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Mar, Oct

Homilía Misa de Fin de Año (31 de diciembre de 1977)

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Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero 31 de diciembre de 1977: Misa de Fin de Año...

 

Homilía Misa de Fin de Año
31 de diciembre de 1977

 

Relaciones entre Dios y su pueblo

Queridos hermanos, queridos radioyentes:

La comunidad que está rodeando el altar de la Catedral, lo mismo que todos los que con un sentido cristiano se unen a nuestra reflexión allá a través de la radio, sintámonos herederos de aquel pueblo de Dios, el Israel que Dios escogió para depositar en él sus promesas, sus bendiciones cuando vino el Prometido. Cuando las promesas llegaron a la plenitud de su cumplimiento en Cristo, nació este nuevo Israel, el pueblo cristiano, somos nosotros. Y lo que hemos escuchado en la primera lectura se refiere no sólo a las relaciones entre aquel Israel del Antiguo Testamento y su Dios, sino entre este pueblo, moderno Israel, el cristianismo de 1977, que ya va a comenzar a ser el pueblo de Dios de 1978.

Las relaciones con ese mismo Dios de Israel marcan nuestro más grande orgullo, nuestra más profunda satisfacción, la razón firme de nuestra esperanza, la alegría de nuestro corazón. Así podemos comprender lo grandioso de esta noche en que muchos, olvidándose de esta relación con el Creador, Señor del tiempo y de la eternidad, se entregan a las alegrías de este mundo. Casi como un sarcasmo, precisamente, cuando se están dando cuenta en esta noche de que el tiempo pasa, ellos como que quisieran aferrarse, instalarse en este mundo. La reflexión cristiana se vuelve al único eterno. Sólo Dios no pasa. El tiempo pasa con todas sus cosas, como un río que se va llevando todas las arenas movedizas.

Bendición de Dios a su pueblo

Este año se está terminando pero cuando el tiempo pasa, nosotros nos volvemos a Dios, el cual mandó bendecir así al pueblo que creía en él: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti, te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz; así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré". ¡Qué promesa más bella para terminar el año! Invocar el nombre del Señor es una expresión clásica de la Biblia. Quiere decir no solamente invocarlo con los labios, quiere decir tomar conciencia de que somos el pueblo de Dios. Quiere decir que en la historia del hombre está comprometida la Iglesia de Dios. Quiere decir invocar el nombre del Señor sobre su pueblo, que este pueblo tiene un compromiso con ese Dios y que en su marcha por la historia ese pueblo tiene que dar gloria a Dios no sólo con la expresión de sus buenos sentimientos, sino realizando una sociedad que de verdad sea la sociedad de los hijos de Dios. Donde la paz no solamente sea el equilibrio del temor, donde la paz no sea el silencio de los cementerios, donde la paz sea la alegría dinámica de un Dios de paz que precisamente por ser un Dios de la paz construye, se desparrama -diríamos- en bondades, realiza la pluriforme maravilla de la creación. Y sus hijos tenemos que hacer lo mismo: una paz que se construye en la justicia, en el amor y en la bondad.

Desde esta perspectiva, queridos hermanos, miremos el año que termina. Luego miremos hacia el año que va a comenzar dentro de pocas horas. El año que termina si lo vemos desde el corazón de este pueblo de Dios que es la Iglesia fundada por Cristo, el heredero de todo el Viejo Testamento para transmitirlo a su pueblo cristiano, es un año que nos invita a una profunda acción de gracias y también a una súplica de perdón.

1º. Una acción de gracias

Porque la Iglesia, el pueblo de Dios en esta comunidad de la Arquidiócesis de 1977, marca lo que hemos llamado una hora de Pascua y de Cruz. Cruz en el dolor de la persecución, cruz en el asesinato de los sacerdotes que murieron este año. No debían haber muerto, estarían todavía trabajando con nosotros pero ya los enumeramos de entre los difuntos, no por voluntad de Dios, sino por el crimen de los hombres. Cruz de persecución que la sentimos en los muchos puestos vacíos de sacerdotes en que nos deja este año, en el temor de las comunidades en donde se reflexiona la Palabra de Dios y, como en los primeros tiempos del cristianismo, se sospecha de que el cristianismo atenta contra la paz de los hombres. "Llegará el tiempo", dice Cristo. Y bendiciendo ese tiempo lamentaba que los hombres pensaban hacer un servicio a Dios mientras mataban a los cristianos.

Es una hora de cruz porque también para la Iglesia es sufrimiento de su corazón los múltiples atropellos a la vida, a la libertad, a la dignidad humana. La Iglesia, encargada de la gloria de la tierra, siente que en cada hombre hay una imagen de su Creador y que todo aquel que la atropella ofende a Dios. Y tiene que clamar "iglesia santa defensora de los derechos y de las imágenes de Dios". Ella siente que han sido también escupidas en su cara, latigadas en sus espaldas, cruz en su pasión, todo lo que han sufrido los hombres aunque no tengan fe, pero han sufrido como imágenes de Dios. No hay dicotomía entre la imagen de Dios y el hombre. El que tortura un hombre, el que ha ofendido a un hombre, atropellado a un hombre, ha ofendido la imagen de Dios, y la Iglesia siente que es suya esa cruz, ese martirio.

