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Vie, Sep

Homilía XXIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (11 de septiembre de 1977)

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, XXIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C, 11 de septiembre de 1977

Homilía XXIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
11 de septiembre de 1977

Éxodo 32, 7-11. 13-14
Timoteo 1, 12-17
Lucas 15, 1-32

 

 

Queridos hermanos:

Queremos agradecer la solemnidad que ha procurado para esta misa doña Teresa Sánchez Yanez, quien quiere anticipar así una plegaria por la patria y al mismo tiempo por el eterno descanso de su difunta, Antonia Yanez. También nos unimos al pesar de nuestro querido Monseñor Luis Chávez y González, que en estos momentos estará junto al cadáver de su hermana Carmen Chávez viuda de Hernández, allá en Rosario de Cuscatlán. Hasta allá llegue, pues, nuestro pésame, el de todos ustedes, queridos radioyentes y hermanos presentes en Catedral, a quienes pido una oración por el eterno descanso de estas almas. También encomendemos la angustia del hogar de la Señora Lima de Chiurato. Como saben, fue secuestrada y aún no se sabe nada. Todo lo que es sufrimiento humano, la Iglesia lo siente como propio.

Y en este mismo sentido, también, hemos ido recordando cosas muy tristes: Este día se cumplen seis meses del asesinato del Padre Rutilio Grande y cuatro meses del asesinato del Padre Alfonso Navarro. Aunque estos crímenes quedan en el misterio, la realidad es que hay dolor en la Iglesia y hay manos manchadas de sangre. Que no se sabrá ante la justicia de los hombres, no importa. Pero ante el corazón de la Iglesia y sobre todo ante el pensamiento de Dios, es un martirio que traerá muchas bendiciones del Señor y es un pecado grave, contra el quinto mandamiento, "no matar", que está reclamando la conversión sincera de los pecadores antes que vaya a cumplirse la terrible sentencia: "El que a hierro mata a hierro muere". También otro dolor, mañana a las 6 y media de la tarde, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad en la Basílica del Sagrado Corazón, celebrará un funeral por el eterno descanso de nuestro hermano, Felipe de Jesús, gran catequista y cristiano, asesinado también, en El Salitre en estos últimos días.

Mañana mismo, a las 11, voy a celebrar una misa en la capilla del Hospital Rosales, por David Agustín Cristales. La madre, que vino a encargármela, me dice: "Yo no sé si celebrarla de difunto, porque desapareció. Era un estudiante que iba para su estudio y no he sabido más de él; quizá ya esté muerto". Le digo: "No, tenga confianza en Dios, hagamos una misa de rogativa para que aparezca y, si ya murió, para que descanse eternamente". Es una nueva clase de muertos, que ha aparecido entre nuestra sociedad salvadoreña, los desaparecidos.

En Aguilares habrá una manifestación hoy, al mismo tiempo que se prepara un operativo militar. Quiera el Señor evitar más sangre, más violencia. Y la Iglesia, ante todas estas cosas, no tiene más que una palabra que la sigue repitiendo, como la dije el lunes allá en la misa campestre de El Salitre, en un acontecimiento de Iglesia verdaderamente bello. El dolor, la angustia de aquella familia se convertía en una alegría pascual, ante un pueblo que sabe que el que muere creyendo en Cristo no muere sino que vence. Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe cristiana.

Quiero aludir también, en estos avisos y noticias que forman parte de nuestra vida de Iglesia, de Arquidiócesis, la hermosa liturgia del viernes de esta semana por la noche, en la Iglesia de Ilopango. Su párroco, el Padre Fabián Amaya , ha sido designado para ir a hacerse cargo de la vicaría episcopal de Chalatenango; o sea, un cargo en el cual el obispo delega en él sus poderes episcopales, para que organice y lleve la pastoral de aquel departamento. Digo que destaco este hecho, porque mientras en otras parroquias donde ha habido cambio, la reacción es una repugnancia contra el obispo que cambia, y hasta insultos y ofensas. Esta comunidad de Ilopango daba gracias a Dios y le prometía a su párroco ir con él espiritualmente, a trabajar también allá en Chalatenango, y sentían que era la comunidad misionera, como en aquellos tiempos de San Pablo. Hasta se leyó ese hermoso pasaje, cuando San Pablo, despidiéndose de una comunidad porque tiene que ir a otra comunidad: todos lo aman, sienten el dolor de la separación pero la solidaridad de la Iglesia que va con él.

