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Mié, Sep

Homilía V Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A (5 de febrero de 1978)

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero V Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A (5 de febrero de 1978)...

 

 Homilía V Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A
(5 de febrero de 1978)

 

 Isaías 58, 7-10; Salmo 111;  I Corintios 2, 1-5;  Mateo 5, 13-16

 

Les compartimos los puntos más importantes de la homilía de Monseñor Romero para el Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, con los que la voz de los sin voz "iluminaba" la realidad salvadoreña de 1978, y cómo la Iglesia y los cristianos de ese entonces, y nosotros ahora, podemos ser la sal y la luz que dan sabor e iluminan la realidad de nuestros tiempos.

Para quienes deseen leer la homilía completa, hay sitios como servicioskoinonia.org en donde la podemos encontrar. 

El resumen: 

 

Como una ciudad en la montaña

Yo quisiera que de esta reflexión de hoy, hermanos, cuando vamos a interrumpir el año litúrgico en su tiempo ordinario, rutinario, monótono, vamos a introducirnos con un sincero deseo de renovación cristiana, individual, familiar y colectiva, tuviéramos muy en cuenta este fragmento del Sermón de la Montaña; seguirá siendo el tema de los domingos del tiempo ordinario. El Sermón de la Montaña, donde Cristo inmediatamente después de decirnos la Bienaventuranzas, como el domingo pasado, nos apostrofa directamente y nos dice a nosotros Cristianos: Ustedes tienen que ser luz del mundo, una luz no se enciende y se pone debajo de la mesa sino en alto para que ilumine a toda la casa. Ustedes son como una ciudad iluminada, y una ciudad en la montaña, no se oculta. Ustedes son sal de la tierra; la sal sirve para dar sabor, pero cuando la sal se hace insípida, ¿para qué sirve? ¿para qué sirve una Iglesia, un cristiano, cuando su predicación, su ejemplo se ha trastornado en un servilismo, en adulación, en quedar bien con el mundo?. Sal insípida, luz apagada Qué fácil es estar bien con todo el mundo, pero qué ineficaz ser lámpara apagada, ¿para qué sirve?

La Iglesia necesita de cada uno de nosotros y de todos en conjunto. Cada cristiano tiene que ser como una antorcha, y el conjunto de cristianos, tiene que ser como una ciudad en la Montaña.

Cada uno luzca su propia profesión

Por eso me llena de emoción haber oído allá en México que nuestra Iglesia es como esa ciudad; inspiración para muchas Iglesias del Continente y aún de Europa. No nos pongamos vanidosos; simplemente sintamos la responsabilidad de hacer honor a esa expectativa del mundo hacia nuestra Iglesia. Y cada cristiano, por favor, tomemos en serio este testimonio personal.

Yo le doy gracias al Señor, porque, en estas horas difíciles de nuestra Arquidiócesis, han surgido muchos testimonios personales. Allá en México, en un noviciado de sacerdotes: "Nunca habíamos tenido tantas vocaciones como éste año pasado en El Salvador"; y lo mismo he oído de Congregaciones femeninas. Y en el Seminario, donde están ahora en ejercicios espirituales los jóvenes que van a iniciar el año, ¡cuántas bellas vocaciones! Un estudiante de medicina, allá en Aguilares, me decía: "Siento que no me llena esta carrera que había abrazado con tanta ambición; ya he pedido entrar a un noviciado, ¡voy a ser sacerdote mejor!".

Hermanos, no es que otras profesiones sean inferiores al sacerdocio, cada vocación vale, allí donde Dios la quiere; y esto es lo que yo quisiera dejar ahora, hermanos, como llamamiento en nombre de Cristo: Que cada uno sea luz en su propia profesión.

Mi cargo de Obispo, es mi vocación; la de mis hermanos sacerdotes en los pueblos y parroquias, es su vocación, es su puesto. La de las comunidades religiosas en sus colegios, en sus hospitales, en sus misiones, allí está su vocación. Y vocación también la de ustedes, queridos laicos: el médico, el abogado, el ingeniero, el empleado, la vendedora de mercado, el que se gana la vida cargando maletas en el mercado, el jornalero, el carpintero, cada uno vive su propia vocación.

