Homilía XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (4 de septiembre de 1977)

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C, 4 de septiembre de 1977

Homilía XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
4 de septiembre de 1977

Sabiduría 9, 13-19
Filemón 9b-10, 12-17
Lucas 14, 25-33

 

Junto al altar ven ahora a un grupo de niños y jóvenes. Es el grupo de cruzados montañeros, que cumplen hoy diez años de su fundación por Monseñor Alférez, en la Iglesia de Candelaria, de donde se ha esparcido por otras parroquias, donde grupos de niños y jóvenes fomentan, en una sana recreación, su educación cristiana. Yo quiero felicitarlos y desearles que sigan en las parroquias progresando ahora cuando es tan necesaria toda forma pedagógica de llevar al corazón de la juventud y de la niñez los principios de austeridad del evangelio. Precisamente hoy nos proclama.

También en esta semana, hemos tenido que lamentar nuevas publicaciones difamatorias contra la Iglesia, hasta caricaturizando al obispo como que fomenta a los que siembran la guerrilla. Es calumnia vil y con todo el corazón los perdono y pido al Señor que se conviertan de verdad. Sin duda que me están escuchando, porque son nuestros perseguidores los que con más interés siguen nuestra palabra. Escúchenla, por favor, pero con la buena voluntad con que un hombre honesto quiere encontrar la verdad y no el pretexto para seguir sembrando el mal y la confusión. Ha habido muchas confusiones en estos días. Pero la Iglesia siente la serenidad de amar la verdad y proclamarla; y el pueblo encuentra en ella cada vez más, aquella columna de verdad que Cristo quiso de ella.

Y precisamente, por este afán de poner en todas las posiciones de la diócesis los sacerdotes que, en comunión con el obispo, trabajen la verdadera misión actual de la Iglesia, hemos provisto nuevas parroquias: en la colonia Costa Rica, el padre Arturo García Velis. El párroco de esa colonia pasó a Quezaltepeque, y seguiremos estudiando cómo cubrir los campos que nos ha dejado la persecución con vacío de unos veinticinco sacerdotes. Le suplico a ustedes encarecidamente rogar mucho al Señor de la mies, para que envíe obreros a su mies.

Los laicos, por su parte, van comprendiendo su papel; y llena de satisfacción el corazón mirar cómo el laicado en todos los estratos profesionales, universitarios, estudiantes, campesinos, obreros se están promoviendo, sintiendo una Iglesia cada vez más auténtica, que reclama de sus bautizados la cooperación que en esta hora difícil tiene que dar. Grupos de comunidades eclesiales de base surgen por todas partes y son verdaderas colmenas del quehacer de Cristo. Me da mucho gusto recibir las impresiones de toda esta gente, que a lo largo de la Arquidiócesis va surgiendo. Nuevas comunidades religiosas también irán a ocupar campos de apostolado directo en los pueblos, principalmente donde no hay sacerdotes.

Creo, hermanos, que vivimos, como lo dije en mi primera carta pastoral, una hora pascual de la Iglesia, hora pascual que arranca de la cruz de Cristo, que es sufrimiento, pero que también es fecundidad. Y a esto nos invita la preciosa palabra de Dios que se ha proclamado hoy. Yo quisiera reducirla a estas dos ideas, siempre tratando de definir la posición, la naturaleza, de esta Iglesia, a la que tenemos la dicha de pertenecer, rogando a todos los que a ella pertenecen, queridos católicos, que tomemos conciencia de que esta Iglesia que poseemos, que hemos llegado a conocer por la gracia de Dios, no por nuestros méritos, y a la que tenemos el inmenso honor de servir, no es invento de sabiduría humana, sino que es la realización de los ideales de Dios en la tierra. Y para comprenderlos, nunca los comprenderemos en esta tierra, pero tratamos de por lo menos no oponernos como un pecado contra el Espíritu Santo, sino que tratamos de adentrarnos más y más, en ese misterio, cada domingo en que la palabra de Dios, nos diseña con más claridad qué quiere él de la Iglesia en el mundo, en medio de una humanidad a la que él ama, y a la que envía a su Iglesia a salvarla, a iluminarla. Y las dos ideas son éstas: primero, la Iglesia del espíritu Santo, y segundo, la Iglesia de la Cruz y del desprendimiento. Esto es lo que se me ocurre destacar en esta lectura que acaban de escuchar. Y como un botón de muestra, la segunda lectura, una breve carta de San Pablo a Filemón, que nos presenta la figura del auténtico cristiano, del auténtico promotor de la liberación humana y de la justicia social en la Iglesia.