Aquellas parroquias que reaccionan tristemente ante el cambio de párroco se ve que no han comprendido la Iglesia y están trabajando por un hombre. Si no es el Padre tal, ya no quieren trabajar. Esto no es Iglesia, Iglesia es lo que yo ví en Ilopango el viernes por la noche, la adhesión al obispo, la adhesión a su misionero que va, el sentir que va con él toda la comunidad y que la comunidad no se queda sola; porque el párroco ha sabido trabajar un laicado que ha madurado y que siente: "Aunque usted no esté con nosotros, seguiremos trabajando esta Iglesia". Bendito sea Dios que no todo es desconsuelo en la vida pastoral, sino que hay inmensos consuelos. Y desde ahora invito, pues, para que el sábado 24, a las 10 de la mañana, estemos en Chalatenango, dando posesión al señor vicario episcopal de aquella región.

Y, hermanos, estamos ya también ante la fiesta de la patria, el 15 de septiembre, y ante la visita del rey de España, que en circunstancias muy difíciles de la colonia Española, muy distintas entonces, y sin embargo sustancialmente las mismas. En Orientación podrán ver una carta que en misma España le dirigen al rey, para que reflexione sobre su viaje a El Salvador, donde encontrará atropellos a sus mismos españoles -los jesuitas que fueron echados de aquí eran españoles- y el rey viene, pues, a dar la mano al gobierno que les echó a sus jesuitas. Creemos que habrá mucho de positivo en la visita del rey, como también la habrá habido en la visita de nuestro Presidente a Washington, contacto con otros presidentes de Latinoamérica. Pero uno se pregunta ante estas personalidades de altura: ¿Se comprenderá de veras que llevan la representación de todo un pueblo, que es dolor, que es angustia? ¿Se dirán claras las cosas, cómo se viven de veras aquí?.

Y ante la fiesta de la patria, yo quiero enfocar precisamente las lecturas de hoy, ante todos estos acontecimientos que les he mencionado, seis meses de caminar por el calvario la Iglesia de la Arquidiócesis, recogiendo muertos, consolando hogares, gritando "no" a la violencia como que voz se pierde en el desierto. Es que no hemos comprendido, hermanos, que la "Iglesia" podemos titular así esta homilía de hoy: "La Iglesia de la Verdadera Independencia, la Iglesia de la Auténtica Libertad"- es la que nos proclama en sus tres mensajes las bellas lecturas de hoy. 

 

La primera, es el hecho de un pueblo con un inmenso pecado social. Existe el pecado social. Cuando los obispos en Latinoamérica denuncian el pecado de la injusticia social, como pecado institucional de América Latina, están haciendo eco esta página del Éxodo. El mismo Dios le dice a Moisés: "Tu pueblo ha pecado. Hay un pecado en el pueblo. El pueblo se ha desviado del camino que yo le tracé. Voy a destruir este pueblo". Y es la intervención de Moisés, verdadero libertador ante Dios: "No, Señor, ten compasión de este pueblo. Tú lo sacaste de Egipto. Por tu nombre, perdónalo". Y hermosamente termina el relato: "El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo". Es que la Biblia se expresa en esa forma antropomórfica, haciendo a Dios como un hombre que se arrepiente. Dios no se arrepiente, pero para decir la expresión del perdón divino, se expresa en una forma de alguien que ha amenazado y que retira esa amenaza: Dios ha perdonado.

 

Y la segunda lectura es el ejemplo de un pecador que confiesa. No se avergüenza de su pecado, que queda como una cicatriz gloriosa cuando se ha convertido. Este ejemplo de Pablo puede ser el ejemplo de todos nosotros pecadores, hermanos. Yo el primero -podría decir yo-, imitando a San Pablo, que les estoy predicando, no como un ejemplo de santidad, sino como el modelo de un pecador que Dios ha perdonado y que se ha confiado este ministerio, de decir esta palabra de salvación. Precisamente cuanto más pecador soy, como San Pablo, siento que soy el testimonio más elocuente de un Dios bueno, para el cual no cuenta el pasado. Únicamente cuenta el amor presente con que se le quiere servir.

