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Mié, Dic

Homilía XVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (17 de julio de 1977)

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Ciclo C
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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, XVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C, 17 de julio de 1977

Homilía XVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
17 de julio de 1977

Génesis 18, 1-10
Colosenses 1, 24-28
Lucas 10, 38-42

 

Estimados radioyentes, quiero comenzar hoy con un agradecimiento muy profundo a los obispos de Panamá que han publicado un comunicado de la Conferencia Episcopal, y se refieren expresamente a nuestra situación en El Salvador. Ellos denuncian un parte de guerra (Nº 6 de la Unión Guerrera Blanca), y dicen: "... su tono y su contenido causan horror y, ciertamente, merecen el más fuerte repudio de todo ser que se considere humano y, más aún, cristiano". Según esta declaración, este grupo quienes sean, pretenden tomar la ley en sus manos y terminan por pisotearla. Esto es más que un acto aislado de terrorismo, pues perturba todo el orden jurídico (gobierno representativo y constitucional), e irrespeta los derechos humanos. Ninguna acusación contra el prójimo puede justificar esta actitud, ni en el plano individual ni menos en el plano colectivo y social.

El arzobispo de Panamá, puso este documento en manos del embajador de El Salvador con el encargo de hacerlo llegar a nuestro presidente, y por eso el mensaje se dirige a él: "Nuestras voces quieren llegar a las autoridades superiores del gobierno salvadoreño, para que se aplique toda la fuerza de la ley a los autores de semejante declaración, que es en sí una amenaza contra la ley misma. Hemos esperado, durante estos primeros días del nuevo gobierno de El Salvador, una toma de posición definida frente a toda esta situación. Pensamos que así lo exige, no sólo la ciudadanía de esa hermana nación, sino todos nosotros, solidarios suyos, como istmeños y como cristianos".

Queremos agradecer mucho esta solidaridad de nuestros hermanos obispos que también, hace poco, pronunciaron en el Secretariado del Episcopado de América Central unas declaraciones contra estos atropellos. Pero el de Panamá, recobra una actualización urgente, porque todos saben que nuestros queridos hermanos, los padres jesuitas, en estos días están viviendo una amenaza terrible. Yo les suplico que oremos mucho por ellos; y tomemos también el ejemplo de su serenidad, que solamente la puede inspirar un gran amor a la verdad y a Jesucristo. En el periódico Orientación, yo hago un elogio de este mensaje vivo que nos están ofreciendo hoy los jesuitas; así como también un mensaje de lealtad de los padres salesianos que, en la persona del padre Contreras, me presentaron su solidaridad con el episcopado. Su actuación, que todos reprobaron, fue fruto más bien de una ingenuidad que la aprovecha la manipulación de la noticia, un sistema verdaderamente vergonzoso en el cual no importa el honor de la persona, sino salvar otros intereses. Ojalá hubiera más honestidad en nuestras publicaciones. Pero el padre Contreras ha presentado, pues, su adhesión inquebrantable al episcopado, que en ningún momento ha pretendido ser un anti-signo de la línea pastoral que está siguiendo la arquidiócesis. Y repite, pues, su espíritu de fe salesiana, aprendida en un santo como don Bosco que se caracteriza por su adhesión y su firme lealtad al magisterio de la Iglesia.

Y todo esto, hermanos, y otras cosas más hermosas que nos llegan por diversas cartas; denuncias de madres, de esposas, incluso de una novia que iba a casarse con su querido novio, precisamente cuando está siendo objeto de esta injusticia: ha desaparecido.

