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Sáb, Sep

Homilía XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A (6 de agosto de 1978)

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Ciclo A
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Homilía de San Oscar Arnulfo Romero, Homilía XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A (6 de agosto de 1978)

 

 Homilía XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A
(6 de agosto de 1978)

 

Daniel 7, 9-10.13-14
2 Pedro 1, 16-19
Mateo 17, 1-9

Queridos hermanos:

Sr. Obispo Auxiliar, Sr. Vicario General y representante de la Diócesis de Santa Ana, Señores Canónigos, Presbíteros y fieles de esta comunidad que hoy bajo la sombra del Divino Salvador han venido a celebrar la fiesta de la Transfiguración. Y me parece que nunca la patria es tan bella como bajo la luz de este sol del transfigurado, en el rostro de Cristo convertido en sol. Reconocemos el origen primero de esta naturaleza tan bella de nuestra patria; y cuando el pecado de los hombres sometió la naturaleza a la esclavitud, al egoísmo, a las pasiones, en Cristo encontramos la esperanza de la restauración, la belleza primigenio y la esperanza de su restitución lo que nos hace ver la maravilla de nuestros volcanes, de nuestros lagos, ríos, llanuras y mares embellecidos como nunca, porque si es cierto que gimen bajo el peso del pecado y del egoísmo, en Cristo anhelan y esperan la salvación de todos los hombres a los cuales la misma naturaleza inanimada, esta íntimamente unida, así se explica esa mirada de fe, de nuestros pueblos, de nuestra muchedumbre desde ayer por la tarde llenando como una pleamar nuestra capital y levantándose a las alturas del Divino Salvador, con una oración, con un suspiro de esperanza.

En ti Señor, encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, tú eres la clase de nuestra historia, tú eres la palabra por la cual Dios creó las cosas y en las cuales Dios redimirá el mundo esclavizado. Hay una palabra, en la liturgia de la palabra de hoy, que nos da la clave para entender este misterio de Cristo. Clave de la historia y de la naturaleza y de nuestras esperanzas, la palabra es ésta: El Hijo del Hombre. Cuando terminaba la visión, Cristo les dice a los apóstoles: "No digáis nada de lo que habéis visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos". Y la primera lectura nos da la explicación de esa palabra misteriosa. Al comentar hoy esta palabra de Dios en la fiesta más bella de nuestra patria, yo encuentro hermanos en el Hijo del Hombre y en el esplendor de su gloria, la luz que ilumina al pueblo peregrinante en la tierra; y escuchamos entonces, con toda la lógica de un Dios que conoce mejor que nosotros, quién es ese transfigurado. El imperativo que debe de llevarse cada uno de nosotros como un mensaje de la transfiguración: A El hay que escuchar. Lo primero lo que yo quiero explicarles es el significado de ese Hijo del Hombre en la plenitud de su gloria. Es una palabra, y precisamente la lectura de Daniel que se ha proclamado hoy nos dice que de allí la tomó Cristo para llamarse a sí mismo muchas veces en el Evangelio: El Hijo del Hombre. En primer lugar es un sentido individual, no tendría nada extraño llamar en hebreo Ven Adans, hijo de la humanidad, Hijo de Adán, hijo de la naturaleza humana; pero la Biblia -que además de este sentido que todo hombre puede llamarse así mismo hijo de la humanidad, hijo del hombre- le da un sentido de eminencia. Hijo del Hombre llama Dios al profeta que está hablando aquí. Hijo de Hombre es un hombre eminente, un hombre misteriosamente singular; y por eso lleva consigo también, un sentido colectivo que lo explica maravillosamente el profeta Daniel en la lectura de hoy: El pueblo de los santos del Altísimo y aquél panorama escatológico de un juicio en que se preparan sillas abundantes donde se van a sentar los hijos de la santidad del Altísimo y el Hijo del Hombre que viene entre las nubes; una sola cosa: El pueblo de los escogidos. El Hijo de Dios rodeado de hombres que han sido dóciles a su seguimiento. La santidad, que será coronada de gloria y a la que Dios hará el juicio de la historia.

