Homilía Fiesta del Divino Salvador del Mundo (6 de agosto de 1977)

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Fiesta del Salvador del Mundo, 6 de agosto de 1977

Homilía Fiesta del Salvador del Mundo
6 de agosto de 1977

Daniel 7, 9-10. 13-14
2 Pedro 1, 16-19
Lucas 9, 28b-36

 

Querido hermano, Monseñor Rivera Damas, queridos hermanos presbíteros queridos fieles, salvadoreños que llenan esta plaza junto a la fachada del alma madre de la Arquidiócesis o que, a través de la radio, siguen con interés este homenaje de la patria al divino patrono.

Para tener una idea de lo que fue ese episodio que se acaba de proclamar, la transfiguración de Cristo, que lo presenta luminoso y blanco ante la humanidad, bello y atrayente hasta arrancar de la ambición de Pedro una permanencia definitiva junto a él: "¡Que bueno es estar aquí!" -para tener una idea- basta mirar este pueblo. Y yo os diría, queridos católicos, que todos nosotros, la Iglesia, somos aquí la transfiguración de Cristo: un pueblo que se ilumina por la fe, que lo alienta una gran esperanza, que lo conglutina un gran amor. Somos de verdad la gloria del Señor, máxime cuando tomamos conciencia de que ese nombre glorioso de nuestra patria es un regalo de predilección del Señor. Tratamos de honrarlo, de recibirlo con cariño y de tributarle este hermoso homenaje de la mañana del 6 de agosto, todos los años. Y no es una fantasía poética decir que este pueblo es la transfiguración de Cristo; es la realidad teológica, evangélica del sublime ideal de Cristo al hacer su Iglesia. 

 

Fechado con esta bellísima fecha del 6 de agosto, voy a tener el gusto de obsequiar a la Arquidiócesis mi segunda carta pastoral, que llevará como título: "La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la Historia". Y los pensamientos que ahora quiero exponeros aquí, son un resumen de esa pastoral, que ya desde ahora quisiera recomendarles su estudio, para que se disipen algunas dudas, y para que se aclare más la confianza de aquellos que han prestado una adhesión incondicional a la línea de la Arquidiócesis, que sabe que va ciertamente por los caminos de Jesús. Y para aquellos que todavía guardan reservas, que aman la Iglesia, pero que todavía sospechan si el obispo se ha hecho comunista, si los sacerdotes están predicando subversión y violencia y, sobre todo, para aquellos que la odian y la calumnian, sepan que están calumniando al Cuerpo del Señor, y se conviertan.

Comenzamos por preguntar si estos cambios evidentes de la Iglesia moderna, son una traición al evangelio o son un cambio exigido por su fidelidad del evangelio. ¿Y cuáles son esos cambios? Los presentamos de dos maneras. 

 

En primer lugar, la Iglesia ha comprendido que vivía un poco de espaldas al mundo, y se convierte para dialogar con el mundo. Y, en el Concilio Vaticano II, escribe toda una hermosa constitución que se llama así: La Iglesia en el Mundo Actual. La Iglesia no es una extraña del mundo. Todo lo humano toca su corazón, y ella siente que ha de convertirse a un diálogo más evidente con este mundo que le debe de interesar. Son ustedes, sobre todo los pobres, los que sufren, los que son atropellados, los marginados, los sin voz. Y la Iglesia se identifica con ese mundo que sufre, pero no exclusivamente. Con todos los hombres que construyen el mundo.

 

Porque (esta es la segunda manera de presentar el cambio actual) vivíamos como dos historias paralelas que solamente se encontrarán allá después de la muerte. Y se predicaba a la historia de la tierra, a la historia de la patria, como un conformismo, como un algo que no me interesaba, viendo al cielo. Pero la Iglesia, reflexionando que la Biblia misma no es otra cosa que la historia de un pueblo, pero toda ella trenzada con la historia de la salvación, toda ella penetrada del designio salvador de Cristo, ha concluido que no hay historia profana e historia de la salvación, sino que la historia de todo pueblo, es el marco concreto en que Dios quiere salvar ese pueblo por medio de su Iglesia. Y la Iglesia se identifica con esa historia, y la Iglesia marcha con la historia, y les dice a los salvadoreños: tenemos que salvarnos con nuestra propia historia, pero una historia que está toda ella penetrada de la luz de la salvación, de la esperanza cristiana. Y toda la historia de El Salvador, y toda su política y toda su economía y todo lo que constituye la vida concreta de los salvadoreños tiene que iluminarse con la fe. No tiene que haber un divorcio. Tiene que ser la historia de la patria, penetrada del designio de Dios, para vivirla con fe y con esperanza, como una historia que nos lleva a la salvación en Cristo.

