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Mié, Dic

Mons. Romero: a las madres de los desaparecidos, 1 de diciembre de 1977

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, 1 de diciembre de 1977: A las Madres de los desaparecidos en la guerra salvadoreña...

A las madres de los desaparecidos
1 de diciembre de 1977

Las Mejores Frases de esta Homilía

Les ofrecemos la homilía de Monseñor Romero, dirigida a las madres de los desarparecidos en el conflicto armado de El Salvador. Para aquellos que acusaron y siguen acusando a Monseñor Romero de incitar a la violencia, les recomendamos leer muy bien esta homilía, porque Monseñor Romero invitaba a la NO VIOLENCIA, al PERDÓN... Estas son las frases más importantes en ese contexto, ofrecidas en la homilía:

1. Y esto es lo que está haciendo la Iglesia, gritando contra el pecado que se entroniza en la historia, en la vida de la Patria para decir que no reine el demonio, que no reine el odio, que no reine la violencia, el temor terror; que reine el amor, que reine la paz de los hogares, que vuelva a la tranquilidad lo que ha sido causa de intranquilidad.

2. No dejen que se anide en el corazón de ustedes la serpiente del rencor, que no hay desgracia más grande que la de un corazón rencoroso, ni siquiera contra los que torturaron a sus hijos, ni siquiera contra las manos criminales que los tienen desaparecidos. No odien

3. La Iglesia también grita liberación pero no en el tono de odio ni de venganza ni de lucha de clases, porque eso no construye. Estamos de acuerdo en que debe de haber una lucha contra el terror, no debe de implantarse el terror en nuestra patria. Pero un terror no se quita con otro terror

 4. Miren a Cristo crucificado, la figura del oprimido más grande, la del hombre que sufre la injusticia más criminal de la tierra, la del inocente que muere en una cruz y mira a su propia madre hundida en el dolor de una injusticia y desde allí clama: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Y desde su dolor, injustamente sufrido, se convierte en el Redentor de los hombres.

5. Aquí está el secreto, hermanos, el dolor es inútil cuando se sufre sin Cristo pero cuando el dolor humano continúa el dolor de Cristo es dolor que sigue salvando al mundo, es dolor como el de María: sereno, lleno de esperanza.

 

A continuación el texto completo de esta homilía:

 

Queridos hermanos sacerdotes que concelebran esta Eucaristía para implorar la misericordia de Dios y el consuelo de tantos corazones, queridos fieles que en esta ocasión se solidarizan con las angustias de estas familias y con el misterio de la iniquidad que hace desaparecer gente de la sociedad: 

La madre de los Macabeos

Las tres lecturas que se han hecho han sido escogidas para esta circunstancia. La primera es el ejemplo heroico de aquella madre de 7 hijos, que en tiempo de los Macabeos fue llevada con sus 7 retoños para ofrecerlos en holocausto ante un tirano que pedía adoración, como si fuera un ídolo, pero que la madre y los valientes hijos, hasta el más chiquito, se enfrentaron para defender el derecho de Dios y decirle al autor de aquel crimen que ellos entregaban con gusto la vida, ante el Dios que les había dado la existencia, con la seguridad de que ese Dios les devolvería la vida a todos aquellos que la entregan sin miedo en defensa de sus divinos derechos. Y así murieron los 7, confesando la primacía de Dios, la rebeldía ante los hombres, cuando quieren atropellar los derechos de Dios y de las imágenes de Dios que son los hombres.

Nuestra debilidad y nuestra fuerza

La segunda lectura es del apóstol San Pablo, ese cristiano valiente que siente, como hombre, la debilidad humana, pero que siente por dentro la fuerza de la fe, de la esperanza que Dios da a quien confía en Él. El espíritu nos anima nuestra debilidad. Y dice esta hermosa frase que yo quisiera que las madres de familia de estos seres por quienes estamos orando hoy la grabaran como un lema de su vida: "A los que aman a Dios, todas las cosas les sirven para su bien. No hay desgracia, no hay catástrofes, no hay dolores por más inauditos que sean, que cuando se sufren con amor a Dios, no se conviertan en corona de gloria y de esperanza".