Cristo anunció también que los que le sigan, se sentarán en las sillas de las tribus de Israel para juzgar a los habitantes de esas tribus y a todos los habitantes del mundo. El Hijo del Hombre entonces, tiene un sentido de colectividad, es Cristo cabeza, modelo ejemplar de toda una raza de redimidos. Es Cristo con su pueblo salvado. Y por eso, esta palabra Hijo del Hombre, ya sea en sentido individual como en sentido colectivo, tiene una profunda significación mesiánica. Cristo usa esa palabra cuando habla de su gloria; frente al tribunal de los sacerdotes anuncia que verán al Hijo del Hombre descender de entre las nubes con la majestad de Dios. Y otras veces dice: Verán al Hijo del Hombre humillado, como el siervo de Yahvéh, sobre el cual Dios deposita los pecados de la humanidad para redimir a ese pueblo. Es un pueblo humillado, es un pueblo glorificado que se identifica con esa cabeza: Cristo. Y que puede decir: Cristo, es el Hijo del Hombre, todo el cristianismo con El a la cabeza.

Esperanzas de redención y coronación de gloria, todo eso significa en esta mañana nuestro divino transfigurado. Cuando en la cumbre del Tabor se presenta también el Hijo del Hombre, nos está dando en el breve relámpago de aquella noche de oración: La esperanza, el anhelo de felicidad, de alegría, de salvación, que el pueblo lleva en su corazón. Y cuando en esta mañana o ayer por la tarde en el hermoso trono de la "bajada", veíamos la figura de Cristo transfigurado -y el Evangelio nos ha recordado que, no sólo es la imagen este 6 de agosto de 1978, sino que fue historia en una noche de oración, cuando rodeado de profetas, de conductores del pueblo de Dios y de la futura jerarquía que se iniciaba en Pedro, Santiago y Juan- es toda su Iglesia, es todo el pueblo que lo quiere amar y seguir, el que se transfigura, el que se llena de luz, el que ya siente en esta tierra la luz que un día fulgurará en la eternidad.

Por eso hermanos, la segunda lectura que corresponde a mi segundo pensamiento: El Hijo de Hombre, luz del pueblo que peregrina en la tierra. Así me da gusto ver ahora a este pueblo, venido de toda la comunidad de la Arquidiócesis y de más allá de nuestros límites, venir a anegar su esperanza, su fe en la luz de Cristo. Parece que San Pedro ha escrito para nosotros los salvadoreños, esa hermosa carta segunda de la cual se ha tomado hoy la palabra de exhortación: Que permanezcamos fieles a la enseñanza que se nos ha dado, apoyada en el poder y ,en la gloria de Cristo y en el testimonio vivo de los apóstoles que vieron con sus propios ojos la clarificación del Redentor, y que viene a confirmar el testimonio de los profetas. Y allí está todo el Viejo Testamento en Moisés y Elías, y todo el Nuevo Testamento en Pedro, Santiago y Juan haciendo frente a las fábulas ingeniosas, a las doctrinas de los hombres, a las falsas redenciones que los hombres prometen, para que sepan confiar en El. Y esta fe -dice San Pedro ya casi convirtiéndose en un poeta- como una lámpara encendida en la noche, iluminará las tinieblas hasta que amanezca el lucero de la mañana.

Es la noche de nuestra historia, es el caminar de nuestro tiempo, son estas horas difíciles como las que está viviendo nuestra Patria, en que parece una noche cerrada cuando el sol de la Transfiguración se hace luz y esperanza en el pueblo cristiano e ilumina nuestro camino. ¡Sigámoslo fieles!

Queridos hermanos, por eso la Iglesia que se siente eso: Lámpara de Dios, luz tomada del rostro iluminado de Cristo para iluminar la vida de los hombres, la vida de los pueblos, las complicaciones y los problemas que los hombres crean en su historia, siente la obligación de hablar, de iluminar como la lámpara en la noche, siente la necesidad de iluminar las tinieblas. Por eso quiero anunciarles en el marco glorioso del 6 de agosto, que con esta fecha, así como el año pasado con esa misma fecha del 6 de agosto, vamos a publicar una Carta Pastoral, en la cual se iluminan dos problemas de nuestro pueblo: Las organizaciones populares y el problema -diríamos la tentación- de la violencia.

Pronto saldrá a la publicidad y yo quiero entregarla ya, desde ahora, esa Carta para que en las comunidades, en las familias, en los cantones, en el pueblo, en todas partes, se sepa captar el pensamiento de esta lámpara, la luz de la fe y de la Iglesia para iluminar a los hombres que se debaten en las realidades verdaderas de nuestro pueblo.