Yo quisiera, no solamente anunciar cosas tristes -pero la realidad se impone sino que quisiera anunciar, como lo debe de hacer un profeta, las maravillas de Dios, la bondad de los corazones, lo bueno que nuestro pueblo salvadoreño tiene como por innata condición; entonces, por ejemplo, una carta de Aguilares la que, recordando con cariño nostálgico las enseñanzas del padre Grande en una comunidad, dice esta frase: "Él supo descubrir la grandeza de los hombres y se compadeció ante sus sufrimientos". ¡Qué bello rasgo de lo que es la Iglesia! Cabalmente hermanos, yo esto es lo que quisiera, porque entre las cartas una de las características más hermosas es: "Estamos orando... en nuestra comunidad... en nuestra familia, rezamos mucho..." Yo creo que nunca se ha rezado tanto, se ha orado tanto. Y yo quisiera en esta homilía de hoy, inculcar y, ojalá, ser comprendido por todos (incluso por aquellos que se han dado a la tarea de odiar, de amenazar, de matar, de calumniar), que entre a su corazón un rayito de esta luz que nos trae la palabra de Dios hoy. Y en aquellos donde se está apagando la fe, la confianza, se iluminen esas conciencias con la gran confianza de la fuerza de la oración; y aquellos que se distinguen por su oración -comunidades piadosas, reuniones de grupo, donde la oración espontánea brota del corazón- se animen a vivir esa fuerza.

Nada hay imposible a la oración; y si todo este pueblo cristiano de la arquidiócesis tomara la actitud de María frente a Cristo, y Cristo nos dijera como dijo a Marta: "No te preocupes de demasiadas cosas; sólo una cosa es necesaria". ¿Cuál es esa cosa necesaria? Es la que ya se vislumbra siglos antes de Cristo, con la que termina la primera lectura de hoy que nos ha descrito, como transfigurando a Dios en unos hombres que visitan a Abraham; y Abraham objeto dichoso de esta teofanía, está frente a Dios y tiene la oportunidad de dar acogida a Dios y le sirve de los temeros de su cavada; y le da todo lo que puede dar un hombre generoso a un amigo que llega a visitarlo. El Hebrón, allá en Palestina, tiene un nombre en honor a Abraham; aquel pueblo se llama El Kalil, que quiere decir "el amigo". No se puede dar a un hombre nombre más honroso que ese que se ha dado a Abraham: "el amigo de Dios, el que trataba con Dios como con un amigo, hombre de oración.

¿Por qué no nos proponemos todos, los que estamos haciendo esta reflexión, también, ganar un poquito de ese título: amigos de Dios? Pero cuando termina ese interesante encuentro de Dios con Abraham, como amigos que comen juntos, que comparten juntos, la frase termina diciendo: "... dile a Sara que dentro de un año, cuando retorne, le habrá nacido un hijo". Esta es la esencia de ese mensaje de la primera lectura. Porque ese hijo de Abraham ya anciano, y de Sara estéril y vieja, es el hijo de la promesa. De allí va a nacer un pueblo que tendrá el honor, en la historia, de ser el vehículo de sangre que va a dar a luz al Redentor de los hombres. Jesús es descendiente de Abraham, ¡qué honor, el Hijo de Dios es descendiente de un anciano y de una estéril!

Este es el gran prodigio, el gran designio de Dios. Nada hay imposible para el Señor, le dice también el ángel a Maria, hablándole de otra esterilidad que se hace fecunda: Elizabeth, madre de Juan Bautista. Y San Pablo, en la lectura de hoy, nos describe lo único necesario: el misterio de Cristo, misterio escondido en Dios que se ha revelado a los hombres. Y dichoso aquél que llega a comprender que Dios se hizo hombre para salvar a los hombres; y que cada vida humana que se incorpora en esa corriente de redención / y se convierte en Cristo, se diviniza su vida. Porque Dios vino hecho hombre en Cristo, para hacer Dios a toda la humanidad que creyera en él. Esto es lo único necesario.

Por eso, cesando miramos a María extasiado frente a las palabras de Cristo, mientras Marta va y viene por la casa preparándole la comida, y reclama a Jesús: "Mira, mi hermana no me ayuda; dile que vaya a darme una mano". Jesús defiende a María: -"Marta, Marta, tú te preocupas de muchas cosas, sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la mejor parte, que no se le va a quitar".

