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Mié, Sep

Homilía Festividad de San José (19 de diciembre de 1977)

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Homilía 19 de diciembre de 1977: Festividad de San José en Quezaltepeque... 

 

Homilía Festividad de San José
19 de diciembre de 1977 

 

Queridos hermanos sacerdotes, queridos católicos de Quezaltepeque y comunidades que han tenido ese gesto de comunión viniendo a convivir esta fiesta patronal de la parroquia de Quezaltepeque en honor de San José:

Que todos, católicos de Quezaltepeque, han tenido la feliz ocurrencia de celebrar el día de San José en las cercanías de la Navidad. Sabemos que en la Iglesia Universal se celebra el 19 de marzo, pero aquí, Quezaltepeque, destacándolo del año, lo coloca cerquita de la cuna del niño Jesús el día de su patrón San José. Coincide esta idea con una idea grandiosa que tuvo el Papa Pío IX, el siglo pasado, 1870, que escogió precisamente el mes de diciembre, el 8 de diciembre para proclamar el patrocinio de San José, quiere decir, poner bajo el cuidado de San José a la Iglesia Universal. Estamos, pues, como celebrando ese aniversario del patrocinio, de la protección de San José sobre esta Iglesia fundada por Cristo y así recobra todo su bello sentido la oración que se ha dicho aquí hace un momento: "¡Oh Dios, que confiaste a San José los principios de la redención!".

Esta es la fiesta de hoy, acercarnos a los principios de nuestra redención y en esos principios de la redención cristiana encontramos los dos personajes protagonistas de toda esa redención: Cristo y María.

Los orígenes de la Iglesia

Esos dos personajes, los más grandes que han existido en la tierra, son los orígenes de esa fuentecita que en Belén comenzó a crecer como un río que ahora es un torrente por el mundo, la Iglesia Universal, que lleva como objeto la salvación de los hombres. San José fue puesto como el cuidador de esa fuente que nacía. Justo era que en los tiempos modernos, cuando ya esa fuente se había hecho río inmenso, Iglesia Universal, se recordara también a los hombres de nuestro tiempo el papel importante de San José dentro de esa Iglesia.

En los orígenes, esta Iglesia se denomina con dos nombres: Cristo, María. Para los dos ellos, San José tiene una relación única, como todos sabemos. Para María es su esposo. Reflexionen aquí los que llevan esa dignidad de esposo lo que significa en un hogar el esposo, el padre de familia. Eso es San José no sólo para la Sagrada Familia, sino para esa familia que va a crecer inmensamente, la familia de Dios.

La primera cristiana

María, su esposa, la acaba de llamar el Concilio Vaticano II el principio y el modelo de la Iglesia. Miren qué bella descripción de esa mujer bendita, el principio y el modelo, quiere decir que la Iglesia, que va a trabajar a lo largo de los siglos con todos los hombres que creen en Cristo, tiene que parecerse a María. María es la primera cristiana, María es el modelo de un evangelio que se hace vida, María es el ideal de la Iglesia. Cómo quisiera la Iglesia en su trabajo con los pueblos hacer que todos los hombres, y todas las mujeres sobre todo, se parezcan a María, el modelo del alma que se deja redimir, el modelo del alma que le dice a Dios en sus proyectos de salvación: "he aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra". Por eso María es llevada también en cuerpo y alma a los cielos para constituirse allá también el principio de aquella Iglesia que nosotros vamos a ir a construir cuando nos muramos y nos salvemos y cuando después del juicio final resuciten también nuestros cuerpos y se encuentren allá con el cuerpo de María, que ya está en el cielo como primera piedra de aquel edificio glorioso con que va a construir Dios su templo para toda la eternidad. María, pues, es el principio, el modelo que la Iglesia tiene delante para copiar en el corazón de todos sus cristianos, la imagen que Cristo redentor ha querido hacer de todos sus redimidos.

