos expresa la comunión del pueblo de Dios con aquél que ha sido puesto como cabeza visible de este mismo pueblo. Yo creo que le hacemos un homenaje al Santo Padre y estamos en plena sintonía con su corazón de pastor, cuando nosotros nos referimos a las realidades de nuestro pueblo.

Han pasado en esta semana cosas muy desagradables; por ejemplo, la toma de emisoras, la balacera en que aparecen heridos unos policías, manifestaciones universitarias de crítica contra el rector asesinado. Y sobre todo nos duele, que no aparecen los desaparecidos; la señora de Chiurato secuestrada aún en el misterio. De nuevo, en nombre de la caridad, pedimos a los responsables que negocien y que no abusen de la libertad de una persona.

Así, también, pedimos en nombre de la angustia de tantas madres reclamando hijos desaparecidos. Yo he recibido con la angustia, hasta las lágrimas, la visita de unas madres que van como mendigas de puerta en puerta a los centros de seguridad, preguntando por sus hijos. Y casi es una burla contra su dolor: "No está aquí, búsquelo en otra parte". Se trata de Amadeo Recinos Quintanilla, de Salomé Rodríguez Carrero, de Antonio Alvarez Rodríguez, jóvenes todos, catequistas nuestros. Se nos critica de que los llamamos humildes catequistas, y los llaman ellos criminales. Yo no estoy defendiendo la inocencia; lo que pido es que se dé cuenta de ellos. O están muertos o están vivos. Y si están vivos, que los sometan a los tribunales. Y si son criminales que los castiguen como la ley manda. Pero, que no se cometa ese crimen más horrendo de angustiar el corazón de tantas madres.

Están llegando, también, muchas notas de Amnistía Internacional en reclamo de la profesora Emma Rosales de Alegría, que fue capturada el 17 de julio cuando iba de su escuela de Soyapango con su hijita, a la que golpearon por no quererse separar de ella.

Y finalmente tengo que lamentar, hermanos, la publicación y difusión abundante de la hoja, que muchos de ustedes han visto, en que me colocan a la cabeza de la subversión. El pueblo sospecha de dónde proceden estas cosas, y hay indicios que, poco inteligentes, quiénes son los que informan de mis correrías por los cantones. Una verdad a medias es peor que una calumnia, es cierto que he andado yo por El Jicarón, por El Salitre y muchos otros cantones; y me glorío de estar en medio de mi pueblo y sentir el cariño de toda esa gente que mira en la Iglesia, a través de su Obispo, la esperanza. Pero jamás he hecho lo que en esa hoja se dice, de llamar a la subversión, de repartir hojas subversiva. Esa es la calumnia. Yo mismo les he dicho en esos lugares: "Y sé que aquí hay observación, hay vigilancia. Sean siquiera leales en informar lo que está sucediendo". Y ahí hay miles de personas que pueden dar testimonio de que todo lo que esa hoja dice, es pura calumnia. Lo que más nos angustia, a los sacerdotes que aparecemos en esa lista, es si esto sea ya el indicio de ir preparando nuevos crímenes. Pero, el pueblo sabe a quién le echará la culpa, pues al pueblo ya no se le engaña.

Por otra parte, queridos hermanos, sentimos la alegría inmensa de la Iglesia que se va organizando cada vez más como pueblo de Dios. Yo quiero felicitar a Chalatenango y a su departamento; porque ayer dio una demostración preciosísima de la comunión con la Iglesia, cuando fui a darles posesión al Padre Fabián Amaya y al Padre Efraín López; como vicario episcopal, es decir, que la autoridad del Obispo se delega para que pueda ese departamento, tan fecundo en cristianismo, ser organizado con más cariño y más cuidado pastoral; y el Padre López como Párroco de la ciudad. Hay un entusiasmo de religiosas, de seglares, por hacer de Chalatenango lo que decimos en el acuerdo en que se nombra al vicario episcopal: "Una reserva moral de la Iglesia, una mina preciosa de vocaciones, un recodo de fe cristiana en tantos hogares que por allá abundan bien organizados". Desde aquí, queridos hijos de Chalatenango y de todo el departamento, mi felicitación más cordial y mi súplica de que colaboren con los nuevos pastores que, en comunión conmigo, vamos a tratar de darles la mejor vida de Iglesia que ustedes se merecen.