Todo aquél que llega a comprender lo único necesario (Maná, en las Palabras de Cristo está oyendo el designio de Dios, el amor de Dios), es un alma en oración, es un alma contemplativo. Marta es la figura del alma activa. Asi lo han interpretado en todos los siglos, este bello pasaje del evangelio de hoy. Y a la luz de Marta que va y viene, podemos ver a la Iglesia en sus actividades pluriformes. ¡Qué maravilla es la Iglesia! Porque Jesús, al alabar la actitud de María, no está reprobando la actitud de Marta; lo que le está diciendo es: Ojalá toda su actividad proceda también de lo único necesario; porque no basta ser contemplativo, estar rezando, es necesario también trabajar; pero que cuando se va al trabajo, se lleve en el corazón la unidad de todo lo que se va a hacer, una perspectiva de fe que ilumine toda tu acción. Y aquí es, hermanos, donde yo quiero recomendar la necesidad de encontrar ese único necesario, la necesidad de orar.

Yo voy visitando en estos días comunidades preciosas de cristianos, y les aseguro que, a la luz de la Biblia y de la reflexión que allí surge, se levantan plegarias tan bellas que de veras la labor que la Iglesia está haciendo en El Salvador, sobre todo a través de las comunidades pequeñas, no tiene nada de subversivo, no tiene nada de político; v si tiene algo de político, es la gran política del Reino de Dios de despertar en los hombres la conciencia hacia Dios y de Dios hacia todos los hombres. ¡Que oración! ¡Que contemplación! Es necesario orar y trabajar. Pero el trabajo tiene que proceder de la oración. No se pueden disociar.

Todos supieron a través de los medios de comunicación que esta semana, el miércoles, hubo un apagón de muchas horas en New York; y cuando el Alcalde reclama a la compañía eléctrica, la compañía le dice: "Es un poder superior, Dios lo hizo". Pero el Alcalde le reclama negligencia. Los dos tienen razón. Es como cuando los que prepararon un viaje a la luna dijeron: Técnicamente todo está preparado; ahora sólo nos resta orar; orar y poner en juego todas las energías humanas".

No sólo trabajar sin Dios, ni sólo orar sin trabajar. "Ora et labora" era el gran lema de San Benito, el fundador de los benedictinos, que no descansan en su vida, orando y trabajando. Aquellos monasterios, donde los monjes parecen abejas hacendosas. No descansan un momento, pero en su corazón siempre están orando. Como María, contemplan lo único necesario; y como Marta, trabajan: van y vienen.

¡Qué hermosa fuera nuestra ciudad, los campos, los pueblos; donde los hombres profesionales, comerciantes, estudiantes, mujeres de hogar, del mercado, todos tuviéramos en el corazón un gran sentido de oración, y al mismo tiempo una honradez en el trabajo, una diligencia!

Cuando Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, hizo un análisis tan precioso, que es uno de los discursos más bellos del pontífice actual -se los recomiendo como un discurso de humanismo nuevo, cristiano- el Papa hizo ver cómo el Concilio reafirmaba la misión religiosa de la Iglesia, es decir su unión con Dios, y desde esa unión con Dios enseñaba a los hombres de hoy que la oración, la contemplación, es la actividad más noble del hombre que lo hace encontrarse con Dios; y le da unidad a toda la pluriforme variedad del mundo y hace comprender el secreto de la verdad, de la firmeza de la Iglesia; y hace descubrir en el rostro del hombre la verdadera figura de Dios, que hace al hombre respetuoso de los deberes humanos. Y decía: "Humanistas del siglo XX que prescinden de la trascendencia hacia Dios, admiren en este Concilio que, precisamente por partir de Dios, ofrece al mundo un humanismo más completo, más exacto que los humanismos sin Dios". Sí, lo primero que nos da el sentido de orar es descubrir a Dios. Y decía el Papa: "¡Y en qué tiempo este Concilio ha proclamado la existencia de Dios! Cuando el mundo está más afanado en buscar el reino de la tierra que el Reino de los Cielos; cuando las técnicas y las ciencias humanas como que le quieren dar derecho al hombre para independizarse de Dios; cuando la filosofía de los hombres llega a tales alturas que lo hacen sentirse casi el objeto y el centro de toda la creación; cuando todo profesional va contra este sentido trascendente, espiritual, es cuando el Concilio en oración ha dicho: existe Dios, es bueno, se cuida de todos nosotros, es personal, podemos entablar con él un diálogo". Esto descubre la oración, queridos hermanos; un encuentro personal con Dios.