En esa Carta Pastoral se presentan esos dos problemas; y juntamente daremos, como anexos, mucha doctrina sobre la Sagrada Escritura y sobre el Magisterio de los Papas que iluminen y que den materia de reflexionar para que sigamos reflexionando sobre estas realidades. El centro de esa Pastoral está en presentar una identidad y una finalidad de la Iglesia: La evangelización. Precisamente lo que estamos diciendo.

La Iglesia es lámpara que tiene que iluminar y por tanto tiene que meterse en las realidades para poder iluminar al hombre que peregrina en esta tierra. Desde esa competencia suya -que no es salirse de su ámbito, sino mantener su deber difícil de iluminar las realidades- la Iglesia defiende el derecho de asociación y la Iglesia promueve una acción dinámica de concientización y de organización de los sectores populares para conseguir la paz y la justicia. La Iglesia, desde su Evangelio, apoya los objetivos justos que buscan también las organizaciones y denuncia también las injusticias y las violencias que pueden cometer las organizaciones. Por eso, la Iglesia no se puede identificar con ninguna organización. Aun con aquellas que se califiquen y se sientan cristianas. La Iglesia, no es la organización, ni la organización es la Iglesia.

Si en un cristiano han crecido las dimensiones de la fe y de la vocación política, no se pueden identificar, sin más, las tareas de la fe y una determinada tarea política; ni mucho menos se pueden identificar Iglesia y organización. No se puede afirmar que sólo dentro de una determinada organización se puede desarrollar la exigencia cristiana de la fe. No todo cristiano tiene vocación política, ni el cauce político es el único que lleva a una tarea de justicia. También hay otros modos de traducir la fe en un trabajo de justicia y de bien común.

No se puede exigir a la Iglesia o a sus símbolos eclesiales que se conviertan en mecanismos de actividad política. Para ser buen político no se necesita ser cristiano; pero el cristiano metido en actividad política tiene obligación de confesar su fe en Cristo, y usar los métodos que estén de acuerdo con su fe. Y si en eso surgiera en este campo un conflicto entre la lealtad a su fe y la lealtad a la organización, el cristiano verdadero debe preferir su fe y demostrar que su lucha por la justicia es por la justicia del reino de Dios y no por otra justicia.

Los sacerdotes y los laicos llamados a una colaboración jerárquica, es natural que por trabajar en una evangelización encarnada en la realidad del país, sientan más simpatías por un partido o por una organización que por otra; pero sabiendo que la eficacia de la misión de la Iglesia está en ser fieles a su propia identidad, tendrán como primera meta de su trabajo pastoral, ser animadores, orientadores en la fe y en la justicia, y dejarán las tareas concretas que origina la actividad política ordinaria para que la realicen quienes son más expertos en analizar y encauzar.

También hermanos, al tratar el problema de la violencia, es triste presentar el espectáculo que hoy tenemos que ofrecer al Divino Salvador del Mundo. Un cuadro de sangre, de desolación, de angustia; y por eso reafirmamos ante el Divino Salvador del Mundo y a la faz de la Patria con toda la fuerza de nuestra fe, que creemos en la fecundidad de la paz que es nuestro ideal cristiano. No a la violencia, sí a la paz. Pero al mismo tiempo analizamos, con la moral tradicional de la Iglesia, el problema de la violencia. No es tan simple, hay matices que distinguen violencia institucionalizada: Aquella que ha hecho ya del modo de vivir una opresión para la mayoría. Se habla también de una violencia represiva del Estado, que mantiene a fuerza de armas una paz que no es la verdadera paz. Se habla también de una violencia revolucionaria: Aquella que el Papa llamaba "las tentaciones de la subversión" y es cuando un pueblo oprimido trata de levantarse a esa libertad a la que está llamado. Hay también una violencia espontánea: Cuando surge un atropello a la justicia en una institución, en una fábrica, espontáneamente lo que el hombre lleva de agresivo, surge en una violencia que no es organizada, pero que espontáneamente responde a una naturaleza. Y hay una defensa, mejor dicho una violencia que se llama legítima defensa, cuando a un inocente lo atropellan y él tiene que defender su vida o sus bienes.