Hubo en Santa Tecla, también, el domingo pasado, una reunión muy consoladora, en que sacerdotes, religiosas y fieles quieren coordinar las admirables fuerzas que Santa Tecla tiene, no sólo para la ciudad sino para toda la diócesis. También un saludo y un agradecimiento a los católicos de Comasagua, que celebrando el 21 a su patrón, San Mateo, me dieron también una demostración de cariñosa comunión con todos sus sacerdotes. Son cosas que llenan el corazón.

También tuve un gran consuelo el martes, un grupo de jóvenes, estudiantes ya de bachillerato, preparados debidamente en el Externado San José, recibieron la Confirmación. Yo aprovecho esta circunstancia para decir a los padres de familia que la edad de la confirmación tenía que ser esa, la de la juventud. Es un sacramento de juventud. Que hermoso es oír después de la confirmación a unos jóvenes que me entregaron esta carta, jóvenes del Externado San José, para que miren pues, que el verdadero espíritu de la Iglesia es de todos los corazones nobles de cualquier categoría social, con tal que sean sinceros en escuchar el mensaje salvador de Cristo. Dicen los jóvenes: "Nosotros hemos estado muy contentos de haberle tenido entre nosotros este día, que es cuando realmente conscientes aceptamos nuestro compromiso con el Señor y con su pueblo".

También me dio mucho gusto recibir de la Colonia San Benito una carta. Al lado de cada firma dice: "Yo humilde cocinera, yo niñera, yo de adentro, yo lavandera", todas éstas expresando una comunión fervorosa, pues, con la Iglesia y agradeciendo la misión salvadora que la Iglesia desarrolla.

Quiero felicitar, también, a la comunidad de Zacamil y a la Colonia del Porvenir, donde tuve, también, la alegría de celebrar con ellos una reunión y una eucaristía, que nos da a conocer como va madurando de veras- en varias comunidades donde los sacerdotes trabajan con sentido de Iglesia- esta fe que nosotros profesamos.

Habría muchas otras cosas, queridos hermanos, pero siempre me gusta ilustrar, con estos hechos de la vida cívica y de la vida eclesial, la palabra de Dios. Entonces encuentra, como el sol, unos objetivos concretos; como el sol que se traduce en color de flores, en energía de vida y en todo lo que el sol significa para la naturaleza. Eso significa la palabra de Dios para mi vida, para tu vida, para tu sociedad. Procuremos que esta luz, que nos ilumina todos los domingos desde la sagrada Biblia, no la oigamos como libros que pasaron hace tiempos. Un profeta, Amós, que vivió siete siglos antes de Cristo, pero que se encuentra con una situación social muy parecida a la nuestra: su voz no pertenece a los siglos perdidos; su voz se hace actualidad para San Salvador de 1977. Un Cristo que nos cuenta una parábola tan terrible, de la suerte que se transforma del rico y el pobre en esta vida y en la otra; no es un cuentecito que Cristo contaba para endulzar los oídos de hace veinte siglos; es la amonestación seria de un Dios que nos dice para qué nos ha creado y cuál es el uso que hay que hacer de las cosas.

 