 

En primer lugar, la primera lectura nos invita a elevarnos tras la sabiduría de Dios, porque: "Los pensamientos de los mortales son mezquinos, y nuestros razonamientos son falibles. ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿Quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá su designio si Tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? "Y esto es la Iglesia, un foco de la humanidad donde Dios derrama su Espíritu divino, para que desde ese foco, ilumine todo su contorno que es la humanidad entera.

Cuando el Concilio Vaticano II analiza la complicada y profunda naturaleza de cada hombre, al referirse a la inteligencia, dice: "El hombre piensa muy bien cuando cree que su inteligencia lo hace superior a todos los seres creados. A lo largo de los siglos esa inteligencia del hombre ha hecho maravillosos progresos, en las ciencias positivas, en las artes liberales; y modernamente, la técnica de lo material está tan dominada por el hombre" que se corre hoy el peligro de que el hombre se quede únicamente en los fenómenos que él ha logrado dominar con su matemática, con su ciencia, con su técnica. Qué precisión, por ejemplo, la de una organización para hacer un viaje a la luna. ¡Qué técnica más preciosa! Y sin embargo, dice el Concilio, hoy más que nunca el hombre tiene que tener esa idea de que, más allá de los fenómenos concretos de sus ciencias técnicas, existe una verdad que él sabe en su conciencia que la puede adquirir con certeza; y que, aún más allá de sus capacidades intelectuales, existe un don del Espíritu Santo que lo hace capaz de compartir con el creador los diseños divinos que el tiene con su creación.

Yo les invito, queridos hermanos, a que pongamos en juego esta capacidad de cada hombre y cuanto más científico se sienta, más lo invito yo, y le reto a que encuentre una oposición verdadera entre su ciencia y su orgullo, y la fe humilde de nuestro Dios, que nos ha revelado el designio de la salvación eterna. No es auténtica la ciencia mientras no congenie con esta fe humilde. Y el verdadero sabio es el que en aras de su ciencia alcanza esa sabiduría. El humilde la alcanza con su oración y su sencillez. El sabio y el rústico, si son hombres de fe, tendrán que encontrarse en aquél Dios y tendrán que ser humildes para acatar esos designios de la sabiduría divina que nos quiere salvar, no por la ciencia humana, sino por la sabiduría de la humildad, de la cruz, de la austeridad, del sacrificio.

También, cuando Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, decía retando a esta civilización moderna: "Hoy, cuando los hombres aprecian las cosas únicamente por lo que valen, les invitamos a que estimen nuestro Concilio, porque vale, porque se ha puesto al servicio de la humanidad y, descubriendo desde su revelación divina el misterio del hombre, le ha dado al hombre moderno la clave para saber qué es el hombre, cómo se le debe servir, cuál es su naturaleza, cuál es su destino, cuál es su origen. En Dios, únicamente en Dios, podemos descubrir el misterio, el enigma del hombre". Y citando una palabra de Santa Catalina de Siena en una oración: "En tu naturaleza divina, conozco mi propia naturaleza", decía el Papa: "Esto es lo que ha hecho el Concilio en un tiempo casi de ateísmo universal. En un tiempo de hombres más inclinados a conquistar el reino de la tierra que el reino de los cielos, el Concilio ha tenido la audacia de predicar una religión que predica que Dios existe, que es inteligente, que es creador, que sólo en él podemos comprender la naturaleza, el misterio del hombre. Aún cuando el hombre termina su investigación con toda su ciencia, él mismo sigue siendo un misterio". ¿Para qué me hizo Dios? ¿Cuál es la razón de ser de mis luchas en la tierra? ¿Por qué trabajar tanto, si a veces los malos viven mejor que los buenos? ¿Cuál es el esfuerzo de ser honrados? Y como el Salmo, el Concilio responde que los que sirven a Dios son verdaderamente felices y en la luz de Dios, en la sabiduría infinita del Señor, sí se comprende que vale la pena luchar, tener esperanza, aun cuando todo el mundo parece que la ha perdido.

