Homilía XX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (14 de agosto de 1977)

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, XX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C, 14 de agosto de 1977

Homilía XX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
14 de agosto de 1977

Jeremías 38, 4-6.8-10
Hebreos 12, 1-4
Lucas 12, 49-53
 

 

…participarles las preocupaciones, alegrías y esperanzas de la diócesis y compartiendo también los problemas de todos ustedes, iluminará sobre toda esta realidad de nuestra historia, la palabra de Dios, el verdadero camino que hemos de seguir.

Mañana es el gran día de la Asunción en cuerpo y alma de María a los cielos. Esta marcha triunfante de María después de una vida entregada a Dios es todo un mensaje. Procuremos, si tenemos tiempo, asistir a la santa misa, o por lo menos en nuestros hogares reflexionar en esa madre nuestra, que al escalar los cielos, se constituye en reina del universo; sin embargo, siempre tiene sus ojos bien encarnados en esta tierra, le preocupa nuestra vida y por tanto, pues es un motivo de gran confianza y de esperanza: María coronada en el cielo, como premio de sus virtudes.

A las 11 de la mañana tendremos aquí una misa en la cual va ser ordenado de diácono un joven que ha terminado ya sus estudios teológicos, Jorge Benavides. Queremos, con este motivo de la fiesta de la Asunción, felicitar a los católicos de la parroquia de Mejicanos que la celebran por patrona y a la congregación de las religiosas de la Asunción, que también sienten su fiesta principal el 15 de agosto.

Quiero comunicarles también, para encomendar a sus oraciones, que martes, miércoles y jueves de esta próxima semana los sacerdotes y las religiosas dedicadas a los trabajos directos de la pastoral en los pueblos, nos vamos a reunir para estudiar un documento que yo quisiera que todos lo conocieran, escrito por el Papa Paulo VI. Se llama, según los documentos eclesiásticos, toman su nombre de las dos primeras palabras latinas, la lengua oficial de la Iglesia. Escribe estos documentos en latín, luego se traducen a todos los idiomas; pero el nombre de ese documento sigue llamándose según sus dos palabras primeras. Este se llama Evangelii Nuntiandi y trata de la evangelización del mundo actual. Es una recopilación que el Papa hizo de una gran consulta hecha en 1974 a todos los episcopados del mundo, preocupada la Iglesia de llevar su eterno mensaje al hombre de hoy, tan complicado, tan difícil. Y nosotros pues recogiendo esas pautas tan sabias del episcopado del mundo y sobre todo del maestro supremo de la Iglesia, el Papa, vamos a profundizar para que nuestra evangelización en la arquidiócesis corresponda a toda esa serie de iniciativas maravillosas. Esperamos pues, que todos lo sacerdotes y religiosas dedicadas a la pastoral directa vamos a unificar nuestros criterios, a exponer nuestras dificultades y para que no se sientan en la diócesis como dos Iglesias. Así da la impresión a veces de ciertas personas que critican las actitudes, los criterios del Arzobispo y de los sacerdotes que están con él, como si ellos formaran otra Iglesia, capaz de criticar a la Iglesia jerárquica. No es tiempo de estas desuniones. Es tiempo de dialogar, y aquí están estos tres días para que dialoguemos a fondo. En aquellas cosas en que no están de acuerdo, veamos si estamos equivocados. No se trata de imponer ningún capricho, sino de realizar nuestra gran tarea evangelizadora con unos criterios que, aunque no le gusten al mundo, le gustan a Dios y a las almas que quieren ser fieles al plan de Dios.

Quiero anunciarles también con alegría que en esta próxima semana, si Dios quiere, voy a tener ya editada la pastoral que les anuncié el 6 de agosto y que trata de la Iglesia como cuerpo de Cristo en la historia, es decir que la Iglesia de cada tiempo no hace más que hacer lo que haría Cristo en este tiempo; si Cristo fuera salvadoreño en 1977, ¿qué haría? Esa es la pregunta de la Iglesia, y eso hace la Iglesia.

También quiero transmitir la inquietud de varias comunidades cristianas, que están denunciando y demostrando su solidaridad con la catequista Filomena Portillo Puerta, joven de 21 años, que fue capturada el 30 de julio en Ciudad Delgado y apareció muerta allá por Tejutla en Chalatenango. ¿Qué pasa? ¿Están mejorando las cosas o siguen lo mismo? Porque también un catequista del Padre Salvador Colorado, en Ciudad Delgado, fue capturado y torturado, y amenazado de muerte junto con el Padre Colorado, el cual ha tenido, pues, una crisis nerviosa que está tratando de curar. Esta es persecución también.