 

¿De dónde toma la Iglesia este cambio tan extraordinario? Hasta el Papa, cuando clausuraba el Concilio, ya acusaba a aquellos que decían: "El Concilio se ha olvidado del evangelio por convertirse a los hombres". Lo mismo qué se dice ahora aquí: "Se ha olvidado la Iglesia de su misión, para hacerse política; para hacerse marxista, para predicar revolución y odio". Acusan a la Iglesia en lo que más le duele, porque precisamente ese lenguaje nuevo de la Iglesia es mandado por su fidelidad al evangelio, a Cristo. Gracias a Dios, que año con año, el 6 de agosto, nosotros podemos ver, en el rostro de Cristo Transfigurado, su complacencia con su Iglesia a su rechazo a una Iglesia que lo ha traicionado. Pero, resulta que el 6 de agosto de 1977, encuentra un pueblo atraído por Cristo, en la solemne Bajada de ayer por la tarde, en la vigilia nocturna de oración que llenaba la Catedral y hoy con esta hermosa misa de campaña, en que las parroquias vienen a decirle a la Iglesia que van por el camino de Cristo, que el rostro iluminado de Cristo es como la brújula del peregrino, que le señala que su camino va bien.

La Iglesia se vuelve a Cristo, para preguntarle como Pablo: "¿Quién eres?" Y si la Iglesia se olvidara de preguntarle a Cristo: "¿Quién eres para seguirte, para prestarte mis pies y caminar por los caminos de la historia de mi patria y mi boca para proclamar tu mensaje y mis manos para ir a llevar y trabajar tu reino?" si se olvidara la Iglesia de Cristo, Cristo mismo le saliera al encuentro el 6 de agosto de cada año para preguntarle como a sus apóstoles: "¿Quién dicen los salvadoreños soy yo?" Y la Iglesia le tendrá que decir con lágrimas en sus ojos, con escupidas en su rostro, manchado su manto virginal: "Me han tratado de traidora, me han roto la túnica, me han escupido la cara con campos pagados, me han manchado y me han dicho lo peor que le puede decir un infame a una esposa fiel: que he sido infiel a mi matrimonio contigo, que me he vendido a ideologías extrañas". Y el Señor la consuela para decirle: "Si tú dices que yo soy el que presenta el Padre en esta mañana, tú vas por caminos de verdad".

Y así es, hermanos. Acabamos de escuchar la palabra del Padre eterno: "Este es mi Hijo, el amado; escuchadle". Y nosotros sabemos que, siguiendo a esta Iglesia de 1977, no nos hemos apartado del Hijo amado de Dios, y que este 6 de agosto, como aquí, el primer 6 de agosto que fundó Pedro de Alvarado, en los albores de esta ciudad, ahora convertida en una gran metrópoli, es la misma fe, la misma fe que de España vino a predicarse a los corazones, la misma fe que en 1977, naturalmente con los cambios del Vaticano II y de la conferencia que reflexionó en Medellín, está diciendo que un Cristo auténtico y verdadero sigue siendo el Cristo de esta Iglesia, un Dios y un hombre verdadero. Dios, que es el único que puede dar explicación al principio y al fin de cada vida humana, el que puede conocer mejor que nadie el misterio del hombre y de la historia de El Salvador, rey de nuestra historia. Y hombre, que se encarna hace veinte siglos, Dios que se hace hombre en una historia de un país dominado por una potencia extranjera, y que vive su Palestina, su Nazareth, como la debe vivir un salvadoreño su propia historia de El Salvador. Y desde allí Cristo nos enseña que su encarnación es precisamente aquel mensaje, aquella predicación, que San Marcos sintetiza en el principio con esta frase lapidaria: "El tiempo ha llegado. El Reino de Dios se acerca. Convertíos".