Y por eso, es la gloria de la Iglesia de San Salvador en esta hora haber mantenido la esperanza, cuando muchos la están perdiendo, decirles que hay esperanza de un país mejor, cuando parece que todo conjura contra la patria, contra su verdadero bienestar, cuando hay tanta hipocresía, tantas tonteras que llevan a afearla cada vez más.

He aquí que la Iglesia ha mantenido su serenidad a pesar de las calumnias. Ha mantenido su doctrina de fe y de esperanza, jamás la violencia, jamás la venganza. A pesar de que han sido bastantes las ofensas que le han hecho, siempre el perdón, siempre llamando a conversión, porque sabe que se apoya no en el vaivén de las cosas políticas, terrenales, sociales, sino que va descubriendo cada vez más y se va afianzando cada vez más en esa sabiduría de Dios. Y el Papa en ese mismo discurso decía: "Y en esta hora del ateísmo, en que parece anacrónico, ridículo, hablar de un Dios y llamar a las almas a rezarle, es cuando el Concilio ha dicho que la actividad del hombre se ennoblece más y llega a la cúspide de su dignidad, cuando clava sus ojos y su corazón en ese Dios, en un acto espiritual que se llama la contemplación.

Los contemplativos, los que dejan todos los quehaceres materiales para dedicarse al gran trabajo de contemplar la belleza de Dios y de allá traernos las bellezas que encantan a la humanidad son un trabajo actual en la Iglesia. ¿Quién dijera que hoy en la era del activismo, hay monasterios de hombres y de mujeres contemplativos, y que las comunidades religiosas tienen horas profundas en que dejan sus quehaceres para dedicarse a la contemplación y que los sacerdotes, si queremos ser fieles a nuestra misión, sabemos que no todo consiste en predicar y en trabajar, sino que nuestras mejoras son cuando estamos de rodillas ante el Señor, en oración contemplativa. Es desde allí donde deriva lo que después decimos, como experiencia de felicidad, de satisfacción profunda, y es a lo que llama hoy la Iglesia, hermanos.

El Cardenal Pironio, gran promotor de la auténtica liberación de América Latin, llega a decir que si esta ansia de liberación de los pueblos oprimidos, marginados en pobrezas, en hambres, en analfabetismos, claman por una liberación a la que tienen derecho, es el Espíritu Santo el que está clamando desde esas muchedumbres hambrientas, y que la Iglesia no puede ser sorda a esa voz del espíritu que clama en esa gente. ¿Por qué se va a llamar entonces a la Iglesia subversiva y todos los otros calificativos ya conocidos, cuando ella atraída por la voz del Espíritu que clama desde la miseria de nuestro mundo, llama a una justicia mejor, llama a un sentido fraternal a los hombres? Es la voz del Espíritu que la llama y para saber auscultar esa voz del Espíritu y saberle dar la verdadera respuesta, la Iglesia tiene que ponerse en oración ante el espíritu, el Espíritu Santo. Y gracias a Dios, también hay mucha oración en nuestra Iglesia. El equilibrio de esa voz del Espíritu que clama desde la miseria humana de nuestros pueblos y la voz del espíritu que clama desde la contemplación y la oración es la que hace a la Iglesia la auténtica liberadora de América Latina, liberadora sin demagogia, sin odios, sin luchas de clases, liberadora a base de la fuerza de la sabiduría de Dios, liberadora desde el Espíritu Santo.

Hermanos, esta es la Iglesia del Espíritu Santo, es nuestra Iglesia. No la comprenderemos, como nos ha dicho la primera lectura de hoy, si queremos concebirla con criterios humanos, por eso jamás la comprenderá el lenguaje político, porque la política todo lo teje entre intrigas humanas, y la Iglesia está muy ajena a esas intrigas. Y si predican desde la luz del Espíritu la verdad, no es porque sea subversiva, sino porque aquellos que provocan la subversión con su intriga, con su alma voluntad, con su orgullo, son los que están tentando al Espíritu de Dios.