Y así quisiera yo invitar a todos los salvadoreños, cualquiera que sea el pecado, cualquiera que sea su situación actual. A esta hora en que celebramos el cumpleaños de la patria, cuántos pobres hijos de esta patria, anegados en el vicio, arrastrándose por el suelo, desconociendo su dignidad humana y salvadoreña, cuántos matrimonios en conflicto, cuántos esposos adúlteros, cuántos hijos degenerados, cuánta juventud perdiéndose en el vicio, -en vez de alimentarse para el futuro en grandes ideales-, cuántas familias destrozadas, cuántas angustias de desaparecidos, cuánto dolor en aquellos cadáveres ambulantes de las mazmorras de nuestras cárceles, torturados, flagelados horriblemente, injustamente, desaparecidos, muertos vivos de nuestra propia patria. Esta es la imagen de un pueblo al cual se podría acercar Dios el 15 de septiembre y decirle a Moisés nuevamente: "Mi pobre pueblo salvadoreño, el pobre pueblo que se ha apartado de los caminos de la felicidad que yo le tracé". Y un retorno es lo que se impone, hermanos.

Por eso, el tema de mi homilía es ante estos antecedentes de la triste realidad de nuestro pueblo y de las grandes esperanzas de la palabra de Dios a este mismo pueblo. Enfoquemos esta bella parábola del hijo pródigo. La han llamado la margarita del evangelio. Es la joya preciosa de la misericordia de Dios. Más que predicar, yo quisiera ponerme en silencio con todos ustedes e invitarlos a una introspección. Que cada uno encuentre, yo también, la historia del hijo pródigo en mi propia vida, en tu propia vida; porque esta parábola de Cristo ha escrito la historia universal del hombre. Ningún hombre puede sentirse excluido de esta bella parábola. Analicémonos en cuál de las tres fases nos encontramos.

 

Hay tres fases en la parábola: Primero, el alejamiento del todo; Dios es todo, Dios es la felicidad. Aquel hijo que le pide al padre: "Dame la herencia porque me voy", es el hombre, es la mujer, es el joven que les parece pesada la ley de Dios. Y se quiere ir y se retira. Nadie respeta tanto la libertad del hombre como Dios. Sólo Dios, que me ha hecho libre y respeta mi libertad: "Si te quieres ir, si no te alegra mi ley, si no te sientes feliz en mi casa, si te parece aburrido el consejo que tu mamá te dió en nombre mío, si te parece molestia la honestidad de tu esposa que te echa en cara tus adulterios, si te parece vergüenza que tus hermanos denuncien tu vicio de hermano mayor; entonces vete, vete a gozar tu vida". Y va el pobre hijo pródigo, feliz porque lleva dinero. Se aleja de aquel que es todo, de aquel que llena las aspiraciones más profundas del hombre.

El hombre ha sido hecho para Dios- decía San Agustín- y su corazón está inquieto mientras no descansa en Dios. Cuando descansa en Dios. Dichoso el inocente que jamás ha traicionado la ley de Dios, qué pocos son, pero los hay gracias a Dios. Dios me ha hecho para él y toda mi razón de ser, el cultivo de mis cualidades, el desarrollo de mis facultades, toda mi vida será feliz desarrollándose, si tiene como centro la gloria de Dios. San Ignacio de Loyola les dio como lema a los jesuitas: "Ad mayorem Dei gloriam", (a mayor gloria de Dios). Y por eso el jesuita trabaja, avanza hasta las fronteras peligrosas de la Iglesia, trabaja aunque lo amenacen de muerte si no se va; y se queda y no se va. Porque está trabajando por la gloria de Dios y si allí lo sorprende la muerte, la muerte no le quitará la gloria de Dios, que la seguirá gozando para siempre, en la medida en que la cultivó aquí en la vida. Dichoso el hombre que sabe trabajar para la gloria de Dios, que siente que en ninguna parte del mundo va a ser más feliz que bajo la ley del Señor. "Vale más -decía el salmo- un día en tu casa, Señor, que mil años en las casas de los pecadores".