Y éste es precisamente el tema de esta Homilía de hoy: El recto uso de los bienes que Dios ha creado. Hay un mal uso, nos vamos a referir primero a este aspecto negativo, no porque sea lo principal. En el mensaje de Dios procuremos, hermanos, siempre buscar lo positivo. Pero al lado de lo positivo, que es la ley de Dios, el designio amoroso del Señor para con nosotros, los hombres entronizamos siempre un aspecto negativo, el pecado, la lucha contra el reino de Dios. Y esto durará a lo largo de los siglos. Y nadie se extrañe de que la Iglesia se llame perseguida. Si tiene que ser perseguida por el reino de las tinieblas. Si mientras la Iglesia proclame esta voluntad de Dios, siempre encontrará la voluntad del antidios, del anticristo, de las sombras del pecado, del misterio de la iniquidad que trata también de entronizarse. Aquí, el profeta Amós describe ese imperio de las tinieblas bajo el aspecto del lujo; esa vida muelle, qué bien la describe el profeta, a pesar de ser un pastor del desierto de Judea enviado contra su voluntad por el mismo Dios al reino del norte de Israel, donde bajo el imperio de Jerobam II, una sociedad en bonanza, en paz, no sabe aprovechar este signo de la paz para adorar a Dios y agradecérselo, sino para hacer una vida muy lujosa.

"Os acostáis en lechos de marfil, tumbados sobre las camas. Coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo". Son esas terneras que se alimentan sólo de leche y naturalmente su carne es muy blandita y esto gusta a los sibaritas del norte; "Canturreáis al son del arpa, bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes y no os doléis de los desastres de José".

 

Y Cristo nuestro Señor en su parábola, como haciendo un eco a esa vida muelle: "Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día". Hermanos, ¿no les parece que no son rasgos escritos en 1977; pero son realidades de los siglos que, también, existen hoy en 1977, aquí entre nosotros?. Podrá preguntar el rico epulón y los ricos del norte de Galilea, y todos aquellos que se dan a la vida muelle, comodona: ¿Qué pecado hay en eso? Parece que no hay pecado. Y, el primero de los pecados es el haber subvertido el sentido de la propiedad. Como decían los paganos, definiendo la propiedad privada; "Jus utendi et abutendi", derecho de usar y de abusar; si es mío, ¿por qué no voy hacer lo que me da la gana? No, el derecho de propiedad tiene unos límites, los que señala aquí la lectura sagrada en San Pablo a Timoteo. Dios le da la vida a las cosas del mundo y tienes que ver para qué las ha creado Dios. Y si es cierto que la propiedad privada es un derecho, sin embargo tiene, como dice nuestra constitución muy bien, una función social. Una función social que no es precisamente, como se dijo cuando se defendían los intereses ante los peligros de la ley del ISTA, sólo para producir más. No es eso la función social: producir más. Producir más sí, pero para el bien común. Los bienes que Dios ha creado para todos tienen que canalizarse por estructuras hacia al bien, hacia la felicidad de todos, y que no se dé este terrible contraste señalado por las lecturas de hoy: mientras él se banqueteaba, un pobre ni siquiera comía las migajas que caían de su mesa.

 

Y aquí tenemos ya, hermanos, las consecuencias de esta vida muelle, los errores tremendos. Además de ese falso concepto de propiedad, lo más terrible es esto: metaliza, hace insensibles a los hombres. ¿Qué es lo que aquí denuncia Jesucristo -cuando dice- que mientras el rico se banqueteaba, Lázaro "estaba echado en su portal cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se la daba. Hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas?" Tenían más dicha los perros, los cuales podían comer los mendrugos con que el rico se limpiaba sus manos o los platos y se los tira al perro, y el pobre siquiera eso quería y ni eso se le daba. O como dice la primera lectura, también, después de describir esas orgías; "Y no os doléis de los desastres de José". José era la tribu que se consideraba como más pobre, más necesitada; y los necesitados de José, pues eran como la expresión de la pobreza suma, de la miseria. Mientras unos, pues tienen abundancia, son insensibles.

Este es el pecado grave, la insensibilidad. Y aquí hermanos no lo estoy diciendo sólo de los grandes ricos, lo digo también de todos nosotros, que cuando tenemos algo que comer, un sorbete siquiera, una migaja, una tortilla, tal vez comiendo nosotros nos hacemos insensibles al pobre que no tiene ni eso. ¿Por qué no compartir, como dicen los profetas, hasta nuestras pobrezas? Es una traición, según el profeta Amós, contra la alianza con Yahvé. Si Dios había hecho una alianza con este pueblo, "seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios", pero con la condición de que se sintieran todos pueblo de Dios, hermanos unos de otros. Tanto era sí que leemos una ley en el Levítico, capítulo 25, dice: "La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes". Era el concepto de los ricos de Israel de que ellos eran como renteros de Dios, como que Dios les había rentado unas tierras; la propiedad privada la consideraban a la luz de Dios y el pobre era el representante de Dios al que había que pagarle esa renta de la tierra. De allí que el rico y el pobre debían de sentarse a compartir juntos como dos limosneros. Dios le da limosna al rico y Dios, por el rico, le quiere dar limosna también al pobre.