Nadie ha sufrido como ella

Y la tercera lectura que nos presenta a la que yo quisiera que fuera el modelo de estas madres afligidas: María, con su hijo presentándolo en el templo y oyendo de un profeta el destino sangriento de aquel hijo: "Este está puesto para señal de contradicción. Por su causa, una espada traspasará tu alma". Yo siento que estas madres son madres dolorosas con el corazón traspasado. Pero aquí hemos querido tener también en esta ceremonia a la Virgen María, precisamente en el misterio de la Presentación.

Esta imagencita que después de la Misa van a venerar con cariño las madres y todos ustedes, queridos fieles, es la primera imagen de María que llegó a nuestra Patria; se venera como una gran reliquia que estaba en la iglesia de San José y ahora será venerada en una nueva parroquia, pero es el tesoro más grande, no precisamente la imagen, sino la confianza en esa madre que le puede decir a todas las madres que sufren que nadie ha sufrido como ella, porque ninguna de ustedes, madres, ha llevado durante toda su vida una profecía como la llevó María, desde que su niño se acunaba en sus brazos. Ninguna de ustedes, madres, ha oído en los albores de la vida de sus niños a un profeta que les anunciaba el fin desgraciado, sangriento, de sus hijos, porque si una madre como María oye en la infancia de su niño que va a morir trágicamente y que por él su corazón de madre será traspasado por una espada, hermanos, toda la vida de esa madre es calvario y es sufrimiento.

María, pues, es el modelo de las madres que sufren, porque ninguna madre ha llevado durante toda su vida la espada de la incertidumbre, esperando la hora en que la tragedia se hizo tan dura realidad en el Calvario. Entonces, yo creo que esta misa que estamos ofreciendo con un sentido netamente religioso, nadie le vaya a dar a esta misa un sentido de profanación. No hemos venido, como se nos ha acusado en tantas campañas calumniosas, a celebrar una misa-mitin. Este es un sarcasmo, querer unir esas dos palabras. Ir a misa no es mitin por naturaleza, la misa es plegaria, la misa es santidad de oración, la misa es sacrificio de Cristo que se aplica a una intención concreta. En este caso la Misa es el dolor de Cristo, en el calvario, junto con María su madre bendita, que se hace signo, redención, para el dolor de estas madres y estas familias.

Presencia-denuncia

Yo quiero ver en la presencia de estas familias que sufren estos tres gestos de las tres lecturas; el primero es el heroísmo de aquella madre del tiempo de los macabeos. Una denuncia valiente, la presencia de aquella mujer frente al tirano era una denuncia. Su misma presencia de madre exhortando a sus hijos a morir antes que traicionar su devoción a Dios es una presencia que está clamando contra todos aquellos que quieren arrebatar los derechos de Dios y constituirse dioses de la tierra, señores de la vida de los hombres. Nadie como una madre puede comprender lo que vale un hombre, cuando ese hombre, sobre todo, es su propio hijo: "¿por qué me lo torturan? ¿por qué me lo desaparecen?". Y la presencia de una madre que llora a un desaparecido, es una presencia-denuncia; es una presencia que clama al cielo; es una presencia que reclama a gritos la presencia de su hijo desaparecido.

Como María al pie de la cruz, toda madre que sufre el atropello de su hijo es una denuncia. María, madre dolorosa, frente al poder de Poncio Pilatos que le ha matado injustamente a su hijo, es el grito de la justicia, del amor, de la paz, de lo que Dios quiere, frente a lo que Dios no quiere, frente al atropello, frente a lo que no debe ser.

Esto es lo que significa esta presencia, hermanos, y esto no es política, esto es la voz de la justicia, esto es la voz del amor, esto es el grito que la Iglesia recoge de tantas esposas, madres, hogares desamparados, para decir: "esto no debe ser, que vuelvan esos hijos donde los reclama el derecho de Dios, la ley del Señor". Es el grito contra el pecado. Y esto es lo que está haciendo la Iglesia, gritando contra el pecado que se entroniza en la historia, en la vida de la Patria para decir que no reine el demonio, que no reine el odio, que no reine la violencia, el temor terror; que reine el amor, que reine la paz de los hogares, que vuelva a la tranquilidad lo que ha sido causa de intranquilidad.