Convertíos a la buena nueva. La buena nueva que Cristo trajo, era el anuncio de una gran esperanza, la configuración de una humanidad donde todos se sintieran hermanos, y a Dios, Padre de todos los hombres. Y en el esfuerzo en conocer a ese Dios verdadero, conocerían que el hermano hombre es imagen de Dios. Y en el esfuerzo de amarse los hombres y de no dividirse en clases sociales, en odios, en venganzas, en ese esfuerzo, el hombre también se acerca a Dios.

 

Este mensaje, del Reino de Dios que se acerca, es el que la Iglesia sigue predicando. El Reino de Dios se acerca, y cuando los hombres comprenden este mensaje de hace veinte siglos, en los labios de los evangelizadores de 1977, se aman, hacen comunidad y detestan las diferencias. Y saben que no puede ser Reino de Dios allí donde reina el pecado. Y dicen convertíos. Y la conversión es la palabra de orden de la Iglesia. No predica contra los poderosos con odios ni resentimientos, sino con el amor del que quiere que se salven, que se conviertan. Para eso ha venido el Hijo de Dios. Y se convirtieron los ricos del tiempo de Jesús, pocos, pero se convirtieron, para hacer de su riqueza un sentido de fraternidad con los demás. Y se convirtieron los pecadores, y encontraron en Cristo la alegría de sentirse hermanos sin diferencias, nada más que todos hijos del mismo padre. Esto sigue predicando la Iglesia.

Por eso, cuando a la Iglesia se le acusa de subversiva, se le acusa de que predica el odio, de que divide las clases sociales, se le está calumniando en lo más doloroso y delicado de su conciencia. La Iglesia jamás predica el odio. La Iglesia siempre predica el amor. Y la Iglesia, cuando reclama lo que llamó la asamblea episcopal de Medellín "la violencia institucionalizada", tiene que gritar violenta como los profetas, cuando violentos gritaban contra el orden injusto de su tiempo. No es que la Iglesia predique violencia, sino que han provocado otros la violencia, el odio, la tortura, el dolor, la desigualdad social, y la Iglesia tiene que ser fuerte en su lenguaje, porque es el de Cristo, que sin odio ni venganza, quiere arrancar del reino del pecado a las almas, para ponerlas en el Reino de Dios.

Esto, a lo largo de la historia, la Iglesia lo ha ido predicando. Y tiene la alegría de sentirse fiel a Jesucristo, aun cuando en ciertas circunstancias de la historia no haya sido tan fiel y haya tenido que pedir perdón. Porque, como dijimos los obispos, en el mensaje del 5 de marzo: "El que denuncia está dispuesto también a ser denunciado". Y lo he dicho yo muy concretamente que estoy abierto al diálogo, y todos aquellos que en nuestra predicación y en el mensaje que la Iglesia les predica encuentren algo inconveniente, o indebido, acérquense, corríjannos, ayúdennos a predicar mejor. Pero sabremos que si hay en el lenguaje o en la forma, cosas tal vez inconvenientes, imprudentes, estamos convencidos que, en la sustancia del mensaje, estamos al lado de Cristo.

Como Cristo, una preferencia para el que sufre, no para parcializarnos, sino para señalar a todos el camino de la caridad, el camino del amor, y para decirle a todos que también los pobres tienen que convertirse. Que la situación de injusticia social que reina en nuestro continente no es culpa sólo de los ricos y los poderosos. Que también aquellos pobres que no se quieren promover, que viven en la pereza, que no tratan de rehacer sus vidas y vivir como hijos de Dios, también están colaborando a la situación de injusticia social, y la Iglesia predica la promoción. Y por predicar esa promoción del hombre, por despertarlo de su conformismo enfermizo y ponerlo activo, como artífice de su propio destino, la Iglesia tiene que sufrir; porque todos aquellos que quieren tener masas adormecidas, hombres incapaces de criticar, gente incapaz de rehacerse, de hacer su misma historia, sentirán que les quitan esa triste situación de la explotación del hombre por el hombre. Por tanto, la Iglesia, predicando este mensaje de liberación auténtica en Cristo, promueve a unos y arranca a otros del egoísmo, y les dice a todos, como Cristo en su tiempo, que hay que dejar el pecado, que hay que convertirse a Dios, que el Reino de Dios está cerca y que seremos culpables si no colaboramos con su construcción en este mundo.