Pero al mismo tiempo, hermanos, esta hora de cruz de la Iglesia ha sido como la cruz del calvario plantada en el dolor, junto a María nuestra madre, un Dios hombre que agoniza, pero es el granito de trigo que muere para dar cosecha. Démosle gracias a Dios que junto a esta cruz de 1977 ha florecido un trigal de esperanzas, de renovaciones, de conversiones, de vocaciones, de fe. ¡Cuántos se han acercado a la Iglesia para decir que habían perdido ya la fe y gracias a esta cruz de 1977 han vuelto! Es cierto que también muchos se han alejado. Se alejaron los que tenían que alejarse, hojas amarillas del árbol que no soporta el vendaval. Tenían que arrancarse, esperando, tal vez, tiempos mejores para volver a ser lo que ansiamos, convertidos de su cobardía, de sus debilidades, de sus traiciones.

2º. Una súplica de perdón

Porque también esto, hermanos, mientras lamentábamos y gritábamos contra la persecución, mientras rechazábamos, repudiábamos la violencia que arrancó tanta sangre en 1977, nuestro grito jamás fue el grito de la venganza. La calumnia encuentra aquí una evidencia de su mentira. Como Cristo puedo decir: "En público he hablado, a través de la radio se han oído mis mensajes, la Iglesia ha rechazado todos los atropellos que en este año se le han hecho a ella y a la dignidad de los hombres; pero jamás hemos invocado una violencia de venganza contra nadie". Yo reto a todos los que me oyeron a que me convenzan en este sentido de que la Iglesia sembró la violencia o el desorden. Tengo la conciencia tranquila de una Iglesia que, al mismo tiempo que rechazó la violencia, llamó a los pecadores al perdón, los llamó a la penitencia. Los sigue llamando, porque seguimos viendo las manos crispadas del odio, de la venganza, de la persecución. La Iglesia no odia. Como Esteban el mártir -que celebrábamos en estos días-, mientras moría bajo la lluvia de las pedradas, levantaba su voz, la voz de la Iglesia: "¡No les tengas en cuenta este pecado; perdónalos, Señor, no saben lo que hacen!".

Esta es la acción de gracias, hermanos, en esta noche al terminar el año; recogiendo tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanto atropello. De veras -como lo ha dicho nuestro periódico "ORIENTACIÓN"- "emos vivido quizá el año más trágico de nuestra historia, pero al mismo tiempo para la Iglesia el año más fecundo de nuestra historia eclesiástica.

Démosle gracias al Señor porque hasta las ofensas, las injurias, volvían a Cristo ensangrentado y sucio en el Calvario, para volverse a su Padre: "Perdónalos, Padre, no saben lo que hacen". Y esta voz de la pasión de Cristo se ha hecho en este año la voz de la Iglesia pidiendo misericordia para los que la ofendieron. Ella también, hermanos, se vuelve a Dios para decirle: Padre, perdónanos, también como humanos dentro de nuestra Iglesia hemos cometido nuestras faltas. ¿Por qué no lo vamos a reconocer? Esto nos honra también, porque lo frágil, lo miserable, cuando es humilde alcanza el perdón.

Y es que al volvernos hacia 1978 yo quisiera hacer un llamamiento a todas las fuerzas vivas de nuestra Iglesia: sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos, comunidades de todas las categorías, familias que se precian de cristianas, también a los que no tienen fe en nuestra Iglesia, los hermanos protestantes; también los que no tienen fe en Cristo pero aman la paz y desean el bien. Un llamamiento que hice ante el cadáver de un sacerdote asesinado en este año, quiero hacerlo también de nuevo en este fin de año y principio del nuevo año: el llamamiento a que todos hagamos un esfuerzo por la paz, que construyamos esa paz dinámica que arranca, desde luego, en una Iglesia que trata de ser auténtica, fiel a su evangelio.

3º. Acción de gracias por tratar de ser fiel al evangelio

Y este es un motivo para darle gracias también al Señor: la fidelidad que hemos tratado de realizar a nuestro evangelio, al esposo santo de la Iglesia, a Jesucristo. La Iglesia tiene allí bien claro su programa: ser fiel a su evangelio, tratar de analizar su propia vida, sus relaciones sociales, su instalación en el mundo a la luz del evangelio, y sólo lo que puede resistir esa luz del evangelio es auténtico. Ninguna felicidad de un hijo de la Iglesia puede ser felicidad auténtica si no se funda en el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo que proclamaba: "Bienaventurados los que tienen libre el corazón de las prisiones de la riqueza, de los egoísmos, de las venganzas, de los rencores, de los odios". Una actitud así en la Iglesia es la que pido para todos mis queridos católicos al principiar el año.