El ejemplo de Abraham hablando con Dios como un hombre habla con otro hombre, el ejemplo de Maria con su rostro clavado en las palabras de Cristo, es el ejemplo de las almas que necesita hoy el mundo. Muchos han cerrado su comunicación con Dios. Muchos no creen. El ateísmo es un fenómeno muy cundido entre nosotros, por lo menos un ateísmo práctico. No existe Dios si son almas que no oran. Pero ¿cómo puede vivir un hombre sin la creencia en un Dios, si lo que le da fuerza al hombre es ese encuentro con el Poderoso? Mi origen y mi destino, mi razón de ser, la luz de mi inteligencia, el amor de mi corazón, la fuerza de mi vida, la perseverancia en mis propósitos; sólo Dios me los puede dar. Toda moral, toda liberación, todo sentido de humanismo que no tenga en cuenta esta contemplación, esta oración con Dios, es falsa. Si no lo es, es hipócrita.

Queridos hermanos, ojalá que mis pobres palabras despertaran en el hombre que no reza, siquiera un ensayo de ponerse en contacto, porque a Dios le basta ver en su creatura el primer impulso de querérsele acercar, y él se inclina para dialogar con el hombre. Diríamos que Dios tiene más ganas, de hablar con nosotros, que nosotros de hablar con él, y que basta un pequeño impulso de orar.

Retírense como Abraham, bajo la sombra del mambré. Allá bajo un roble, bajo un amate; allá a las orillas de un no, frente a nuestros bellos paisajes. ¿Por qué no detenerse un momentito y levantarse de esas bellezas al Creador? Que no se pase esta semana sin hacer ensayos profundos de esta búsqueda, de Dios; y les aseguro que el otro domingo que volvamos a misa vendremos más empapados de esta visión, con más fervor en el alma para encontrarnos en la misa con este Dios que buscamos por todas partes y que en todas partes podemos encontrar.

Además del encuentro con Dios, la oración me da la unidad y la razón de ser: la explicación de mi Iglesia. Es una hora de Iglesia la que estamos viviendo. No hay labio salvadoreño que no haya pronunciado mil veces la palabra "la Iglesia" pero muchos no la conocen. Para unos, es la peste más grande, y hay que acabar con ella; y la persiguen y la calumnian y la difaman; y muchos se llaman hijos de la Iglesia, asociaciones católicas. ; ¿Qué sentido de Iglesia tienen los perseguidores? Pero lo más lastimoso es que gente que vive dentro de la Iglesia no ha comprendido; porque el Concilio lo dice, y el Concilio se reunió varios años en reflexión, como si la Iglesia estuviera tomando conciencia de sí misma. Se parece a ese momento en que el joven o la joven, llegando a la adolescencia, va descubriendo en su cuerpo y en su espíritu los misterios más profundos de su propio ser, de su propia vida. Es como cuando el hombre reflexiona en sí mismo, y descubre la maravilla de su conciencia, de su libertad, de su inteligencia. Eso fue el Concilio, un reflexionar desde la luz de Dios, en el propio ser de lo que es la Iglesia fundada por Cristo. Y entonces se encuentra que en su oración es precisamente donde la Iglesia se conecta con ese Dios, que le da las corrientes de la vida, que le da su juventud perenne, que le da la verdad de su palabra, que le da la serenidad de su sufrimiento, que la hace enfrentarse impávida, como quien lleva a Dios frente a todas las tribulaciones. No es una sociedad humana; algo divino hay en este organismo humano que lo llena todo y lo trasciende todo, y se hace sentir sacramento de Dios en el mundo, ofreciendo fuerzas de salvación, ofreciéndose al hombre de hoy, con todas las energías del resucitado, para darles vida a los hombres que mueren, que envejecen, que enferman, para encontrar la esperanza. Por eso, cuando comenzaba esta situación de la Iglesia en El Salvador y yo tenía la dicha de dirigir mis primeras palabras a esta querida arquidiócesis, yo les decía -y ustedes lo comprendieron- que lo que el hombre anda buscando en el mundo, aquí lo tiene la Iglesia para ofrecérselos; y lo que más me ha llenado de satisfacciones profundas en este episcopado, tan lleno de circunstancias interesantes, es que muchos hombres se me han acercado. Lo han dicho por allí, que han encontrado en la Iglesia lo que no hablan encontrado; que han sentido la Iglesia como fuerza de Dios. ¡Cómo me llena, cuando se acerca alguien para decirme: "Yo me había alejado de la Iglesia, pero ahora cuente conmigo; yo quiero ser un verdadero católico!"