Pero la Iglesia quiere proceder sinceramente, por la luz del Espíritu. Yo les invito a todos los que están en esta reflexión de la palabra de hoy, de la sabiduría divina, del Espíritu Santo, que todos, si queremos hacer honor a esta Iglesia, seamos gente de oración. Eso es lo que más hemos inculcado, hermanos, la oración. Les decía una vez que hay quienes ya dieron de mano a la oración, como algo anticuado, la oración sigue siendo válida, les decía, que pudiéramos hacer este ensayo, se lo repito ahora, de creerte tú lo más grande que te imaginas; todo es poco para aquello que es una imagen de Dios, qué eres tú, eres imagen de Dios, tienes mucho de infinito, mucho de inconmensurable, eres grande, no hay duda. La oración no te va a empequeñecer, la oración solo te pide una cosa, que cuando más analices tus cualidades, y en verdad las reconozcas, porque el humilde no es el que esconde sus cualidades, el humilde es aquel que como María la humilde dice: "Ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso". Cada uno de nosotros tiene su grandeza, no sería Dios mi autor si yo fuera una cosa inservible. Yo valgo mucho, tú vales mucho, todos valemos mucho, porque somos criaturas de Dios, y Dios ha hecho derroche de maravillas en cada hombre.

Por eso la Iglesia aprecia al hombre y lucha por sus derechos, por su libertad, por su dignidad. Esto es auténtica lucha de Iglesia, y mientras se atropellen los derechos humanos, mientras haya capturas arbitrarias, mientras haya torturas; la Iglesia se siente perseguida, se siente molesta. Porque la Iglesia aprecia al hombre y no puede tolerar que una imagen de Dios sea pisoteada por otro que se embrutece pisoteando a otro hombre. La Iglesia quiere precisamente hermosear esa imagen, y por eso les digo: Cuánto más imagines tu capacidad intelectual, volitiva, de organización, de hermosura, etc., llega un momento en que tú dices: "Pero todo esto tiene término". En ese momento en que tú comprendes tu limitación, sabes que queda algo más de ti, ya estás orando, estás reconociendo que tú no eres Dios, que por más grande que seas, hay un límite en el que Dios comienza a ser tu necesitado. Tú lo necesitas, y entonces comienzas: "Señor, por lo que me falta, por mi pequeñez". Entonces comienzo a ver, desde el límite de mi grandeza, la infinita grandeza de Dios, y comienza mi contemplación, mi oración, mi súplica, mi petición de perdón porque le he ofendido, sobre todo la petición de gracias que necesito: "Sin ti no soy nada".

Hacer eso, hermanos, muchas veces, vivir de esto, es responder a la palabra de hoy, cuando nos dice, al terminar la lectura de hoy: "Sólo serán rectos los caminos de los hombres, cuando aprendan lo que te agrada; se salvarán con la sabiduría los que te agradan, Señor, desde el principio". Qué fácil es ser agradable a Dios. Es reconocer su sabiduría infinita e inspirar en ella mi propia sabiduría, desarrollar todas mis capacidades, pero siempre sintiéndome necesitado de Dios. Este es el servicio que la Iglesia presta a la humanidad actual, y porque la Iglesia quiere limpiar de todo embrutecimiento esta sabiduría de Dios, que se quiere hacer sabiduría de los hombres, y porque la Iglesia llama a conversión y señala el pecado contra la sabiduría divina a los pecadores, a los que ponen en falsos ídolos su esperanza, por eso es perseguida, pero bien perseguida, porque es por la sabiduría de Dios, y porque se afianza más en su corazón que no vale la pena complacer a los hombres, sobre todo cuando son orgullosos, cuando son idólatras cuando corremos el peligro de perder la sencillez de la sabiduría divina.

Una de las bellas páginas de Juan XXIII, cuando era representante de la Santa Sede allá en el Medio Oriente, escribió esta oración: "Señor, concédeme que conserve siempre la sencillez que aprendí en mi hogar, que no la vaya a perder, porque muchas veces se pierde en estos ambientes diplomáticos, políticos, consérvame, Señor, la sencillez de tu sabiduría". Esto debíamos de pedir al Señor, "consérvanos, Señor, la sencillez de tu sabiduría", que no la vayamos a perder, hermanos, por hacernos intrigantes, por querer ganar socialmente, políticamente por querer subir en la tierra. "Ay de aquellos, -dice Cristo-, que quieren salvar su vida. La perderán. En cambio, aquel que la expone por mí, la salvará". Y de éstos hay muchos en nuestra Arquidiócesis, hombres que están exponiendo su vida aunque la pierdan, como la han perdido y la siguen perdiendo nuestros queridos sacerdotes, catequistas, gente que, por mantenerse fiel a su misión de la sabiduría de Dios, se hacen desagradables, perseguidos de la sabiduría humana y perecen en formas crueles, como lo hemos visto en los últimos días.