Se piden noticias de encarcelados, de desaparecidos; y la Iglesia, que no puede menos que mostrarse solidaria con los derechos humanos, con los sufrimientos de los hogares que ven desaparecer su gente, no puede tener confianza mientras no se hable con hechos un ambiente mayor de confianza. También les anuncio la publicación, ya está en circulación, de los documentos de Medellín, que es un esfuerzo de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas para poner al alcance de nuestro pueblo esos documentos que ningún católico de hoy debe desconocer. Es una lástima que muchos están conociendo esos documentos a través de anteojos falsos; vidrios que distorsionan son esas publicaciones tendenciosas, dispuestas a que el mundo crea que la Iglesia es marxista, y muchos no conocen los documentos de Medellín, más que a través de esas columnas venenosas.

Por favor, yo creo que ya contamos con católicos maduros en su criterio y no porque están impresos en periódicos o porque se ven en televisión o en radio, se cree que son dogmas de fe. Vayan a las fuentes. Usen su sentido crítico de las cosas. Cuando lean en un periódico, aunque sea en páginas editoriales, tienen ustedes su criterio para decir: eso es mentira; eso ya se ve que tiene sus tendencias. Así es como se va mostrando la madurez de juicio del hombre que lee y va al cine. Ninguna película sería mala si el que va al cine tiene criterio propio y sabe condenar la inmoralidad, todo lo que es censurable. No necesita que le digan: permitido para tal edad. Su criterio es la edad principal. Y así, pues, se trata de que estos documentos de Medellín, hay que conocerlos en su propia fuente. Ya están a la mano esas fuentes. Yo supliqué que trajeran a la Catedral hoy. Supongo que al final de la misa estarán disponibles; y si no, pues, búsquenlos en las librerías católicas, en las oficinas del Arzobispado.

Y otros hechos de violencia, hermanos, que han sucedido en estos días, la Iglesia no puede aceptar la violencia de ninguna forma, tanto esos crímenes y esas capturas y esas torturas son hechos de violencias como también una bomba que estalla en San Salvador, como también el secuestro del Dr. Carlos Emilio Alvarez. Ninguna de esas de cosas pueden ser aprobadas por la Iglesia. La violencia es inhumana. No construye. Destruye, destruye sobre todo las esperanzas de mejorar. Yo suplico pues con toda la autoridad que la Iglesia me da, ante mi querido pueblo, que pensemos con Dios, el Dios de paz, el Dios que nos ama, el Dios que a los mismos pecadores perdona si ellos se arrepienten.

Una de las cartas más bonitas que llegan en esta semana es aquella que dice: "Lo que más me admira de la Iglesia de estos días es que, a pesar de haber sufrido tantos atropellos y hasta asesinatos, nunca se le ha oído una palabra de odio ni de venganza, sino siempre una palabra de amor y de conversión". ¡Qué bien captan las almas humildes las intenciones de la Iglesia! Y yo me alegro de que así se sienta, mientras que otros siguen tercos en acusar a la Iglesia de violenta y que es causa de los males. Los que escuchan sin perjuicios, sin intereses egoístas, escuchan el verdadero lenguaje de la Iglesia: No a la violencia; un llamamiento a la conversión de los pecadores, como dije aquí el día de las exequias del Padre Grande, "¿Quién sabe si los asesinos de esta víctima me están escuchando por radio? Sepan que no los odiamos, que pedimos a Dios que se arrepientan" y vengan con nosotros un día a recibir el pan que Dios da con un beso de amor, aun a los pecadores, aun a los asesinos. Qué alegría sentiría la Iglesia el día en que todos los que han escrito o pagado escritos o usado armas, a humillar pueblos, o torturando gente con un sentido tan brutal de la vida, se convirtieran, vieran que eso no puede ser y volvieran arrepentidos a pedirle perdón a Dios, que todavía los está esperando. Desde luego que Dios les da vida a los pecadores; es porque está esperando. Ojalá, queridos amigos que me están escuchando (tal vez humillados de lo que han hecho, porque la violencia nunca es un orgullo, y el que golpea a otro hombre siempre siente la vergüenza; él está más humillado que el mismo golpeado) sientan de veras que eso es vergonzoso, sobre todo en un país que se llama civilizado y que si de veras le queremos dar un rostro bello a nuestra patria, lavémosla en la conciencia íntima sobre todo de los que son culpables, causantes, patrocinadores, tolerantes, alcahuetes, de esta situación que no puede seguir.