Tengo la conciencia tranquila

Y en segundo lugar, queridos hermanos, la segunda lectura de San Pablo a los Romanos, les decía a estas madres queridas que sufren, sea el lema de su vida y yo quisiera, hermanos, porque cuando la Iglesia toma ese tono de denuncia, no es con resentimiento, sino desde el Evangelio clama para que se conviertan los pecadores. Yo tengo la conciencia muy tranquila de que jamás he incitado a la violencia. Todos esos campos pagados y esas calumnias y esas voces de radio gritando contra el obispo revolucionario son calumnias porque mi voz no se ha manchado nunca con un grito de resentimiento ni de rencor. Grito fuerte contra la injusticia pero para decirle a los injustos: CONVIÉRTANSE. Grito en nombre del dolor, pero que sufren la injusticia, pero para decirle a los criminales: CONVIÉRTANSE, no sean malos.

No al odio y la violencia

Es ésta la voz de San Pablo también hoy para el que busca a Dios, para el que ama a Dios, todas las cosas cooperan para el bien. Queridas madres, no se vayan a dejar seducir ustedes por la voz de la violencia. No dejen que se anide en el corazón de ustedes la serpiente del rencor, que no hay desgracia más grande que la de un corazón rencoroso, ni siquiera contra los que torturaron a sus hijos, ni siquiera contra las manos criminales que los tienen desaparecidos. No odien. Oigan a San Pablo y a Dios que les dice en esta mañana que si hay amor a Dios en el corazón, todas esas injusticias se convertirán en bien para ustedes.

Cómo luchar contra el terror

En esta hora, hermanos, en que la liberación es tomada por muchas voces de hombres, la Iglesia también grita liberación pero no en el tono de odio ni de venganza ni de lucha de clases, porque eso no construye. Estamos de acuerdo en que debe de haber una lucha contra el terror, no debe de implantarse el terror en nuestra patria. Pero un terror no se quita con otro terror. Una mala voluntad no se mata con otra mala voluntad. El odio no siembra nada bueno. Por eso, la Iglesia está de acuerdo en las campañas contra el terror, con tal que se siembre esa campaña con amor, que busque la conversión de los malos; que castigue a los rebeldes, cualquiera que sea, aunque sea la mano armada, tiene que ser juzgada si ha cometido un crimen, y tiene que reclamársele castigo contra aquel que ha hecho el mal y no se convierte hacia el bien.

Pero desde el punto de vista cristiano, la voz de la Iglesia les dice a los oprimidos, a los que sufren, a los torturados, a los desaparecidos, a los muertos criminalmente, a las madres que sufren, a los hogares, a los marginados, a los que sufren injusticia, a todos ellos les dice estas palabras: Amen a Dios. Amen a Dios, que al que ama a Dios hasta esas opresiones se convierten en bien. Miren a Cristo crucificado, la figura del oprimido más grande, la del hombre que sufre la injusticia más criminal de la tierra, la del inocente que muere en una cruz y mira a su propia madre hundida en el dolor de una injusticia y desde allí clama: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Y desde su dolor, injustamente sufrido, se convierte en el Redentor de los hombres.

El dolor en la vida de la iglesia

Hermanos, en esta hora Cristo Redentor necesita dolor humano, necesita el dolor de esas santas madres que sufren, necesita la angustia de esas prisiones donde hay torturas. Dichosos los escogidos para continuar en la tierra la gran injusticia de Cristo que sigue salvando al mundo. Convirtámosla en redención. Esta hora, para mí, hermanos, es una hora bendita, porque yo estoy como inyectando el dolor de esas madres a la vida de la Iglesia. Este ofertorio que va a seguir ahora, en que el pan y el vino representan la prisión, la angustia, el dolor de tantos meses sin saber de sus hijos, se va a convertir en el dolor de Cristo en el calvario, en nuestro altar. Y yo les aseguro que este día, ese dolor santo de tantos hogares que sufren orfandad injusta es también dolor que alimenta, que inyecta de vida, de amor de Dios, a esta Iglesia que está predicando esperanza, que está predicando que no nos desesperemos, que tendrán que venir los días de la justicia, los días en que Dios triunfa sobre la iniquidad humana, la iniquidad infernal de los hombres.