Queridos hermanos, esta es la Iglesia del Espíritu Santo, la Iglesia que con el Espíritu, dice el Concilio, clama, "Ven" a Jesús, su divino esposo, que la está esperando, que la está viendo luchar y que está para darle el abrazo definitivo de la eternidad feliz, allá donde la sabiduría redundará en toda la explotación de su éxito. Esto es lo que valía la pena vivir. Ya vislumbrábamos en la tierra, y por eso caminamos a la luz de esta sabiduría, y no nos importaban las intrigas y las persecuciones. Que seamos los cristianos que iluminan su quehacer en esta sabiduría de Dios, en el Espíritu Santo, que seamos una Iglesia muy devota del Espíritu Santo, que le pidamos mucho, hermanos.

Yo quiero aprovechar este momento para agradecer las muchísimas cartas en que me dicen: "Le pedimos al Espíritu Santo para que le dé sabiduría, para que le dé luz, para que le dé fortaleza", y hago aquí una alusión especial a las bellísimas cartas de los niños de la Escuela San Luis, que hemos sometido a un concurso, donde verdaderamente Dios habla por los niños. Qué bellas expresiones las que allí, la infancia ofrece, como el mejor estímulo a un pastor. Un estímulo que muchas veces no lo recibe de los grandes lo ha recibido de los niños y de la gente humilde y sencilla. Muchas gracias, queridos niños de la Escuela San Luis, y queridos hermanos que me encomiendan en sus oraciones. Encomendémonos mutuamente, para que entre todos, obispos, sacerdotes, religiosas y fieles, formemos una auténtica Iglesia del Espíritu Santo, un círculo luminoso en la República, que sea luz del cielo, para iluminar los caminos de nuestra patria, para embellecer el rostro de esta patria que amamos sinceramente y por eso la queremos más feliz, más iluminada con la luz de Dios.

 

Y la lectura del evangelio, donde Cristo nos invita a seguirle, parece una página de locura: "Quién no -el original dice- odia", - una traducción más benigna propone "pospone", pero en su lenguaje original Cristo, entendido naturalmente en el sentido oriental-. "Quién no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quién no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío". Y pone las dos comparaciones, el del que quiere construir una torre o llevar una guerra no se lanza sin una premeditación si podrá terminarla, si podrá llevar a la victoria. Es como para invitarnos. Y fíjense cómo comienza el evangelio: "Mucha gente acompañaba a Jesús". San Lucas va defiriendo en todo este trozo de evangelio el viaje de Jesús a Jerusalén y ya sabemos como terminó, y mucha gente lo seguía. Pero, él para no llamar a engaño a nadie, habla claramente: "Me pueden seguir, pero pregúntese cada uno" cuál es la condición para seguir a Jesús.

Así como el que va a construir una casa pregunta; "¿Tengo suficiente dinero para terminarla?" O como un rey que va a llevar una guerra; "¿Tendré suficiente ejército para llevar a la victoria?" si no, se reirán de él. Así Jesucristo dice: "Ponte a meditar tu capacidad de desprendimiento, tu capacidad de cruz. No te estoy ofreciendo yo corona de rosas ni ventajas sociales o políticas. Estoy ofreciendo únicamente la cruz. El que se quiere venir conmigo tiene que estar tan desprendido que el mismo amor a su madre, a su esposa, a sí mismo, no debe ser un obstáculo para seguirme".

Me preguntarán ustedes: "¿Y no ha predicado usted tantas veces que el amor es la fuerza de la Iglesia? Y aquí Cristo predica el odio contra el padre y la madre y la esposa. Les digo que hay que entenderlo en el sentido en que Cristo habla, y bien lo ha traducido el Evangelio que se ha leído, "posponer". El amor de Cristo es tan absoluto, la luz de la sabiduría divina que Cristo ha traído al mundo es tan nítida, que para seguirlo a él, no hay que seguirlo a medias; y que si es lícito amar a la madre, a la esposa, a los hijos, a la patria y todo lo de la tierra se puede amar, tiene que ser en un sentido jerárquico, bajo la jerarquía del amor absoluto, bajo la disposición de entregarlo todo, cuando Cristo llama a dejarlo todo. Yo creo que, ante esta invitación, la muchedumbre que seguía a Jesús se reduce a un pequeño grupo. Cuando Cristo también le pregunta al pequeño grupo: "¿Y ustedes también se quieren ir?". Y cuando Pedro contesta la respuesta de los valientes: ¿A dónde iremos, Señor, si sólo tú tienes palabras de vida eterna?", la multitud se dispersa, buscando esta tierra, en las seguridades, en la protección.