Pero hay muchos que piensan al revés y se va la primera fase. Hay muchos que están en esta primera fase: Los que ya se están cansando de la fidelidad al Señor, los que están comenzando a tener los primeros conflictos en su hogar, los que están comenzando a sentir nieblas en su fe. ¡Cuidado, hermanos! No se vayan. Si no han roto todavía las relaciones con Dios, con la Iglesia, quédense, estúdienla, aguanten un poquito. La pasión de ese momento pasa. La eternidad de Dios permanece. La Iglesia, dándose vida, estará siempre hasta la consumación de los siglos. No le haces daño con tus calumnias, con tus persecuciones. Tú te haces daño, como cuando Cristo le decía a Pablo: "Qué duro es dar coces contra el aguijón". La bestia insensata que patea una roca, no le hace daño a la roca, se está haciendo daño a ella misma. Ese es el pecador. Está coceando el perseguidor de la Iglesia. El que mata a sacerdotes, el que expulsa a sacerdotes, el que tortura a catequistas está dando coces contra el aguijón. La Iglesia no se mueve. La Iglesia permanecerá, aunque no salga en los diarios, aunque se la critique. Será la Iglesia roca, la Iglesia que permanece para siempre. Por eso, mejor ser fiel a esta Iglesia que recibir paga para ser espías de la Iglesia. Mejor ser humilde hijo de la Iglesia que estar bien políticamente, económicamente, pero pisoteando a la pobre Iglesia. A tiempo estamos, hermanos, los que han partido todavía de la casa paterna. En esta primera parte hay que reflexionar mucho.

 

Pero muchos, la mayoría, se han ido, y comienza la segunda fase del hijo pródigo, una parte que la podemos dividir en dos modos: El primero, mientras tenía dinero; el segundo, cuando tuvo hambre y vino la desgracia. Este es el mundo actual, un mundo de desigualdades sociales, donde las riquezas hacen que muchos sientan las euforia del hijo pródigo. No hacía falta el padre, no hacía falta la casa paterna. Aquí hay amigos, aquí hay banquetes, aquí hay fiestas, todas las puertas se abren al dinero. Por eso Cristo decía sus amonestaciones más severas contra las riquezas, no porque las riquezas sean malas, sino porque el hombre, a imitación del hijo pródigo, pone todo su placer, todo su poder, toda su alegría en el dinero, y está como Dios le dijo a Moisés- fíjense qué bien ha definido el Señor en la primera lectura de hoy la posición de una riqueza que se convierte en idolatría: "Veo este pueblo de dura cerviz. Se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un toro de metal", un becerro de oro.

¿Qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro, y lo están adorando, se postran ante él; le ofrecen sacrificios. Qué sacrificios enormes se hacen ante está idolatría del dinero; no sólo sacrificios sino iniquidades. Se paga para matar, se paga el pecado y se vende, todo se comercializa, todo es lícito ante el dinero. Y proclaman: "Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto. No le debes nada a esa religión falsa. Esa nos turba nuestra tranquilidad. Esa es comunista, ésa se ha desviado de su misión; que debía de predicarnos una espiritualidad que nos tranquilice, que nos adormezca en la felicidad dorada". He aquí la idolatría del dinero denunciada por la misma palabra de Dios, que se irrita porque Dios es celoso: "No quiero otros Dioses fuera de mí".

Y porque la Iglesia quiere permanecer fiel a su único Dios, y habla como Moisés contra los falsos dioses que los hombres están idolatrando, la Iglesia tiene que sufrir. Su misión profética es dolorosa, pero es necesaria. Reza como Moisés a Dios: "Señor, compadécete de este pueblo. Hazlo sentir la vanidad de sus cosas. No lo condenes, Señor". Queridos hermanos, jamás hemos predicado con resentimiento ni con odio. Estamos predicando con lástima, con amor, con dolor; porque la idolatría del dinero está haciendo perderse a muchos hermanos nuestros; porque el corazón del hombre se está metalizando. El mismo Señor Presidente ha dicho: "Es necesario humanizar el capital". Es necesario humanizarlo, porque un capital tenido con este sentido del Éxodo que se ha leído hoy, convertido en un becerro de oro, esclaviza al hombre.