Damos el juicio moral sobre esas diversas clases de violencia y hacemos un análisis de la situación en el país. Analizando las causas de tanta violencia de estos cuadros de desolación y de muerte, decimos que son las mismas de la miseria actual. La intransigencia de unos, la represión violenta, aumenta este conflicto. Y puede justificar otra violencia y esto es lo peligroso. Mientras no se quiten las raíces de donde está brotando una violencia, aunque sea injusta, también es injusta la raíz y es obligación trabajar por establecer unas raíces de donde pueda proceder la paz.

La paz tiene que ser obra de la justicia. Se repudia una violencia organizada, que ya toma una cierta mística de guerrilla o de terrorismo, y que endiosa la violencia como fuente única de justicia... Hace crecer la espiral de la violencia. No puede ser la solución de nuestros problemas. Y se exhorta la capacidad de agresividad que Dios ha dado a los hombres para trabajar por la justicia y por la paz.

Es curioso hermanos, cuando en esta mañana de la Transfiguración, miramos los personajes que rodean a Cristo, todos ellos son personajes violentos: Moisés, mató a un egipcio cuando veía reprimido a su pueblo en Egipto; Elías, pasó a cuchillo a los profetas falsos, los que atropellaban la dignidad del verdadero Dios; Pedro, desenvainó su espada cuando se quiso atropellar a Cristo en la noche de Getsemaní; Santiago y Juan fueron llamados por el mismo Cristo los "boanerges" -los hijos del trueno, hombres impetuosos- porque un día quisieron que lloviera fuego sobre un pueblo, porque no quena recibir a Jesús y a sus discípulos. Y allí los vemos, con toda su capacidad de violencia, con toda fuerza de agresividad, pero dóciles a Cristo. La agresividad de los hombres es un instinto que Dios les ha dado; pero si no lo saben iluminar. (Cristo cuando dice a los boanerges no saben ustedes de qué espíritu son, el Hijo del Hombre no ha venido a matar, sino a salvar), entonces Cristo no mutila las fuerzas del hombre, pero las orienta por la fuerza cristiana. Y la Iglesia también hace un llamamiento cuando dice: El cristiano es pacífico y no se ruboriza de ello; no es simplemente pacifista, porque es capaz de combatir, pero prefiere la paz a la guerra. Sabe que los cambios bruscos y violentos de las estructuras serían falaces, ineficaces sensibilismos y no conformes, ciertamente, a la dignidad del pueblo".

Por eso exhortamos en nuestra Pastoral a las fuerzas que se organizan, a una lucha honrada con los legítimos medios de presión. A no poner nunca su confianza en la violencia; a no dejar envenenar nunca sus justos reclamos -con ideologías de violencia. La Iglesia, hermanos, lámpara en la noche, ilumina no sólo estos problemas sociales de la actualidad, ella también ilumina, la intimidad moral del matrimonio, la intimidad moral donde tiene su fuente la vida; ella está también en contra del aborto; ella está también contra las inmoralidades, contra el vicio, contra lo que es tiniebla y lleva al hombre por caminos de perdición. Esta lámpara de Cristo Transfigurado, quiera transfigurar nuestro pueblo.

Y por eso hermanos, termino recordando el imperativo de Dios en esta mañana; "Ipsum audite", oídlo. El, que predicó también la violencia, pero la violencia de la redención, la que hizo de su cuerpo la víctima de la violencia para pagar los pecados de todos los crímenes y de todos los pecados de los hombres. Este Cristo es el que nos habla en esta mañana, y yo quisiera interpretar vuestros labios -cerrados a la atención en este instante- en una plegaria que se levanta hacia el Cristo Transfigurado para decirle: Señor, mira, el triste cuadro que nuestra Patria te está ofreciendo. Vuélvete misterioso Salvador, y esta esperanza que en Ti ponemos, nos devuelva la paz que se ha perdido, porque no hay justicia en el ambiente.