Van descubriendo en está Iglesia lo que la Iglesia lleva en sus entrañas: la fuerza de Dios. Y en la medida en que un hijo de la Iglesia ora, él también se hace instrumento de Dios. En su exhortación sobre la evangelización del mundo actual, el Papa Paulo VI llega a decir: ¿Qué es la evangelización? Es un hombre o grupo de hombres que se encuentran con el mensaje de Cristo y se sientan a reflexionarlo, y lo asimilan y sienten que es alegra, que es vida, que es satisfacción. Y no les cabe dentro de sí, sino que van a expandirlo. Se evangelizan para luego evangelizar. Se recibe la vida para dar vida. Cada católico que sepa orar, será eso: una fuente, como las fuentes que se llenan de agua y que rebalsan para regar y fecundar un campo. Cada cristiano que ora, cada hijo de la Iglesia que se pone en contacto con esta fuerza de oración, cada católico que quiere ser como María, ávida de recibir las palabras de Jesús, se llena de espiritualidad, y rebalsa y riega, y hace santa a su familia y convierte pecadores, y acerca almas a Dios, y por donde quiera va llevando el testimonio que sólo Dios puede dar.

El ejemplo es maravilloso de muchos santos que vivieron esta plenitud de Dios; y nadie como ellos han constado la historia. Los verdaderos protagonistas de la historia son los que están más unidos con Dios; porque desde Dios auscultan mejor los signos de los tiempos, los caminos de la Providencia, la construcción de! la historia. ¡Ah! si tuviéramos hombres de oración entre los hombres que manejan los destinos de la patria, los destinos de la economía. Si entre los hombres, más que apoyarse en sus técnicas humanas, se apoyaran en Dios y en sus técnicas, tuviéramos un mundo como el que sueña la Iglesia: un mundo sin injusticias, un mundo de respeto a los derechos, un mundo de participación generosa de todos, un mundo sin represiones, un mundo sin torturas. Y me perdonan que siempre mencione las torturas, porque hay una pesadez en mi pobre espíritu cuando pienso en los hombres que sufren azotes, patadas, golpes de otro hombre. Si tuvieran un poquito de Dios en su corazón, veían en ese hermano, un hermano, una imagen de Dios; y lo digo porque las situaciones siguen; siguen las capturas, las desapariciones. Ojalá hermanos, que un poquito de contacto con Dios, desde esas mazmorras que parecen infiernos, bajara un poquito de luz e hicieran comprender lo que Dios quiere de los hombres. Dios no quiere esas cosas. Dios reprueba la maldad. Dios quiere el bien, el amor.