Que 1978 marque para todos los que se glorían de ser hijos de la Iglesia Católica, una conversión. Todos necesitamos convertirnos, yo el primero, mis queridos sacerdotes, mis hermanas religiosas, los laicos bautizados. Una conversión a las promesas de nuestro bautismo, renuncia a todo lo malo y conversión hacia todo lo que es evangélico. El que no quiera vivir así su profundo sentir con la Iglesia, sería más honrado que dijera: "yo no creo en la Iglesia, no me cuenten más entre los bautizados". Pero los que están fuera de la Iglesia: los cristianos, los protestantes, los que creen en Cristo a su manera, miren a Cristo no desde la Iglesia, mírenlo desde su propia conciencia, desde su propio seguimiento a Cristo. Yo me alegro, hermanos, de que en el campo protestante se está haciendo una revisión seria de vivir el evangelio. Ya hay conflicto. ¡Bendito sea Dios!. Porque cuando se pone la mano en la llaga hay conflicto, hay dolor. Y el protestantismo está poniendo la mano también en la llaga, está diciendo que no se puede ser verdadero protestante, verdadero seguidor del evangelio si no se sacan todas las conclusiones que el evangelio tiene para las realidades de esta tierra. Que no se puede vivir un evangelio demasiado angelical, un evangelio de conformismo, un evangelio que no sea paz dinámica, un evangelio que no sea de dimensiones exigentes para las cosas temporales también.

Y aún más allá del evangelio, más allá del cristianismo también pedimos para 1978 a los hombres de buena voluntad, que por su simple hombría, por sus simples sentimientos humanos, sepamos dar a nuestra patria un rostro distinto de 1977. Una convivencia fraternal que se inspire en el sentido de una sociedad, democrática -digamos- pero en verdadero sentido; no en el abuso de esa palabra, sino en el sentido en que todo hombre sea respetado en sus derechos legítimos, en sus derechos primigenios que ha recibido de su misma creación. Todo esto, hermanos, nos sugiere el mensaje que Dios manda decir: Así invocarán mi nombre en una sociedad que se precia de llevar la protección de Dios.

4º. Actitud profunda de esperanza ante un nuevo año

Queridos hermanos, vamos a celebrar nuestra última misa de 1977. La misa es el sacrificio de Cristo y en Cristo ponemos toda nuestra confianza. Señor, no confiamos en nuestros méritos, nuestras manos están vacías, pero sí confiamos en los méritos infinitos de Cristo, el Señor de la historia, que al terminar el año sepa recompensar con el sacrificio de su cruz que vamos a renovar en el altar las muchas formas en que te hemos ofendido este año. Perdona tanta sangre derramada, perdona tanto odio, tanta injuria, tanta calumnia. Perdona, Señor, a este pueblo tan manchado, de rostro tan feo, es tu imagen, imagen de un pueblo que lleva tu nombre. Lávalo con tu sangre, purifícanos. Y entramos entonces a 1978, hermanos, entramos con un profundo sentido de esperanza, de alegría, de optimismo. Por más pecador que haya sido un hombre, cuando escucha de Dios la palabra del perdón, ya es criatura nueva.

Eso es lo que le pedimos en este día, ya que celebramos hoy, junto al 1 de enero, la maternidad divina de María, la mujer Virgen y Madre que dio ese alumbramiento del hombre que salva al mundo, sea también el nombre de la Virgen invocado sobre nuestra patria en el l de enero, para que Ella sea también la autora de un alumbramiento, parto doloroso, de un año de sangre y de odio y de tantas maldades, a un año nuevo, humanidad nueva, renovación de los corazones, dolor de conversión, dolor de cruz pero de esperanzas, de una cruz que redime. Que todo el dolor de 1977 sea un dolor redentor, que hasta las manos criminales que sacaron sangre o que escribieron odio en las páginas de los periódicos -que es lo mismo matar que difamar, es matar la fama también. ¡Cuántos asesinos de la fama!-. Que todas esas manos criminales que han derramado tanta sangre roja y blanca se conviertan y conviertan su dolor en arrepentimiento, y sean también constructores de un mundo mejor en 1978.

"Yo tengo fe -canta aquella canción-, yo tengo fe que todo cambiará, yo tengo fe en Cristo, el Señor, que es capaz de que contando con la buena voluntad de los hombres, podamos hacer un año nuevo, una página blanca mejor escrita. Lavemos con lágrimas, con amor, con plegarias, con conversión de esta noche, junto a las lágrimas de Cristo en su calvario, que es el altar. Lavemos todas las manchas que nos deja la historia al morir este año y abramos una página nueva; hermanos, escribámosla con más amor, con más fraternidad, con más sentido de acción de gracias al Señor. "Así invocarán mi nombre", dice el Señor. Ojalá, Señor, haya podido interpretar lo que tú quisiste decir por medio de Moisés cuando mandaste invocar tu nombre en medio de los hombres. Yo no he querido hacer otra cosa que invocar tu nombre en medio de nosotros; los de nuestra Arquidiócesis, para que sea bendito tu nombre; y nosotros, en nuestra historia, seamos gloria tuya como tú quisiste cuando nos creaste: hacernos a tu imagen y semejanza. Proclamemos así, queridos hermanos, nuestra fe en Dios. Creemos en un solo Dios...


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