Redimida y esposa

María, se le llama por eso "prima redenta", la primera redimida, el modelo de los redimidos, la redimida por excelencia, la flor más hermosa de la redención, el lujo de Cristo crucificado en la cruz. La sangre de Cristo no pudo brotar de una roca más bella que María, su propia madre. Esa mujer bendita que va a ser el principio y el modelo de todos los hombres que quieran ser salvos. Se le entrega a José como una esposa. Mediten aquí las que tienen esa dignidad en sus hogares, esposas, madres, y así como lo sientan las esposas nobles en su hogar, eso siente María; en el hogar de los hijos de Dios, eres la consejera, la conciencia, el calor de amor, la ternura, todo lo que vale una esposa, en su hogar, una madre en su hogar, eso es María en la Iglesia, y esa es la esposa de San José.

José, esposo de María

Ahora comprendemos un poquito la dignidad de ese hombre, la confianza que Dios debió de tener a ese hombre para confiarle una mujer tan delicada, tan grandiosa, verdaderamente el lujo de la humanidad. María, lo más noble de la humanidad, se le entrega a José para que la cuide, para que la proteja. Y el otro gran ejemplar que fue puesto bajo el patrocinio de San José es Cristo Nuestro Señor. Ayer, en las lecturas del domingo, San Pablo nos decía que ese Cristo en cuanto hijo de María, descendiente de David, es un hijo de David como declaraba el evangelio. Pero no acaba allí la dignidad de Cristo en cuanto ungido por aquella concepción virginal, María concibe en sus entrañas un hombre que al mismo tiempo es Dios. Por eso Cristo es el único hijo de mujer que no tiene un padre en lo natural aquí en la tierra. ¿Cómo puede ser esto?, dice María cuando el ángel le anunció, ¿cómo voy a tener un hijo si no tengo relación con ningún hombre?; y el ángel le declara: No, es que el fruto de tus entrañas no es un hombre cualquiera, lo que va a nacer de ti es lo santo, lo ungido por el Espíritu de Dios, será el fruto de un milagro para aquel que no tiene imposibles. Aquel que hizo posible que tu prima Isabel, anciana, estéril, pudiera ser capaz de ser madre del precursor va a hacer que de ti, sin perder tu virginidad, sin concurso de hombre, puedas tener un hijo virginalmente, porque viene ungido por el milagro de Dios. Tu hijo se llamará hijo del Altísimo, hijo de Dios, Cristo el redentor, el que va a perdonar los pecados de todo el pueblo.

Tu padre y yo

Qué gloria la de María tener tal hijo, y ese hijo, sin ser fruto natural de José, se llamará hijo de José. No hay elogio más hermoso para San José que aquella queja de María cuando encontró al niño Jesús en el templo: Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros, no ves que tu padre y yo te andábamos buscando? José y María sabían que Cristo no era hijo de José en la forma natural en que un hombre es padre de un hijo, José sabía y respetaba aquel milagro virginal de Cristo, sin embargo, María le dice a Cristo: tu padre y yo; qué honor el de San José, lo que el Padre Eterno puede decir a Cristo, éste es mi hijo muy amado, lo puede decir José: es mi hijo. Y el hijo que llamó tantas veces en su oración: padre, al padre de los cielos, me imagino yo tantas veces diciéndole a José papá, padre. Qué hermoso esta relación entre José y Cristo pero resulta, queridos hermanos, que así como María es el modelo de toda una Iglesia que va viviendo durante toda la historia, Cristo todavía más, es un hijo de José que se prolongará en su Iglesia.

La Iglesia, bajo su protección

Y aquí es lo que yo quisiera que nos fijáramos principalmente, queridos hijos de Quezaltepeque, yo quiero que nos fijemos en este concepto, sobre todo, que José, siendo el padre legal de Cristo, ve que ese Cristo se prolonga en su Iglesia y siente que todos nosotros los cristianos somos también hijos suyos, estamos bajo su protección, y con el mismo cariño con que cuidaban a su niño Jesús en el taller de Nazaret nos cuida también a nosotros, su Iglesia. Este misterio, hermanos, es el que yo quisiera que se grabaran muy hondo en esta misa que estamos celebrando en su honor. Como define el Concilio Vaticano II a la Iglesia, dice así: "Cristo, el único mediador, instituyó y sostiene una Iglesia como un conjunto jerárquico para transmitir por medio de ese conjunto su verdad y su vida".