 

Y así llegamos, hermanos, a la última parte de la pastoral que les voy a ofrecer muy pronto, y que en esta mañana yo la ofrezco ya al Señor, como un precioso ofertorio de la Arquidiócesis, lo más bello de estas hostias, que junto con mis queridos hermanos sacerdotes, colaboradores de esta evangelización tan difícil, vamos a ofrecerle al Padre eterno. Es que esas hostias representan toda una Arquidiócesis, una Iglesia particular, que le puede decir al divino transfigurado en esta mañana que es su esposa fiel. Que si en algo ha manchado su vestido, se purifica en la penitencia, en la conversión, y que se vuelve a él para quererle ser fiel. Y que considera que todo cuanto se ha calumniado a la Iglesia es injusto y que hace un llamamiento a los católicos fieles para pedirle a Dios la conversión de los que la han odiado y la han calumniado. Que no es odio lo que predica la Iglesia, sino amor. Y si alguna vez la palabra es violenta, es para arrancar del reino el pecado y convertir en el Señor. Que no es marxista, que la Iglesia no se ha comprometido con ningún sistema social. Que en los sistemas, la Iglesia sólo defiende su ética religiosa, y así como dice que el comunismo ateo es incompatible con su trascendencia y su fe en Dios, también ha dicho que el materialismo del capitalismo liberal es ateo, es idólatra, porque adorando su dinero y por defender su dinero no le importa calumniar la dignidad de los demás. Está pecando también gravemente.

La Iglesia, defiende esa ética de su religión, de su amor a Dios, y en cualquier sistema esto es lo que le interesa. No hacerse marxista o capitalista, sino decirle a los marxistas y a los capitalistas que se conviertan de su materialismo, para que con ella adoren al único Dios verdadero y sus inquietudes sociales las conviertan en un afán de construir el verdadero Reino de Dios, que nos haga sentirnos hermanos a todos. Que la Iglesia no hace política, porque ha aprendido en el Concilio Vaticano II que hay una autonomía de la autoridad civil. Y ella, Iglesia, tiene también su autonomía. Y que, cada uno en su campo, tienen que colaborar para el bienestar común. Esta es la gran política de la Iglesia: el bien común. Y tiene el derecho, por su función moral en el mundo, de denunciar los abusos de la política y decir al poderoso que no es Dios, que si algo tiene para mandar es porque Dios le ha permitido y, por tanto, que tiene que medir sus leyes, sus actuaciones, conforme a la ley del Señor. Pero, que ningún poderoso, como los primeros cristianos lo decían a sus césares, a sus emperadores, no era lícito quemar incienso ante ellos, porque no eran dioses, y que entonces era la obligación del cristiano, del predicador, del sacerdote, obedecer a Dios antes que a los hombres y no dejarse encadenar por condiciones que le ponga la autoridad civil. Es Dios el que le ha dicho lo que tiene que predicar; y esa santa libertad mejor la soportará callando en absoluto, pero no congeniando, compartiendo honores; cuando a la Iglesia esos honores, esos privilegios, esas compañías le pudieran servir de desprestigio y de perder un poco esa autoridad moral que, gracias a Dios, tienen la Iglesia.

 

Hermanos, la Arquidiócesis puede ofrecer ahora al Eterno Padre, junto al divino transfigurado, una Iglesia unida, bendito sea Dios. Aquí la presencia de este presbiterio, pocas veces vista en la historia de nuestra Iglesia, es la señal de que los predicadores de la palabra de Dios estamos de acuerdo en que lo que su obispo va dirigiendo, heredado de mi venerable predecedor, Monseñor Luis Chávez y González, es una línea de pastoral que no la estamos inventando hoy. Viene del Concilio Vaticano II, viene de los cambios necesarios de una Iglesia que, precisamente por ser el cuerpo de Cristo en la historia, tiene que preguntarle a Cristo: "¿Cómo quieres que hable en esta hora de la historia?" Y Cristo me dice: "Tienes que hablar distinto de como se hablaba hace cuatro siglos, en la Edad Media, en los primeros años. Soy Cristo, que va contigo.

Necesito tu boca para predicar a los hombres de 1977 el lenguaje que ellos necesitan".