El hijo pródigo, cuando tenía dinero, era engañosa su felicidad. Lo demostró la segunda manera de vivir lejos del padre. Cuando se acabó todo su dinero, comenzó a sentir hambre, tanta hambre que tuvo que buscar trabajo y no lo encontró más que como guardián de cerdos, y tanta era su hambre que envidiaba la comida de los cerdos y quería llenar su estómago con las bellotas que le daban a los cerdos, y hasta ésas se las quitaba el patrón. No se podría describir con pinceladas más amargas la situación del pecador, cuidandero de cerdos, alimentándose con alimento de cerdos.

 

Hermanos, el evangelio es duro. Y ojalá no hubiéramos tenido la triste, amarga, agria experiencia de haber saboreado que las bellotas de los cerdos no llenan la felicidad del hombre. Jóvenes que me escuchan, no está allí la felicidad: en la droga, en el aguardiente, en la prostitución, en el robo, en el crimen, en la violencia. No, son bellotas de cerdos; jamás te vas a sentir satisfecho. Fíjense cómo hay una pobreza pecadora; la pobreza del hijo pródigo era fruto de su propia mala cabeza.

Y cuando la Iglesia se llama la Iglesia de los pobres, no es porque esté consintiendo en esa pobreza pecadora. La Iglesia se acerca al pecador pobre para decirle: "Conviértete, promuévete, no te adormezcas. Tienes que comprender tu propia dignidad". Y esta misión de promoción que la Iglesia está llevando a cabo también estorba; porque a muchos les conviene tener masas adormecidas, hombres que no despierten, gente conformista, satisfecha con las bellotas de los cerdos. La Iglesia no está de acuerdo con esa pobreza pecadora. Sí, quiere la pobreza, pero la pobreza digna, la pobreza que es fruto de una injusticia y que lucha por superarse, la pobreza digna del hogar de Nazareth. José y María eran pobres, pero qué pobreza más santa, qué pobreza más digna. Gracias a Dios tenemos pobres también de esta categoría entre nosotros, y desde esa categoría de pobres dignos, pobres santos, proclama Cristo: "Bienaventurados los que tienen hambre, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los que tienen sed de justicia". Desde allí clama la Iglesia también, siguiendo el ejemplo de Cristo, que es esa pobreza la que va a salvar al mundo; porque ricos y pobres tienen que hacerse pobres desde la pobreza evangélica, no desde la pobreza que es fruto del desorden y del vicio, sino desde la pobreza que es desprendimiento, que es esperarlo todo de Dios, que es voltearle la espalda al becerro de oro para adorar al único Dios, que es compartir la felicidad de tener con todos los que no tienen, que es la alegría de amar. Aquel pobre pecador, en la profundidad de su miseria, siente el reclamo del amor.

 

Hermanos, hemos dicho muchas veces que la Iglesia grita a la conversión, que cuando proclama contra el pecado, contra el atropello, contra tantas formas de pecado en nuestro ambiente, no lo hace con triunfalismo, como sintiéndose ella superior; sino que lo hace ella también pecadora, pero sintiendo el llamamiento del amor, la conversión, la casa del padre que me espera. Oyeron el grito de angustia del hijo, pero al mismo tiempo lleno de confianza: "Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino a donde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo". Esta es la hora de la conversión. Cómo quisiera yo, hermanos, que en vez de mis palabras fuera la voz de tu propia conciencia. Que allá en el antro de tu pecado -sea como adorador del becerro de oro; o sea como pobre víctima de tu propia mala cabeza, lamentando tu situación de pecador- sientas que Dios te llama, te espera el amor, el amor que triunfe; porque allá en el otro extremo, en la casita solariega, todos los días, el pobre anciano salía a otear los caminos a ver si volvía el hijo desgraciado. Y un día ve moverse por los caminos lejanos una figura escuálida, harapienta macilenta y su corazón le golpea. "¡Es mi hijo.!" y corre al encuentro.