Voy a repetirles este concepto, que aquí está la esencia de mi pobre mensaje: "Cristo, el único mediador, instituyó y sostiene su Iglesia como un conjunto jerárquico para transmitir por medio de ese conjunto su verdad y su vida". Aquí hay tres cosas: 1º) la Iglesia es un conjunto jerárquico. 2º) la Iglesia transmite la verdad de Cristo. 3º.) la Iglesia es el instrumento de Cristo para transmitir su vida.

1º. La Iglesia es un conjunto jerárquico

Es un conjunto jerárquico, quiere decir que la Iglesia es una sociedad visible, que tiene sus pastores, a los cuales el pueblo sigue y obedece. Al pueblo servimos nosotros, por eso hemos querido darle a esta misa parroquial todo el sentido jerárquico. He querido estar con ustedes en mi calidad de Arzobispo de la Arquidiócesis, junto con mis queridos hermanos y colaboradores: los sacerdotes. Estos somos los que representamos la autoridad jerárquica, el centro de la unidad, el instrumento que usa Cristo para transmitir su verdad y su vida. Todo aquel que quiera vivir esta vida y esta verdad de Cristo tiene que estar en comunión con este conjunto jerárquico. Cristo habla y da su vida por su predicación que dan sus obispos y los sacerdotes en comunión con el obispo.

En unión con el obispo

Cuando un sacerdote se descoyunta de esta comunión con el obispo ya no es su instrumento de la jerarquía y por tanto ya no es un miembro vivo de esa vida que transmite la verdad y la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Mucho más grave todavía cuando no solamente ha descoyuntado la unidad sino que, haciendo un atentado contra la unidad de la Iglesia, él solo se ha excomulgado como aquel que toca un alambre de alta tensión, nadie lo ha quemado, el solo se quemó. Así resulta que todo aquel que se desconecta y se excomulga ya no es conexión de este cuerpo jerárquico. Hermanos, naturalmente que la verdad y la gracia de Cristo se dará a toda persona de buena voluntad y así resulta que, aún viviendo en el protestantismo o en una religión falsa, se puede salvar uno cuando de buena voluntad vive en esa religión falsa, pero cuando no hay buena voluntad, cuando conscientemente se le está haciendo guerra al obispo y hay quien acuerpa esa guerra, ya no puede haber allí buena voluntad, ya ese grupo de hombres o mujeres que instrumentalizan un sacerdote descoyuntado de la unidad jerárquica ya no están viviendo la verdad y la vida que Cristo ha traído al mundo, sino que están viviendo su propio capricho, su propia excomunión.

Vivamos hermanos esta unidad que la Iglesia trae no de sí, sino de Cristo Nuestro Señor; sí, la Iglesia no está dando nada; sí, la Iglesia es como un canal, como un alambre eléctrico; el canal se conecta con la fuente y así trae agua, no es el caño el que da agua, sino la fuente que usa este caño para traer el agua, no es el alambre el que da corriente eléctrica, son los dinamos generadores de donde el alambre trae la corriente para convertirla en luz de nuestros ojos, en energía eléctrica de nuestras cosas eléctricas. Así también la jerarquía del obispo con sus sacerdotes deben estar conectados con la fuente, con los dinamos que dan la vida y cuando ya se desconectan no es más que un caño cortado de la fuente, no es más que un alambre cortado del dinamo, alambre sin corriente, caño sin agua; esto es el cisma, esto es separarse de este cuerpo jerárquico que Cristo quiso para transmitir su verdad y su vida.