 

Qué hermoso sería este concepto bíblico de pobreza y riqueza. No es malo tener. Ojalá todos fuéramos ricos. Lo malo es la insensibilidad. Lo bello es que el que tiene dé, y comparta como hermano, como compañero de mendicidad con el pobre. Tu eres un mendigo. Yo también soy un mendigo; porque lo que tengo Dios me lo ha prestado, prestado. A la hora de la muerte tengo que devolvérselo todo. Compartamos pues, esto que es de mutuo regalo de Dios. Alabemos los dos al Señor. Como desaparecerían la violencia, los odios, las luchas de clase. Jamás, hermanos, desde mi posición de pastor, iluminado por una teología que, gracias a Dios, sigo estudiando, jamás predicaré la lucha de clases. Esas calumnias son para mí tanto más ofensivas, cuanto quieren criticarme de ignorante en mi misión sublime de predicar el amor y nunca la subversión.

Esto es lo que predica la Iglesia: Que Dios ha dado a todos para que todos hagamos del mundo, creado por Dios para felicidad de todos, una antesala de ese reino de los cielos. Yo digo en mi pastoral: La Iglesia está consciente de que en este mundo no tendremos un paraíso perfecto, pero sí, tenemos la obligación de reflejar en, este mundo imperfecto, algo del reflejo amoroso de la eternidad. Y los cristianos que de veras vivimos la esperanza de ese cielo, vivamos esperando ese más allá, tratando de ganárnoslo precisamente haciendo la justicia y el amor en esta tierra. Porque dice el Concilio, y lo he repetido ya muchas veces, contra la calumnia del marxismo, que quiere decir que la Iglesia es el opio del pueblo; porque predicando la eternidad se olvida de la tierra: ¡mentira! La Iglesia, predicando la eternidad, dice con el concilio, que el hombre que no trabaja los bienes temporales, ni los administra según el corazón de Dios, no colabora con Dios ni hace el bien a sus hermanos y pone en peligro su propia salvación. De modo que hay que una relación bien directa, entre la salvación de esperanza del más allá de mi muerte y el trabajo presente temporal, y que nadie que sea injusto en esta tierra tendrá parte en el reino de los cielos, donde reina la justicia y el amor.

 

Y estos dos episodios de Amós y de Jesucristo nos están diciendo, como los profetas, como la voz de Dios llegaba para anunciarles precisamente esa esperanza y para hacer a los hombres más justos, más humano, más comprensivos; porque además, queridos hermanos, y esto es más grave todavía, otra gran derivación del lujo, de ese abuso de propiedad privada, de ese afán de tener y de vivir cómodamente y no importarle nada el prójimo, esta otra insensibilidad mucho más horrorosa y trágica, la insensibilidad frente a Dios. Oyeron el final de la parábola, cuando el rico desde el infierno, le pide al Padre Abraham que mande un profeta, un mensajero a sus cinco hermanos que todavía están en la tierra abusando de sus propiedades, para que se conviertan y no vayan a caer en ese lugar donde él ha tenido la desgracia de caer. Y la respuesta de Abraham es terrible: "Allá tienen a Moisés y a los profetas" Allá tienen la Iglesia Católica que predica; allá tienen sus predicadores de la justicia social y del reino de Dios, que los oigan. "No, Padre Abraham" -dice aquél desde el infierno "si va un muerto, le atenderán mejor". Y la respuesta es tremenda, cuando dice, al terminar la parábola: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto". Qué terrible sentencia.