María, símbolo del pueblo que sufre

Y por eso, hermanos, la tercera lectura, y donde el profeta le dice a María: "Vas a ser víctima de una injusticia, vas a sufrir mucho, pero este niño será la salvación del mundo". Aquí está el secreto, hermanos, el dolor es inútil cuando se sufre sin Cristo pero cuando el dolor humano continúa el dolor de Cristo es dolor que sigue salvando al mundo, es dolor como el de María: sereno, lleno de esperanza. Aún cuando todos desesperaban en la hora en que Cristo moría en la cruz, María, serena, espera la hora de la resurrección. María, hermanos, es el símbolo del pueblo que sufre opresión, injusticia, porque es el dolor sereno que espera la hora de la resurrección, es el dolor cristiano, el de la Iglesia que no está de acuerdo con las injusticias actuales, pero sin resentimientos, esperando la hora en que el Resucitado volverá para darnos la redención que esperamos.

Dolor y resurrección

Hermanos, la Iglesia no es ilusa, la Iglesia espera con seguridad la hora de la redención. Esos desaparecidos aparecerán. Ese dolor de estas madres se convertirá en Pascua. La angustia de este pueblo que no sabe para dónde va, en medio de tanta angustia, será pascua de resurrección si nos unimos a Cristo y esperamos de Él. Los hombres no podemos construir la liberación de nuestra tierra. Los salvadoreños con nuestras propias fuerzas humanas somos incapaces de salvar a nuestra patria, pero si la esperamos de Cristo el Redentor, sí, y ésta es la esperanza de la Iglesia. Por eso predico, hermanos, mucha fe en Jesucristo, mucha fe en Cristo que murió para pagar todas las injusticias y resucitó para sepultar en su tumba toda la maldad y volverse redención de todos los que sufrieron y se hace esperanza y vida eterna.

Bendita sea esta hora en que, junto a las madres afligidas, la Madre Iglesia quiere sembrar en el corazón de sus hijos la esperanza, la tranquilidad, la serenidad. Esta es la voz de la Iglesia, hermanos. Yo no soy pesimista y le pido a todos los hijos de la Iglesia que no sean pesimistas, que sean optimistas, pero que pongan ese optimismo en Cristo, el único que nos puede salvar, en Nuestro Divino Salvador y en su madre bendita, que, junto con Él, son los protagonistas de la redención del mundo y serán, sin duda, la redención, la alegría que retorna a los hogares y a los corazones afligidos.

Optimismo y fe

Vamos a celebrar, pues, esta Misa con este tono de optimismo, de serenidad, de fe. Nada de resentimientos ni de rencores, amar a Dios con todo el corazón, aún cuando nos esté sucediendo lo peor de la historia, amarlo, porque los que aman a Dios todas las cosas cooperan en bien. Y Cristo, el amor que se hace víctima en el altar, va a darnos una vez más en esta mañana, en esta Misa de la Divina Providencia, ofrecida por intenciones tan santas como son las de las madres cariñosas que lloran a sus hijos desaparecidos, la de los hogares huérfanos, de tantas víctimas de la injusticia actual. Y junto con esas víctimas santas, también, porque el dolor santifica, aunque sea un criminal, no es derecho darle tortura. Santifica el dolor, acerca a Dios, acerquémonos, hermanos, por más pecadores que nos sintamos a la víctima divina del Calvario que se hace presente en nuestro altar, para pedirle que su sangre caiga como lluvia de bendición y de consuelo sobre tantas necesidades de nuestra Patria. Ahora nos ponemos de pie para hacer una oración según las intenciones de este momento y una madre de familia es la que va a expresar esta plegaria:

Vengo a suplicarte llena de fe ante Vos, a pediros tengáis misericordia de nuestra hija Lil Milagro y aceptes recobre su libertad lo más pronto posible. Así también te pido por todos los demás reos políticos. ¡Dios de Amor, Virgen Clementísima, oye nuestra plegaria! Roguemos al Señor.

Te rogamos, Señor, óyenos.



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