Esto es lo primero, hermanos, y por esto en esta fiesta de San José lo que yo pido a mis queridos católicos es que agrupemos más firmemente nuestro conjunto jerárquico, que estemos más sólidamente unidos con nuestros párrocos así como los párrocos lo están con su obispo. La semana pasada tuvimos una reunión del clero y les quiero confesar, hermanos, mi satisfacción profunda cuando escuché de todos mis queridos sacerdotes una palabra tan profundamente solidaria, hasta llegar a decir: "Todo lo que es con el Obispo es con nosotros". Yo les quiero agradecer a mis queridos sacerdotes aquí presentes, y en ellos a todos los de la Arquidiócesis, que esta comunión que expresaron el jueves de la semana pasada ha servido para mí de un estímulo poderoso y puedo decirles de nuevo que me siento muy unido a todos los sacerdotes que están tan noblemente en comunión con su obispo, y así quiero sentir también de las comunidades que voy visitando, que todas ellas me van expresando su solidaridad, no por ser yo una persona humana, en eso no soy más que un caño, un alambre, sino porque este caño y este alambre está conectado y quiere estar con Cristo y así con todos aquellos que están solidarios conmigo transmitirles la verdad y la vida de nuestro Señor Jesucristo.

2º. La Iglesia transmite la verdad sobre Cristo

Y así, hermanos, la segunda idea es que esta unidad jerárquica no es para sí, sino para dar la verdad y para dar la vida. La verdad en primer lugar, la verdad solamente existe en comunión con el magisterio de la Iglesia, la verdad revelada por Dios, y por eso manténganse siempre unidos en la verdad que la Iglesia predica. Hoy, hermanos, es muy peligroso que nos tilden que nos hemos hecho comunistas, que nos hemos hecho subversivos, que nos hemos metido en política, y así se está desacreditando la verdad de la Iglesia. Pobrecitos los que, como los fariseos, oyen de Cristo la terrible maldición: "Hipócritas, que no entráis vosotros en el Reino de los Cielos y estáis estorbando que otros entren en el verdadero Reino de la Verdad".

Mucho cuidado, hermanos, no se dejen seducir, Dios ve que ustedes tienen criterios, es decir, saben pensar; no se dejen seducir por la mentira aún cuando esa mentira esté envuelta en conveniencias políticas, en conveniencias económicas o sociales. Cuántos hay que venden la verdad por un puesto miserable que se les da por denunciar o por condenar por desprestigiar esta Iglesia: periódicos, transmisiones de radio bien pagadas, para que desprestigien la Iglesia, no les importa decir la Verdad, les importa el dinero que ganan, las 30 monedas de Judas traicionando la Verdad de su divino Maestro. Cuidado, hermanos, no quisiera en Quezaltepeque ningún traidor de la Verdad sino hombres y mujeres firmes en su Verdad, como los mártires, aunque nos quiten la vida. Esta es la Verdad, Dios nos dará la vida eterna a cambio de la vida que perdemos en la tierra. Dios nos dará felicidad muy superior a la que nos pueden ofrecer los poderosos de la tierra. No nos vendamos por nada, y esta verdad es muy superior y hay que conservarla, es la fe que decía Cristo, aquellos que dan su vida por esta verdad la encontraran, en cambio los que se avergüencen de esta verdad la perderán.

No es una ventaja de mucho valor el de estar bien en esta tierra cuando se traiciona a Cristo y a su Iglesia, es una ventaja que se vende muy barata, porque se va a dejar con la vida, y es terrible oír de los labios de Cristo: apartaos, malditos, inicuos, no os conozco porque yo me avergonzaré de aquel que se avergüenza de mí delante de los hombres.

3º. La Iglesia es el instrumento de Cristo para transmitir su vida

Y finalmente, hermanos, la Iglesia que San José cuida, conjunto jerárquico para transmitir la Verdad, transmitir también la Vida. Qué bonito ver aquí delante de mí una niña de Primera Comunión, va a recibir la Vida, ya recibió la Confirmación, el Bautismo. Los sacramentos que administramos los sacerdotes son la Vida de Dios que se da a las almas, les alimenta a ustedes hermanos, y en este momento estamos viviendo el sacramento de la Eucaristía, Cristo presente aquí entre nosotros, gracias al ministerio de los sacerdotes; entonces esa vida vivámosla intensamente, no la perdamos por el pecado.