No sé si ustedes han meditado alguna vez, hermanos, cuando Cristo, maniatado frente a Herodes, el lujoso, el sensual, el lujurioso, el adúltero, que quiere oír una palabra de Cristo para reírse de él, aunque sea, ¿cuál es la actitud de Cristo? El silencio; ni una palabra. Ay de aquellos corazones donde ya Cristo es mudo. Ay de aquellos hogares donde ya Cristo no se siente. Ay de los pecadores o criminales que ya no sienten el remordimiento de la conciencia. Aunque resucite un muerto, no le atenderán. Ya están petrificados. Qué tremenda sentencia, hermanos. Yo quisiera que grabáramos esto en nuestro corazón para no ser nunca insensibles a la caridad y al amor, y así poco a poco, haciéndonos insensibles hasta el mismo remordimiento de Dios que nos llama en la conciencia.

Cómo quisiera yo que mi humilde palabra, en vez de ser tan tergiversada por los intereses egoístas, por los que adulan para quedar bien, tomaran en serio que es palabra de Dios y que el desprecio de esas hojas volantes no es a mí ni a mis queridos sacerdotes. "El que a vosotros desprecia- me dice Cristo a mí y a mis sacerdotes- a mí me desprecia y el que me desprecia a mí, desprecia al Padre, que me envió". Es que yo, que estoy hablando en este momento soy la voz de Dios. Y si en vez de mi figura, estuviera aquí la figura de uno de estos muertos recientes, uno de estos asesinados; por ejemplo, uno de esos que ha muerto en las torturas y no se sabe de ellos, que se parara aquí en esta cátedra y hablara, creo que la situación no cambiara, porque los corazones no quieren oír ni aunque sea un muerto el que les venga a decir: estamos muy mal en El Salvador, que esta figura tan fea de nuestra patria no es necesario pintarla bonita allá afuera. Hay que hacerla bonita aquí dentro, para que resulte bonita allá afuera también. Pero mientras haya madres que lloran la desaparición de sus hijos, mientras haya torturas en nuestros centros de seguridad, mientras haya abuso de sibaritas en la propiedad privada, mientras haya este desorden espantoso, hermanos, no puede haber paz y se seguirán sucediendo los hechos de violencia y de sangre. con represión no se acaba nada. Es necesario hacerse racional y atender la voz de Dios y organizar una sociedad más justa, más según el corazón de Dios. Todo lo demás son parches. Todo lo demás son represiones de momento. Los nombres de los asesinados irán cambiando, pero siempre habrá asesinados. Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero habrá siempre violencia, mientras no se cambie la raíz de donde están brotando, como de una fuente fecunda, todas estas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente.

 

¿Cuál es el buen uso, pues, entonces, de las riquezas, de los bienes? ¡Ah!, si se tuviera en cuenta la palabra de Dios, que ilumina las sociedades, los pueblos, los hombres, las familias, cómo haríamos, de la tierra un paraíso. En la segunda lectura de hoy, tenemos unas normas preciosísimas que si fueran la inspiración de un cambio de estructuras en el Salvador, veríamos cómo desaparecen todas esas cosas que no quisiéramos que existieran. Le dice Pablo a Timoteo, su discípulo, en primer lugar: "Siervo de Dios". Tenemos que considerarnos así. Dios es el Señor y todas las cosas, dice San Pablo, han sido hechas por ese Dios que da la vida al mundo por medio de Jesucristo, que ha de volver a tomar cuenta a los hombres de cómo han manejado ese mundo creado por Dios. Es el "el único poseedor de la inmortalidad. Habita en una luz inaccesible y ningún hombre ha visto ni puede ver. A él, honor e imperio eterno".