 

Y aquí estamos ya en la palabra de Dios, queridos hermanos. Yo encuentro en el mensaje del profeta Jeremías y de la carta a los Hebreos, y sobre todo en las divinas palabras de Cristo en su evangelio, el secreto de la felicidad. Tal vez a algunos les ha sorprendido cómo Cristo se presenta hoy precisamente diciendo: "¿Piensan ustedes que he venido a traer al mundo la paz?" No, sino división". No vayan a decir que Cristo está predicando la violencia. Sí está predicando la violencia, pero la verdadera violencia que necesita la paz verdadera. "No piensen que he venido a traer una paz superficial". Este es el primer punto de este mensaje de hoy. ¿En qué consiste, pues, la paz? La paz consiste en la sintonía con el plan de Dios. Cuando una vida, una familia, un pueblo está en sintonía con la voluntad de Dios, allí hay paz verdadera. La paz verdadera -y en mi pastoral quiero recalcar este concepto- es cuando la historia de los hombres refleja fielmente la historia de la salvación. No hay dos historias. La historia de los hombres, de cada hombre y de todos los hombres que forman una patria, esa historia no está separada de la historia de la salvación, del designio de Dios. Es como un proyecto que Dios tiene, como el proyecto que presenta un arquitecto para construir un edificio. Mientras se va construyendo sobre esas líneas arquitectónicas, el edificio va construyéndose sólidamente. Pero si a un maestro de obras, a unos peones, se les ocurre abrir los zanjos por otra parte, clavar vigas por otra parte, hacer a su capricho la construcción, pues el designio del arquitecto está fracasado. Y así decimos que Dios también, su historia de salvación, su proyecto sobre los hombres, se echa a perder cuando los hombres quieren construir el mundo según sus caprichos, según sus egoísmos y no según el proyecto de Dios.

La paz consistirá, entonces, en saber qué quiere Dios de esta sociedad, qué quiere Dios de mi vida, qué quiere Dios de la República. Y eso debían de estar viendo los gobernantes y todos los constructores, y los que pueden cambiar los destinos de la patria, con su dinero, con su capacidad política, con su técnica, no fiarse de sus caprichos. Como buenos constructores debían de estar extendiendo continuamente el plan arquitectónico de esta patria y construir sobre esas líneas. Entonces hay paz. Lo demás es como dice el Concilio: Paz no es ausencia de guerra. Paz no es equilibrio de dos fuerzas que están en pleito. Paz sobre todo no es el signo de muerte bajo la represión cuando no se puede hablar, paz de los cementerios. La verdadera paz es aquella que se basa en la justicia, en la equidad, en el plan de Dios que nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos ha dado a todos los hombres la capacidad de construir al bien común de la República. No es un pequeño grupo el que Dios ha escogido, sino a todos los salvadoreños. Todos tenemos derecho a participar en nuestro propio destino, en nuestro propio bien común. No cabe entonces ninguna exclusión. Es derecho humano.

 

Cuando se construye así la historia -qué hermoso- coincide con la historia de la salvación; hay paz. Pero esto es muy profundo y no todos lo comprenden, y por eso, dice Cristo, que lo que va a surgir inmediatamente ante esta doctrina es la división. En una familia de cinco, dice Cristo, dos estarán contra tres y tres contra dos. Y hasta lo más íntimo: una hija con su madre no estará de acuerdo, porque una comprende y la otra quiere una paz ficticia; y en una sociedad sí, habrá división, mientras haya quienes tercos a su modo de pensar caprichoso, quieren construir una paz sobre bases de injusticias, sobre egoísmos, sobre represiones, sobre atropellos de los derechos. Así no se construye la paz. Habrá una paz ficticia, una paz que no es la que Cristo da. "Mi paz os doy" -dijo Cristo resucitado- pero no como la da el mundo. El mundo es un falso irenismo, se llama así esa apariencia de paz, cuando nos damos la mano y sabemos que no estamos de acuerdo en sus ideas. Por eso, antiguamente había sanción social, y dicen que la gente que llegaba a un casino tenía tanto sentido de su nobleza que, si llegaba un asesino o un ladrón, aunque aparentemente fuera un gran Señor, no se le daba la mano, porque el estrechar la mano es señal de que estamos de acuerdo plenamente. Ojalá resurgiera ese sentido noble de la sanción social y reclamáramos a aquellos que no están de acuerdo con los proyectos de Dios. Respetarles su modo de pensar, pero saber que no está construyendo la verdadera paz.