Y mucho cuidado, también, que así como he dicho que el sacerdote mantiene su potestad sacerdotal aunque cuando se haya apartado de la Iglesia, no vamos a decir que son inválidos los sacramentos que él administra, pero vamos a decir que aquel que los recibe conscientemente de un sacerdote ilegítimo está en pecado, comete ese pecado que se llama el sacrilegio, porque van a recibirlo donde no lo deben recibir, sabiendo que no lo pueden recibir de un excomulgado. Peca el que lo recibe a sabiendas, el que no lo sabe, pues, naturalmente que le vale la absolución, el perdón. Gracias porque el Señor es misericordioso y al sacerdote le pedirá cuentas: ¿por qué estas administrando ilegítimamente lo que no puedes administrar?. Él dará cuenta a Dios, pero Dios es tan bueno que aquellos que reciben su ministerio, lo reciben de verdad, con tal que sea ignorantemente. Pero en Quezaltepeque no se puede hablar de ignorancia cuando es un hecho que toda la república lo sabe.

Lo que importa son ustedes

Hermanos, tenemos, pues, la Iglesia que fue confiada a San José viva aquí. Y termino con este pensamiento del Concilio: "La Iglesia es el cuerpo de Cristo, que es el medio eficaz de la unidad del género humano". No importa que no estén todos los hombres, dice el Concilio, puede ser una pequeña comunidad, pero en esa pequeña comunidad está toda la fuerza de la redención, toda la fuerza unificadora de la Iglesia. Hermanos, no contemos la Iglesia por la cantidad de gente, ni contemos la Iglesia por sus edificios materiales, la Iglesia ha construido muchos templos, muchos seminarios, muchos edificios, que luego se los han quitado, se los han robado y han hecho bibliotecas y cuarteles y otras cosas, mercados también. No importa, las paredes materiales aquí se quedarán en la historia, lo que importa son ustedes, los hombres, los corazones, la gracia de Dios, dándoles la Verdad y la Vida de Dios. No se cuenten por muchedumbres, cuéntense por la sinceridad del corazón con que siguen esta Verdad y esta Gracia de nuestro Divino Redentor.

Queridos hermanos, yo auguro, pues, que en Quezaltepeque se mantenga sólida esa comunión de los verdaderos católicos con su verdadero párroco y quiero aprovechar para felicitar al querido Padre Roberto, que ha sido fiel a mantener ese signo de unidad. En torno de él quiero agradecer y felicitar a las Hermanas, principalmente a las Hermanas de este Colegio por la solidaridad con que han sabido defender la causa del cristianismo verdadero, lo mismo a las Hermanas Belgas que han sufrido en estas circunstancias pero que están firmes en el mantenimiento de esta unidad en nuestra Iglesia. Así también a las comunidades, conscientes de su deber de bautizados, de aceptar esta unidad jerárquica expresada aquí en Quezaltepeque por su verdadero párroco, el Padre Roberto. Mantengámonos unidos a él y él a su obispo, como el obispo al Papa, y el Papa a Cristo. Así es la corriente eléctrica que va trayendo hasta Quezaltepeque esa fuerza dinámica de la Gracia de Dios y esa luz iluminadora de la verdad de nuestro Señor Jesucristo.

Bendito sea San José, que nos protege, y cuando Nuestro Señor le confió la vida de la Virgen y de Cristo Nuestro Señor, sabía San José, a lo largo de la historia, que su papel es importante, cuidar esa unidad jerárquica, cuidar esa verdad que transmite la Verdad jerárquica y cuidar esa comunión de la vida para que, así como cuidó a María y al niño Jesús en Nazaret, la Iglesia se siente protegida, querida, amparada, fuerte bajo ese patrocinio del gran obrero, del hombre sencillo. La grandeza de un hombre no se mide por su categoría social, sino por la nobleza de su corazón, y San José fue eso ante todo, el hombre de la confianza de Dios para confiarle los misterios nacientes de la redención que ahora se han convertido en la Iglesia Universal. Como miembros de una Iglesia Universal, como miembros de las comunidades aquí presentes en la misa de Quezaltepeque, vamos a ofrecer nuestra misa en honor de San José para gloria de Nuestro Señor. Así sea.


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