Cuando nuestra vida sea así, teocéntrica, Dios en el centro de mi vida y desde Dios derivar mis relaciones con los prójimos, desde Dios derivar el uso de las cosas que Dios ha creado, desde Dios, centro que ilumina mi ética, sería honrado, honesto, no diría la mentira, no distorcionaría las noticias, no calumniaría; porque sé que Dios me va a pedir cuentas. Desde Dios, y luego, desde allí, San Pablo deriva: "Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe". Hermanos, es un combate en el cual estamos empeñados, combate de la fe: no de armas ni de violencias; sino de ideas, de convicciones, la violencia en primer lugar a nosotros mismos, bajo la inspiración de la fe, bajo las exigencias de ésto que San Pablo dice hermosamente: "Te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche". El mandamiento es el conjunto de las cosas que Dios ha revelado y ha mandado, y el hombre como siervo de Dios tiene obligación de obedecer. Pero cuando se ha sacudido el yugo de Dios, y Dios ya no se oye en la conciencia, entonces, tenemos nada más que cada uno quiere ser un Dios. Y sucede el cataclismo, como si el sol perdiera a su centro de gravedad y los planetas que giran alrededor de él, como locos se fuera cada uno a chocar contra el otro. Así está. El sol es Dios y mientras en torno de ese sol giren los hombres con una ética viendo a Dios, los hombres viviremos como hermanos.

Por eso decimos que la religión, predicando la paternidad divina, cumpliendo su misión estrictamente religiosa, es decir, orientando los hombres a Dios, desde allí está haciendo un gran bien a la sociedad, porque no hay hombre más honesto, más honrado, más digno de fe, que aquél que teme a Dios y pone como práctica central de su vida, una ética de respeto al mandamiento sin mancha ni reproche. Gracias a Dios, tenemos gente de ésta entre nosotros y no quisiéramos que se volvieran pesimistas. Oí muy triste la palabra de un sacerdote, en una de estas reuniones a que me he referido antes, y me decía: "Lástima que no creen en el amor". Le digo: "Pero no nos cansemos de predicar el amor. Si ésta es la fuerza que vencerá al mundo. No nos cansemos de predicar el amor. Aunque veamos que las olas de violencias vienen a inundar el fuego del amor cristiano, tiene que vencer el amor. Es lo único que puede vencer".

 

Queridos hermanos, tomemos como dirigida a cada uno de nosotros la amonestación de San Pablo a su discípulo Timoteo. Hagamos de nuestra vida un sistema solar, cuyo sol sea Dios, y hagamos de nuestra vida una vida teocéntrica y, finalmente, una vida con un profundo sentido escatológico. ¿Qué quiere decir? Ya lo hemos enseñado aquí: la escatología es lo final, la esperanza que nosotros esperamos, el más allá que en las lecturas de hoy queda bellamente iluminado. Como terminó la primera lectura de Amós, anunciando no un infierno del más allá, sino un infierno de esta tierra. Pocos años después de estas denuncias de Amós vino el imperio de Asiria y se cumplió esto que dice Amós en el último versículo de hoy: "Por eso irán al destierro a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos". Si no ponemos paro con nuestra voluntad humana a este abuso, será Dios el que pone paro, valiéndose muchas veces de imperios de esta tierra. El anticomunismo con que muchos quieren defender su propiedad privada, no es un anticomunismo de amor a Dios, es un anticomunismo de amor a sus riquezas. Pero, del comunismo se puede valer Dios, como se valió del reino de Asiria para castigar el desorden de su reino de Israel. Dios nos libre que vaya a caer sobre nuestro pueblo el azote espantoso, más espantoso que la situación actual, de un Imperio sin Dios, sin ley, pero cobrándose los derechos que no supimos respetar para con Dios. Más tremendo Jesucristo cuando no habla de un castigo de un pueblo en esta tierra, sino cuando dice: murió el rico y murió el pobre, el uno fue sepultado en el infierno y el otro fue llevado al descanso, expresión bíblica, en el seno de Abraham, una comunión con el padre de la fe; y ya lo demás lo hemos oído en la lectura de hoy.