Y aquí era donde chocaban: el papel de los profetas. La segunda consideración de esta homilía podía ser el personaje de la primera lectura, Jeremías, y el personaje central de la segunda lectura, Jesucristo. Jeremías fue una de las figuras más bella que presagiaron a Cristo en su misión, porque como Cristo, por predicar la paz verdadera, que va muchas veces contra los caprichos y los egoísmos de los hombres, muere crucificado en una cruz; el profeta Jeremías fue un varón de Dolores también. Por cerca de cincuenta años su misión profética no fue más que sufrimiento y pena. El colmo fue éste que hemos leído en la lectura de hoy. Sus enemigos lograron arrancar del rey la autorización para echarlo en una cisterna, en un pozo. Sólo que vino otro influyente de aquel rey débil, Sedecías, y arranca la autorización contraria. "Sácalo pues de la fosa", y Jeremías, que confía en Dios, salva su vida.

 

Yo les recomendaría, hermanos, a los que les gusta leer la Biblia, que leyeran en esta semana el libro de Jeremías. ¡Qué interesante! Pero, sobre todo léanlo en sus contornos históricos. Había sido feliz un poco, porque en el reinado de Josías, caminaban bastante de acuerdo el profeta y el rey, porque trataban de restituir la verdadera figura de Dios en el pueblo de Dios. Era el deber del rey; y el profeta, cuando en el rey miraba la buena voluntad y la actitud de hechos para defender los derechos de Dios, lo aprobaba, estaba con él.

La Iglesia no está peleando con el gobierno. Unicamente le está diciendo que, como el rey Josías, mire hacia Dios y haga lo que Dios quiere. Este es el papel de los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento; anunciar el proyecto de Dios. Y cuando los hombres lo aceptan, no hay conflictos. Hay alegría. Y el profeta Jeremías tenía esperanza de que así iba a ser siempre. Pero cuando muere el rey Josías y es elegido el rey Joaquín y después Sedecías, que aparece en la lectura de hoy, comenzaron los conflictos, porque reyes complacientes con la idolatría, a la que tendía ese pueblo, permitieron que el pueblo se fuera prostituyendo. Se alejaba de Dios, adoraba a los falsos dioses -también los sacerdotes del templo- porque entonces el profetismo no coincidía con el sacerdocio y los profetas podían reclamar a los sacerdotes también su servilismo o su religión demasiado segura: "No se fíen de que tienen el templo de Dios; si no hacen una conducta más digna de la voluntad de Dios, están ofendiendo a su Señor y este templo será destruido, y los ejércitos de Babilonia vendrán y destruirán a Jerusalén y se llevarán deportados por segunda vez a los dirigentes del pueblo". Y esto es lo que molestaba a los idólatras, que un hombre quisiera purificar la historia de Dios en el pueblo. Y el profeta Jeremías no podía decir otra palabra. El profeta tiene que ser molesto a la sociedad cuando la sociedad no está con Dios. Y el profeta le reclama. Y así fue como Jeremías se malquistó la voluntad. No lo querían. Han escuchado hoy en la primera lectura las acusaciones: "Muera ese Jeremías; está desmoralizando a los soldados y a todo el pueblo con esos discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia". Ven como las acusaciones contra los profetas de todos los tiempos son las mismas. Cuando molesta la conciencia egoísta o la que no está construyendo el plan de Dios, es un molesto y hay que eliminarlo, asesinarlo, tirarlo a las fosas, perseguirlo, no dejarlo decir esa palabra que molesta. Pero, el profeta no podía decirle otra cosa; y muchas veces el profeta Jeremías en su oración, lean la Biblia, cómo le pide a Dios: "Señor, quítame esta cruz. Yo no quiero ser profeta. Siento que me queman las entrañas, porque tengo que decir cosas que ni a mí me gustan".