No para tener más, sino para ser luz

¡Qué hermosa sería la vida, en que cada uno, sintiéndose orgulloso de su profesión, no ambicionando profesarla para tener más -eso es egoísmo-, sino para ser más luz en el mundo! ¡Qué hermosa sería la sociedad!, cuando los hombres pusieran el ideal no en los bienes de la tierra, enriquecerse más, tener más; eso lo hemos dicho ya aquí, es la expresión más elocuente del subdesarrollo moral: la codicia, el afán de tener, el frenesí de poder, idolatría.

El hombre brilla cuando es más luz del Señor; cuando hace de su profesión un servicio a la humanidad; cuando como lámpara se va consumiendo, mientras ilumina como comunidad y como Iglesia.

Busquemos la unidad

Hermanos, apretemos, cada día más, nuestra unidad de la Arquidiócesis. A los queridos sacerdotes, cómo les agradezco ese testimonio de unidad con su Obispo. ¡Lástima que no todos la quieran vivir!. A las religiosas, cómo les agradezco esas manifestaciones, de solidaridad, con el signo de la unidad que es el Obispo. A las comunidades, parroquias, comunidades de base y todo lo que es vida católica, auténtica, está comprobando en esta unidad de ciudad iluminada en la montaña. Seamos cada día más dignos de estos dones preciosísimos con que el Señor nos ha regalado y que se cumple al pie de la letra lo que dice el Concilio de la Iglesia: "Va peregrinando, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios". Y esos consuelos los dan ustedes, a la medida en que se hacen y nos hacemos todos más cristianos.

El Obispo, signo de la unidad

Yo no pretendo otra cosa, hermanos, sino ser cristiano, Obispo, el cristiano que está desempeñando su papel de signo de unidad; no soy más que nadie, simplemente soy el signo de esa unidad. El que me acepta como signo, se construye en esta unidad de la Iglesia; el que me rechaza como signo, rechaza la unidad de la Iglesia y se destruye, se apaga. Sal que se vuelve insípida.

Las buenas obras son el esplendor de la Iglesia

Por eso, hermanos, mi segundo pensamiento es éste: Que las buenas obras son el esplendor de la Iglesia, pero fíjense que insistencia en las lecturas de hoy. Las buenas obras a partir de los pobres. Qué hermosa y elocuente la palabra de Isaías: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, no te cierres a tu propia carne. Como que el mendigo soy yo, es mi carne que tiene hambre, dale de comer; como el que te viene a pedir posada, es tu carne que tiene frío, dale abrigo; siente esta fraternidad, siente la identidad. No digo contigo solamente, sino sobre todo siéntela con Cristo. Todo lo que le hagas a él, a mí me lo haces.

¡Cómo no le va a doler a la Iglesia una civilización de egoísmos, una civilización de desigualdades tan crueles, en que el pobre, el desamparado, el hambriento, el desnudo, el sin techo, como si no fuera hombre, como si no fuera hermano!. Ya hemos dicho, hermanos, que esto no es una defensa de la pereza, de la holgazanería, "el que no trabaja, dice la Biblia, que no coma". Pero se trata de estas situaciones que ya se hicieron como una costumbre entre nosotros, como si fueran diversas clases de hombres, los ricos y los pobres. Si somos la misma carne, si somos del mismo origen y tenemos el mismo destino; si a todos nos ha amado Cristo, y con todos se ha identificado.

Vivir, entonces, haciendo buenas obras ¿qué dice el profeta?. "Entonces, cuando hagas todo esto, romperá tu luz como una aurora, enseguida te brotará la carne sana que abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor". Esta es la gloria que sigue a la Iglesia, al hombre que vive la justicia y vive la caridad.

Estar cerca del que sufre

Por eso hermanos, en nuestra Arquidiócesis, y cada uno de nosotros, tiene que ser un devoto enardecido de la justicia, de los derechos humanos, de la libertad, de la igualdad; pero mirándolos a la luz de la fe. No lo olvidemos que es precisamente buscando que rompa en nuestro ser la luz del Señor, es decir: No hacer el bien por filantropía. Hay muchas agrupaciones que hacen el bien, pero para salir en el periódico, para que se ponga una placa de un gran bienhechor. Hay muchos que hacen el bien buscando aplausos en la tierra. Lo que busca la Iglesia al llamar a todos a la justicia y al amor fraterno, es el bien de la persona que hace el bien, porque se hace más bien el benefactor que el beneficiado. Entonces clamarás al Señor y te responderá; gritarás y te dirá: "AQUÍ ESTOY" ¿qué más queremos hermanos?.