Dichoso aquel momento. Nos lo describe el evangelio con palabras inigualables: "Cuándo todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo". Esta es la venganza de Dios. Y cuando el hijo quiso excusarse: "Padre he pecado", no lo dejó hablar. Llama a sus sirvientes que lo vengan a vestir de nuevo. Es su hijo que había muerto y ha resucitado. Y hay alegría, porque dice Cristo en las parábolas de este capítulo: "Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan penitencia". Y la Iglesia está para los pecadores. Cristo ha venido por los pecadores, por mí el primero, decía San Pablo. Y ahora tenemos al hijo pródigo en la tercera fase, en la que yo quisiera para todos ustedes y para mí, queridos hermanos: el retorno, donde el amor espera con los brazos abiertos. No me rechazará, por más grandes que sean mis pecados. Y lo repito, hermanos, porque yo he recibido en estos días confidencias muy profundas de pecadores que me dicen: "¿Y a mí me perdonará el Señor, si son tan grandes mis pecados?" -Y yo les he dicho, hermanos, lo que aquí les digo en público-: "Claro que te perdona. Si grandes son tus culpas, mayor es su bondad", como cantan los misioneros. Ningún pecado puede anegar el incendio del amor de Dios. Al contrario, ese amor de Dios, como un incendio, apagará toda la maleza de los pecados que existen en el mundo.

 

Yo quisiera, queridos hermanos, como frutos de esta reflexión en vísperas del día de la patria, recordarles lo que la Iglesia enseña: que las estructuras sociales, el pecado institucional en que vivimos, hay que cambiarlo. Todo esto tiene que cambiar, esto no puede seguir así. Todos los atropellos que mencioné al principio. Cambian de nombre las víctimas; pero la causa es la misma. Vivimos una situación de desigualdad, de injusticia, de pecado; y no es el remedio reprimir con la fuerzas de las armas, pagar para matar la voz que habla. Eso no remedia nada; empeora, hace florecer más el grito profético de la Iglesia. Lo que funciona es ponerse a cambiar desde la posición de cada uno, del gobierno, del capital, del obrero, del mozo de trabajo, del propietario de fincas: más justicia, más amor.

Pero, como no bastará el cambio de estructuras, dice Medellín: "Mientras no tengamos hombres nuevos, no tendremos un continente nuevo". Mientras no tengamos salvadoreños nuevos, no tendremos una patria mejor, libre, verdaderamente independiente; porque la verdadera esclavitud está allí en el corazón del salvadoreño. Atado al pecado, no puede ser un agente de liberación. Tiene que romper la cadena del pecado. Tiene que imitar al hijo pródigo, sentir que no se puede llenar con bellotas de cerdo la situación injusta del país. No es poniendo parches, remendando, fustigando, torturando, reprimiendo; allí son bellotas de cerdo. Es necesario volver sinceramente a Dios: El pueblo, -como Moisés conduce a Israel-, arrepentido, a pedirle perdón a Dios; y el individuo, cada hombre, responsable de su propio destino; y todos juntos somos responsables de la realidad de la Patria. Que cada salvadoreño entre en la intimidad de su corazón y diga de verdad: "¿Soy yo un agente de liberación para mi patria? ¿Me he liberado de mis propios pecados en primer lugar? Mientras yo sea un esclavo de Satanás en el pecado, es demás que me agrupe, que me asocie, que grite liberación; no soy un agente de liberación".

Por eso, la Iglesia aporta a esta hora de necesaria liberación del pueblo la mística de su liberación del pecado, desde la profundidad del corazón del hijo pródigo- ¡y cuántos hijos pródigos habemos en El Salvador!- volver sinceramente. Y no importa que hayamos sido lo que hayamos sido; el hijo pródigo en el abrazo del padre, desaparece como el pecador y comienza a ser el hijo bueno otra vez. Y Pablo, perseguidor, violento y blasfemo como él mismo ha recordado, ya no es más que el apóstol; porque ha amado a Cristo, se ha dejado inundar por el amor. Creamos en el amor, hermanos, en el amor que me espera, en el amor que quiere esta patria más feliz, en el amor que quiere a cada salvadoreño más digno, en el amor que espera al hijo pródigo que todavía se está alimentando de bellotas, y que le quiere dar el verdadero pan de su dignidad humana, el verdadero despertar de una conciencia digna. Auguro para todos pues, que el próximo 15 de septiembre sea verdaderamente un día del encuentro del hijo pródigo y de la patria pecadora con Dios, que es amor y que perdona, y que nos quiere felices.   


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