Sólo haciendo oración se puede descubrir lo que Dios quiere; y esta es la tercera consideración con que quiero terminar: Sólo desde la oración, desde la contemplación a Dios, podemos descubrir la verdadera grandeza del hombre. Ese pensamiento que les leía de la carta de Aguilares: el padre Grande nos enseño a "descubrir la grandeza de los hombres y se compadeció ante sus sufrimientos...". No se desentendió del hombre; al contrario, lo criticaron al Concilio, porque dijeron: "Se ha volcado mucho al hombre de hoy, a la sociedad de hoy; casi ha sido infiel al evangelio". De ninguna manera ha sido infiel al evangelio, dijo el Papa; precisamente, arrancando del evangelio el mandato de Cristo, amar a los hermanos, ha hecho de este Concilio, el Concilio de la caridad, el Concilio que se acerca al hombre de hoy con su problemática tan difícil de comprender: hombre por una parte grande, que se eleva sobre sus inventos, sobre sus grandezas; pero por otra parte deprimido de sus propias desgracias, un hombre amargado de la vida, un hombre sin ilusiones. Y, ¿qué sucede -dice el Papa- cuando el Concilio se encuentra con este hombre? No le da diagnósticos de muerte, no lo castiga con anatemas. Ha sido una característica de este Concilio que quiere ser el espíritu de la Iglesia de hoy. Una simpatía grande se vuelca sobre el hombre; porque descubre en el hombre a un agobiado de sus incredulidades, de sus pecados, de sus crímenes, la imagen de Dios que hay que embellecer, que hay que retomar a su primitiva grandeza. Y esto es la Iglesia actual, queridos hermanos, es la Iglesia de la simpatía, la Iglesia del diálogo, la Iglesia que se acerca al hombre en su grandeza o en su miseria. La que descubre la dignidad y le enseña al hombre que debe de respetarla en sí y en los demás. La que le dice que hay que salir de condiciones infrahumanas a condiciones más humanas, hasta las condiciones divinas de la fe, de la oración, del contacto con el Dios que ha creado a los hombres para dialogar con ellos y hacer con ellos su familia por toda la eternidad.

Esta vocación preciosa del hombre es la que la Iglesia no puede olvidar. Y cuando le dicen a la Iglesia -ciertas personas tradicionalistas o ciertos intereses egoístas que no quisieran tocar este punto; que se ha olvidado de su misión religiosa y solamente está tratando asuntos políticos y sociales, es porque olvidan que en la política y en los elementos económicos y sociales, es donde el hombre se desarrolla. Pero a la Iglesia no le interesan los intereses políticos o económicos; sino en cuanto tienen relación con el hombre para hacerlo más hombre y para no hacerlo idólatra del dinero, idólatra del poder; o desde el poder, hacerlos opresores; o desde el dinero, hacer marginados. Lo que interesa a la Iglesia es que estos bienes que Dios ha puesto en las manos de los hombres -la política, la materia, el dinero, los bienes sirven para que el hombre realice su vocación de hijo de Dios, de imagen del Señor. Y todo esto solamente lo aprende la Iglesia cuando, apartándose de tantos peligros de los ídolos de la tierra, se pone como María frente al único Señor, el único necesario, de donde deriva la única razón y la esperanza, la fe, la grandeza que los hombres pueden tener.

Por eso, hermanos, el mensaje de la palabra de hoy es vital. Yo quisiera que de aquí saliéramos llevándonos la imagen de esas dos mujeres que caracterizan a la Iglesia- Marta y María. No dejemos de trabajar. Intensifiquemos nuestro ir y venir como Marta; pero cuidado si nos olvidamos de lo único necesario que ha comprendido María. Que en el corazón haya una fuerza que une toda nuestra actividad y que descubre la razón de ser de todo lo que hacemos: Dios, Cristo, la dignidad humana. No trabajemos nunca perdiendo de vista a Dios. Como el Concilio, inclinémonos al hombre, a la tierra; pero con el corazón lleno de esperanza, de fe y de amor, muy unido con Dios. Este es el equilibrio de la verdadera santidad moderna: ser como Marta muy comprometidos, muy activos con la actividad de la tierra. El compromiso de las cosas temporales que Dios ha puesto en nuestras manos, manejémoslo bien. Trabajemos, desvivámonos por los demás; pero nunca lo hagamos únicamente por una filantropía, es decir, sólo por el hombre, sólo por la tierra. Hagámoslo por una verdadera caridad que se inspira en Dios y que como María aprende en el lenguaje, en la meditación del evangelio: continuamente almas de oración, almas de lectura bíblica, almas de reflexión en común para elevarse a Dios; y desde Dios bajar para trabajar en el mundo. Estos son los verdaderos equilibrios evangélicos que, gracias a Dios, están viviendo muchos hoy en nuestros días, y que espero que sea para todos la pauta de la vida moderna.
  


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