Gozar de la presencia de Dios.

Hay un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: el que nos está dando la palabra de Dios hoy: Todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda esa carne que sufre, tiene cerca a Dios. Clamarás al Señor y te escuchará.

En que consiste la Religión

La religión no consiste en mucho rezar, la religión consiste en esa garantía de tener a mi Dios cerca de mí; porque le hago el bien a mis hermanos. La garantía de mi oración, no es el mucho decir palabras, la garantía de mi plegaria está muy fácil de conocer: ¿Cómo me porto con el pobre?, porque allí está Dios; y en la medida en que te acerques a él y, con el amor con que te acerques o el despreció con que te acerques, así te acercas a tu Dios. Lo que a él haces, a Dios se lo haces; y la manera como mires a él, así estás mirando a Dios. Dios ha querido identificarse de tal manera, que los méritos de cada uno y de una civilización se medirán por el trato que tengamos para el necesitado y para el pobre.

Pobreza, sacramento de Dios en el mundo

Queridos pobres, queridos marginados, queridas gentes sin casa y sin comer, la misma dignidad de ustedes les está reclamando una promoción. Es lástima que ustedes pobres, no se estimen como se debían estimar y que traten de ahogar en aguardiente, en vicios, en desórdenes, una dignidad que podría ser luz, presencia del Señor en la tierra. No elogiamos la pobreza sólo por ser pobreza, la elogiamos por ser signo, sacramento de Dios en el mundo y porque un sacramento tiene que respetarse por ser señal de Dios. Los pobres tienen que respetarse, tienen que promoverse, tienen que trabajar en la medida que les dé el alcance de sus esfuerzos económicos y sociales.

Anunciar la promoción de los hombres

No se duerman, la Iglesia, la religión, no quiere ser opio del pueblo. La Iglesia por eso sufre los conflictos, porque trata de promover al hombre y decirle: "Tú eres igual que todos, tú tienes los mismos derechos que tienen todos tus hermanos", porque va promoviendo para que dejen de ser masa adormecida y se conviertan en artífices del destino de la Patria. Por eso la promoción de la Iglesia maliciosamente se le quiere confundir con ideas subversivas u otra clase de calumnias. Pero lo que la Iglesia busca es esto del Profeta, anunciar la promoción de los hombres, sabiendo que en cada hombre está escondido Dios y que el respeto a cada hombre, así sea el más pobre e indigente, es respeto, devoción aptitud casi de adoración a nuestro Dios.

La debilidad de la Iglesia, la pobreza de la Iglesia, tiene su apoyo sublime en Cristo Nuestro Señor

Y finalmente, hermanos, un tercer pensamiento es éste: La debilidad de la Iglesia, la pobreza de la Iglesia, las limitaciones humanas de la Iglesia, tienen su apoyo sublime en Cristo nuestro Señor. Y aquí me fijo en la lectura de San Pablo. Ya les dije en qué contexto están estas líneas: Pablo está en Éfeso; de Corinto, donde ha trabajado más de un año, le llegan noticias de que la comunidad está olvidando su trascendencia y está poniendo sus ojos en la sabiduría de la tierra; que hay muchos cristianos que se glorían de seguir a Apolo, el gran retórico de Alejandría; griegos que se escandalizan de la Cruz de Cristo; judíos convertidos que también tienen la cruz como una locura y se van apartando del Crucificado y van buscando apoyo en las cosas de la tierra: en el dinero, en la política, en ser tenidos con ciertos privilegios en lo humano. ¡Qué fácil tentación es ésta, hermanos!

Cuando la Iglesia salía de sus persecuciones y un clima de bonanza iba cundiendo su ambiente, tenemos páginas bellísimas de los historiadores. Yo leía el día de San Sebastián, preparando una homilía, cómo el historiador, creo que Eusebio, dice que después de la persecución, el emperador nos dio cierto bienestar y no lo supimos aprovechar, y lo ocupamos para pelearnos unos con otros y buscar nuestro bienestar. Yo pienso si no serán esas las consecuencias del bienestar.

No con elocuencia o sabiduría humanas

Un sacerdote de mucha reflexión me decía en México: Yo tengo miedo por México, porque la Iglesia hoy está demasiado bien; hoy tenemos más que lo que nos quitaron cuando empezó la revolución; y me da miedo porque la Iglesia demasiado en bienestar ya se olvida de su trascendencia. Por eso Pablo vuelve en la epístola a los Corintios. Qué hermosa carta Magna para un predicador. Cómo quisiera yo, decirles a ustedes queridos católicos de la Arquidiócesis de San Salvador.