Es la unidad que se ha hecho sentir, hermanos, de múltiples maneras. Acabo de llegar de una reunión del extranjero, donde mis hermanos obispos de Centro América y a través de cartas de todo el continente, han manifestado una solidaridad conmovedora con esta Iglesia de la Arquidiócesis de San Salvador. Lo cual nos está diciendo, junto con esas cartas humildes de nuestro pueblo, o cartas de profesionales, de estudiantes universitarios, que se apiñan todos en torno de esta Iglesia evangélica, que, muy lejos de haber traicionado el evangelio, está siendo hoy la Iglesia del divino transfigurado.

 

Y decimos a Cristo también, que le ofrecemos una Iglesia manchada de sangre, una Iglesia con sus vestidos blancos pero manchados de persecución. Ha habido persecución, hay persecución, porque teológicamente persecución quiere decir: impedir el mensaje de la Iglesia. Y ésto ha sucedido. Se ha impedido el mensaje auténtico de la Iglesia. Se quiere poner cortapisas, poner medidas, cómo se debe de predicar. Y nosotros es a Cristo a quien tenemos que oír, como en esta mañana nos ha dicho el Padre Eterno: "A él oídle; lo que él os diga es lo que tenéis que predicar". Y hemos sufrido la persecución en los sacerdotes. No es necesario repetirlo. Todos saben y tienen conciencia que también la Iglesia es perseguida en los destinatarios de su mensaje, en su pueblo, en sus campesinos, en sus grupos de reflexión, donde se siembra el espanto, el terror y muchos con miedo no se pueden acercar; eso, en lenguaje auténtico, debe llamarse persecución. Pero la Iglesia levanta sus ojos al divino esposo en esta mañana para decirle: 'Te doy gracias, porque mi esperanza en ti y mi entrega a ti despierten en la persecución más ánimo en mis hijos", y todos están dispuestos aún a dar su vida por defender esa fe que tienen que profesar.

 

Y finalmente, hermanos, es la Iglesia de la esperanza. Qué gran esperanza ha despertado la Iglesia en nuestros corazones, precisamente porque ya no encuentra su fuerza en las cosas de la tierra. Porque le han fallado sus fuerzas que los hombres le ofrecían interesadamente, y ha sabido despedirse de todo eso para serle fiel al evangelio y, en su pobreza, saber que está con los pobres y que todo aquel que quiera vivir con ella y ser feliz con ella y vivir las esperanzas que ella vive, tiene que apoyarse en la debilidad del Cristo ultrajado, en la debilidad de la Iglesia esposa de Cristo, en su pobreza, en su evangelio, en su seguimiento auténtico del Señor.

Y así sentimos, como San Pablo, que en nuestra debilidad somos fuertes, porque Cristo, el Omnipotente, es más fuerte que todas las fuerzas del mundo. Y tenemos esta esperanza, esta esperanza también que queremos extender como patriotas, porque somos hijos de una patria. Y cómo no vamos a sentir, hermanos, que esta patria tenga su rostro tan feo allá en el exterior. Lo acabo de comprobar. Mientras que la Iglesia luce su belleza y su fidelidad, nuestra pobre patria sufre la fealdad de una figura que tiene que componer, y la Iglesia quiere ofrecer esa cooperación: la defensa de la dignidad humana, de los derechos humanos, la dignidad de Dios respetada en medio del pueblo; porque sólo así, respetando la ley de Dios, se le podrá dar a la patria su verdadero rostro de belleza que merece, aquella que recibió de Cristo, el nombre más bello, la patria del Divino Salvador.

Abrigamos esta esperanza, la esperanza de que no sólo la Iglesia continúe trabajando en su autenticidad, en su belleza, en su unidad, sino la esperanza de que esta Iglesia embellecida en la persecución, comprendida por sus mismos perseguidores, sin odios, sin resentimientos, sabrá poner todo el rico potencial que Cristo le ofrece, para santificar las familias, para santificar la política, para santificar la economía, para hacer que también en El Salvador, Cristo pueda decir. "El Reino de Dios está cerca. Convertíos".

¡Divino Salvador del Mundo!, poniendo por intercesora a tu santísima madre, la Reina de la Paz, que es también patrona de El Salvador, te pedimos que esta esperanza de la Iglesia, que este pueblo que representa hoy tu transfiguración, goce la alegría de que sus esperanzas son cumplidas. Así sea.  


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