Pero es terrible hermanos, el desenlace de los desórdenes de la vida. De Dios nadie se ríe. Su ley imperará para siempre. Y este Dios, que es amor para nosotros, se convierte en justicia cuando no se ha sabido captar la invitación del amor. Por eso Dante, en la puerta del infierno, al describir en La Divina Comedia el infierno, dice esta palabra paradójica: "Amor mi fecce que mi fa parlare", me hizo el amor que me hace hablar. ¿Es posible que el amor de Dios haya hecho el infierno? Aquí lo tenemos en la lectura de hoy, el amor de un enamorado menospreciado. Creo que apelo a la experiencia de muchos de ustedes, quienes han estado enamorados y reciben el baldón del objeto de su amor. Los desprecian, no quieren más con ustedes. ¿No sienten que se troca como un infierno ya el corazón, y qué quisiera hacer con aquel que desdeñó tanta ternura? Este es Dios, que nos ama mientras vivimos, que está esperando la conversión. Aunque sea el más grande pecador, como lo hemos dicho en los domingos pasados, llamando a penitencia, Dios espera. Pero cuando ya la paciencia de Dios termina en el amor, comienza su justicia. Y entonces ni un dedo mojado en agua para calmar un poco el ardor de la lengua en el infierno le fue concedida; lo cual indica, según los comentaristas, que en el infierno no existe ningún consuelo. Hermanos, no es volver a la Edad Media al hablar del infierno. Es poner frente a los ojos la justicia infinita de Dios, de la cual nadie se ríe. Organicemos a tiempo nuestra patria. Organicemos los bienes que Dios nos ha dado para la felicidad de todos los salvadoreños. Hagamos de esta República, tan bella en dones naturales de Dios, una bella antesala del paraíso del Señor, y tendremos la dicha, entonces, de ser recibidos como el pobre Lázaro.

 

Y cuando decimos pobre, hermanos, decimos la actitud interna del corazón. Grabémonos bien esta idea, que pobre no es todo aquel que carece de bienes materiales, así como rico no es todo aquel que está abundando en bienes materiales. Según la Biblia, rico y pobre obedece a dos actitudes internas del corazón. Es la única parábola que tiene nombre, el personaje protagonista, Lázaro; y Lázaro, en su raíz hebrea, quiere decir: "El que confía en Dios". Este es pobre, el que confía en Dios. Rico, en cambio, cuando Cristo se dirige a sus oyentes en esta parábola del rico epulón, dos versículos atrás de lo que hemos leído hoy, dice esto, refiriéndose a la parábola del administrador injusto: "Estaban oyendo todo esto los fariseos, que amaban las riquezas, y se burlaban de él. Y les dijo: Vosotros sois los que os dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres es abominable ante Dios". Aquí define Cristo qué es rico según la Biblia. El rico que Dios desprecia no es aquel que tiene bienes; es aquel que ama esos bienes hasta el punto de burlarse de Dios: "Si Dios no me socorre, mi dinero es mi Dios"; el que pone del ídolo, su corazón adorando ese dinero, el que sirve –como dice Cristo- no puede servir a Dios y al dinero. Pero una actitud como la de Lázaro, de no poner la confianza en las cosas de la tierra sino la confianza en Dios, ésa es actitud de pobreza. Y porque hay muchos pobres que no tienen materiales, pero no ponen su confianza en Dios, tampoco ellos son pobres. Y a éstos queremos promover; porque están perdiendo una situación que Dios les ofrece para hacerlos pobres de la Biblia, cuando cambien la actitud interna de su corazón. Que pongan en Dios su confianza. No un conformismo sin lucha para mejorar. Todos tienen que promoverse, y Dios no bendice la pereza ni el haragán, sino que Dios bendice el esfuerzo de aquellos que ponen su confianza en Él.

Queridos hermanos, escojamos esta mañana ser los pobres de Yahvé. No sé quienes están escuchando aquí y afuera de la Catedral, pero quienquiera que sea, tenga mucho o no tenga, lo que le pido es que convierta su corazón a Dios y que no ponga su confianza en las cosas de la tierra ni se resienta por no tener lo que otros tienen, sino que pongan su confianza en Dios. Y que nadie, por más lujos que tenga en su casa, piense que sea esa casa es inmortal. Todo eso se acaba, y solamente vale poner la confianza en el Dios que es el único inmortal, en el cual vamos a profesar ahora nuestro credo.  


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