Y por eso Cristo se vuelve también, y yo me atrevo a interpretar su palabra en esta mañana: En primer lugar al pueblo, al que sufre, al que lleva la cruz de una tribulación para decirle: Háganse dignos del amor de Dios. No es simplemente por ser pobre que la Iglesia está con los pobres, es porque también al pobre tiene que reclamarle cuando sólo reclama derechos y no recuerda deberes; es que el pobre tiene que también promoverse y tiene que educarse y tiene que superarse; es que no es la pobreza sólo el no tener, sino tener el espíritu dispuesto a recibirlo todo de Dios. También quiero decir a quienes tienen abundancia, que aprendan a compartir; nuestro divino Redentor, en esta mañana que se anticipa a la mañana del juicio final, está dando todavía la oportunidad: Todo lo que hiciereis con ellos, conmigo lo hicisteis. No es limosna que se pide, es la justicia social que se reclama.

Y a todos los que han alcanzado un grado de diligencia en el pueblo, profesionales o por su capacidad organizativa tienen puestos claves, a todos los que pueden llamarse dirigentes, aunque sean de un sector modesto, les diré: Hermanos, en nombre de - Cristo, ayuden a esclarecer la realidad, busquen soluciones, no evadan su vocación de dirigentes. Sepan que lo que han recibido de Dios, no es para esconderlo en la comodidad de una familia, de un bienestar. Hoy la Patria necesita sobre todo, la inteligencia de ustedes. A los partidos políticos, a las organizaciones gremiales, cooperativas o populares, el Señor en esta mañana les quiere inspirar la mística de su divina Transfiguración para transfigurar también, desde la fuerza organizada, no con métodos o místicas ineficaces de violencia, sino con verdadera, auténtica liberación.

Tengan en cuenta este espectáculo de esta mañana: Es un pueblo que cree, es un pueblo que espera en Dios. No tengamos en menos este valor religioso de nuestro pueblo, no importemos fuerzas extrañas, donde no se conocen maravillas como las de El Salvador. Sepamos encontrar en el alma de nuestro propio pueblo la fuerza que Cristo le está dando para su propia redención. A quienes llevan en su mano o en su conciencia el peso de la sangre, del atropello de las víctimas inocentes o culpables, pero siempre víctimas en su dignidad de hombres, les diré: Conviértanse. No pueden encontrar a Dios por esos caminos de torturas y de atropellos. Dios se encuentra por los caminos de la justicia, de la conversión, de la verdad.

Y a quienes han recibido el terrible encargo de gobernar, en nombre de Cristo les recuerdo la urgencia de soluciones y leyes justas ante esta mayoría que está con problemas vitales de subsistencia, de tierra, de sueldo. El bien para todos, el bien común, tiene que ser un impulso como la caridad para el cristiano. Tengan en cuenta el derecho de participación que todos anhelan, porque cada uno puede aportar algo al bien común de la Patria y que se necesita hoy más que nunca. Una autoridad fuerte, pero no para unificar mecánica o despóticamente, sino para una fuerza moral basada en la libertad y en la responsabilidad de todos, para que todas esas fuerzas sepan convergir a pesar del pluralismo de opiniones y hasta de oposiciones al bienestar de la Patria. Den oportunidad de organizarse al pueblo, deroguen las leyes injustas, den amnistía a quienes han transgredido leyes que no son del bien común, cese el amedrantamiento del pueblo -principalmente en el campo- haya libertad o consignación a los tribunales de quienes han desaparecido o están presos injustamente, haya posibilidades de regresar al país para los expulsados o los impedidos de volver por causas políticas.

Y finalmente, queridos hermanos, la voz de Cristo se hace más íntima, es para nosotros los que formamos su Iglesia: He distinguido bien, al pueblo de Dios que ha de ser un día el pueblo de los santos del Altísimo. No se identifica con el pueblo profano al que la Iglesia ayuda. Es un pueblo más íntimo de Cristo, casi diríamos, el ropaje de Cristo. Somos sus obispos, sus sacerdotes, sus religiosos, sus catequistas, las comunidades que se alimentan de la palabra de Dios y tratan de seguir íntimamente al Señor. A nosotros más que a nadie, la palabra de Cristo se vuelve un imperativo para que seamos de verdad la Iglesia que ilumina como lámpara en la noche. La iglesia que no se confunde con otras luces para dar siempre la luz pura de Cristo, hermanos, una iglesia que transparente a Cristo Transfigurado. En una palabra, queridos hermanos, salvadoreños o extranjeros, todos somos pueblo de Dios. Hagamos, en medio del pueblo salvadoreño, un pueblo de Dios que de verdad sea la Iglesia del Divino Salvador. Así sea.


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