 

Y es, hermanos, siempre lo mismo, denunciar el pecado de la sociedad, llamar a la conversión, lo que está haciendo hoy la Iglesia en San Salvador, denunciar todo aquello que quiere entronizar el pecado en la historia de El Salvador y llamar a los pecadores a la conversión, lo mismo que hacía Jeremías: "Conviértanse; que si no, ese templo en el cual confían, se va a derrumbar. Conviértanse, porque vienen ya los ejércitos del norte y nos van a llevar deportados". Y era una situación política. Palestina entonces quiso acudir a Egipto para apoyarse en él. Pero Dios tenía el designio. Qué terrible designio de Dios cuando los pueblos no quieren obedecer por las buenas. Hay hombres tristemente célebres en la historia de los pueblos, escogidos por Dios para ser azotes de la sociedad. Será lo que nos está pasando a nosotros, hombres azotes, hombres capataces. Dios los necesita, por desgracia, porque el pueblo no quiere convertirse por las buenas. Pero Dios espera, y el profeta espera, que en la conversión puede venir otra vez la felicidad. Y aún cuando sabe que vendrá la desgracia, y vino la desgracia, destruyeron el templo. Sus muros todavía están allí como testimonio.

Ahora que los Israelitas son dueños de Jerusalén, vuelven los judíos de todas partes del mundo a llorar sobre aquellos muros de Jerusalén; porque ahí, recuerda esta página de Jeremías, el pueblo no quiso obedecer y tuvo que perecer y fue llevado deportado a Babilonia, humillado bajo extranjeros por su propia culpa, por su pecado social, por su idolatría, por el poco cumplimiento del deber de sus autoridades, que no lo quisieron llamar al orden. Por su pecado de injusticia social, que ya entonces también Jeremías denunciaba, por la seguridad religiosa que muchos ponían en sus viejas tradiciones sin innovarlas, sin fijarse en la voluntad de Dios, hasta los sacerdotes fueron deportados, porque también ellos fueron serviles y anunciaban palabras halagüeñas al rey, al ejército, al pueblo que quería seguir en sus idolatrías.

Y Dios castiga también a los sacerdotes cuando no cumplen su deber. Nosotros hemos dicho que esta denuncia del pecado abarca también a los sacerdotes; nosotros también tenemos nuestros pecados y pedimos perdón a Dios. En mi pastoral digo que si la Iglesia ha llegado a comprender hoy mejor al mundo, es para cuestionar al mundo de sus pecados, pero también para dejarse cuestionar ella, la Iglesia, de una propios pecados eclesiástico. También somos hombres y podemos pecar y tenemos necesidad de conversión, porque no es para nosotros que llamamos a la gente, sino para Dios, y nosotros también tenemos que convertirnos a Dios. Es el plan de Dios que talvez lo podemos estorbar nosotros mismos, obispos y sacerdotes. Es una corrección universal la que el Reino de Dios pide a su Iglesia y a su mundo.

 

Pero hay una esperanza, y aquí termina mi humilde palabra, comentando esta palabra de hoy. Los profetas anunciaban desgracias, que llegaron; pero anunciaban también una esperanza. En medio de sus lamentaciones, Jeremías anuncia que ese pueblo, ya corregido, volverá; y hasta dice una cosa muy bella fíjense los perseguidos. Ponía sus esperanzas precisamente en los expatriados, en los deportados, ese resto de Israel que dejaba también unos ejemplares en Palestina, hombres fieles que atendían su palabra. Son la esperanza de que este mensaje no está cayendo en el vacío. Yo siento, hermano, una gran esperanza, porque sé que esta palabra de la homilía dominical llega a muchos corazones. Ojalá que todos la vean con la intención con que yo la pronuncio, una denuncia de pecado, que la Iglesia no lo puede tolerar, aunque sea en sus mismos miembros de Iglesia, y un llamado a la conversión del pecado: sacerdotes, religiosos, religiosas, colegios católicos, instituciones de la Iglesia, asociaciones piadosas, todos, comenzando por el Arzobispo, tenemos que revisar a fondo nuestras vidas, a ver si están conforme a la voluntad de Dios, para luego hacer frente al mundo, también como Jeremías, el testimonio de una santidad que reclama con su propia vida, cómo se debe de vivir aun cuando venga por ese modo de vivir todos los ultrajes.

Yo felicito a todos esos catequistas, predicadores de la palabra de Dios, que, a pesar de la persecución, se mantienen fieles, como Jeremías. Hay una esperanza, y Jeremías la manifestó con un gesto, como lo hacían los profetas, que no sólo hablaban con palabras sino con gestos.  


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