Qué fáciles somos para buscar protección en la tierra, qué poca nos parece la confianza en la cruz. Y sin embargo, este es el desprendimiento que la fe nos pide. Es la Cruz de Cristo la clave de la verdadera liberación. Si hoy habla mucho de liberación, si hay muchos falsos liberadores, el liberador cristiano tiene que componer, como práctica y como clave, la cruz de Cristo. Así dice bellamente el Concilio: "Entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, la Iglesia va peregrinando en el mundo, señalando la Cruz hasta que el Señor vuelva". Entonces es cuando la Cruz florecerá en pascua, así como la Cruz de Cristo el Viernes Santo florece en la resurrección, para darnos una idea de lo que es la vida: Cruz y martirio, pero luego resurrección y vida eterna. Sólo los amigos de la Cruz, sólo los que la abracen sin temor a perder amores en esta tierra, sólo los que se entreguen al seguimiento del absoluto, con un sentido, sólo éstos serán los valientes con quienes cuenta Cristo.

Esta es la Iglesia que tratamos de forjar, queridos hermanos, y por eso les repito: me alegro de vivir en una Iglesia que no se apoya en las fuerzas de la tierra, sino que las fuerzas tienen que convertirse a ella para ser salvas. Porque la Iglesia no ama tampoco el conflicto, pero acepta el conflicto cuando las fuerzas de la tierra la desprecian y no tienen confianza en ella. Pero cuando la tierra se vuelve a la Cruz y se hace realidad aquello que dijo Cristo, "Cuando yo sea levantado en alto, todo lo atraeré hacía mí", la Iglesia acepta con amor a cualquiera que sea, aunque haya sido el más grande pecador, si abraza la Cruz; y la Cruz es la salvación. Pero la Cruz no tiene que apoyarse en cosas de la tierra, porque ella trae la sabiduría y la fuerza de Dios. Ella ofrece protección; no pide, no necesita, protección de la tierra ofrece protección a los que la quieren aceptar, para la eternidad, para lo absoluto; pero sabe ella que cuando se empaña el testimonio de esa Cruz desprendida, perseguida, amada por Dios, con apoyo de la tierra que hagan menos elocuente su credibilidad, ella tiene que estar dispuesta, dice el Concilio, a renunciar a todas las ventajas de la tierra, con tal de manifestarse desnuda, cruda como es la Cruz auténtica de nuestro Señor Jesucristo.

Hermanos, esta es la Cruz que ofrece el evangelio de hoy. Este es el seguimiento al cual invita nuestro divino Redentor y Salvador. Esta es la sabiduría que todos los cerebros deben de iluminar para ser verdaderamente felices y leales a su Dios. Quiera nuestro Señor, pues, que este lenguaje que, como dice el libro de la Sabiduría hoy, no lo podrán comprender los hombres de la tierra, lo comprendamos por la fe y por el Espíritu Santo. Nuestro Señor, en la eucaristía que vamos a celebrar hoy, va a renovar, para manifestarnos en este domingo de septiembre de 1977, que su amor y su Cruz y su sabiduría siguen siendo lo que él ofrece al mundo. Desde el Calvario de cada altar de la misa dominical, sigue diciéndonos: "Este es el pan que se convierte en mi cuerpo, el cáliz de mi sangre, lo que dá el perdón a los hombres. Y únicamente desde el perdón de la Cruz se puede esperar la liberación de América Latina y de los pueblos. ¿Quién quiere ser colaborador mío? ¿Quién quiere abrazarse a esta Cruz para llevarla al mundo y plantearla como signo de única salvación?". Ojalá, hermanos, que desde el fondo del corazón cada uno de los que hacemos esta reflexión le digamos al Señor que nos abrazamos enteramente a su Cruz y queremos vivir una Iglesia que sea verdaderamente signo, sacramento, de salvación para nuestra patria y para nuestro tiempo.   


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