CUANDO VINE A USTEDES A ANUNCIARLES EL TESTIMONIO DE DIOS, NO LO HICE CON SUBLIME ELOCUENCIA O SABIDURÍA, PUES NUNCA ENTRE USTEDES ME PRECIÉ DE SABER COSA ALGUNA, SINO A JESUCRISTO Y ESTE CRUCIFICADO.

Yo no quisiera hermanos, que se interfiriera en mi pobre palabra, la sabiduría y la elocuencia humana, porque entonces les estaría dando yo vanidad del Mundo y no sabiduría de crucificado.

ME PRESENTÉ A VOSOTROS DÉBIL Y TEMEROSO. ¡Sabe Dios cuánto me costó venir a la capital a mi también!. Qué tímido me he sentido ante ustedes. Si no hubiera sido por el apoyo que como Iglesia me han dado y han hecho de su Obispo ustedes, este signo del cristianismo.

No en el ruido de las palabras

Hermanos, son ustedes los artífices de ésta iglesia. "Mi palabra, dice San Pablo, y mi predicación, no fue con persuasiva sabiduría humana sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe -fíjense en esta razón-, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios". Esta será mi mayor gloria. Y cuando oigo a gente que me dice: "Me he vuelto a la Iglesia, porque ya había perdido la fe; pero ahora siento que la fe renace en mi corazón", siento que no es mi palabra ni mi actitud ni nada mío, sino que es la fuerza del Espíritu, el poder de Dios, el único que puede llegar hasta el corazón de cada uno de ustedes.

¿Qué es mi palabra? ¿Qué es la sabiduría humana sino un ruido que llega hasta el oído eterno, pero de ese oído hasta el corazón hay un camino que sólo Dios puede recorrer?, y dichoso el predicador que no pone su confianza en el ruido de sus palabras, aunque vayan envueltas de gran sabiduría humana.

No en el poder de la tierra

Queridos compañeros y hermanos sacerdotes, hagamos nuestra esta página de la lectura de hoy; no pongamos nuestra confianza en el poder de la tierra.

Jamás he tolerado ni he consentido que la predicación del Evangelio se revuelva con el lenguaje de una revolución. Y cuando me han acusado a algún sacerdote que predica la revolución, he pedido pruebas, casos concretos. Sólo así podemos proceder. Pero muchas veces es la calumnia o una información de terceros; informaciones a veces interesadas, pero cuando he platicado con el sacerdote buscando su pensamiento, encuentro que su lenguaje no es otro que la sabiduría de Cristo, que supo reclamar también contra las injusticias y no sabía tolerar los atropellos de los pobres y necesitados. Por eso, hermanos, nuestra Iglesia tiene que tener mucho cuidado, las queridas comunidades de base, los grupos de reflexión, para que al reflexionar en la Biblia, en la palabra del Señor, no busquen otra cosa más que la sabiduría de Cristo Crucificado, no el poder de la política o del dinero. ¡A cuántos ha seducido y los ha hecho sal insípida ese apoyo frágil de las fuerzas de la tierra!. Ni tampoco en el otro extremo: La puesta de las armas y de la violencia. No es el lenguaje Cristiano.

Por eso hemos leído hoy, en la Populorum Progressio, que a tiempo hay que evitar los baños de sangre; que hay que hacer transformaciones audaces que suponen la conversión del corazón, conversión de los ídolos de la tierra al único Dios a quien todos tenemos que servir y amar, y viendo desde Dios los bienes de la tierra, los organicemos para hacer una civilización de amor, la civilización de los hijos de Dios.

Hermanos, la Iglesia, pobreza que se apoya en Cristo, vivámosla intensamente. Y para que no sólo sean palabras, la Eucaristía está ya preparada en el altar. Celebremos esta misa en unión íntima con nuestro Señor Jesucristo y ojalá cada uno de los que estamos en esta reflexión, sintieran despertar la profundidad de su cristianismo donde oye que Cristo le dice: Sé luz del mundo, sal de la tierra. Y como Pablo sepa responderle: Señor, que no me gloríe en otra cosa, más que en tu cruz, y que la sabiduría que yo lleve a mis hermanos no sea mas que a Jesucristo; y este, crucificado. Así sea...


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